El pasado 25 de julio Flávio Bolsonaro inició su campaña presidencial a lado de Javier Milei. Las más recientes encuestas muestran una elección polarizada entre el hijo mayor de Jair Bolsonaro y el Presidente Lula da Silva más allá de la creciente ventaja que ha adquirido éste último. Además, hay que recordar que las encuestas en la región han tenido problemas para captar las adhesiones hacia los candidatos de derecha. En el momento de la elección, estos tienen más votos que los proyectados por las encuestas. La aprobación del gobierno de Lula dista de reflejar los alentadores indicadores económicos de su gobierno. En las siguientes líneas, me pretendo ocupar de la distancia entre la realidad económica y la percepción de la gente.
No busco un tono desconsolado que anuncie el fin de una “realidad objetiva” basada en los hechos, ni caer en la simpleza de la frase “dato mata relato”; pues esa brecha entre la experiencia personal y los datos siempre ha existido, y es la que moldea nuestra(s) realidad(es). Mi objetivo se centra en observar la construcción de la verosimilitud argumentativa por parte de las ultraderechas y el uso de las redes sociales para propagar su mensaje. Así, el interés no es sólo por una elección nacional, sino por los efectos comunicacionales que acarrea la competitividad del bolsonarismo.
A diferencia de otros casos recientes en la región —como Argentina en 2023, donde la crisis inflacionaria fue determinante, o Estados Unidos en 2024, donde la debilidad política del oficialismo se combinó con dificultades económicas—, el caso brasileño sugiere que el voto económico no es central.
En aras de subrayar este contraste, repararé en algunos datos: en el último año, Brasil salió del “mapa del hambre” de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), más de 24 millones de brasileños dejaron de pasar hambre en los últimos tres años. En 2025, Brasil registró su tasa de desempleo más baja desde 2012: 5.2%; además de tener un récord histórico de 9.2 millones de turistas extranjeros. Además, el gobierno de Lula aprobó una reforma tributaria que elimina el impuesto a los trabajadores que ganan hasta 5000 reales y lo reduce para quienes perciben hasta 7350 reales al mes. Dicha medida beneficia alrededor de 10 millones de trabajadores, mientras otros 5 millones disfrutarán de la rebaja. La inflación rondó el 5%, una cifra históricamente baja. Si bien en 2025 el crecimiento económico fue de 2.3% siendo el más bajo en los últimos 5 años, éste continúa siendo relativamente alto y acumula cinco años consecutivos de crecimiento. A nivel mundial, la pérdida de bosques registró una baja del 36% impulsada primordialmente por Brasil.

Entonces, con estos datos, ¿por qué la elección aparece tan polarizada? Mi búsqueda procura comprender de qué manera el bolsonarismo logra explotar la brecha entre los “datos duros” y la percepción de la gente. No quiero decir que existe una realidad objetiva, pues la verdad no es algo que se encuentra, sino algo que se construye. Entonces, estoy interesado en la construcción de la verosimilitud.
El bolsonarismo cada vez aparece más como una identidad política consolidada; su base electoral está compuesta por evangélicos, clases medias y altas conservadoras y personas con fuerte rechazo al Partido de los Trabajadores. Esto ya le otorga un piso electoral significativo que vota en contra del PT y a favor de lo que diga Jair Bolsonaro pese a cualquier resultado económico. En buena medida, el bolsonarismo encuentra sus sectores más fuertes en los mismos lugares que las extremas derechas en el mundo: hombres, jóvenes y clases medias sin estudios universitarios. Entonces, el bolsonarismo no es un fenómeno aislado sin paralelismos con otros casos en el mundo.
Mi hipótesis sugiere que el bolsonarismo logra mantener una estrategia comunicacional exitosa a través de las redes sociales, que incentivan una percepción de corrupción, inseguridad y mal manejo económico del gobierno de Lula. Además, Flávio Bolsonaro se presenta como un “Bolsonaro moderado”. De este modo, intenta aminorar el alto rechazo a su padre. El hijo de mayor de Jair Bolsonaro intenta mostrarse como el “mal menor” de Brasil, instalando la idea de un PT caduco lleno de corrupción y con pocos resultados favorables en materia de seguridad y economía. Estudios sobre el bolsonarismo ya advertían hace algunos años sobre su operación de manera coordinada en Twitter y Whatsapp. Por ejemplo, durante el intento de toma de Planalto en 2023, el bolsonarismo nombró a sus simpatizantes como “patriotas” que estaban impidiendo un fraude electoral. Otros estudios sugieren que a través de WhatsApp Jair Bolsonaro logró difundir fake news con el objetivo de generar indignación hacia un “sistema político corrupto”, inclusive a través de grupos familiares de la misma plataforma. Pese a los intentos de explicar cómo funciona su operatividad, existe una carencia en la manera en cómo esa propagación de información llega a hacer sentido a tanta gente.
Sobra mencionar las implicaciones regionales de la elección presidencial de Brasil sobran por la importancia del país en el continente. Mi intención fue resaltar la construcción de la verosimilitud por parte de la ultraderecha brasileña. Prestar atención a este caso se fundamenta a partir de la meta de distanciarnos de las teorías del voto económico y de la presunta visión de una “realidad objetiva”. Por el contrario, el caso brasileño muestra que la construcción de argumentos verosímiles puede instalar la visión de caos, corrupción y decadencia de un gobierno. Incluso, las herramientas digitales hasta ahora han sido mejor explotadas por las fuerzas más radicales del espectro de derecha que por las fuerzas progresistas. Hugo Garciamarín, en un artículo, analizó cómo durante el Mundial 2026 las redes pudieron crear una narrativa sobre un presunto arreglo a favor de Argentina. No hacían falta pruebas, sino publicaciones (muchas veces editadas o creadas por Inteligencia Artificial) que confirmasen las sospechas de la gente. Las consecuencias de este tipo de comunicación –como sostiene Garciamarín– rebasan el deporte: podrían definir el rumbo político de un país durante los próximos años.
En este tenor, mi planteamiento fue el de encausar la conversación hacia la comunicación política digital, ya que en ese espacio se están dirimiendo las contiendas electorales en Occidente. Me temo que no cuento con una respuesta contundente para explicar los números de las encuestas de esta elección, pero algunas causas de este resultado podrían encontrarse en el uso de las redes sociales por parte del bolsonarismo. Aunque existan estudios que nos indican cómo se comunican las ultraderechas y cómo realizan un manejo más eficaz de las redes sociales sin debatir algún dilema ético o moral, considero que hay una ausencia en descubrir por qué ese relato hace sentido en una buena parte de la gente más allá del algoritmo con mensajes individualizados que básicamente confirma nuestros prejuicios. En suma, en algún momento habrá que responder por qué la gente cree lo que cree.






