Entre el trabajo y el cuidado: testimonios de mujeres beneficiarias de un programa infantil

Laura[1] es una mujer de 22 años que vive con su pareja y su hijo de 5 meses. Por mucho tiempo se dedicó a las ventas, pero por problemas de salud durante su embarazo tuvo que dejar de trabajar. Actualmente es ama de casa. Cuando le pregunté cómo se había sentido con esa transición, me respondió entre algunos titubeos, como eligiendo con cuidado las palabras:

Ya lo voy asimilando. Aunque luego sí se me mete esa idea de ya está un poquito grande, pero quiero todavía trabajar porque ahorita se vienen gastos (…). Entonces, digo, ya puedo trabajar, pero la idea es que, pues que lo vas a descuidar. Entonces, no es lo mismo que lo cuida tu mamá, o la abuelita, o X persona, porque pues nadie lo va a cuidar como la mamá, ¿no? Entonces, como que luego se me viene de repente ese trauma de seguir trabajando, pero ya se me va pasando

El testimonio de Laura revela un dilema muy común en la vida de muchas mujeres en México: querer o necesitar trabajar, pero tener miedo a “descuidar”. Este dilema surge en un contexto en el que las mujeres son las principales cuidadoras en sus familias y no cuentan con opciones confiables fuera de ellas. Además, se trata de una de las 30 beneficiarias del Programa de Apoyo para el Bienestar de Niñas y Niños Hijos de Madres Trabajadoras (PAB) que tuve la oportunidad de entrevistar durante la primera mitad del 2025.

El PAB es actualmente la principal política de cuidado infantil no contributiva[2] en México. Surgió en 2019 como reemplazo del Programa de Estancias Infantiles (PEI), que subsidiaba espacios de cuidado privados, con el objetivo de expandir el acceso de servicios de cuidado infantil a las personas que no tienen seguridad social. A diferencia del modelo anterior, el PAB entrega transferencias monetarias directas a las madres. Este instrumento busca dar más libertad a las madres de familia para escoger en dónde invertir el dinero destinado al cuidado de sus hijos.

Mamá acariciando a su bebé prematuro. Wellcome Collection.

Sin embargo, no está claro el potencial de las transferencias monetarias para contribuir a la conciliación entre el trabajo y el cuidado. De hecho, no es un instrumento muy común en las políticas de cuidado infantil y existen pocos estudios al respecto. El objetivo de mi investigación fue analizar este potencial a través de entrevistas a beneficiarias de 10 estados diferentes. Aunque no es posible medir impactos a través de las entrevistas, los testimonios de las mujeres permiten observar dimensiones relevantes para el diseño de las políticas de cuidado infantil en México.

Una de estas dimensiones tiene que ver con el uso que las beneficiarias le dan a la transferencia. Laura, como la mayoría de las mujeres que entrevisté, la utiliza para cubrir las necesidades básicas de sus hijos y no para pagar servicios de cuidado. Esto podría relacionarse, en parte, con la información que recibieron al momento del registro. Varias mujeres recibieron explicaciones ambiguas, como que la transferencia era “para madres trabajadoras” y a otras sí les dijeron explícitamente que era para lo que sus hijos necesitaran.

Una excepción clara fue la de Ana, una mujer de 24 años que tiene 3 hijas y se dedica a la limpieza doméstica, a quien sí le dijeron que la transferencia debía usarse para pagar cuidados. Ella le paga a una vecina para que cuide a sus hijas y menciona que el programa la ayudó a seguir trabajando:

(N)o alcanzaba para pagarle (a su vecina) y tenía yo que llevármela (a su hija) al trabajo, pero no me la aceptaban a veces porque son niños y a veces tocan y o cualquier cosa así (…) y mi esposo (…) me había propuesto que ya no trabajara yo, solo me dedicara a cuidar a la niña, que él iba a sustentar, pero pues no nos alcanzaba. (P)ero nos llegó el programa. (…) Y ya ahorita que llegó se me hace más fácil, porque yo sé que en un tiempo me va a caer ese dinerito y ya yo puedo pagar y ya (a su vecina).

Este testimonio sugiere que la transferencia sí tiene el potencial de contribuir a la conciliación entre el trabajo y los cuidados, pero este potencial depende, en parte, de que las beneficiarias conozcan que pueden destinar estos recursos al pago de servicios de cuidado.

Más allá de la falta de claridad sobre el uso de la transferencia, otro desafío es que muchas mujeres no tienen acceso a servicios de cuidado infantil de buena calidad. Las guarderías privadas suelen ser escasas, costosas (la transferencia actual no necesariamente es suficiente para pagarlas), o con horarios que no se ajustan a las necesidades de las madres. Además, la mayoría de las entrevistadas expresaron desconfianza hacia la atención en las guarderías. Algunas mujeres han tenido malas experiencias o han escuchado sobre casos de negligencia y maltrato a los niños en estos lugares, lo cual refuerza la idea de que los niños están más seguros si son cuidados por ellas mismas. Por ejemplo, Yamile llevó a sus dos hijos mayores a una guardería, pero muchas veces regresaban enfermos o lastimados, por lo que decidió dejar de trabajar y dedicarse al cuidado de sus hijos. En la actualidad, ella y su esposo tienen trabajos con horarios flexibles y se turnan para cuidar a su hijo pequeño. Su historia muestra cómo la falta de servicios confiables obliga a muchas familias a reorganizar sus trabajos, a veces renunciando a oportunidades laborales.

Diversos estudios realizados en México y otros países en desarrollo destacan que uno de los factores más importantes para que las madres puedan tener un trabajo remunerado es el hecho de contar con redes de apoyo, las cuales suelen estar conformadas por mujeres de la familia. Esto coincide con lo que les sucede a varias de las mujeres que entrevisté, quienes sienten más confianza de dejar a sus hijos con alguien de la familia que en centros de cuidado infantil. Un ejemplo de esto es el de Guadalupe, quien lo expresó de esta manera:

Pues la verdad no (quiso llevar a sus hijos a una guardería), porque pues ya ves que hay muchos rumores y pues yo no quería dejar solos a mis hijos ni tampoco quería yo trabajar, pero pues como vi que mi mamá me dijo que sí me iba a apoyar en esa manera, ya fue que decidí como que más impulsión a trabajar.

Además, Guadalupe usa una parte de la transferencia para pagarle a su mamá, como una forma de agradecerle por su apoyo. Otras beneficiarias también hacen lo mismo.

El problema es que este apoyo no es fijo y se puede terminar por alguna razón ajena a las beneficiarias. En estos casos, las mujeres se ven obligadas a buscar otras opciones o a dejar sus trabajos. Andrea, quien tiene dos hijos y tiene un negocio de aplicación de uñas, está atravesando por esa situación. Una prima la ayudaba a cuidar a su hijo más pequeño mientras ella trabajaba, pero ahora le avisó que empezará a trabajar y ya no podrá apoyarla. Así describía lo que estaba enfrentando:

(A)horita es como que buscar (…) cómo voy a hacerle, por ejemplo, mañana que voy a trabajar, ¿qué voy a hacer para…? ¿Dónde voy a dejar encargados a los niños? ¿Qué voy a hacer? Tengo otras opciones. No son mis primeras opciones, pero por lo pronto ahí acomodarme. Pero sí, ya se ha vuelto más complicado porque generalmente los nietos se quedan con la abuelita. Y en mi caso pues ya no hay abuelita. Y la familia de mi esposo nunca jamás me ha ayudado en el cuidado de los niños, de ninguno de los dos. Entonces no hay apoyo de ese lado tampoco. Y sí, es como que ¡ay! Necesito trabajar, necesito un ingreso, pero no hay quien o no hay en este momento alguien que me ayude.

Las palabras de Andrea reflejan el dilema al que muchas de estas mujeres se enfrentan: la necesidad de trabajar, la escasez de redes de apoyo o servicios confiables de cuidado y la preocupación por que sus hijos estén en un lugar seguro. Por último, un tema que también surgió en las entrevistas es la preocupación e interés de las madres por que sus hijos pequeños reciban estimulación temprana. Algunas procuran estimularlos ellas mismas y otras reconocen la importancia de las instituciones para esto. De hecho, las dos entrevistadas que llevan a sus hijos a una guardería reconocen las ventajas de estas en su desarrollo. Para Rosa, quien actualmente trabaja en un restaurante, esto fue una sorpresa:

Al principio como que, desconfiaba, ¿no? Porque, pues, nunca lo había dejado (…) a cargo de alguien más. Pero, pues, bien. Yo noté mucho que empezó a hablar más rápido (…), lo veía así muy avanzado porque él ya al año cuatro meses… cinco meses más o menos, ya me empezaba a hablar más, caminaba, corría y por ejemplo desde hace 2 meses ya está con su control de esfínteres.

Rosa tuvo la fortuna de encontrar una guardería cercana a su domicilio que fuera asequible y con un buen programa de estimulación temprana, pero, ¿y si eso no fuera cuestión de suerte? ¿Y si todas las mujeres pudieran tener esa oportunidad? Existen otros servicios de estimulación temprana que han sido utilizados por las mujeres que entrevisté que no son compatibles con un trabajo remunerado. Esto quiere decir que sí existe un interés en este tipo de servicios. Por esta razón es importante que las políticas de cuidado infantil consideren sus efectos en la conciliación entre el trabajo y los cuidados, pero también sobre el desarrollo de los niños.

La construcción de un sistema de cuidados va más allá de programas dirigidos a “apoyar” a madres trabajadoras, ya sea a través de servicios de cuidado infantil o transferencias monetarias. Ambos son una parte importante de este, pero el objetivo más importante debería ser la construcción de una cultura del cuidado. Esto empieza por reconocer que el cuidado es un derecho, tanto para los que lo necesitan como para quienes lo proporcionan. Actualmente ha habido distintas iniciativas para incluir este derecho en la Constitución, pero es importante que no se quede ahí.

La materialización del derecho al cuidado depende de la cooperación distintos actores: el Estado, a través de políticas públicas que consideren la realidad de las familias mexicanas;  el sector privado, con condiciones laborales que sean sensibles a las responsabilidades familiares de las personas; el sector sin fines de lucro, que puede ser un muy buen aliado en la formación y provisión de servicios; y las familias, que actualmente se encargan de la mayor parte de los cuidados. Reconocer esta corresponsabilidad es un paso indispensable para avanzar hacia una verdadera cultura del cuidado.

Cuidar es una labor indispensable para el desarrollo de la sociedad. Sin embargo, la distribución desigual del cuidado hace que conciliarlo con el trabajo remunerado se viva como un “trauma”, tal como reflejan los testimonios de las mujeres que entrevisté. Por eso, es importante tener en cuenta que cuidar no solo corresponde a las mujeres o a quienes se dedican a esto profesionalmente. Si la cultura del cuidado fuera asimilada por cada persona desde la infancia, podríamos construir una sociedad más unida y en paz. Es importante exigir al Estado políticas que la fomenten, pero en realidad se trata de algo que empieza con cada persona. Es simplemente cuestión de preguntarse cada día: yo, ¿cómo puedo cuidar a quienes están a mi alrededor?

Mamá amamantando a su bebé. Wellcome Collection.

[1] Los nombres de las mujeres entrevistadas fueron modificados para respetar su anonimato.

[2] Para las personas que no tienen seguridad social

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