México 1986

Por Gibrán Ramírez Reyes

En 1982, Colombia renunció a ser la sede de la Copa Mundial de fútbol de 1986. Después de su designación, el gobierno y sus socios privados no avanzaron en la debida construcción de estadios e infraestructura. Los candidatos finales a ser sede sustituta fueron los tres países de América del Norte. México ganó. Nuestro país tenía los estadios Olímpico Universitario —pensado por Mario Pani y Enrique del Moral, y diseñado por Augusto Pérez Palacios—, inaugurado en 1952;  el Jalisco —pensado por Xavier Vallejo y Jaime Obeso—, inaugurado en 1960; el Azteca —pensado por Pedro Ramírez Vázquez—, inaugurado en 1966; el Cuauhtémoc —también de Ramírez Vázquez—, inaugurado en 1968, y se construiría también el Corregidora, una obra de Luis Alfonso Fernández (discípulo de Ramírez Vázquez) que se inauguraría en 1985. 

México tenía, además, toda la infraestructura que a Colombia faltaba, y que ya había sido puesta a prueba en los Juegos Olímpicos de 1968 y en la Copa Mundial de fútbol de 1970. La sustitución no demuestra sólo esa asimetría material, sino la subyacente, política e intelectual: hacía tiempo que el personal político mexicano compartía una idea de país y, dentro de ella, una idea de ciudad. Un país que construye estadios es un país que sabe cómo son las ciudades que busca cimentar y desarrollar, los públicos y mercados que pretende crear, las identidades que busca fomentar, las masas que aspira a conducir. (En Colombia hubo un caudillo que tenía una idea de todo eso, pero lo asesinaron. En México, en cambio, el personal político surgido del período postrevolucionario convirtió dichas ideas en políticas de Estado).

El mundial se inauguró con un partido entre Bulgaria e Italia el día 31 de mayo. La gran final se jugó entre Alemania Federal y Argentina el día 29 de junio.

29 de junio de 1986: ese día se consagró para la historia Diego Armando Maradona, con sus fortalezas y debilidades exhibidas profusamente durante el torneo, sus genialidades y trampas, con el “gol del siglo” y la “mano de dios” a sus cuestas desde cuartos de final. 

29 de junio de 1986: ese día también dieron carta de reconocimiento al ya consagrado y retirado Mario Pani, autor de una parte de la idea de la Ciudad de México y sus suburbios, con su ingreso en calidad de miembro numerario a la Academia de Artes, fundada por decreto presidencial en 1967.

Diego Rivera, Carnaval de la vida mexicana, panel 3 (pintura), 1936.

Mario Pani intituló a su discurso de ingreso “Elogio de la arquitectura”; lo dio de espaldas al festín de las masas internacionales, pero sin olvidar a las nacionales. En el inicio del discurso elogió a la Academia, a algunos artistas y críticos de arte en particular, y se permitió llamar a la pronta integración a la Academia de los miembros faltantes según la previsión del decreto de creación y a que los diálogos entre los académicos se transmitieran en televisión nacional. Después, el elogio de la arquitectura lo hizo Paul Valéry por él, mediante amplísimas citas textuales. En el discurso, Pani retomó su propia voz sólo hacia el final: únicamente para sus agradecimientos, que fueron, más que eso, un establecimiento de su propio papel en la historia de México —y no sólo de la arquitectura—.

Mario Pani menciona en primer lugar a Diego Rivera y su fallida colaboración para el comedor del Hotel Reforma en 1936. (Rivera había pintado deforme al presidente de los Estados Unidos, Roosevelt, a Plutarco Elías Calles como una pantera y a Luis N. Morones como un cerdo, en un momento muy delicado para la construcción del nuevo orden político). En segundo lugar, se destaca la colaboración con José Clemente Orozco en la Escuela Nacional de Maestros y en el Centro Urbano Presidente Alemán. En tercer lugar, destaca la colaboración de David Alfaro Siqueiros en la Ciudad Universitaria. En cuarto lugar, se destaca la colaboración con Luis Ortiz Monasterio para las estatuas del Conservatorio Nacional de Música. Finalmente, Pani reconoce las colaboraciones con Carlos Mérida para el multifamiliar presidente Juárez y llama a no amilanarnos ante la desgracia de los sismos de 1985 y aprovechar la reconstrucción para realizar una necesaria gran cirugía urbana.

Diego Rivera, Carnaval de la vida mexicana, panel 1 (pintura), 1936.

Hablar de Diego Rivera, de Siqueiros, de Orozco es hablar de estirpe y legitimidad revolucionarias sin recurrir a su propio árbol genealógico. Hablar del Hotel Reforma es hablar del lugar que quería darse México en el mundo del turismo y de su imagen ante él. Hablar de la Escuela Nacional de Maestros es hablar del proyecto nacional de la educación pública mexicana. Hablar del multifamiliar Presidente Alemán, de la Ciudad Universitaria y del multifamiliar Presidente Juárez es hablar de la Ciudad, del proceso de urbanización detonado en su enorme región sur. Mario Pani se expone así, públicamente, como uno de los arquitectos del régimen de la Revolución.

Diego Rivera, Carnaval de la vida mexicana, panel 2 (pintura), 1936.

Son también importantes los silencios del discurso. No habla Pani, en sus agradecimientos, respecto del sueño, de la proeza que significó el Conjunto Urbano Presidente Adolfo López Mateos de Nonoalco Tlatelolco, funcional como vivienda de miles de personas hasta nuestros días; no lo hace, muy probablemente, porque Tlatelolco se convirtió en un tabú para el régimen después de la represión asesina de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Tampoco habla, por ejemplo, de la confección de Ciudad Satélite, porque implicaba también una relación de negocios con el expresidente Miguel Alemán, en un espacio en que lo público y lo privado se entrelazaron de forma muy compleja.

En septiembre de 1986, unos meses después, Octavio Paz publicó en Vuelta su “Hablo de la Ciudad”.

“hablo de la ciudad inmensa, realidad diaria hecha de dos palabras: los otros,

y en cada uno de ellos hay un yo cercenado de un nosotros, un yo a la deriva,

hablo de la ciudad construida por los muertos, habitada por sus tercos fantasmas, regida por su despótica memoria,  

la ciudad con la que hablo cuando no hablo con nadie y que ahora me dicta estas palabras insomnes,

hablo de las torres, los puentes, los subterráneos, los hangares, maravillas y desastres,

(…)

hablo de los edificios de cantería y de mármol, de cemento, vidrio, hierro, del gentío en los vestíbulos y portales, de los elevadores que suben y bajan como el mercurio en los termómetros, de los bancos y sus consejos de administración, de las fábricas y sus gerentes, de los obreros y sus máquinas incestuosas”[1]

Diego Rivera, Carnaval de la vida mexicana, panel 4 (pintura), 1936.

Hablo de la Ciudad que el poeta metió en un poema sin estadios, de las ciudades mexicanas, de sus antiguas élites silentes y complacientes, conscientes de su condición y conscientes socialmente, ambiciosas de negocios y de reconocimiento mundial, hablo de élites políticas y académicas con horizonte colectivo convertido en hormigón y concreto —preparados para dialogar y hacer negocios con el mundo incluso en un momento de emergencia—. Hablo de México en 1986.


[1] Octavio Paz, “Hablo de la ciudad”, Vuelta, nº. 118, septiembre de 1986, pp. 8-10. Disponible en https://letraslibres.com/vuelta/hablo-de-la-ciudad/.

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