Guadalupe Robles dice en la entrada de En defensa del político (México, Coltzin & Co., 2025), que fueron las sugerencias de sus lectores las que lo animaron a publicar esta selección de textos, originalmente elaborados para su publicación en El Debate, un periódico de acreditada presencia regional y nacional. Y bien, puedo confirmarlo: fui uno de esos lectores, pues desde que conocí sus primeras entregas me pareció que, bien reunidas y organizadas, independientemente del interés singular de cada una de ellas, tendríamos un horizonte mucho más completo y articulado del quehacer y las características de nuestras mujeres y hombres dedicados a la vida pública.

Este libro es, en efecto, una defensa de la política y los políticos (aunque, desde luego, no de cualquier actividad política ni de cualquier político). Y trata también, más allá de su estricto título, de todos esos personajes que orbitan en torno al político y la política (jefes de prensa, amigos, asesores, empresarios, internautas del ciberespacio —con todo y community managers—, opinólogos, familia, consultores y hasta eruditos de café, es decir, este texto atañe, sin dejar de lado otras aproximaciones, a quienes tendríamos que ser sus primeros lectores y lectoras).
Lo que encontramos en sus páginas no es un tratado (que Guadalupe los ha escrito para la política pública municipal y para el quehacer legislativo), sino un literal reconocimiento (o sea, un re-conocimiento, un re-examen) de ese específico quehacer público y sus protagonistas, tanto si han dado con él por vocación, como si lo han hecho por compromiso, por los secretos azares o por la prosaica búsqueda de chamba.
Dicho reconocimiento opera en un doble plano. Primero, el del estudioso poseedor de un sólido background académico, y segundo, el del servidor público experimentado, que sabe de qué habla porque lo ha vivido directamente, ahí, a un lado del político. Estamos, entonces, ante una obra que, desde el conocimiento teórico y práctico de la política, hace el re-conocimiento de quienes se consagran a esta actividad tan criticada pero inevitable, tan necesaria cuanto atravesada por intereses y pasiones fingidas y reales.
Eso le da su carácter peculiar a la compilación: no tenemos muchas obras que, sin ser rigurosas memorias autobiográficas (aunque algo de eso tienen estos escritos), nos ofrezcan una tipología tan variada del zoon politikon hoy en día y en estos lares sinaloenses o mexicanos, aunque sus semblanzas, definiciones y sugerencias pueden aplicar, en alguna u otra medida, a buena parte del mundo contemporáneo.
Convengo con mucho de lo escrito por Guadalupe en estos artículos construidos, casi casi, como breviarios. El arco que recorre es muy amplio y colorido: virtudes, delirios, adversidades, candidatos, dirigentes partidistas, traiciones, encumbramiento y derrumbe, relación con la gente, con los medios, con los amigos y los enemigos, júbilos y frustraciones, formación, tipos de políticos, además de la presencia de la opinión pública, la oposición, las y los jefes de prensa, la familia, las amistades, el equipo de trabajo, entre otros muchos temas girando alrededor de la política y la esfera de lo público.
Por mi parte, matizaría algunos de sus juicios, como el del hartazgo a que da lugar, entre la ciudadanía, el incumplimiento de las promesas por parte de los políticos cuando llegan al poder. Lo cual es cierto, sin que lo sea menos que la promesa no es definitiva nunca, ni en la vida ni en la política. Podría decirse que, invirtiendo el sentido de lo dicho por Groucho Marx, hay quienes responden mejor a la sociedad cuando cumplen con todo aquello que no prometieron.
Y en México y Sinaloa tenemos ejemplos de ello con gobernantes que construyeron infraestructura económica o social o realizaron una labor educativa o cultural no comprometida explícitamente en sus campañas electorales. Paradójicamente si se quiere, es por eso por lo que se les recuerda. Más allá de su desenlace, Salinas de Gortari jamás habló en campaña de algo parecido al PRONASOL, y sin embargo, fue ese programa el que le reportó una inusitada legitimidad, digo, por lo menos hasta la primera mitad de su sexenio (habrá que recordar los resultados electorales de 1991). Aquí, no obstante, tenemos el caso de un político que echó por la borda su éxito debido a ese viejo padecimiento al que tantos males atribuyó Tucídides: la hubris, puntualmente recordada por Guadalupe Robles.
Aunque esto, asimismo, como lo señala el autor, entraña un evidente riesgo. No me refiero aquí a la situación en la que se incumple porque las promesas hechas eran mera demagogia (por lo tanto, en buena medida, incumplibles). No aludo al descrédito que esto puede acarrear, sino al riesgo que supone actuar de acuerdo con una ética de la responsabilidad antes que con una ética de la convicción o con arreglo a urgencias políticas inmediatas: no siempre las decisiones tomadas con información sustentada, responsablemente, resultan populares. Y no siempre estas decisiones se corresponden con lo prometido. Y aquí tendríamos que entrar ya en los terrenos de la psicología social, citando aquella pinta en una barda que recordaba Carlos Castillo Peraza a mediados de los ochenta, en pleno inicio del desplazamiento de las clases políticas tradicionales por la tecnocracia: “Estamos hartos de realidades, exigimos una promesa”. Dicho esto, debo aclarar que esta digresión, antes que refutarla, agrega un contrapunto a la idea de Guadalupe Robles.
He afirmado que, como reza su título, este libro es una defensa del político y la política, pero no de cualquier político ni de cualquier política. Uno de sus artículos (“Virtudes que debe tener un verdadero político”) lo deja muy claro: el político (el político en que piensa el autor)debe saber para qué quiere el poder, o lo que es lo mismo, debe saber para qué quiere ser político. Esta pregunta es fundamental en nuestros días, tan cruzados, como dice Robles, por la sobreinformación, por esa marea avasallante de “lo noticioso” y sus prioridades mediáticas y comerciales, lo mismo que por el prejuicio, el estallido de mil identidades de todo tipo, el ruido y la polarización no pocas veces inducida desde el gobierno tanto como desde la oposición.
En las últimas décadas, México ha visto regímenes caracterizados por el predominio de una tecnocracia que insistió en que “la política era algo muy serio como para dejarla en manos de los políticos”. Entonces tuvimos una política sin políticos. Y así les fue a los cuadros y dirigentes políticos, y así le fue también a la sociedad sujeta a la fría evaluación de indicadores, a la engañosa meritocracia y a la impersonal lógica del mercado, la eficiencia y la globalización.
Pero hemos visto también, recientemente, regímenes en los que, al revés, han imperado los políticos sin política. Y así le ha ido también a la gente y a la política democrática, supeditada a eso que Maurice Joly, en su Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, llamó el capcioso discurso de la “soberanía popular radical”, en cuyo nombre se ciñen la libertad de expresión, los contrapesos en el ejercicio del poder y el acceso a la información, empobreciéndose la posibilidad de la conversación en el espacio de lo público, acotado en la readecuación del ya viejo tópico decisionista: la política como definición del amigo y el enemigo.
No hay que dejar de advertir, por último, algo que es un distintivo del autor. Con este libro, Guadalupe Robles nos remite a las nociones clásicas y modernas de la política (la libertad, la equidad, el compromiso social, la vinculación entre política y humanismo, la pluralidad y la inclusión, entre otras); eso se echa de ver puntualmente en el artículo “Pensadoras que todo político debe leer”, en el cual sugiere la aproximación a la obra de mujeres que van desde María Zambrano e Irene Vallejo, hasta Simone Weil y Hannah Arendt. Manifiestamente, al mismo tiempo, muy en la línea de algún Octavio Paz, se evitan algunos de esos vocablos, tan caros a la academia, con el prefijo “pos”. Una terminología que nos receta enredadas dosis de pesimismo y termina, desde las camisas de fuerza de lo “novedoso”, precarizando el debate sobre la realidad. Posdemocrático, posliberal, posesto, posaquello: ¿pos qué se traen?, pudo pensar Guadalupe, como buen reivindicador de la crítica moderna, al empezar a concebir esta agradecible compilación.

Ronaldo González. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo. Entre sus libros publicados, George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (UPES, 2024). Próximamente, con los sellos de Círculo de Poesía y la Secretaría de Cultura de Jalisco, aparecerá su libro Playing Kafka. Aristas de lo kafkiano







