El ánimo de cambio y la socialización del pánico

Por Emmanuel Rosas Chávez[1]

I

Las revoluciones políticas suelen pensarse como cambios acelerados y radicales en el orden político y económico de una sociedad. De ahí que se crea que las revoluciones implican una transformación en las relaciones de clase y el establecimiento de un nuevo Estado, este último fincado en la nueva correlación de fuerzas sociales. Hay otra manera, creo, de entender la revolución o la idea de revolución, mejor dicho, la cual permite observar en qué grado ésta se ha instalado en el alma de las sociedades: la revolución como ánimo de cambio.

Las revoluciones, en efecto, son cambio, aunque no sólo en un sentido político o económico sino en uno más amplio, pues sobre todo modifican la forma de ver y entender el mundo.[2]  ¿Sobre cuáles valores deben fundarse las comunidades políticas?, ¿qué se entiende por derechos?, ¿cómo debe ser la práctica política?, ¿qué actividades y opiniones cotidianas se consideran legítimas o ilegítimas, aceptables o inaceptables? ¿cuál es el lenguaje de la conversación pública? Todas estas cuestiones se responden con el ánimo instaurado por la revolución. Entendida de esta manera, la revolución va más allá de las armas y los pasillos palaciegos.

Sin entrar en detalles terminológicos, sostengo que el momento político por el que atraviesa México es revolucionario, si por tal entendemos el ánimo de cambio que he descrito. Me explico. Una de las principales reformas del gobierno encabezado por el presidente Andrés Manuel López Obrador en lo que va del sexenio ha sido la consagración de los programas sociales en el artículo cuarto de la Constitución. Esta reforma significa que la política social ha dejado de ser asistencial para concebirse como lo que es: derechos.[3] En el mediano plazo, considero que la reacción no se opondrá —al menos no de forma explícita— a esta reforma y a otras de corte similar, pues amén de que sería una postura poco rentable política y electoralmente, iría en contra de los vientos de cambio que se respiran.

El ánimo de cambio se expresa en lo que Gibrán Ramírez Reyes ha llamado la dimensión cognitiva de la transformación.[4] En las pasadas elecciones intermedias, si bien no de forma tan abrumadora como en 2018 y a pesar de sus muchas candidaturas impresentables, fue contundente el triunfo de Morena —el partido en el gobierno— sobre los partidos del bloque opositor. Esto no se explica por el apoyo al partido, sino por un acuerdo tácito entre las mayorías sociales de que se debe transitar hacia un cambio.

A todo ánimo de cambio le sigue un ánimo conservador. De este modo, en las líneas que siguen propongo algunos paralelismos entre el ánimo conservador que siguió a la revolución maderista de 1910 y el que ha seguido al proceso de cambio político iniciado en 2018 por el presidente Andrés Manuel López Obrador. Argumento que el parecido de estos dos momentos trasformadores no es tanto por sus causas o anhelos compartidos, sino por el ambiente reaccionario que los rodea: el polvo de entonces es el lodo de nuestros días. Pero vayamos por partes.

II

El ánimo revolucionario engendra su propia negación. Si toda revolución supone un nuevo orden, quiere decir que se ha negado uno previo, el cual, una vez llega la revolución, cobra un aire subversivo. Quizá el economista alemán Albert O. Hirschman[5] sea quien mejor ha entendido el carácter pendular de los procesos de transformación social. Siguiendo la caracterización del sociólogo británico T.H. Marshall sobre el desarrollo de la ciudadanía, Hirschman sugiere que a los procesos de conquista de derechos —civiles (luego de la Revolución Francesa), políticos (con los movimientos por el sufragio hacia la segunda mitad del siglo XIX) y sociales (con el Estado de bienestar en la segunda posguerra del siglo XX)— les siguieron olas reaccionarias que intentaron frenarlos.[6]

El ánimo reaccionario, siempre siguiendo a Hirschman, se manifiesta a partir de tres tesis: perversidad, considera que cualquier intento por mejorar el orden social sólo exacerba el problema; futilidad, supone que las transformaciones al final no modifican nada; y peligro, sostiene que es más riesgoso emprender el cambio que mantener el orden establecido. La revolución maderista enfrentó algunos aspectos del sentimiento conservador, el cual halló refugió en las páginas del periódico El Imparcial.[7]

Ocho años antes de que Rafael Reyes Espíndola fundara El Imparcial (1896), el mismo personaje había creado El Universal (1988). El primer proyecto de Reyes Espíndola significó una ruptura con la “prensa ideológica”[8] que hasta entonces se había publicado, representada por diarios como El Siglo XIX, El Monitor Republicano y El Diario del Hogar. El propio periódico decía nacer “sobre los destrozos del fuero clerical, del fuero nobiliario, del fuero militar.”[9] Sin embargo, sería El Imparcial el que inauguraría un nuevo estilo de hacer periodismo.

El Imparcial tuvo una línea editorial a favor del régimen porfirista. Fuente: Archivo General de la Nación.

Según Claudio Lomnitz[10], El Imparcial fue el primer periódico mexicano en seguir el “estilo americano” de la prensa estadounidense. El diario tuvo ventas y tirajes muy altos para su época, en gran parte debido a su formato de lectura ágil que incluía ilustraciones, en gran parte también por un subsidio que recibía del gobierno porfirista. Otra innovación de El Imparcial fue que sus notas ya no eran escritas por hombres de letras u hombres de Estado, sino por reporteros que estaban al acecho de los sucesos cotidianos, de ahí que abundara en casos de crímenes casi siempre con un tono sensacionalista y amarillista.

Estos rasgos, empero, no hicieron menos político a El Imparcial.  Debido al fracaso del régimen porfirista en crear un partido, con la llegada de la revolución maderista El Imparcial ocupó ese espacio. En este sentido, la labor del periódico fue “hablar del porfiriato como de un pasado perfectible pero infinitamente superior al presente lleno de campesinos armados.”[11] Su otra tarea fue la “socialización del pánico”, pues había que crear un ambiente de angustia y miedo que señalara los peligros del maderismo. Así, cuando Jesús Flores Magón, secretario de Gobernación maderista, decidió tomar acciones contra la publicación de notas falsas, El Imparcial se envolvió en la bandera de la libertad de expresión.[12]

En cierto modo, el ánimo reaccionario enquistado en las páginas de El Imparcial encuentra paralelo con el cambio político que hoy día se vive en México. En repetidas ocasiones el presidente López Obrador ha señalado que diarios actuales como El Universal o Reforma se parecen a El Imparcial, que de imparcial no tenía nada según sus propias palabras. De hecho, en su más reciente libro[13] dedica varias páginas a reflexionar sobre el momento maderista y el pensamiento conservador.

Respecto a la revolución maderista, el presidente señala que su debilidad radicó en que Francisco I. Madero no supo llevar su movimiento a los sectores populares de la sociedad además de no haber entendido cabalmente los agravios de dicha parte de la población. Sobre lo segundo, se concentra en las figuras de Justo Sierra y Francisco Bulnes, miembros del llamado grupo de los científicos durante el régimen porfirista, a las cuales equipara con intelectuales como Héctor Aguilar Camín o Enrique Krauze, quienes hoy día se oponen al gobierno que encabeza.

Me detengo en la cavilación del presidente sobre los intelectuales porfiristas, pues considero que es por lo menos inexacta al sobredimensionar su influencia. Tan sólo revisemos que los intentos de Bulnes y Sierra para formar un partido político del régimen no fueron tomados en cuenta por Porfirio Díaz[14], lo que a la postre —la ausencia de un partido— contribuiría a la caída de la dictadura. Ahora bien, retomando el interés principal de este ensayo, la pregunta es qué tanto se asemeja el clima reaccionario de la revolución maderista con el que se observa actualmente y qué consecuencias tendría ello en la estabilización de un nuevo régimen. Veamos.

III

El correlato reaccionario de la revolución maderista y el que ha seguido al proceso de cambio iniciado en 2018 se distinguen en al menos dos aspectos. En primer lugar, hemos visto que el momento conservador representado por El Imparcial surge en un periodo de evolución de la prensa escrita y en el que, como ha apuntado Ariel Rodríguez Kuri[15], los periódicos constituían el principal vehículo para hacer política. Mientras que actualmente buena parte de la conversación pública se da en las redes sociales y, lastimosamente, hay una tendencia a suponer que la arena pública se reduce a ellas.

La década pasada, reflexiona Mauricio Tenorio Trillo[16], comenzó con una enorme fe en que las redes sociales democratizarían el debate público, los ejemplos se podían palpar: Primavera Árabe, Occupy Wall Street, Indignats. Sin embargo, al menos para la política, las redes sociales —sobre todo Twitter— han resultado un lastre y poco se asemejan a un ágora ya que son un espacio privilegiado al que pocos tienen acceso. La metáfora de la lingüista Yásnaya Aguilar[17] es transparente: Twitter se parece a un antro de moda con cadeneros al que no entra cualquiera, y si entra es posible que no lo inviten a bailar, es decir, difícilmente sus opiniones serán escuchadas en medio de tanto ruido.

Ese antro es pequeño y a él acuden pocas personas, por eso su exclusividad, no obstante, gran parte de la clase política insiste en visitarlo olvidando que la verdadera política está allá afuera, en las plazas públicas y en las calles. Pocas figuras políticas se han dado cuenta de esto, sólo me viene a la mente la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, quien hace unos meses abandonó indefinidamente su cuenta de Twitter. Me detengo en sus razones porque me parecen bastante elocuentes.

Ada Colau explica que en Twitter hay mucha crítica y debate, lo cual es sano en una democracia. Sin embargo, en los últimos años la crítica se ha alimentado de encono, casi siempre a través de cuentas falsas o de los llamados bots que no hacen más que propagar odio, cabe preguntarse, entonces, si esto también es sano para la vida pública. Además, Colau se refiere a un fenómeno que llama “la tiranía de la presencia permanente”, el cual implica que los políticos opinan de todo y se posicionan frente a todo como si la política consistiera en ello.  Habría que cuestionarnos sobre las bondades de que gran parte de nuestra clase política consuma demasiado tiempo y energía en un algoritmo.

En segundo lugar, a diferencia de lo que ocurrió al maderismo, en el proceso de cambio actual los grupos reaccionarios no son los únicos que impulsan la socialización del pánico[18], muchas veces —seguramente sin haber reparado en ello— son algunos grupos afines a la autodenominada cuarta trasformación quienes se encargan de hacerlo. Esta dinámica es favorecida por el fenómeno de las redes sociales que he descrito. Me explico.

El ejercicio de «Quién es quién en las mentiras» de las mañaneras ha suscitado críticas al gobierno. Fuente: Presidencia

Ocurre que los grupos opositores se encargan de difundir alguna noticia falsa o una en la que el gobierno no ha sabido comunicar, tomemos como ejemplos la desaparición de fideicomisos o el desabasto de medicamentos. Como es normal, con más o menos pedagogía, los grupos que están a favor del gobierno o incluso los propios funcionarios salen a fijar postura, hacer aclaraciones o simplemente a desmentir cuando no hace falta más. A veces, dichas intervenciones cumplen el propósito de explicar mejor las decisiones o medidas criticadas por la oposición, otras, incluso cumpliendo ese propósito contribuyen a que la reacción siga ensuciando la conversación pública.

El problema es que una vez entrados en esta dinámica muchas de las críticas al gobierno son invalidadas por algunos de sus simpatizantes, lo cual impide un diálogo republicano para discutir los asuntos públicos. Las reacciones de algunos simpatizantes del presidente luego del desencuentro que tuvo con algunos maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) dan cuenta de ello.[19] Lo desconcertante, no obstante, son los argumentos de esos grupos para rechazar la discusión, pues equiparan cualquier crítica con estar a favor de los grupos opositores al gobierno, lo que, según su punto de vista, lleva el germen de un golpe de Estado blando.[20]

De esta manera, la conversación entre las izquierdas ha perdido matiz ya que automáticamente se descalifican las posturas de grupos a los que la izquierda gobernante antaño consideraba aliados, incluso son descalificados aquéllos que dentro del movimiento piensan distinto. El epítome de este fenómeno es  una caricatura de Rafael Barajas ‘El Fisgón’ en la que, luego de que maestros de la CNTE impidieran la llegada del presidente a su conferencia de prensa en Chiapas, deja entrever posibles vínculos de los maestros con la alianza opositora ‘Va por México’.

Lo que me interesa destacar es que esta dinámica de la conversación pública, o del ruido público para ser más precisos, sólo afecta al movimiento que gobierna y que se asume de izquierda, pues los grupos opositores de la derecha no tienen otro propósito que el de crear la percepción de que todo va mal, que nada ha cambiado o que todo marchaba mejor antes de la llegada de este gobierno (Hirschman dixit). En cambio, al bloque gobernante —incluidos partido y presidente— este clima le ha impedido establecer un diálogo con sectores de la izquierda que se encuentran organizados en otros movimientos sociales.[21]

Debido a esta falta de diálogo entre las izquierdas y como si el temor al golpe blando fuera su premonición, se ha suscitado un clima que —espero equivocarme y no juego al futurista— podría envalentonar a los sectores ultras de la reacción, pues lo que se considera desorden ya no sólo es percibido por la derecha sino por algunos sectores de la izquierda. Dicho en otras palabras: el pánico se ha socializado, y un sector de la izquierda gobernante se ha encargado de ello. Este clima sobre todo se observa en redes sociales —especialmente Twitter—, que como he descrito es un mundo pequeñito pero muy ruidoso. Y aquí abro paréntesis.

Afirmar que el mundo de Twitter es reducido y al mismo tiempo otorgarle demasiada importancia en la socialización del pánico es contradictorio. Entonces hay que ver cómo funciona esa contradicción. He dicho que pocas personas tienen acceso a Twitter, por lo cual difícilmente entrarían en el ambiente de pánico. No obstante, nuestros políticos prestan mucha atención a lo que ocurre en esta red social. Tanta es la atención que le dedican, que el equipo de comunicación social del Gobierno de la República, desde mi punto de vista, ha tergiversado la propuesta del presidente para combatir las noticias falsas con el llamado ‘Quién es quién en las mentiras’. Este ejercicio ha derivado en un eco del ruido de Twitter y, aunque se centra en mentiras, dudo del carácter noticioso de muchas de ellas. Una vez que el presidente se hace participe de esta dinámica, debido a su arrastre popular, el pánico ya no sólo se socializa, sino que se democratiza, pues a través de su plataforma de las mañanas llega a personas a las que de otra forma no habría llegado.

Que las consignas de grupos como el Frente Nacional Anti-Amlo (Frena) sean parte del léxico de algunos sectores populares quizá sea el signo más inequívoco de la democratización del pánico, la cual habría que explorar en redes sociales como Facebook o WhatsApp. Ahí el pánico se propaga a través de memes o cadenas de chats (las vacas y el comunismo, los tíos panistas) y opino que no habría que caricaturizarlos, pues además de ser medios efectivos muestran, hay que reconocerlo, las capacidades pedagógicas de la derecha. Desde la izquierda habría que reírnos de otras cosas, hacer a un lado la burla y optar por la pedagogía. Es cierto que el comunismo no significa que le vayan a quitar sus vacas a la gente, pero eso hay que explicarlo y explicarlo y, si no es suficiente, explicarlo de nuevo. El colombiano Jorge Eliecer Gaitán, probablemente uno de los mejores políticos del siglo XX, decía que el pueblo no es ni liberal ni conservador. Hace falta comprender esto. Cierro paréntesis.

Como simpatizante de López Obrador, pero sobre todo como ciudadano, confieso que este clima me preocupa. Es un ambiente que no causa ningún golpe de Estado —sea blando o sea duro— pero lo propicia, lo cual es muy distinto.[22] Como ha escrito Javier Cercas[23] en alusión al intento de Golpe de Estado en España de 1981: se trata de un clima que no es el golpe sino la placenta del golpe. No es que este clima apetezca el golpe de Estado, pero basta con que las minorías golpistas así lo quieran ver. Mi argumento queda más claro con la reflexión del exvicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, sobre el reciente golpe de Estado en su país:

“Los golpes de Estado siempre son maquinarias conspirativas de grupos muy reducidos, pero su viabilidad no radica en este factor. La viabilidad para un golpe de Estado radica en la existencia de un sector social que lo habilite [no que lo cause], que le abra las puertas, que cree cierta predisposición, disponibilidad, apetencia y receptividad a una ruptura del orden constitucional y de la democracia. (…).  Digamos que hay un núcleo que ha articulado el acto sorpresivo y de fuerza. Pero esto no ha surgido de la nada: en los últimos cuatro años se fue formando un colectivo social, un sector social enfurecido y cada vez más resistente a la democracia.”[24]

Todavía es más fuerte el ánimo de cambio que el pánico. Esto se explica, en gran medida, por los altos niveles de aprobación del presidente López Obrador. Aunque aumentara el pánico, aún veo —y espero— lejano un ambiente golpista. Sin embargo, la débil institucionalización del partido gobernante y el hecho de que ninguno de los posibles sucesores del presidente —Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard o Claudia Sheinbaum— se le equipare en arrastre popular, hacen más difícil la persistencia del ánimo de cambio. Por ello, considero que la izquierda gobernante tendría que seguir dos caminos. Por un lado, la concordia en la conversación pública con los opositores a la transformación, primordialmente con aquellos que mantienen un talante democrático, así como al interior de su movimiento. Por otro lado, la radicalización en el territorio con las bases del bloque transformador, para que éstas hagan suyo el movimiento, aporten ideas y hagan, desde la izquierda, la crítica necesaria a todo proceso de cambio. Esperemos.

 

Periódico El Imparcial. Fuente: Archivo General de la Nación.

 

[1] Agradezco a Hugo Garciamarín por sus acertados comentarios.

[2] En esta idea sigo libremente a Ariel Rodríguez Kuri. Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México, 1911-1922, El Colegio de México, México, D.F., 2010, p. 15.

[3] Gibrán Ramírez Reyes. “Se dice “derechos”. Sobre la nueva seguridad social mexicana y la denigración de los pobres”, Este País, 10 de febrero de 2020. Disponible en: https://estepais.com/home-slider/se-dice-derechos-sobre-la-nueva-seguridad-social-mexicana-y-la-denigracion-de-los-pobres/, también de Gibrán Ramírez Reyes. “Administrar y transformar. El bienestar y la lógica de los derechos”, Milenio, https://www.milenio.com/opinion/gibran-ramirez-reyes/pensandolo-mejor/administrar-y-transformar-el-bienestar-y-la-logica-de-los-derechos.

[4] Gibrán Ramírez Reyes. “Dimensiones de la transformación”, Milenio, 6 de septiembre de 2021. Disponible en: https://www.milenio.com/opinion/gibran-ramirez-reyes/pensandolo-mejor/dimensiones-de-la-transformacion.

[5] Véase Albert O. Hirschman. The Rhetoric of Reaction: perversity, futility, jeopardy, Harvard University Press, Cambridge, 1991, pp. 1-10.

[6] Un argumento similar al de Hirschman es el de Joaquín Estefanía en Revoluciones, libro que reseña Andrea García Márquez. “Juventud: herencia revolucionaria”, Presente, 1 de octubre de 2021. Disponible en: https://revistapresente.com/apuntes/juventud-herencia-revolucionaria/.

[7] Un análisis similar sobre las tesis de Hirschman y su versión mexicana se encuentra en Gibrán Ramírez Reyes. “La reacción”, Milenio, 26 de noviembre de 2018. Disponible en: https://www.milenio.com/opinion/gibran-ramirez-reyes/pensandolo-mejor/la-reaccion.

[8] Ariel Rodríguez Kuri. Historia del desasosiego…, op. cit., pp. 33-34.

[9] cit. por Ibidem. p. 34.

[10] Claudio Lomnitz. El primer linchamiento en México, El Colegio de México, México, D.F., 2015, pp. 29-44.

[11] Ariel Rodríguez Kuri. Historia del desasosiego…, op. cit., p. 38.

[12] Ibidem. pp. 55-56.

[13] Andrés Manuel López Obrador. A la mitad del camino, Planeta, 2021, pp. 175-271; una reseña del libro del presidente puede consultarse en: Hugo Garciamarín. “El presidente piensa en voz alta”, Presente, 31 de agosto de 2021. Disponible en: https://revistapresente.com/presente/el-presidente-piensa-en-voz-alta/.

[14] Al respecto, sugiero revisar Claudio Lomnitz. El antisemitismo y la ideología de la Revolución Mexicana, Fondo de Cultura Económica, México, D.F., 2010, pp. 17-22; y Carmen Sáez Pueyo. Justo Sierra: antecedentes del partido único en México, Miguel Ángel Porrúa, México, D.F., 2001, pp. 137-145 y 149-150.

[15] Ariel Rodríguez Kuri. Historia mínima de las izquierdas en México, El Colegio de México, Ciudad de México, 2021, p. 36.

[16] Mauricio Tenorio. “2010-2020”, Nexos, 1 de enero de 2020. Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=46309.

[17] Yásnaya Elena A. Gil. “El ruido que genera Twitter y otras notas fúnebres”, Gatopardo, 10 de marzo de 2021. Disponible en: https://gatopardo.com/opinion/yasnaya-elena-a-gil-el-ruido-que-genera-twitter-y-otras-notas-funebres/.

[18] En adelante, recupero y ensayo libremente con esta expresión de Ariel Rodríguez Kuri.

[19] Véase Mauro Jarquín Ramírez. “CNTE y AMLO: Política y estrategia más allá del desencuentro”, Presente, 18 de octubre de 2021. Disponible en: https://revistapresente.com/contextos/cnte-y-amlo-politica-y-estrategia-mas-alla-del-desencuentro/.

[20] Esto no lo digo al aire, basta ver los varios videos que en su plataforma de YouTube el Instituto Nacional de Formación Política de Morena le ha dedicado al tema.

[21] Este es un tema que ya ha sido tratado con mayor profundidad y con perspectiva histórica en las páginas de esta revista, véase J. Rodrigo Moreno Elizondo. “El 68 de ayer y el México de hoy: protagonismo popular, sociedad civil y poder del pueblo”, Presente, 30 de septiembre de 2021. Disponible en: https://revistapresente.com/contextos/el-68-de-ayer-y-el-mexico-de-hoy-protagonismo-popular-sociedad-civil-y-poder-del-pueblo/.

[22] Esto que digo no busca ser un mero juego de palabras, basta revisar algunos estudios demoscópicos que alertan sobre el clima favorable al autoritarismo. Véase Gibrán Ramírez Reyes. “El avance de los proautoritarismo”, Milenio, 18 de octubre de 2021. Disponible en: https://www.milenio.com/opinion/gibran-ramirez-reyes/pensandolo-mejor/el-avance-de-los-proautoritarismo.

[23] Javier Cercas. Anatomía de un instante, Random House Mondadori, México, D.F., 2009, passim.

[24] Álvaro García Linera. “Soy un leninista de la NEP”, Jacobin América Latina, 12 de octubre de 2021. Disponible en: https://jacobinlat.com/2021/10/12/soy-un-leninista-de-la-nep-2/.

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