La tercera España: cómo evolucionó el juego de la Roja

Por Hugo Garciamarín

En 2020, cuando el fútbol apenas comenzaba a imaginar el mundo posterior a la pandemia, un grupo de investigadores publicó un artículo con una pregunta ambiciosa: ¿cómo sería el fútbol de élite en 2030? Para ellos la respuesta era clara: el calendario sería cada vez más denso; los futbolistas disputarían más partidos y soportarían mayores cargas físicas; la presión alta y las transiciones rápidas dominarían el juego; las aceleraciones, las desaceleraciones y los esfuerzos explosivos adquirirían un protagonismo sin precedentes. En consecuencia, el entrenamiento tendría que abandonar los modelos generales para convertirse en una práctica profundamente individualizada, capaz de desarrollar las capacidades específicas de cada jugador. La ciencia de datos, los sensores y la inteligencia artificial completarían esa transformación.

Seis años después, la Copa del Mundo de 2026 ofrece una oportunidad excepcional para poner a prueba aquella hipótesis. España alcanzó la final como el equipo con mayor posesión de balón del torneo y una de las mayores precisiones de pase (sólo por detrás de Argentina). Al mismo tiempo, destacó por la intensidad de su presión tras pérdida, la velocidad de sus transiciones y la agresividad con la que recuperó el balón en campo rival. A primera vista, parecía confirmar la predicción. El problema surge cuando se intenta explicar por qué juega de esa manera.

Si la evolución del fútbol dependiera exclusivamente de la preparación física, las selecciones nacionales tenderían a parecerse unas a otras. Cambiarían los matices, permanecería una lógica común; y en efecto, algo de eso ha ocurrido en muchos equipos (el caso de Brasil, probablemente, es el más claro al respecto). Sin embargo, España continúa organizando el partido alrededor de la posesión y, aunque responde a las nuevas exigencias físicas del deporte, lo hace mediante un lenguaje futbolístico diferente; y probablemente por eso llegó a la final.

La explicación a esto quizá resida en un aspecto que la ciencia del deporte suele dejar en segundo plano: las culturas futbolísticas. Ninguna selección construye su identidad desde cero. Cada una hereda una manera de entender el juego, una memoria colectiva sobre cómo debe atacarse, defenderse, circular el balón o interpretar el talento individual. Esas tradiciones no permanecen inmóviles. Cambian, incorporan innovaciones, abandonan prácticas obsoletas y asimilan nuevas herramientas. Lo hacen, sin embargo, en muchos casos, sin romper completamente con su pasado. La evolución del fútbol no consiste únicamente en la acumulación de avances físicos o tecnológicos; también constituye un proceso histórico mediante el cual cada cultura deportiva adapta esas innovaciones a su propia forma de concebir el juego.

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Mucho antes de que España conquistara el mundo con la posesión del balón, el fútbol español ya poseía una identidad profundamente definida. Desde los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 comenzó a consolidarse la idea de que España jugaba de una manera distinta al resto de Europa. Aquella selección, que obtuvo la medalla de plata, fue descrita como un equipo valiente, sacrificado y capaz de imponerse gracias al entusiasmo antes que al refinamiento técnico. La prensa bautizó ese estilo con un nombre que terminaría por convertirse en un mito: la Furia Española.

La expresión trascendía el ámbito deportivo, pues encarnaba una determinada manera de entender a España. El futbolista español aparecía como un competidor impulsivo, resistente al sufrimiento y dispuesto a compensar cualquier inferioridad técnica mediante el coraje. La Guerra Civil otorgó a ese relato un significado político todavía mayor. El franquismo encontró en la Furia una metáfora perfecta para la nación que pretendía construir. El nuevo régimen exaltaba valores como el sacrificio, la disciplina, la virilidad y la fortaleza moral. El fútbol ofrecía un escenario privilegiado para representar esas virtudes. La selección nacional se convirtió en la expresión simbólica del supuesto carácter español. Ganar significaba confirmar la superioridad de una comunidad por su espíritu.

La paradoja apareció cuando ese discurso comenzó a enfrentarse con la evolución del propio juego. Mientras España permanecía aislada tras la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, el fútbol europeo experimentó una serie de transformaciones tácticas y estratégicas y las selecciones incorporaron nuevas formas de organización defensiva, marcajes individuales y una creciente especialización táctica. España contempló aquella transformación con desconfianza. Buena parte de la prensa y numerosos dirigentes sostenían que la táctica excesiva amenazaba la esencia del fútbol español. Organizar demasiado el juego equivalía, según esa visión, a sofocar la creatividad y convertir a los jugadores en piezas de una maquinaria. La improvisación continuaba asociada al genio; la planificación, a una forma de artificio incompatible con la identidad nacional. Y así duró mucho tiempo, hasta que después de la caída de franquismo (que mantenía hegemónica una mirada específica del futbol) y con varias derrotas acumuladas, comenzó a discutirse una idea que hasta entonces parecía impensable: quizá España no necesitaba más Furia, sino transformar su manera de jugar.

Luis Aragonés levantando la Copa en la Eurocopa 2008

Carlos García-Martí sostiene que el cambio no surgió de una innovación táctica aislada, sino de una profunda transformación de la cultura futbolística española. Entrenadores, periodistas, dirigentes y futbolistas comenzaron a valorar aspectos que durante décadas habían ocupado un lugar secundario: la inteligencia colectiva, la ocupación racional del espacio, la circulación del balón y el control del ritmo del partido. El «buen juego» dejó de entenderse como un lujo estético para convertirse en la condición necesaria de la victoria.

Esa transformación respondió a un proceso mucho más amplio que el éxito de un entrenador o de un club. Desde las últimas décadas del siglo XX, el fútbol español incorporó ideas procedentes de otras tradiciones europeas, entre ellas el fútbol total desarrollado en los Países Bajos por Rinus Michels y Johan Cruyff. Su influencia adquirió especial profundidad en el Barcelona. La llegada de Cruyff al banquillo, en 1988, convirtió aquellas ideas en una filosofía institucional basada en la posesión, la ocupación racional del espacio y la formación de futbolistas capaces de interpretar el juego desde principios compartidos.

Aquella concepción no permaneció confinada al primer equipo. El Barcelona la convirtió en un proyecto institucional. La Masia dejó de formar únicamente buenos futbolistas para formar jugadores capaces de interpretar el juego a partir de unos mismos principios. Con el tiempo, varias generaciones crecieron dentro de esa cultura. Xavi Hernández, Andrés Iniesta, Sergio Busquets, Gerard Piqué y Cesc Fàbregas aprendieron a comprender el fútbol antes incluso de alcanzar la élite. Compartían un lenguaje común que trascendía los sistemas de juego. La posesión, la movilidad permanente, la superioridad numérica y la ocupación racional de los espacios dejaron de ser simples recursos tácticos para convertirse en una manera de entender el fútbol.

Esas ideas trascendieron progresivamente al propio Barcelona y coincidieron con un cambio más amplio en la cultura futbolística española. Como sostiene el ya citado Carlos García-Martí, el tránsito de la Furia al buen juego implicó una transformación simultánea de los discursos, las prácticas profesionales y los criterios mediante los cuales se definía qué significaba jugar bien. Luis Aragonés convirtió esa cultura emergente en el principio organizador de la selección; Pep Guardiola llevó sus mecanismos a una sofisticación extraordinaria en el Barcelona; Vicente del Bosque consolidó el modelo en los títulos de 2010 y 2012.

Cuando Luis Aragonés asumió la dirección de la selección, en 2004, aquella transformación ya estaba en marcha. Su mayor acierto no consistió en inventar un estilo nuevo, sino en reconocer que el fútbol español disponía, por primera vez, de una generación formada dentro de una cultura futbolística distinta. Comprendió que la selección debía construirse alrededor de esa identidad emergente. Renunció progresivamente al juego directo y situó el balón en el centro del proyecto deportivo. La posesión dejó de ser un recurso ofensivo para convertirse en el principio organizador del equipo. Cada pase alteraba la posición del adversario; cada circulación abría nuevas líneas de pase; cada secuencia prolongada de posesión constituía una forma de gobierno sobre el partido.

La Eurocopa de 2008 representó el momento en que esa cultura obtuvo legitimidad internacional. España no ganó únicamente un torneo. Demostró que era posible conquistar el fútbol europeo desde una idea radicalmente distinta de la que había definido su identidad durante casi un siglo. El viejo relato de la Furia cedió su lugar a otro muy diferente. El buen futbolista español ya no era quien nada más imponía su voluntad mediante el coraje, sino quien dominaba el espacio y el tiempo a través del balón.

Ese mismo año, Pep Guardiola asumió la dirección técnica del Barcelona. Su trabajo no creó aquella revolución ni inauguró el llamado tiki-taka. Lo que hizo fue llevar sus principios a un grado de sofisticación sin precedentes. El juego de posición alcanzó una precisión desconocida gracias a una ocupación rigurosa de los espacios, una presión inmediata tras la pérdida del balón y una circulación capaz de generar ventajas constantes. El Barcelona se convirtió en el principal referente del fútbol mundial y proyectó internacionalmente una manera de jugar que sintetizaba varias décadas de evolución táctica. El prestigio de aquel equipo terminó por reforzar la identidad que Luis Aragonés había comenzado a consolidar en la selección española.

Vicente del Bosque heredó ese legado y le dio continuidad. Su principal virtud consistió en preservar el núcleo de aquella identidad y adaptarlo a las características de una generación irrepetible de futbolistas. El Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012 confirmaron que la revolución española trascendía el éxito circunstancial de un equipo excepcional. España había convertido su ímpetu en una forma distinta de mover el balón: antes, el juego había ocupado un lugar subordinado dentro del imaginario nacional; a partir de entonces se convirtió en el núcleo de la identidad futbolística española. Dominar significaba conservar la posesión, imponer el ritmo del partido y obligar al rival a perseguir una pelota que rara vez recuperaba.

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La selección española que alcanzó la final del Mundial de 2026 confirma, al mismo tiempo, la continuidad y la transformación de su cultura futbolística, y sería un error  presentarla como una prolongación intacta del tiki-taka. En realidad, constituye una tercera etapa de una misma historia: una síntesis entre el carácter competitivo asociado a la antigua Furia, la inteligencia colectiva heredada del juego de posesión y las exigencias físicas del fútbol contemporáneo.

Los datos del torneo remiten, en principio, a la identidad construida desde Luis Aragonés. España llegó a la final como el equipo con mayor posesión media y como uno de los más precisos en la circulación del pase. Rodri organizó el juego desde el mediocampo; los centrales asumieron la salida desde atrás; los interiores buscaron superioridades alrededor del balón; los extremos ofrecieron amplitud y desequilibrio. La selección mantuvo una convicción fundamental: el control del partido comienza por el control de la pelota.

Vicente del Bosque celebra con la copa del mundo en 2010

Esa continuidad no significa inmovilidad. La posesión cumple ahora una función distinta. La España de Aragonés y Del Bosque utilizaba el balón para gobernar el ritmo y protegerse de las transiciones. La selección de Luis de la Fuente conserva esos objetivos, aunque acelera con mucha mayor frecuencia. La circulación atrae al rival, altera su estructura y abre el espacio para el pase vertical, la conducción o el uno contra uno. España ya no necesita prolongar cada posesión hasta agotar al adversario. Puede identificar una ventaja y atacarla de inmediato.

El cambio aparece con mayor nitidez en el uso de las bandas. El tiki-taka clásico concentraba buena parte del talento en los carriles interiores. Xavi, Iniesta, Busquets, Silva o Xabi Alonso construían una red de pases que permitía dominar el centro del campo. La España actual conserva esa superioridad interior y añade extremos capaces de romper el orden rival mediante el regate y el cambio de ritmo, con Lamin Yamal como su máximo exponente. El colectivo ya no busca evitar todos los duelos individuales. Organiza el espacio para que determinados jugadores los afronten en condiciones favorables.

También ha cambiado la relación entre posesión y esfuerzo físico. En su versión más reconocible, el tiki-taka permitía controlar el partido y, en ciertos momentos, descansar con el balón. La posesión protegía al equipo de carreras innecesarias. En 2026, ese mismo principio convive con una presión tras pérdida mucho más agresiva, una defensa adelantada y una sucesión constante de aceleraciones y frenadas. Los extremos atacan y regresan; los laterales recorren toda la banda; los mediocampistas presionan en campo contrario; los centrales defienden grandes espacios a su espalda. La pelota ya no reduce necesariamente la exigencia física. En ocasiones la organiza y la multiplica.

En este punto reaparece la predicción formulada por los investigadores que querían predecir el futbol en 2030. Los autores imaginaron un fútbol de mayor velocidad, calendarios más congestionados, presión alta, contrapresión, transiciones rápidas y periodos cada vez más densos de esfuerzos intensos. La realidad del Mundial introduce un matiz importante. Aquellos investigadores describieron con acierto las exigencias generales del fútbol futuro, pero afortunadamente vimos que esas exigencias no produjeron un único estilo de juego en España, quien no respondió al nuevo fútbol mediante el abandono de la posesión: adaptó la posesión al nuevo fútbol.

Ahí reside la síntesis. La Furia concebía la victoria como una expresión del carácter: entusiasmo, sacrificio, coraje e impulso individual. El tiki-taka trasladó el centro de gravedad hacia la inteligencia colectiva, la técnica, la ocupación racional del espacio y el dominio del balón. La selección de Luis de la Fuente reúne elementos de ambas tradiciones sin restaurar ninguna de forma pura. Conserva la voluntad competitiva y la capacidad para imponerse en los duelos; mantiene el balón como principio organizador; añade la velocidad, la verticalidad y la intensidad física que exige el presente.

España demuestra así que a cuatro años de 2030, el futbol se parece a lo vaticinado por los investigadoras y, al mismo tiempo, se aparta de ello. Es más físico, más rápido y más individualizado en la preparación. Pero sigue siendo un juego de tradiciones, aprendizajes y formas históricas de comprender el balón. La ciencia del deporte explicó qué capacidades exigiría el futuro. La trayectoria española y la argentina (que se analiza en otro texto) permite comprender cómo una cultura futbolística concreta decidió utilizarlas. El resultado no es la sustitución del tiki-taka por lo que exige el deporte contemporáneo, sino su integración de la dentro de una idea del juego que todavía reconoce en la posesión su principio fundamental.

La selección española celebra un gol contra Francia en la Eurocopa de 2024. Vía El País.

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