Debió cuidarme.
−Me dijo luchando con el nudo que se apretaba en su garganta.
Debió quererme,
pero lo único que hizo fue lastimarme.
Nunca sentí su amor,
alguna palabra amable o caricia suave.
Mi infancia fue un desierto,
hostil y metódicamente cruel.
Ella, me tocaba con sus manos bruscas;
me deshacían por dentro.
Sus palabras quemaban mis oídos,
aún tengo las cicatrices que no me permiten olvidar su invasión.
Cuando llegué a la adultez,
por años olvidé lo que me hizo.
El cerebro es bondadoso.
Hace poco, después de un incidente con mi hija,
empecé a elucubrar sobre mi pasado.
El día que mi madre murió,
todos los recuerdos llegaron como piezas de rompecabezas
en un desorden sagrado.
No me pidió perdón.
Quebrada, decidí buscarte.
No me atrevía a contarle esto a nadie
me consumía como vela y deje de sentir.
Mientras contaba mi invierno,
empecé a atisbar el inicio de la primavera,
a sentir un arcoíris de sentimientos,
a ver y reconocerme en mis palabras.
A escuchar la cálida compasión de mi propia voz.
Como el arte de kintsugi,
me ayudaste a unir las piezas con polvo de oro.
Las grietas no se cubren, ni se disimulan;
y aunque mi vasija es imperfecta,
a través de las fracturas
puedo reconocer y aceptar mi historia.







