Italia 1990

Por Julián Melo

“No querían que Argentina ganara”

Oscar Ruggeri

Priiiiiiiiiiiiii! Estadio olímpico de Roma. Anochecer del 8 de julio de 1990. Suena el silbato de Codesalreferee de la final de la Copa del Mundo de fútbol entre dos colosos: Argentina y Alemania. Minuto 83. El silbato sonaba para cobrar un penal de Roberto Sensini en perjuicio de Rudy Voeller. Amontonamiento alborotado de jugadores, reclamos a los gritos, topetazos. Aroma a injusticia. No había VAR, aunque ya aprendimos que si hay necesidad política de injusticia, el VAR acude presto y sin dudar para legitimar.

Unos minutos después, Andreas Brehme sacudía el arco de Sergio Goycoechea, uno de los máximos atajadores de penales de todos los tiempos. Derechazo fuerte y cruzado al palo derecho de Goyco. Alemania campeón. Aroma a injusticia. Lágrimas de desazón. Alemania ganaba la Copa Mundial después de perder la final de 1982 contra la Italia de Paolo Rossi, y la de 1986 contra la Argentina del mismísimo Maradona. Parecía que el estigma del ‘90 era la ilegalidad, protagonizada por un árbitro uruguayo nacionalizado mexicano con un silbato impune que decretaba un triunfo que los teutones podrían haber conseguido por otros medios. Ahora bien, ¿será solo la ilegalidad el estigma del ‘90? ¿Habrá sido esa sola ilegalidad la determinante, la del no penal de Sensini en la final? Creo que otros estigmas rodean aquella justa deportiva. Estigmas de ilegalidad también, pero con otros condimentos quizás políticos, pero estigmas futboleros al fin. El problema, en todo caso, es cuando se piensa a la justicia como algo estético, cultural o jurídico y no como lo que es: un hecho político.

Podrá recordarse al mundial del ‘90 como el de peor promedio de gol por partido. Algunos (que no vieron por supuesto todos los mundiales y que olvidan de modo flagrante la Copa del Mundo de 1994) lo podrán recordar como el de peor nivel futbolístico. También se lo puede recordar por el amañado modo de preclasificación de los cabezas de serie, y el “engaño” a España en modo Havelange. Simultáneamente, estará girando en el éter el sonido demarcatorio de “Un’estate italiana”, la emblemática canción que daba acordes al campeonato.[1] Allí mismo, una épica semifinal entre Italia y Argentina: el local contra Maradona. Y esa palabra mágica, ese significante vaciado demoledoramente por una historia mágica y turbulenta: Maradona. Símbolo de justicia y belleza con la pelota en los pies; icono del exceso sin ella cerca. En el ‘90 jugó Maradona, de modo que poca luz habrá para el resto. 

Maradona jugó aquel Mundial, como se dice en Argentina, “en una pierna”. Se veían fotos de su tobillo “tamaño sandía”. No le calzaban las medias, no le cerraba el botín. Maradona jugó aquel mundial. ¿Diego en toda su dimensión? Discutible. Pero es Maradona. Hizo una jugada magistral en los octavos de final contra Brasil gambeteando rivales y juntándolos por el centro del campo hasta cederle un pase a Caniggia hacia la izquierda del campo. Gambeta de “Cani” a Taffarel, gol y victoria en un partido en el que los brasileños atacaron de manera indiscriminada, casi en modo tsunami futbolero, a un Goycochea que escuchaba resonar los palos y el travesaño sin parar. Maradona, de un plumazo, acalló esos misiles desbocados que acudían en búsqueda de la red argentina. No obstante, aquel emblemático partido de octavos de final tiende a ser más recordado por el llamado “bidón de branco” o “bidonazo”. Aroma a injusticia, vestigios de ilegalidad.

La leyenda cuenta que Maradona, en connivencia con el banco de suplentes argentino y en medio de un acuciante calor, ofreció a los rivales beber de un bidón blanco que contenía agua adulterada con sustancias quizás de orden somnífero (o por el estilo) que hicieron mermar el rendimiento verde-amarelo y que, de nuevo quizás, justificarían un resultado favorable a la Argentina en un partido que cada minuto parecía perdido. “Bidonazo”, trampa, ventaja antideportiva, Maradona, Bilardo. Todos nombres de la injusticia. Injusticia que, como espero vaya quedando claro, también es un hecho político. Quiero decir, sin ambages, los mismos adalides del jogo bonito y de las “reglas teatrales y civilizadas” para pensar el fútbol (y la política) que derraman ríos de tinta para explicar la “ilegalidad maradoniana” olvidan, sin pesares morales de por medio, la ya incalculable cantidad de patadas mortuorias que recibía el mismo Maradona en cada partido (incluido Brasil), casi como haciéndonos entender que los golpes arteros e impunes eran parte del juego pero el “bidón” no. Siendo que, sin perder ningún anillo en el argumento, uno podría considerar tan despreciable el hecho de ofrecer agua adulterada como el hecho de golpear a mansalva al que juega bien en el nombre de un negocio y de un folclore futbolero. Una cosa no justifica la otra bajo ningún punto de vista, pero el fútbol es un hecho político. Maradona lo es. Los “olvidadizos” también son despreciables.

Aroma a injusticia, destellos de ilegalidad. Argentina clasifica a octavos de final porque, en el partido contra Rusia, Diego ataja literalmente una pelota en la línea de gol con el brazo-codo. Penal flagrante. No lo cobran. La jugada sigue y Maradona trota con cara de “aquí no ha pasado nada”. Casi como contra Inglaterra en el ‘86 pero esta vez en el arco propio. Nuevamente, Maradona como nombre de lo injusto y lo ilegal. Un Maradona que, ahora se sabe, ya estaba camino a ser “corrido” del eje futbolero. Un tipo molesto, contestatario. La Camorra vibraba de fondo. Un Maradona incómodo, tramposo, pícaro. Y allí detrás, obviamente, los dueños del negocio balompié y los sultanes bufonescos del buen juego avivando el fuego de las reglas claras y el cumplimiento del deber. 

Dueños y Sultanes que, normalmente, y por conveniencia, olvidan. Y ese olvido también es un hecho futboleramente político que el Mundial del ‘90 puso completamente en evidencia. En el partido de inauguración de aquel campeonato, Argentina perdió 1 a 0 con Camerún. Sonaba a hecatombe. Vibraban voces condenatorias para el campeón del mundo, y se rumoreaba el soñado ocaso para el mejor jugador de todos los tiempos. Sonaban menos, y aún vibran menos, voces que denuncien, en nombre del jogo bonito y el toque, la violencia física antireglamentaria del juego africano. Aquel partido es famoso por las patadas repartidas por los jugadores cameruneses, a distintas alturas de los cuerpos rivales. Golpes construidos en una evidente seguridad de que no habría sanción. Golpes amarrados a una idea más que sugerente y altamente demostrada: había que frenar a Maradona (y a Caniggia) a como diese lugar. ¿Aroma de injusticia, destellos de ilegalidad? Ese mismo Maradona que le hizo un gol con la mano a Inglaterra en los cuartos de final a Inglaterra en 1986 fue “denunciado” por Peter Schilton (el arquero que sufrió el gol) por antideportivo e inmoral. El mismo Peter Schilton que, en nombre del buen juego y la inmoralidad, jamás denunció los golpes arteros, ilegales, inmorales y antideportivos que le dieron a Maradona en aquel mismo partido. Nunca denunció las patadas que le propinaron a Diego los coreanos (muchas fotos de eso son meme hoy). Dueños de la moralidad y sultanes del buen juego son, claramente, propietarios de un sesgo que ni siquiera es ideológico, es clasista. Nada justifica la glorificación de un gol hecho con la mano cuando el reglamento lo prohíbe. Nada compensa, en esos términos, la consecución, minutos después, del gol más deslumbrante de la historia de los mundiales. Mismo Maradona. Mismo partido. No obstante, lo políticamente injustificable es el olvido: los golpes, la violencia, la creencia en una superioridad (quizás europea, por qué no decirlo) revelan la clave de aquel Mundial. El universo occidental empezaba a no tener Guerra Fría, ya casi no había muro. ¿Podía ganar una Copa del Mundo un símbolo de la incorrección? La respuesta sería completamente contrafáctica. Pero la pregunta me parece completamente pertinente en términos políticos. 

Para los ayatolás de una justicia pretendida y fundada en bases que nadie sabe bien de dónde provienen, los merecimientos y la estética son determinantes a la hora de juzgar el juego (y lo político) ¡Debería ganar el que más veces patea al arco! Argumento que, sin entrar en detalles técnicos, goza de una falacia admirable: si el criterio es ese, ¿para qué jugamos con arquero? Es decir, si el arquero rival ataja todo y tú pierdes, ¿por qué mereciste ganar y eso deslegitima el triunfo rival? Sería como decir que como tú tienes un delantero que no erra un gol y que con solo patear 3 veces te convierte 3 goles, es injusto e ilegal porque has pateado menos que el rival. Los jeques del buen juego olvidan: de eso se trata. Y luego pontifican sobre justicia y buen gusto. 

En la final de la Copa del Mundo de 1990, Codesal no sancionó a Aughentaler por simular una falta de Goycoechea que se reclamaba penal. Tampoco pitó un penal más que claro del enorme Lothar Mathaus contra Gabriel Calderón que, quizás, hubiese cambiado el rumbo de los hechos. Contrafáctico, futbolero. ¿Se trata de hacer un alegato que eche por tierra la validez de aquella victoria teutona en nombre de una legalidad avasallada? No. Se trata, antes bien, de sugerir un argumento político. Toda victoria, y toda derrota, serán siempre discutidas (partamos de la base de que Alemania no tiene ni un triunfo en finales mundiales que sea legalmente indiscutible). Porque derrota y victoria son hechos políticos, son un producto del conflicto y la lucha. Hechos que no se resuelven bajo ningún punto de vista, ni en la moralidad ni en el folclore. Moralizar el fútbol es como moralizar lo político. Y ya aprendimos de Maquiavelo: se trata de lógicas distintas. 

En el ‘90 se había caído el muro. Ya se extinguía el comunismo y entraba en crisis la forma Maradona de sentir el fútbol. Triunfaba la democracia, y ya luego llegaría Francis Fukuyama para decir lo suyo. El mundo, y los mundiales, se empezarían a organizar de manera distinta y con un reglamento “revolucionario”. Ya nadie podría entregarle la pelota al arquero con los pies y que este la tome con las manos. No obstante, habría que establecer dos matices. El primero es que nunca, reglamentariamente, se pudo evitar la moralización del fútbol. Si tú finges una falta dentro del área, por ejemplo, los relatores del fútbol español te condenan. Eso, siempre y cuando no seas Killian Mbappé. Ergo, lo moral es selectivo (eso le pasó a Maradona) y por ende es autoritario. Si la falta la finge un sudamericano, es culpa de la formación, de la anomalía sudaca. Si la falta la finge un español, nadie dirá nada y nadie fingió nada. El segundo matiz es que, cuando contamos historias, cuando politizamos un balón, la peor de las errancias es el olvido. Mirar fútbol no es ni condenar ni alabar. No es juzgar moralmente. Mirar fútbol es aceptar un lenguaje. Mirar fútbol es jugar un juego. Un juego que es político, que no es definitivo, que es conflictivo y que nadie jugó mejor que Diego Armando Maradona, aun “en una pierna”.


[1] Con el significado de ‘Un verano italiano’, aunque en inglés se tradujo la canción como “To Be Number One” y en italiano se conoció como “Notti magiche” (‘Noches mágicas’), fue compuesta por Giorgio Moroder e interpretada por Gianna Nannini  y Edoardo Bennato en italiano, y se trata de la primera canción oficial de un mundial. Se puede escuchar en https://www.youtube.com/watch?v=N2ANAqO1TLs&list=RDN2ANAqO1TLs&start_radio=1

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