Kafka: vivir ante la ley

Por Hugo Garciamarín

Muchos conocen a Franz Kafka aunque sea un poco. Quizá alguna vez les dejaron leer La metamorfosis en la escuela, quizá conocen El proceso y vieron la película de Orson Wells, o han leído alguno de sus cuentos. O quizá nunca lo han leído y, aun así, han utilizado la palabra “kafkiano” para describir una situación absurda, angustiante, regida por reglas que nadie parece comprender del todo.

Es menos común, sin embargo, recordar que Kafka fue abogado. Ejerció durante buena parte de su vida adulta, trabajó en el mundo de los seguros y llegó a ser un funcionario competente y respetado. El hombre que imaginó a Gregor Samsa despertando una mañana convertido en un insecto pasó buena parte de sus días entre expedientes, reglamentos, informes, estadísticas de accidentes laborales y discusiones sobre la aplicación de las normas.

¿Cómo terminó allí uno de los escritores que con mayor fuerza representó la extrañeza del mundo moderno? ¿Qué hacía Franz Kafka entre abogados? La respuesta, en un principio, es bastante sencilla: necesitaba trabajar.

Kafka nació en Praga, en 1883, dentro de una familia que había alcanzado cierta prosperidad económica. Su padre, Hermann Kafka, había construido un negocio exitoso y esperaba para su hijo una vida profesional respetable. El Derecho ofrecía precisamente eso. Era una carrera prestigiosa, abría distintas posibilidades laborales y, para Kafka, tenía una ventaja adicional: no exigía una vocación demasiado definida. Estudiar Derecho permitía aplazar ciertas decisiones y conservar abiertas varias posibilidades.

Esto era importante porque su verdadera aspiración estaba en otra parte. Kafka quería escribir. El problema era cómo construir una vida material que hiciera posible esa necesidad. Había que conseguir cierta independencia económica, adquirir distancia respecto de la familia y encontrar un empleo que dejara suficientes horas libres. Así que la solución parecía razonable: trabajar como abogado para poder escribir.

Después de doctorarse en Derecho y de una breve experiencia laboral que resultó poco compatible con sus aspiraciones, Kafka ingresó en 1908 al Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia. Permanecería allí hasta que su salud lo obligó a retirarse, años después. El puesto tenía la ventaja de que la jornada terminaba relativamente temprano, a las dos de la tarde. Kafka había encontrado, al menos sobre el papel, una manera de dividir sus dos vidas. Durante el día podía ser abogado; después podría convertirse en escritor.

El problema fue que la vida resultó más difícil de dividir. Terminar la jornada laboral no significaba recuperar inmediatamente el tiempo propio. Estaba el cansancio. Estaba la familia. Estaban los compromisos sociales, la correspondencia, los viajes relacionados con el trabajo, etcétera. Y estaba, sobre todo, la dificultad de pasar de una forma de existencia a otra, como si bastara con salir de la oficina para dejar atrás todo lo que había ocurrido durante el día.

Por eso buena parte de su literatura nació de noche. Es una imagen conocida de Kafka y, al mismo tiempo, una imagen muy reveladora: el funcionario cumple durante el día con las obligaciones que sostienen materialmente su existencia y, cuando los demás duermen, intenta recuperar para sí las horas que necesita para escribir. Sofía Garnica lo describe así: “por las noches, a codazos, entre el tedio de la vida y la necesidad de encontrar siempre, y aunque sea, un resquicio para escribir”.

En algunos momentos consiguió hacerlo de una manera extraordinaria. La noche del 22 al 23 de septiembre de 1912 escribió de una sola vez La condena. Trabajó desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Al terminar, según anotó en su diario, apenas podía sacar las piernas de debajo del escritorio por la rigidez de haber permanecido tantas horas sentado. El problema era que ninguna vida puede sostenerse indefinidamente de esa manera.

Aquí aparece una primera paradoja que me interesa recuperar. Kafka había buscado en el trabajo una forma de libertad. El salario le daba independencia; la profesión le otorgaba una posición propia frente al mundo y con su familia; el horario debía reservarle un espacio para la literatura. Aquello que hacía posible su libertad comenzó también a determinar cuánto tiempo podía dedicarle, a qué horas podía ejercerla y en qué condiciones físicas podía hacerlo.

No diría que Kafka fue un trabajador precario en el sentido contemporáneo del término. No lo fue. Tuvo un empleo estable, alcanzó una buena posición profesional y recibió reconocimiento por su trabajo. Pero su experiencia permite observar algo más elemental y quizá más extendido: la dependencia material que acompaña a buena parte de nuestra libertad moderna. Trabajamos para construir una vida propia. El trabajo nos proporciona los recursos que hacen posible esa vida. Al mismo tiempo, reclama una parte considerable de las horas, de la atención y de las fuerzas con las que podríamos vivirla.

Kafka llevó esa contradicción a un extremo porque no concebía la literatura como un pasatiempo que pudiera acomodarse en los espacios sobrantes de la jornada. De ahí que la organización práctica de su existencia adquiriera una importancia enorme: dormir, comer, trabajar, visitar a la familia, reunirse con amigos o asistir a lecturas públicas y escribir. Cada cosa parecía competir con las demás por una cantidad limitada de tiempo y energía. Hay una diferencia, entonces, entre tener horas libres y disponer de uno mismo.

Kafka creyó, por un momento, que podía resolver el problema mediante una distribución razonable de sus horas: unas para el Derecho, otras para la literatura. Muy pronto descubrió que no era tan sencillo. Porque Kafka no tenía realmente dos vidas. Tenía una sola, y ambos roles, el abogado y el escritor, tenían que caber dentro de ella.

Dibujo hecho por Kafka

***

Ahora bien, la relación de Kafka con el Derecho no se agota en la necesidad de encontrar un trabajo que le permitiera escribir. Buena parte de su biografía y de su obra están atravesadas por un problema que pertenece también al mundo jurídico: el problema de la autoridad.

Kafka parece haber mantenido durante toda su vida una relación difícil con ella. La encontraba en la escuela, en sus profesores, en las convenciones sociales, en el trabajo, en el matrimonio y, de una manera particularmente intensa, en su propio padre. Hermann Kafka era un hombre corpulento, enérgico, exitoso, con una personalidad que su hijo experimentaba como abrumadora.

Muchos años después, Franz lo explicó en la célebre Carta al padre. Allí recuerda un episodio de infancia. Una noche, el niño Franz lloraba porque quería agua. Su padre, cansado de sus reclamos, lo sacó de la cama, lo llevó hasta una galería exterior y lo dejó allí, solo, en camisón, frente a la puerta cerrada.

Lo importante no es saber si el episodio ocurrió exactamente como Kafka lo recuerda. Lo relevante es la huella que dejó en él. Kafka explica que después siguió obedeciendo a su padre, aunque quedó profundamente afectado por la sensación de que podía ser castigado casi por cualquier cosa. Hay algo, si se me permite la expresión, kafkiano en esa experiencia: existe una autoridad; esa autoridad establece las reglas; uno sabe que debe obedecerlas y nunca termina de comprender del todo qué relación existe entre la falta y el castigo.

No quiero decir con esto que El proceso sea una novela sobre Hermann Kafka disfrazado de juez. Sería reducir una obra extraordinaria a una explicación psicológica demasiado sencilla. Me interesa sugerir que Kafka parece haber reconocido muy pronto una experiencia que después exploraría una y otra vez en su literatura: la fuerza de una autoridad cuyo mandato podemos sentir con enorme intensidad, aunque no comprendamos del todo su fundamento.

Esto resulta especialmente interesante porque Kafka no observaba el Derecho desde fuera. Era abogado. Había estudiado las leyes, conocía sus procedimientos y trabajaba todos los días con ellas. Sabía redactar informes, construir argumentos jurídicos e interpretar reglamentos. Era, además, bastante bueno en ello. El escritor que imaginó algunos de los sistemas normativos más desconcertantes de la literatura conocía desde dentro el funcionamiento de un sistema normativo real.

Durante sus estudios tuvo un profesor singular: Hans Gross, antiguo juez de instrucción y una de las figuras fundadoras de la criminalística moderna. Gross enseñaba algo que nos interesa particularmente. Para comprender un delito no bastaba con conocer las leyes; el investigador debía comprender también al delincuente, observar su comportamiento, reconstruir sus circunstancias, conocer su entorno y recurrir a saberes como la psicología, la medicina o la antropología. También debía examinar a los testigos y preguntarse por los mecanismos de la memoria y de la percepción. El Derecho según Gross debía dirigir la mirada hacia algo que estaba más allá del texto de la norma: hacia la persona.

El pensador. Dibujo hecho por Kafka

No sabemos cuánto de estas ideas conservó Kafka, pero hay, sin embargo, una resonancia interesante. Porque algo parecido aparece en la propia práctica profesional de Kafka. Su biógrafo, Reiner Stach, cuenta que, en el Instituto de Seguros, Kafka tuvo que ocuparse de empresas que ocultaban los salarios reales de sus trabajadores para reducir sus contribuciones. Podía haberse limitado a señalar las infracciones y enumerar las maniobras de los patrones, pero en su lugar reconstruyó el contexto histórico y económico que permitía comprender aquellas prácticas. Stach observa que Kafka parecía menos interesado en determinar la culpa que en comprender las circunstancias.

Ronaldo González llama la atención sobre este episodio en su nuevo libro PlayingKafka. Para él, constituye una buena muestra de que el trabajo de Kafka no fue solamente aquello que le quitaba tiempo a la literatura: también le proporcionó experiencias, problemas y formas de mirar que después podían alimentar su escritura.

Tenemos entonces a un abogado que conoce las normas y que, al mismo tiempo, sabe que para comprender una conducta las normas no bastan. Años después, esa relación entre ley, individuo y culpa se puede ver en su novela El proceso.

La novela comienza con una de las situaciones más célebres de la literatura del siglo XX. Una mañana, Josef K. despierta y encuentra a dos hombres en su habitación. Le comunican que está detenido. K. pregunta por qué, pero no obtiene una respuesta. Quiere saber qué delito ha cometido, quién lo acusa, qué autoridad dirige el procedimiento, qué norma ha infringido, pero nunca se lo aclaran.

A partir de ese momento sucede algo todavía más extraño. El proceso parece interesarse cada vez menos por una conducta concreta y cada vez más por Josef K. Los funcionarios lo observan, los jueces lo examinan, los abogados interpretan las relaciones dentro del tribunal y los acusados estudian sus propios gestos; incluso algunos creen que es posible anticipar el resultado de un proceso a partir de la fisonomía del acusado, especialmente por la forma de sus labios. El acusado mismo, entonces, en una conclusión en la que resuena Gross, se convierte en un texto que debe ser interpretado.

Sólo que Kafka da un paso más allá y muestra que Josef K. comienza también a observarse a sí mismo. Al principio está convencido de su inocencia. Se indigna, se burla del procedimiento, exige explicaciones. Poco a poco, sin embargo, el proceso ocupa una parte cada vez mayor de su vida. Busca abogados, pregunta por los jueces, intenta descifrar las jerarquías del tribunal, interpreta cada encuentro, calcula sus posibilidades. El tribunal no necesita encerrarlo: Josef K. comienza a llevar consigo el proceso.

Ésta es una de las ideas más sugerentes del fragmentario de Ronaldo González. Su lectura se aparta de una interpretación muy extendida según la cual El proceso sería, ante todo, la historia de un individuo aplastado por una maquinaria burocrática. El problema, señala González, es que esa interpretación deja sin explicar una de las transformaciones más inquietantes de Josef K.: su progresiva entrega al proceso.

Lo formula de una manera que me parece especialmente precisa: “Kafka habla como acusado y no como acusador”. El tribunal exterior adquiere fuerza porque encuentra también un tribunal interior. Josef K. termina por buscar en sí mismo aquello que podría justificar la acusación que pesa sobre él. Y entonces cambia la pregunta. Ya no se trata solamente de preguntar: ¿Qué hizo Josef K.? La pregunta empieza a ser: ¿Qué hay en Josef K. que lo hace culpable? Con este giro, la autoridad ya no necesita estar solamente fuera, en las instituciones y en la redacción de las normas; puede instalarse dentro de uno mismo.

Quizá por eso uno de los textos más importantes de Kafka se llama «Ante la ley». La historia es muy sencilla. Un hombre del campo llega ante una puerta que conduce a la Ley. Frente a ella encuentra a un guardián. El hombre pide entrar. El guardián le responde que por ahora no puede permitirle el acceso. El hombre espera. Pasan los días. Pasan los años. Cuando está a punto de morir, formula una última pregunta. Si todos aspiran a la Ley, quiere saber, ¿por qué durante tantos años nadie más ha pedido entrar?

El guardián se inclina y le revela algo terrible: aquella entrada estaba destinada solamente para él. Ahora va a cerrarla.

Hay algo que me parece fundamental en esta historia: el guardián no necesita ejercer la fuerza. No encadena al hombre. No lo encierra. No lo golpea. Ni siquiera le dice que jamás podrá entrar. Le dice que no puede hacerlo por ahora. Y el hombre espera. La Ley está ahí. Tiene una puerta y tiene un guardián. Lo extraño es que casi no necesita imponerse materialmente. El hombre reconoce su autoridad y organiza por sí mismo una vida entera alrededor de ella.

Así pues, Kafka conocía una de las grandes promesas del Derecho moderno: sustituir la arbitrariedad por normas, procedimientos y razones. Su literatura, no niega esa promesa, más bien la cuestiona: qué ocurre cuando la norma conserva toda su fuerza y el individuo ya no consigue comprender de dónde proviene, qué exige exactamente de él o qué tendría que hacer para satisfacerla.

Y esto nos lleva a la última parte de esta ponencia. Porque quizá la norma más difícil que Kafka intentó cumplir no provenía de su padre, de un juez ni de su trabajo. Era la que él mismo se había impuesto: ser escritor.

***

En agosto de 1913, Kafka le mandó una carta a su entonces pareja Felice Bauer. No tenía, decía, un simple “interés por la literatura”. Más bien: “consisto en literatura, no soy otra cosa ni puedo serlo”.  Escribir, por tanto, no era una actividad entre otras. Era la forma que había encontrado para existir.

Esto modifica, en mi opinión, la premisa con la que comencé. Al principio parecía existir una secuencia bastante razonable: estudiar Derecho, conseguir un trabajo, alcanzar cierta independencia y aprovechar el tiempo disponible para escribir. Trabajar para poder escribir.

El problema es que esa fórmula supone que primero está la vida y después la literatura. Uno trabaja, duerme, come, cumple con sus obligaciones y reserva una parte de su tiempo para la escritura. Pero Kafka no podía vivir así. Si consistía en literatura, escribir no podía ocupar las horas que quedaran libres después de haber vivido. Escribir era precisamente aquello que hacía que su vida pudiera ser reconocida como propia.

Dos hombres que esperan. Ilustración hecha por Kafka.

Por eso su conflicto con el trabajo era mucho más profundo que el de un empleado descontento con sus horarios. Cada mañana dedicada a la oficina podía experimentarse como tiempo sustraído a aquello que consideraba esencial. Y, al mismo tiempo, necesitaba la oficina. Necesitaba un salario, una posición profesional, cierta independencia frente a su familia. Kafka trabajaba para conquistar una libertad que le permitiera escribir y descubría que el mismo trabajo que sostenía esa libertad consumía parte de las fuerzas necesarias para ejercerla.

El problema, entonces, no era solamente el trabajo, era ¿cómo construir una vida alrededor de la escritura cuando vivir supone inevitablemente adquirir obligaciones con otras personas y con uno mismo? La oficina planteaba ese conflicto en términos de tiempo, dinero e independencia; y el amor lo llevaría a un terreno todavía más íntimo. Porque Kafka deseaba también una vida compartida, el matrimonio y la posibilidad de formar una familia; al mismo tiempo, temía que esa vida reclamara precisamente aquello que necesitaba preservar para escribir: tiempo, soledad y una disponibilidad casi absoluta para la literatura.

Ese conflicto adquirió un rostro concreto en agosto de 1912, cuando conoció a Felice Bauer en casa de su amigo Max Brod. Poco después comenzó a escribirle. Durante los años siguientes, su relación se desarrolló en buena medida a través de una correspondencia extraordinariamente intensa. Escribirse no era simplemente una manera de mantener el contacto mientras estaban separados. Las cartas terminaron por convertirse, en buena medida, en la relación misma.

Ronaldo González, a partir de Reiner Stach y Elias Canetti, propone pensar ese epistolario como una especie de laboratorio. Kafka ensayaba allí su literatura y, al mismo tiempo, sus sentimientos. Esto vuelve todavía más interesante la contradicción anterior: si el amor amenazaba con apartarlo de la escritura, Kafka encontró en las cartas una forma de convertir el propio vínculo amoroso en escritura. La relación se hacía posible a través de las palabras y esas mismas palabras producían, sostenían y examinaban la relación.

Esto ayuda a comprender una aparente contradicción. Kafka quería a Felice. Pensó seriamente en casarse con ella. Se comprometieron. Hizo planes. Imaginó una vida en común. Y después retrocedió. Volvió a acercarse. Volvió a retroceder.

No creo que resulte demasiado útil reducir este comportamiento a una incapacidad afectiva o convertir a Kafka, a más de un siglo de distancia, en paciente de un diagnóstico retrospectivo. Sus cartas permiten observar un conflicto que me parece más interesante. Kafka deseaba el matrimonio y temía, al mismo tiempo, aquello que el matrimonio exigía. Casarse significaba compartir una casa, sostener una vida familiar, aceptar obligaciones, dedicar tiempo a otra persona y, probablemente, tener hijos. Todo aquello pertenecía a una forma de vida que Kafka podía desear sinceramente. También podía destruir las condiciones que necesitaba para escribir. El dilema era terrible porque ninguna de las dos posibilidades resultaba falsa.

No estamos ante un hombre que simplemente no quiera casarse y busque pretextos para evitarlo. Tampoco ante alguien que desee abandonar la literatura para formar una familia. Kafka quiere ambas cosas. El problema es que no sabe cómo vivirlas al mismo tiempo. Por eso Felice Bauer ocupa un lugar tan extraño en su vida. Kafka podía pasar horas escribiéndole, pensar obsesivamente en ella, imaginar el matrimonio y convertir cada dificultad de la relación en materia de nuevas cartas. La distancia resultaba dolorosa, aunque también hacía posible una forma de intimidad especialmente adecuada para él: una intimidad escrita.

Por eso me parece que hay en Kafka un problema que va más allá del miedo al compromiso. Es un problema relacionado con la posibilidad misma de realizar aquello que deseamos. Mientras algo permanece como posibilidad, todavía puede adoptar distintas formas. Cuando lo realizamos, elegimos una. Y elegir una vida significa renunciar a otras.

Éste es uno de los puntos en los que Kafka puede ponerse en conversación con Søren Kierkegaard, a quien leyó con enorme interés.  Kierkegaard había pensado con particular intensidad la angustia que acompaña a la posibilidad y a la elección. Elegir no significa simplemente obtener aquello que queremos. Significa también cerrar otros caminos.

La posibilidad contiene todavía varias vidas, pero la decisión nos obliga a vivir una. Kafka parece habitar una y otra vez ese instante anterior. Quiere casarse y contempla todo lo que perdería si se casa. Quiere permanecer soltero y contempla todo lo que perdería si permanece solo. Necesita trabajar y siente que el trabajo le impide escribir. Necesita tiempo para escribir y descubre que ninguna cantidad de tiempo parece suficiente.

Incluso la escritura participa de esta estructura. Kafka terminó y publicó varios relatos extraordinarios, pero sus tres novelas quedaron inconclusas: El desaparecido, El proceso y El castillo. En noviembre de 1914, Kafka dejó una anotación desoladora en su diario. Había llegado, decía, a una frontera ante la cual quizá tendría que permanecer sentado durante años, para después comenzar otra historia que volvería a quedar inconclusa. Lo llamaba “el destino que me persigue”.

No quiero sugerir que exista una relación psicológica directa entre las novelas inconclusas y los compromisos matrimoniales rotos. De nuevo, sería demasiado fácil decir que Kafka no terminaba sus novelas porque tampoco podía consumar sus relaciones. La semejanza que me interesa es que en ambos casos aparece una tensión entre posibilidad y realización. Mientras una novela se escribe, todavía puede convertirse en muchas cosas. Cada página abre caminos que las páginas siguientes tendrán que cerrar. Terminar una obra significa darle una forma definitiva.

Algo semejante ocurre con una elección vital. Mientras el matrimonio permanece como posibilidad, Kafka puede imaginar la vida con Felice. Puede escribir sobre ella, temerla, desearla, discutirla, aplazarla. Casarse significa algo distinto: abandonar el terreno de lo posible y entrar en una vida concreta, hecha de horarios, obligaciones, cuerpos, enfermedades, hijos, habitaciones compartidas.

Quizá por eso conviene volver ahora a la parábola con la que comenzamos. No porque Ante la ley explique la vida de Kafka, sino porque ofrece una imagen extraordinariamente precisa del problema que hemos seguido hasta aquí. El hombre del campo pasa su vida frente a una puerta destinada únicamente para él. No se marcha, aunque tampoco entra. Permanece ante un umbral.

Y eso es precisamente lo que hemos visto hacer a Kafka. Ante el Derecho, encuentra una profesión que le proporciona independencia y, al mismo tiempo, lo somete a sus horarios. Ante el matrimonio, desea una vida compartida y teme que esa vida vuelva imposible la soledad que necesita para escribir. Ante la literatura, descubre aquello a lo que quiere entregar su existencia, aunque para hacerlo necesita trabajar, amar, comer, dormir: necesita, en suma, vivir.

«Vivir ante la ley» puede entenderse como vivir ante formas, obligaciones y decisiones que hacen posible una vida concreta precisamente porque excluyen otras posibilidades. La profesión, el matrimonio o la familia no son equivalentes a la ley de la parábola. Lo que comparten es la experiencia del límite: cada una abre una forma de vida y, al hacerlo, cierra otras.

Esa estructura reaparece una y otra vez en la literatura de Kafka. La ley está detrás de una puerta que no se atraviesa. El castillo permanece a la distancia. Josef K. se somete a un proceso cuya culpa nunca consigue esclarecer. Sus novelas avanzan sin alcanzar un final. No porque Kafka escribiera siempre la misma historia; más bien, porque una parte de su literatura parece construirse alrededor de esa experiencia: aproximarse a algo que promete ordenar la existencia sin llegar nunca a apropiarse por completo de ello.

Preguntábamos al comienzo qué hacía Franz Kafka, uno de los grandes escritores del siglo XX, convertido en abogado. La respuesta más sencilla era que necesitaba trabajar. Después de este recorrido podemos responder algo más. Kafka pasó buena parte de su vida intentando resolver un problema que su profesión le permitió conocer también desde el Derecho: cómo vivir dentro de formas que necesitamos para organizar nuestra existencia y que, al mismo tiempo, determinan sus límites.

Nunca consiguió reconciliar por completo el trabajo y la escritura, la independencia y la obligación, el matrimonio y la soledad, la vida y la literatura. Encontró algo distinto: una forma de escribir desde esa tensión.

Quizá ahí reside una parte importante de lo que todavía llamamos kafkiano. No simplemente en el absurdo, ni siquiera en la burocracia. Lo kafkiano aparece cuando aquello que debería permitirnos vivir (una norma, un empleo, una familia, una decisión) establece también las condiciones dentro de las cuales podemos hacerlo.

Kafka quiso trabajar para poder escribir. Después llegó a decir que él mismo consistía en literatura. La paradoja era entonces inevitable: para escribir necesitaba vivir, aunque vivir significaba aceptar todas aquellas exigencias que le impedían entregarse por completo a la escritura.

Por eso Kafka vivió, en más de un sentido, ante la ley: ante aquello que hacía posible una vida y, en el mismo movimiento, le daba forma y le imponía límites. Tal vez sea precisamente eso lo que todavía nos permite reconocer, en su vida, algo de la nuestra.

Ilustración realizada por Franz Kafka.

Nota del autor: Este texto es una versión revisada y ampliada de la ponencia “Kafka: entre el derecho y la literatura”, presentada el 9 de septiembre de 2026 en el ciclo de conferencias Cultura, arte y derecho mexicano, organizado por la Dra. Claudia Colosio y el Sindicato Independiente Democrático de Trabajadores del Poder Judicial de la Ciudad de México.

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