Sí hay tal lugar, viaje por las utopías

Por Ronaldo González

Me gustan los libros que no se definen por un sólo género, y este es el caso de Sí hay tal lugar. Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas (México, Taurus, 2025). Su autor, Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977), es novelista, cuentista, cronista, escritor de literatura infantil y juvenil. Por eso, en sus páginas apreciamos al narrador y al cronista, a veces alternados y otras reunidos de manera indiscernible.

Pero además de todo es crítico literario. Esto último, que no se informa en la solapa del volumen impreso, es importante, porque hay de críticos literarios a críticos literarios. Y Guzmán Rubio, antes que un reseñista apresurado de novedades, es un sólido estudioso de las tradiciones narrativas, poéticas y ensayísticas (sobre todo las de Latinoamérica); y es, por tanto, de quienes entienden que, al tratar con el autor, con la obra y su “recepción”, se trata con la densidad de la historia y la cultura. En algún sentido, es esa disposición crítica la que amalgama esta crónica de viajes, hallazgos, iluminaciones y desencantos.

Federico Guzmán, Sí hay tal lugar. Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, México: Taurus, 2025.

Son siete las estaciones recorridas en un periplo que va desde la utopía cristiana de Vasco de Quiroga en Patzcuaro (1539) a la utopía neoliberal de Santa Fe en la Ciudad de México (1982), pasando por la utopía republicana de Argirópolis en Argentina (1850), la utopía racista de Nueva Germania en Paraguay (1886), la utopía anarquista de Colonia Santa Cecilia en Brasil (1890), la utopía industrial de Fordlandia (sí, hubo tal lugar denominado así) a orillas del Amazonas (1928) y la utopía revolucionaria de Solentiname en Nicaragua (1965).

Al pasar sus líneas nos encontramos con una crónica de viajes, es cierto, aunque también con un ensayo. Y he aquí al crítico que lleva a cabo una exploración informada de los lugares que visita, haciéndose preguntas desde ese conocimiento, y no menos desde su vida y la experiencia del mundo examinado en cada caso, sí, como lo hace el crítico con el texto. 

Algunos de estos asentamientos se ubicaron en islas, pero todos lo fueron de cierto modo, porque la utopía es insular, se propone el aislamiento, pensado como necesario para la construcción de una nueva sociedad y evitar el virulento contagio de la realidad ya hecha y deshecha. Hay en la utopía de cualquier signo esa búsqueda de lo inalcanzable en el orden de lo convencional, en lo ya dado; hay esa navegación que pretende evitar los remolinos de Escila y Caribdis o los intercambios “corruptores” de las grandes extensiones continentales. Hay siempre también, en consecuencia, y esto es fundamental, la configuración “insular” de un pensamiento que no negocia con el ideal, sino que pretende apropiárselo de cabo a rabo, sin concesiones, radicalmente: una suerte de secuestro del ideal.

De aquí que, como afirmó el propio autor en una entrevista, el suyo sea también un viaje por la historia de las ideas: la disolución de los lazos de autoridad, la entrega a una solidaridad desprendida del Evangelio, la eficacia productiva desde la eficacia moral (o moralina en su versión puritana), la consagración de la superioridad por atributos raciales, la pureza liberal y republicana, la fusión de lo evangélico y lo revolucionario o los privilegios de una meritocracia neoliberal. Propósitos utópicos (lo utópico no es necesariamente justiciero) que se corresponden con los ideales del cristianismo apostólico mezclados con los de Tomás Moro (Vasco de Quiroga), el modelo de republicanismo “perfecto” (Domingo F. Sarmiento), el americanismo productivista acompañado de una ética protestante instrumentalizada (Henry Ford), el anarquismo y el amor libre (Giovanni Rossi), la mezcla de enseñanzas evangélicas y transformación revolucionaria (Ernesto Cardenal), la fenotípica raza y el fanatismo aniquilador (Bernhard Förster y Elisabeth Förster Nietzsche) y la pretenciosa “ideología-no-ideología” tecnocrática y Smart de Santa Fe.

Vista aérea de la isla Utopía; rodeada de aguas con dos embarcaciones de vela, en primer plano a la izquierda Morus y Hythlodaeus, a la derecha Petrus Aegidius. Ilustración utilizada en la p. 12 de Thomas More, De optimo reip. statu deque nova insula Utopia…, Basilea: J. Froben, marzo de 1518.

En todos los casos, ideas occidentales (europeas casi todas, salvo por el fordismo y la versión gringa del neoliberalismo), adaptadas, casi siempre, al sentido de lo civilizatorio en la historia latinoamericana (con la excepción de la utopía protonazi en Paraguay y la neoliberal de Santa Fe, concebidas como absolutamente trascendentes). Lo que me hace pensar en las recientes ceremonias de consagración de un poder, según esto, laico en México (primero el Ejecutivo federal y después la flamante Suprema Corte Judicial surgida de una elección tan dudosa como desairada): esos copales, esos bastones de mando, esas indumentarias y esas alusiones a deidades prehispánicas, son inevitablemente postizas e involuntariamente paródicas. Una imposibilidad y, a final de cuentas, una burla a las llamadas culturas originarias (además de un evidente vicio de anacronismo historiográfico que, desde luego, a la política le viene valiendo gorro).

Mejor que los políticos, o sin ese interés de los políticos, Guzmán Rubio entiende la imposibilidad del reenactment en la historia y en la historiografía: ningún ritual, ninguna invocación, ningún instrumento simbólico nos devolverán ese pasado que, como dice David Lowenthal, seguirá siendo un país extraño. El mérito del cronista es más limitado, menos grandilocuente, pero más interesante: contar sus impresiones de viaje, compartirlas con el lector cernidas sobre su vida, sus lecturas, sus emociones, su sensibilidad. Y el mérito del ensayista es mostrarnos cómo la “angustia de las influencias” (o, en el otro extremo, la asunción sin más de las influencias) insufló vida a la obra, ya no del creador literario como en Harold Bloom, sino del creador de utopías en lugares físicos ubicables todavía hoy en día. Así ocurre con Ernesto Cardenal y sus historias evangélicas traducidas a la historia de vida de los pobladores de Solentiname o con Henry Ford y su versión protestante del espíritu capitalista (con todo y antisemitismo) en el productivismo, el consumo y la conveniente austeridad moral (¡en el corazón del Amazonas!).

Hay crítica literaria y cultural cuando se examinan a Cardenal, su poesía y su convocatoria revolucionaria, y la hay cuando se revisa la utopía cristiana de Tata Vasco y el ascendiente de Tomás Moro en su labor evangélica y organizadora. La crítica acompaña toda la crónica, incluida la crítica desde el mirador de la política. Esto tiene su impacto en quien, como es mi caso, inevitablemente hace una lectura, digamos, sintomática, de la lectura no menos sintomática hecha por el autor.

Por ejemplo, en el apartado sobre la utopía neoliberal de Santa Fe, no pude dejar de equiparar la relativa decadencia actual de la zona con el período del “tránsito democrático” en México y su despreocupación por la exclusión realmente vivida, simbolizada por ese complejo corporativo y residencial reservado a los privilegiados y cuya neutralidad meritocrática no tardó en revelarse como una ideología, encubridora o legitimadora, como todas, de profundas disparidades sociales. Así le está yendo a ese tránsito y así a esa utopía (por cierto, esta parte del libro se alimenta también de la autobiografía, con lo cual habrá que reconocer en él un género más).

Al compartirnos sus azoros, desencantados o luminosos, Guzmán Rubio nos despeja un horizonte insospechado de realidades, de lugares que sí fueron tales; así ocurrió, por lo menos, conmigo. No conocía siquiera la existencia de fordlandia ni sabía de un asentamiento anarquista en Paraguay, ni se me hubiera ocurrido imaginar el distrito de Santa Fe como una utopía.

La buena crónica es también buena crítica, no puede ser de otro modo. No en nuestros días en los que no basta con lo pintoresco ni con los descubrimientos curiosos y atractivos de suyo. La crónica no podrá ser ya aséptica ni dejar de presentar cargos históricos y culturales. Eso sería suficiente para leer el último libro de Federico Guzmán, aunque nunca dejará de agradecerse la buena escritura y la levedad del relato que, sin embargo, no concede a la complacencia de la pura amenidad literaria.

Coventry Dystopia Concept Art. Michael Murphy

Ronaldo González Valdés. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo, historiador y ensayista. Entre sus libros publicados, George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y  Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (Universidad Pedagógica del Estado de Sinaloa, 2024).

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