Argentina y España: las dos orillas de un mismo juego

Por Javier Franzé

Este domingo Argentina y España se encuentran por primera vez la final de una Copa del Mundo de fútbol. Para Argentina será el séptimo choque definitorio en su historia y para España, el segundo. De las últimas trece finales mundiales, Argentina ha jugado más de la mitad. Para España es la segunda en los últimos seis mundiales.

Esto significa que en el último medio siglo aproximadamente, aunque a ritmos y en niveles diferentes, ambas selecciones se han ido incorporando a la elite de estos certámenes mundiales. Argentina lo ha hecho recogiendo los frutos de un fútbol que ya tenía, pero nunca había organizado con seriedad. España lo hizo transformando su pasión por el fútbol y el éxito internacional de clubes como el Real Madrid en un renovado estilo de juego, que la ha llevado a subir rápidamente varios peldaños.

Ambas selecciones practican un fútbol de asociación, buen pie y pases cortos, que mira más el arco contrario que el propio. Probablemente, Argentina y España sean, entre los países de la elite futbolística, los que más relación tienen entre sí. Históricamente, la figura de Alfredo Di Stéfano sintetiza ese vínculo, prolongado en el presente por el hecho de que el Atlético de Madrid de Simeone sea el equipo que más jugadores aporta a la final (10), la mayoría de ellos (6) a la selección albiceleste. Este vínculo no ha sido simétrico: tal como el comercio internacional, la materia prima ha viajado del Sur al Norte en forma de un sinfín de jugadores y directores técnicos argentinos sin los cuales no se entiende la historia del fútbol español. Sin embargo, en los últimos años jugadores españoles (Muniain, Ander Herrera) han querido ir a jugar sus últimos años a la liga argentina para sumergirse en su atmósfera única.

Si el Real Madrid se hizo grande en España —desplazando al Atlético de Madrid y al Athletic de Bilbao— y también en Europa con la llegada de Di Stéfano en 1953, por su parte el Atlético de Madrid alcanzó su primera final de la Copa de Europa en 1974 con un equipo dirigido por el argentino Juan Carlos “Toto” Lorenzo y que tenía a Rubén  “Ratón” Ayala, Carlos “Cacho” Heredia y Rubén “Panadero” Díaz entre sus figuras. Ese equipo —ya dirigido por Luis Aragonés— ganaría la Copa Intercontinental de 1974, máximo trofeo obtenido por los colchoneros. Rubén Cano, el nueve del gran Atlanta porteño de principios de los ’70, hizo el gol que clasificó a España —para la que jugaba nacionalizado— al Mundial ’78. Finalmente, el Barcelona, que históricamente se nutrió más de la escuela neerlandesa, hoy resulta incomprensible sin Messi. Messi, que por muy poco no jugó para España.

Cabría decir que los caminos que conducen a la final de New Jersey de este domingo comenzaron a desmalezarse hacia mediados de 1970 en Rosario y en Barcelona. Tras el enésimo fracaso de Argentina en el Mundial de Alemania de 1974, César Luis Menotti —rosarino del barrio de Fisherton y nacido en la cantera de Rosario Central—  asumía la dirección técnica de la selección. Quiso el destino que su primer partido al frente de la albiceleste fuera contra España, el 12 de octubre de 1974, en el Monumental de River Plate, donde cuatro años más tarde conseguiría la primera copa del mundo para Argentina ganándole la final a Países Bajos.

En setiembre de 1973, un mes después de que Menotti consiguiera como DT el título local argentino con Huracán, que lo llevaría a ser candidato a dirigir la selección, Cruyff se convertía en el fichaje estrella del Barcelona, un equipo hasta entonces con más juego que títulos. El Barcelona ya no se acordaba cuándo había ganado su última liga (1959-60), que para los grandes de entonces no era —como hoy— menos importante que la Champions.

La Quinta del Buitre. Fotografía: Raúl Cancio

La llegada de Cruyff al Barcelona —ya dirigido por Rinus Michels desde 1971— es el inicio de la transformación que hizo del fútbol español lo que es hoy. La Furia fue dejando lugar al toque, la imaginación y la creatividad. Como el propio Menotti sintetizó bien, España debía elegir entre ser toro o torero, y eligió esto último. El Barça consiguió la ansiada Liga (1973-74) y un campeonato muy especial dentro del campeonato: un 0-5 contra el Madrid “del régimen” en el mismísimo Bernabéu. El peruano Hugo “el Cholo” Sotil era el gran socio de Cruyff en aquel equipo.

Ese aporte de la escuela neerlandesa al fútbol español fue reforzado por otro más propio en la década del ‘80: la llamada Quinta del Buitre, un grupo de jugadores liderado por Emilio Butragueño —cuyo apodo daba nombre al grupo— provenientes de las inferiores del Real Madrid y que también desplegó un fútbol de toque y asociación, habilidad y engaño sudamericanos. El grupo lo completaban Michel (Miguel González), Martín Vázquez, Manolo Sanchís y Miguel Pardeza. El rematador de todo ese juego era el letal centrodelantero mexicano Hugo Sánchez. Jorge Valdano también jugó en ese Madrid. Paradójicamente, ese equipo —dirigido en su mejor momento (1986-89) por otro neerlandés, Leo Beenhakker— no hizo lo que suele hacer el Madrid, ganar la Champions (entonces Copa de Europa). Pero sí ganó cinco ligas consecutivas (1986-1990), lo cual provocó la reacción del Barça… que trajo de nuevo a Cruyff en 1988, ahora como DT, con la misma misión que lo había traído como jugador: recuperar la gloria de antaño.

Ese retorno sería clave, porque selló la suerte de la transformación del estilo de la selección española, todavía a los tumbos en los Mundiales —ni qué hablar en el que organizara en el ‘82—, a los que acudía con más planteles que equipos, y al final la “fatalidad” la condenaba a caer sin pena ni gloria, pero con estruendo en relación a las expectativas creadas. En efecto, la vuelta de Cruyff como DT refundó el Barça, creando un equipo brillante, que ganaría su primera y postergada Copa de Europa en 1992. En ese Barça jugaba de cinco un tal Josep “Pep” Guardiola, que en 2008 multiplicaría el legado de Cruyff con el equipo culé de Messi, Xavi e Iniesta. En octubre de 2007, tras el fracaso en el Mundial de 2006, la selección dirigida por Luis Aragonés —técnico históricamente contragolpeador— iba a adoptar el tiki-taka, síntesis de la escuela “holandesa” y la Quinta del Buitre[1]. Ese estilo, protagonizado en el campo por Xavi, Iniesta, Fábregas y Silva, inciaría el ciclo actual ganando brillantemente la Eurocopa de 2008, a la que se sumaría el primer Mundial (Sudáfrica 2010) y la siguiente Eurocopa (2012), ambos dirigidos por Vicente Del Bosque. Luego vendrían la Nations League de 2023 y la Eurocopa de 2024. Quizá el máximo síntoma del salto de España a la élite es que ha empezado a exportar jugadores y técnicos a ligas tan importantes como la inglesa, por ejemplo.

La forja del estilo actual de la selección argentina es más conocida. Cabría decir que es una combinación de las dos escuelas que han dominado el modo de entender el juego en el último medio siglo, la menottista y la bilardista. Ambas resaltan sus diferencias, pero guardan importantes similitudes, porque se apoyan en el juego asociado, la posesión y el protagonismo, además de la técnica individual. Si Bilardo daba más importancia a la planificación como forma de controlar el juego, Menotti entendía inevitable la contingencia de éste y confiaba en la imaginación individual y colectiva para resolver las siempre inéditas situaciones del partido, sobre la base de un saber del jugador sobre el juego mismo y su puesto. Lionel Scaloni es más menottista en cuanto a que no deriva el éxito del resultado, sino que entiende que hay gloria deportiva también cuando no se alcanza la victoria, que no depende exclusivamente de lo que haga el propio equipo, porque al fin el rival juega y puede ser o estar mejor: para saber eso es que se juega. Y es más bilardista cuando en determinadas circunstancias busca controlar el partido, dejando venir al adversario, sabiendo que al final el equipo se impondrá por oficio. Ésa fue la diferencia central entre la actual selección argentina con relación a la de Catar, en la que jugó la final al modo más brillante que se haya visto en ninguna final disputada por Argentina, sobre todo en los primeros 80 minutos. No obstante, como en México ‘86, el rival le empató en dos jugadas relámpago. Pero, también como aquella vez (y como en el ’78), el equipo se sobrepuso a un inesperado empate con gran personalidad, temple y habilidad técnica.

Así que para quienes gustan el fútbol ofensivo, asociativo, de “orden y aventura”, que España y Argentina disputen la final es ya un triunfo. La principal diferencia entre ambos equipos es, quizá, la manera de vivir esa forma de juego. España siempre da la sensación de que lo hace con naturalidad, mientras que Argentina procesa más el trámite, piensa más cada movimiento, chamuya más la respuesta. Esto quizá provenga de los contextos en los cuales ese juego se empieza a desplegar: la adversidad, los obstáculos, las carencias, y la inminencia del último tren en los suburbios y barriadas argentinas, frente a la distensión de las escuelitas y también plazas españolas, más confortables y tersas, abiertas al juego por el juego mismo. Y ahí quizá pueda estar un aspecto clave de la confrontación de este domingo: cómo Argentina enfrentará el juego pulido y prolijo español, pero también cómo éste se sobrepondrá a la técnica sagaz y al corazón infinito de la albiceleste. Los dioses del fútbol quizá nos lo muestren.

Esáña vs Argentina. Mexsport

[1] La idea del cruyffismo y la Quinta del Buitre como antecedentes del estilo de juego de la selección española de 2008 la tomo de: Hinojal, L. M. (2012). El origen del ‘Tiki-taka’: Entrevista a Ángel Cappa. Líbero (2), 16-21: https://revistalibero.com/blogs/contenidos/el-origen-del-tiki-taka y de Valdano, J. (2016). Fútbol: El juego infinito. El nuevo fútbol como símbolo de la globalización. Conecta. Véanse también: García Martí, C. (2018): De la furia española al buen juego: los orígenes del tiquitaca. Política y Sociedad 55 (2), 513-532:  https://revistas.ucm.es/index.php/POSO/article/download/56684/4564456548416/4564456557300) y Burns Marañón, J. (2013). De Riotinto a la Roja. Un viaje por el fútbol español (1887-2012), Contraediciones, Barcelona.

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