En la etapa madura de su vida, el historiador José C. Valadés se encomendó a una tarea a la que muchos intelectuales y artistas se han dedicado cuando sienten que se encuentran en un momento culmen de su vida: escribir sus memorias. El ciudadano mazatleco lo hizo en tres partes: Mis confesiones, Memorias de un joven rebelde y Confesiones de un subteniente en política (este último, inédito). Cada una explora una etapa de su vida distinta a la anterior: su niñez, su juventud y su papel en la vida pública de mediados del siglo pasado.
He leído y releído las dos primeras obras, publicadas por Editores Mexicanos Unidos y la Universidad Autónoma de Sinaloa, respectivamente. Junto con el tercer tomo, que debe formar una parte armónica con los dos anteriores, son un documento histórico invaluable para el conocimiento de la desintegración del sistema porfirista, el proceso destructivo de la Revolución mexicana, y el constructivo de la posrevolución. Esto en la pluma de uno de sus testigos visuales y protagonistas, lo que le aumenta su valor profundamente.
Es por ello por lo que una reedición de Mis confesiones (EMU, 1966) y Memorias de un joven rebelde (UAS, 1985), en conjunto con la edición del inédito Confesiones de un subteniente en política serían una grandísima noticia; no nada más para la historiografía sinaloense, sino para la mexicana. Ahí lo dejo.

Entre los cientos de curiosidades que me encontré en las memorias valadesianas, la descripción del puerto de Mazatlán, su terruño, no pudo dejar de interesarme sobremanera. Como buen mazatleco, la vida lo alejó del puerto, pero sus canillas siguieron estando saladas. En su madurez, Valadés recordaba la vida en Mazatlán durante los últimos años del porfirismo y su transformación durante la Revolución mexicana. Aquí les dejo algunas notas al respecto.
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Como decía, José C. Valadés escribe a décadas de distancia. Sin embargo, los recuerdos de Mazatlán son nítidos. No por ello infalibles, pues logré identificar más de una mala jugada de su memoria, aunque acá no viene a cuento. Las memorias valadesianas se caracterizan por su papel justificador de su juventud (algo que, no está de más decir, comparten muchas de las memorias de cualquier personaje político). El joven Valadés descrito por el viejo Valadés es caracterizado por cierta ingenuidad política, tal vez queriendo hacerla pasar por inocencia. Lo que destaca es, sobre todo, su ímpetu por cambiar el mundo.
Entre los recuerdos más interesantes que nos deja Valadés se encuentra el de su papel en la organización del movimiento obrero mexicano en un momento clave de su historia: la creación de la Confederación General de Trabajadores (CGT), y su oposición a la oficialista Confederación Regional Obrero Mexicana (CROM). En ese proceso, Valadés se presenta a sí mismo como un hombre de ideales antes que de puestos; habla de su pobreza material, de la limpieza de sus motivaciones y es crítico de la clase política mexicana (de la que él se siente ajeno).
Pero lo más pintoresco de estas memorias es su recuerdo del hogar: la idealización y la nostalgia del Mazatlán de inicios de siglo XX (Valadés nació en 1899). Nos concentraremos en tres temas sobre el puerto que se encuentran en las rememoraciones de Valadés.

1) El clima extremoso de Mazatlán, y la necesidad de escapar de él
Sinaloa destaca por sus veranos calurosos, sus “inviernos” de 30 grados y la urgencia de salvarse del sol del trópico de Cáncer. Hoy, a más de cien años, los sinaloenses nos sentiríamos identificados con las palabras de Valadés. Había una necesidad urgente de huir de la canícula. No todos podían, pero la familia Valadés sí: “Tengo la idea de que a veces formaban caravanas con hijos, sobrinos y amigos, para escapar de las hirvientes canículas de Mazatlán, nuestro pueblo nativo, y dar un intermedio a nuestra fatigosa y rutinaria vida”.
Sobre el calor, Valadés tenía dos teorías de sus efectos: impedía que el ser racional se implantara en este territorio pues ¿quién puede hacer filosofía a 45 grados a la sombra? Y la otra es que su salud, que fue precaria, se debía a la debilidad que generaba vivir en clima tan extremoso. Llegaba Valadés a una conclusión algo exótica sobre las vidas en los trópicos: imperan los débiles, y no los que se adaptan mejor para sobrevivir por su fuerza: “Los partidarios de la teoría biológica del ilustre Carlos Darwin, monumento insigne del patriotismo inglés, se verían defraudados si estudiasen el desarrollo de las especies dentro del cinturón tropical; pues mientras el darwinismo enseña una evolución selectiva de superioridad física, en la zona tórrida quienes poseen mayores aptitudes de vida son los individuos más débiles […] En los dominios tropicales los seres de poca fuerza o vigor se defienden no sólo con su extraordinaria multiplicación, sino también a sus aptitudes para atacar al fuerte viviendo de los individuos de más eficiencia corporal”.
Para sobrevivir a este clima, los mazatlecos adaptaron su arquitectura: “altos techos, grandes las ventanas”. Este clima era enfermizo, debilitaba: “Cuantas veces he revisado las páginas de mi historia clínica, he llegado a al conclusión racional de que aquel flagelo indoloro, pero pertinaz e inquietante, no pertenecía a la rama palúdica, sino al debilitamiento fisiológico que producido por el exceso de contracciones y dilataciones que ocasiona la canícula sobre el cuerpo de la infancia y debido a lo cual, la humedad tropical penetra e inflama los tejidos más deficientes”. De ahí que hubiera que huir, como dice Valadés que su abuelo hizo con él: “era necesario sacar al nieto de aquel amenazante clima mazatleco”.
2) El puerto cosmopolita, dominado por extranjeros
Mazatlán era en aquel momento la ciudad más cosmopolita de Sinaloa (en gran medida, lo sigue siendo). Aun sin ser una gran urbe en aquel momento, reunía a ciudadanos de todas partes del mundo, especialmente europeos y estadunidenses. Estos dejaron su impronta en el puerto, dedicándose a actividades industriales y comerciales que le dieron dinamismo a la economía mazatleca de fines del siglo XIX e inicios del XX. Esto generó, empero, una preferencia por lo extranjero frente a lo nacional, según Valadés: “La sociedad mazatleca en esa época era elegante y alegre, aunque en sus costumbres dominaban las proyecciones extranjeras. La indumentaria, las fiestas, las maneras de la urbanidad venían -y Mazatlán las adoptaba fácilmente- de otros países. Lo incambiable era la alimentación, el orden doméstico, el pensamiento familiar”.
La influencia extranjera trascendía la economía para llegar a la política: “Los bandos políticos de Mazatlán, ya civiles subían y bajando del mando cambiando los rumbos en el estado de Sinaloa, según la fuerza dominante de los españoles o de los alemanes”. Eran estos últimos los más adelantados del puerto, según Valadés, ganándole terreno a los españoles. Lo que ocasionaban todos los extranjeros, eso sí, era la fuga de riquezas generadas en el puerto. “Durante esta época, la gente pudiente de Mazatlán era extranjera, y por lo tanto, los hijos de tales padres iban a estudiar a sus países de origen. No había, pues, en la ciudad, un grupo social mexicano con capacidad de empresa. El pueblo que fue mi cuna sólo servía de puente al embarque de riquezas nacionales”.
No deja de resaltar Valadés que, aun con esa predominancia extranjera, los mexicanos iban ganando terreno: “Y si es verdad que la sociedad de mi pueblo natal estaba formada en su mayoría por extranjeros, las familias mexicanas empezaban a ocupar un puesto importante en las artes y movimientos de la comunidad”. Valadés cree que el hecho de convivir con extranjeros terminó por reforzar la identidad mexicana en el puerto, y que a la larga resultó positivo, no solo para Mazatlán, sino para todo el país: “Tuve la suerte de que mis primeros parpadeos de la racionabilidad fuesen en uno de los centros de México que, por servir más a las colonias extranjeras que al país, iba a ser uno de los pueblos nutrimentales de la nacionalidad mexicana”.
3) Indicios de progreso: la urbanización del puerto
“En los días de mi nacimiento, Mazatlán era gruesa y alta columna de esperanzas; aunque el comercio pirata había desparecido y con esto mermaba la fama mercantil del puerto, la ciudad adquiría el carácter de progresismo. Una fundición de hierro, el entubamiento del agua potable, las fábricas de cigarrillos, jabones, cerveza, carruajes y fósforos; el tráfico de metales preciosos; el comercio esplendente y la presencia de barcos de todas las nacionalidades, aseguraban en tal época a mi pueblo un porvenir inigualable”.
Valadés rememora la transformación del puerto: la creación del Parque Zaragoza por su propio abuelo; la construcción de un edificio para El Correo de la Tarde, un edificio de tres pisos en la calle Principal, actual Belisario Domínguez; el impulso de Jorge Claussen con el saneamiento y la reforestación; y la aparición de nuevos estilos arquitectónicos en el puerto, traídos de fuera y adaptados al clima mazatleco.
Sobre los Claussen, dice Valadés: “Iba don Jorge [Claussen] de un lugar a otro de Mazatlán; siempre proyectando y realizando mejoras públicas. ¡Cuánta deuda de mi pueblo con el señor Claussen! Los trabajos de saneamiento, reforestación y embellecimiento de Mazatlán se debieron a él. Tuvo mi amada ciudad, si no con dinero de don Jorge, sí debido a la dirección y disciplina de este, un gran paseo alrededor del Cerro de la Nevería, al cual, con mucha justicia, dieron su nombre; y aunque sin esperanzas económicas, el señor Claussen fue accionista de las empresas de gas, agua y luz gracias a las cuales Mazatlán ganó un puesto entre las poblaciones importantes de México en los comienzos de siglo”.
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Las memorias de Valadés brindan mucha información para la reconstrucción de la historia económica, social, cultural y política del puerto. Aquí solo anotamos unas pocas, pero servirían para hablar también sobre el papel de la mujer en la sociedad sinaloense del periodo; sobre la historia del arte literario y musical de Sinaloa; y sobre el impacto de la Revolución mexicana en la vida cotidiana. De ahí que insista en la necesaria reedición de estas: por su valor literario y de documento histórico.

Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador. Actualmente realizando una investigación doctoral sobre historia de los conceptos políticos en México.




