Recuerdo el primer día que vi a la mujer de la mirada triste. Yo llevaba tan sólo algunas semanas —¿o meses?, da lo mismo— de haberme divorciado y estaba rehaciendo mi vida en un departamentito de veinte metros cuadrados en la colonia Nápoles. Mi casero se obstinaba en decir que se trataba de un “estudio”, pero en realidad era una pocilga donde apenas cabían mi cama y mis pertenencias; la distancia entre la cocineta y el baño era tan corta que ambas “piezas” se entremezclaban en una sola. Vaya, la cafetera y el shampoo estaban codo a codo, para que nos entendamos.
Por tanto, optaba por escapar de mi lujoso “estudio” y salir a trabajar a una cafetería. Día con día vagaba por la colonia y miraba los distintos locales de la zona. Elegía uno diferente cada día: algunos hipsters, otros fresas y unos tradicionales; algunos caros y otros baratos; algunos pretenciosos y otros sencillos. Pero el día en que me encontré a la mujer de la mirada triste en el “Café La Comuna” decidí no probar ninguna nueva opción. Su mirada me hipnotizó desde el momento en que la vi. No es que fueran ojos especialmente hermosos o memorables: eran de tamaño promedio, de color café oscuro y con pestañas largas y enchinadas. Tampoco es que la mujer de la mirada triste fuera particularmente atractiva o sexy.
Pero nada del resto de su apariencia tenía importancia cuando uno posaba los ojos sobre su mirada: una mirada altiva, penetrante, profunda, que reflejaba unos años de sabiduría que excedían —por mucho— la edad de su dueña. Y más aún, la mirada emanaba una profunda tristeza, pero no una tristeza suplicante ni melodramática. Lejos de detonar debilidad, esa mirada expresaba la tristeza con estoicismo, reciedumbre y dignidad. Se trataba, en suma, de una tristeza enigmática. Era evidente que algo le había pasado a la dueña de aquella mirada tan sabia como melancólica… pero ¿qué?
Todas las mañanas iba a La Comuna. Llegaba a las ocho en punto, justo cuando abrían. Conversaba de temas triviales con Mariana, la dueña, quien me coqueteaba ligera y juguetonamente —¿o habrá sido mi imaginación de hombre divorciado?—. A continuación, pedía un americano y un croissant, y me sentaba en una mesa en la que sabía que podía observar a la mujer de la mirada triste sin que ella lo notara.
Yo me sentaba junto a la barra de café. La mujer de la mirada triste siempre llegaba alrededor de las nueve o nueve y media de la mañana, y se sentaba en una mesa al fondo del local. La máquina de café, las tazas, los platos, el aparador de tartas y la canasta de pan dulce me cubrían lo suficiente para que yo pudiera espiar a la mujer de la mirada triste bajo el manto protector de todos esos objetos sin que ella se diera cuenta.
Primero, observaba a la mujer de la mirada triste solamente de forma discreta y a ratos, cuando me tomaba descansos del trabajo. Aprovechaba esos momentos libres para divertirme con un juego que inventé para mí mismo. El juego era una estupidez pero era una manera de entretenerme y matar el tiempo. Bueno, para ser honesto, más bien era una forma de justificar mi descarado espionaje a la mujer de la mirada triste.
Pero ése no es el punto. Lo importante es que el juego consistía en pensar en las posibles causas por las que la mujer estaba tan triste y desarrollar esas historias hasta sus últimas consecuencias en mi mente. ¿Acaso estaba triste porque su novio la dejó abruptamente luego de seis años de haber vivido juntos? Si fuera así, ¿qué habría conducido al hombre a tomar la decisión? ¿Una oportunidad de trabajo? ¿Conoció a alguien más? ¿Tuvo una crisis existencial? Y sobre todo, ¿cómo reaccionó la mujer de la mirada triste: con un enojo descomunal que después se transformó en esa pesada tristeza que cargaban sus ojos o de forma estoica, con un llanto contenido que, al nunca salir, se quedó plasmado de manera permanente en esa mirada de tristeza áspera, seca y fría?
¿Acaso estaba triste porque su bebé, su primer hijo, falleció? De ser el caso, ¿cuál fue la causa de su muerte? ¿Negligencia médica? ¿Muerte de cuna? ¿Un defecto congénito que no detectaron a tiempo? O quizá la razón era más simple y la mujer había nacido con la tristeza plasmada en su mirada por una tragedia familiar que se transmitía de generación en generación. Cada día seguía especulando y especulando por horas, mientras me perdía más y más en la mirada triste de esa mujer morena que nunca antes había visto en mi vida, con la que jamás había cruzado palabra y cuya historia, sin embargo, me intrigaba profundamente.
De tanto jugar a urdir historias sobre las causas de la tristeza de esa mujer, me terminé obsesionando con ella. Si antes la observaba en mis descansos, ahora no podía concentrarme en el trabajo por estar mirándola constantemente y sin pausa, especulando —ya no a modo de juego, sino como duda existencial— sobre las razones detrás de su desasosiego.

La mujer de la mirada triste salía de la cafetería alrededor del mediodía pero no salía de mi cabeza jamás. Tras su partida, esperaba unos quince o veinte minutos para no ser tan obvio y también me marchaba, para descontento de Mariana, quien siempre me sugería quedarme a probar “el menú del día” que servía a partir de la una (¿se trataba de un intento mercantil de vender más y ganar más dinero, de una atención amistosa a un cliente frecuente o de un coqueteo auténtico? Mi cerebro de treintañero divorciado jamás me dejará contestar esta pregunta con objetividad).
Pero tan pronto como me cuestionaba si Mariana estaba interesada en mí y si debería invitarla a salir algún día, esa pregunta se esfumaba de mi mente y la mujer de la mirada triste volvía a ocupar mis pensamientos. Mientras me preparaba cualquier porquería de comer en la casa —el platillo daba igual: una ensalada, un sándwich, unas quesadillas, una lata de atún; lo importante era la caguama con la que acompañaba el almuerzo— pensaba y pensaba en las oscuras causas de la enigmática tristeza de la mujer.
Me daban ganas de contarle sobre la mujer de la mirada triste a alguien, de sacarme del pecho esa angustia y esa curiosidad que sentía por ella y por sus ojos dolidos. Pero ¿a quién le iba a contar y cómo? … “Oye, amigo, te platico de una mujer con la que estoy obsesionado, pero no es guapa, no sé quién es y jamás he hablado con ella. Quiero saber por qué está triste y no me atrevo a preguntarle, entonces recurro al patético recurso de espiarla todo el día en una cafetería en busca de alguna pista que me explique los motivos de su desolación”. Para ahorrarme ese ridículo, guardé el misterio de la mujer de la mirada triste para mí y sólo para mí.
Este silencio, sin embargo, no hizo más que intensificar mi obsesión por esa mirada triste. Empecé a idear tramas cada vez más complicadas y trágicas para explicar la colosal tristeza de esa mujer. Imaginé que un grupo criminal había desaparecido a su padre, a su hermano o a su novio, e incluso inspeccioné fotografías de los colectivos de búsqueda más importantes de la Ciudad de México para ver si encontraba a la mujer de la mirada triste en alguna imagen. Me topé con decenas, cientos de madres con gestos indignados, dolidos y sufrientes, y con el corazón destrozado, pero no encontré a la mujer de la mirada triste.
Entonces, pensé que quizá alguna de sus amigas o familiares había sido víctima de feminicidio. Busqué los casos más recientes en distintos periódicos digitales. Nuevamente, encontré cientos de miradas de indignación y rabia entre los colectivos feministas que clamaban por justicia, y decenas de miradas devastadas entre los familiares de las víctimas, pero no hallé a la mujer de la mirada triste en ningún reportaje ni en ninguna foto.
Y así seguí por semanas, quizá meses, cada vez más obsesionado con la mujer de la mirada triste. Cuando la veía trabajando en el café, fingía que tenía que ir al baño para pasar junto a su mesa y espiar discretamente lo que escribía en su computadora o echarle un vistazo a los apuntes de su libreta, pero jamás encontré alguna clave para entender el origen de su tristeza.
Un día, de tanto encontrarnos en el café, la mujer de la mirada triste me saludó. Fue un saludo seco y simple: “Buenos días”, a lo que yo respondí de manera tardía y torpe: “¿Qué tal?”. Eso fue todo. Nada más. Y sin embargo, en mi mente se gestaron un sinfín de posibilidades: la mujer de la mirada triste al fin me había dirigido la palabra; me estaba abriendo la puerta para trabar amistad y, poco a poco, sacarle la sopa del origen de su tristeza.
Yo ya tenía un plan. Nos saludaríamos de la misma manera hosca y desinteresada por tres o cuatro días, pero al quinto día le preguntaría cómo estás, a qué te dedicas, por qué te gusta trabajar en el café; cosas inocentes para ir ganándome su confianza y, poco a poco, penetrar en su tristeza. Y así transcurrió el plan… con la salvedad de que no regresó al café el quinto día.
Desesperado, seguí acudiendo a La Comuna diariamente por tres semanas con la esperanza de que la mujer de la mirada triste regresara. Pero no volvió. Le pregunté a Mariana si sabía qué había pasado con ella y se limitó a responder: “No, ni idea. Qué extraña chava, ¿no? Rara vez la escuché pronunciar una palabra como no fuera para ordenar su café. Y qué mirada tan peculiar tenía. De ésas que no se te olvidan”.
Y vaya que tenía razón. Han pasado cuatro años desde que conocí a la mujer de la mirada triste y aún no consigo olvidarla. Algunas noches sueño con ella. Sueño que estamos sentados en dos bancas —una frente a otra— en un parque muy limpio, lleno de pinos y tremendamente frío. La mujer posa su mirada intensa sobre mí y yo me congelo. No me puedo mover, no reacciono, me siento sobrecogido. La turbación, sin embargo, no me impide sostenerle la mirada a la mujer. Sus ojos tristes me hipnotizan y no puedo dejar de verlos. De pronto, su voz rompe mi aturdimiento. Es una voz honda y hermosa, cargada de la misma tristeza y la misma dignidad de su mirada. La oigo pero no la logro entender; no consigo descifrar lo que me dice y, cuando me levanto de mi banca para acercarme y escucharla mejor, la mujer se desvanece en el aire. Y yo me despierto envuelto en sudor frío, con lágrimas en los ojos y con esa mirada triste tatuada en mi mente y en mi alma.








