2025: entradas de un diario

Por Ronaldo González

Escribir un diario es una paradoja: aspira a ordenar la experiencia en una secuencia cronológica y, al mismo tiempo, se sitúa fuera del tiempo. Así ocurre con la vida humana: un día se siente de una manera y al siguiente, quizá, de otra muy distinta; pero semanas después, habrá alguna sensación que se vincule con alguna emoción previa. Lo mismo sucede con la coyuntura: hoy puede amanecer soleado y mañana estallar una guerra al otro lado del mundo, o irrumpir un conflicto violento a las puertas del hogar; todo mientras uno escucha música o lava los trastes. Este es, entonces, un intento de diario, que no busca otra cosa que dar un lugar —aunque sea provisional— a la vida cotidiana[1].

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1 de enero. Empiezo el año con El maestro de Go de Yasunari Kawabata. Transportarse a ese mundo ritualizado y ya en decadencia desde antes de la Segunda Guerra: una vida, una cultura. Por un momento, olvidar la torcedura del sentido y el jaleo de nuestro desbocado presentismo. Es cierto, no podemos dejar de leer aquejados por síntomas.

3 de febrero. Muy temprano, en el Parque Botánico, saludamos a un señor de alrededor de 80 años. Caminando por la fría pista, respondía a los trinos de los pájaros, llamaba a su perro y se dirigía a nosotros, como suele hacerlo, con chiflidos diversos. Todo un repertorio. Envidio a ese señor de las madrugadas, a ese espigador de chiflidos. Yo, por mi parte, nunca aprendí a silbar siquiera. El amanecer puede ser cruel en sus recordatorios.

Hace dos días, por cierto, Trump anunció que había emitido ya la “orden ejecutiva” para gravar con aranceles de un 25 por ciento a las importaciones mexicanas y canadienses. Hoy, después de una llamada telefónica mañanera, Trump y Sheinbaum, cada uno por su cuenta y enfatizando los aspectos que más favorecen a su imagen, anunciaron un nuevo acuerdo para suspender dicha medida. Qué triste espectáculo el de la política y sus inducciones emocionales: relativizar o absolutizar cualquier cosa a conveniencia. En ese campo todo se polariza y, paradójicamente, todo se neutraliza. Y un riesgo aún mayor: más que lo “polarizado”, es lo “neutralizado” lo que se percibe tenso y próximo a estallar, súbitamente, en mil pedazos. Viene un largo tiempo de “neutralizaciones” siempre precarias, provisionales e inciertas. El mundo se está quedando sin reglas.

Un escribano público está sentado en un escritorio leyendo el papel que ha escrito con su pluma de ave. Wellcome Collection.

6 de febrero. Un día como este nació mi madre. Algunos de mis recuerdos con ella son de un provincianismo tropical. Fue esa mujer quien empezó a leer conmigo —en la convalecencia de un resfriado, a mis 10 años de edadEl llamado de la selva de Jack London. Después de atender a nueve hijos y a mi padre y de recorrer casas ofreciendo productos Stanhome, rendida, leía a Irving Wallace en la noche. Entiendo bien por qué se refugiaba en esas tramas y esos personajes de misterios bíblicos, antropológicos e insulares, abiertos a la historia, a la fe y al mar.

5 de marzo. Leo por las noches una colección de breves escritos de Nuccio Ordine, Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal, con un ensayo introductorio pulcro y muy sugestivo, en el cual va de Camus a Einstein para recordar la importancia de las humanidades en la educación. Lo “campechanearé” con algo de narrativa. Es tiempo de volver a obras que no demanden tantas apostillas, sobre todo tratándose de lecturas nocturnas. Lo haré desde hoy con Dublineses de Joyce. (¿Me gustarán igual que hace 20 años esos relatos?).

Recuerdo en Evelinela renuncia de una chica cuando decide no embarcarse con su amor, la renuncia a hacerse a la mar con el amor, aquel pañuelo agitándose anacrónicamente al viento en un muelle. Y recuerdo el que más me llegó, “Los muertos”, recomendado por George Steiner en algún ensayo. Aquel en el que “Uno a uno todos se estaban convirtiendo en sombras”; ese déjà vu provocado en la mente de quien pasa los renglones, prefigurador de tantas cosas: esa mirada que arroja al personaje (y al lector) al único resguardo de una contemplación entregada, sin más.

25 de marzo. Mediodía. Me doy una vuelta por tuiter y topo con una foto de la portada de Pequeñas virtudes. Precioso libro. Pocas autoras o autores han narrado tan bien como Natalia Ginzburg esa intrahistoria, tan tierna y llena de alegrías como de íntimos dramas provenientes de tragedias enormes, y tan determinada por un contexto que es, al mismo tiempo, interpelado a lo largo de la andadura de las vidas de que se ocupa (Pavese y Leone Ginzburg lo interpelaron de manera distinta… hasta su muerte). Creo que fue Stefan Zweig quien, en El mundo de ayer, afirmó: “La historia universal es espantosa vista de cerca”.

3 de abril. Hace rato, esperando turno en mis trámites de jubilación, entré a tuiter y leí un comentario de Mariana Betanzos, una muy buena periodista de El Universal: ¿qué diría Walter Benjamin de las imágenes creadas por la IA (acordadas con Studio Ghibli y sus artistas para replicar ese tipo de anime japonés al pedido del solicitante)? Más allá de las implicaciones éticas de estas tecnologías, creo, para decirlo con palabras del filósofo y crítico alemán, que el remanente de aura (si se le puede llamar así) en esas imágenes “creadas” (o, mejor, compuestas, ¿hay creación ahí?) por la IA residiría en el estilo del que parten y utilizan. Aunque en verdad no lo sé, porque, en otra hipótesis, acaso todo esto marcharía, por el contrario, en la ruta de una fase avanzada (o acaso más allá) del ¿arte? posaurásico.

Un escribano público en Nápoles está sentado en un escritorio, protegido por una sombrilla. Wellcome Collection.

11 de abril. Ayer murió Mario Vargas Llosa. Las redes y los medios se han colmado de comentarios, un buen número de ellos en las cercanías de cierto maniqueísmo: o puro elogio o pura descalificación de su vida y obra.

De La guerra del fin del mundo a La fiesta del chivo, pasando por Historia de Mayta, Vargas Llosa marcó a mi generación colgada en el cabús del tren baby boomer. Aunque eso es decir muy poco de uno de los grandes escritores de nuestro tiempo. Prosista de primera línea, me gustan más sus artículos cortos en los diarios, siempre tan provocadores, que sus ensayos largos en opúsculos. Tendré que saldar cuentas con algunas lecturas pendientes.

Leo un tuit del querido Hugo Garciamarín criticando a quienes reprochan a Vargas Llosa haber sido un escritor que tomó partido. Pienso que esto es algo que debe reconocerse al Nobel Peruano, como en Gide o en Paz (a diferencia de Sartre o García Márquez): tener la entereza de cambiar de juicio. En eso se finca, creo, no un adoctrinamiento, sino una posible pedagogía pública. Me trasladé a los aforismos de Lichtenberg: “Estoy convencido de que uno no sólo se ama en los otros. También se odia en ellos”.

1 de mayo. Día del Trabajo. Vuelvo siempre a la Viviane Forrester de El horror económico (1996). Para las generaciones de fin de siglo al día de hoy, el problema no es sólo la explotación, sino la posibilidad siquiera de ser explotadas.

Fecha plagada de discursos polarizadores en los actos públicos. Hay que entender el juego del poder (el de este régimen y el de cualquier otro), aunque sin olvidar que ese juego puede tener una resonancia paradójica en lo propiamente social. Es increíble cómo, en un país con tantas realidades incontestables, cualquier tontería pueda convertirse en algo-digno-de-la-atención-pública, en un insumo de eso que llaman “lo noticioso”. Desde luego que este hecho, en efecto paradójico, tiene un fin político, es propiciado desde arriba; pero para la gente se trata también, sospecho, de algo más básico, una especie de instinto de sobrevivencia en medio de tantas verdades irrespirables: navegar en las emociones antes que en la realidad. ¿Fue Bioy Casares quien lo dijo?: “Todos somos pobres diablos heroicos por el sólo hecho de seguir vivos”.

Tal vez por eso nos fijamos una ficción, a veces una suprema ficción y la mayoría de las veces una ficción sin más objetivo que el de dar sentido al día o, como ocurre en las esperas, a la hora siguiente. En Pequeños tratados, dice Pascal Quignard: “Hay demasiado sentido para que haya ningún sentido”. Por lo mismo, a propósito de eso que pudiéramos denominar “ficción-sentido”, matizando al escritor francés, la estabilidad tendría que residir en el sentido que rescatamos del fuego en que arden tantos sentidos. Las ficciones funcionales no arden, son casi siempre una débil luz de trasfondo. Salvo en la grandilocuencia retórica de las y los políticos, el sentido eficaz (si bien pasajero) será siempre un modesto sentido.

8 de mayo. Habemus Papam. Desde la muerte de Francisco, han convertido su sucesión en un espectáculo mediático y hasta las casas de apuestas han hecho su agosto, es cierto, pero también lo es que hay un sentido sustantivo que se mantiene y vivifica, durante estos interregnos, entre los creyentes. El nuevo papa es Robert Prevost, llevará el nombre de León XIV. El León más reciente tuvo un papel importante en el giro de la iglesia hacia lo social. Por lo pronto, en su primera alocución habló de “proclamar el evangelio” y “tender puentes”. Sólo un comentario sobre el nuevo papa: se ha empeñado en la labor misional, particularmente en América Latina. Sentido de misión y vocación pastoral, ambas cosas, junto con la apertura a los temas de la contemporaneidad, vitales para el catolicismo en el siglo XXI. No sólo Occidente: el mundo contemporáneo en su diversidad. Un nuevo ecumenismo más allá de la geografía, incorporador de la pluralidad de adscripciones culturales, nacionales e identitarias. ¿Es esto posible? Soy escéptico.

13 de mayo. Murió Pepe Mujica. De los tupamaros a la cárcel, de la cárcel a la acción social, de la acción social a la política, de la política a la acción social de vuelta. Debería haber más Pepes Mujicas y menos populistas disfrazados de humanistas de izquierda. Mujica era un hombre-noúmeno: su apariencia se correspondía con su esencia.

Una mujer cristiana copta dicta una carta a un escribano, en El Cairo, Egipto. Wellcome Collection.

4 de junio. En mis lecturas nocturnas, voy de El paseante de cadáveres de Liao Yiwu a Sí hay tal lugar de Federico Guzmán. Libros emparentados por ese juego que, en su libertad, me subyuga: romper las camisas de fuerza de los géneros canonizados. Del libro de Guzmán Rubio escribiré un comentario para su publicación. Diré sólo que recordé, después de revisar sus apartados, aquel ensayo, utópico a su modo, de Robert Kimsey Owen y su colonia dizque socialista (en realidad la idea era crear una sociedad de accionistas y comunicar al noroeste mexicano con el noreste industrial gringo). Y sí, también hubo tal lugar.

Con respecto a Liao Yiwu, en rigor, volví a El paseante…, pues lo había iniciado hace tres años, me parece. Una reunión de relatos, crónicas y entrevistas sobre la cultura profunda de China y su devastación durante el funesto período de la Revolución Cultural maoísta. La medicina tradicional, el saber popular, la práctica del Feng Shui auténtico (antes de su no menos devastadora occidentalización), hechizos, música y cantos funerarios y de bodas, la búsqueda de cadáveres extraviados (el oficio del paseante)… Mostrar, sin añoranza gratuita y sin elogio de la madrecita aldea, una horadación ex profeso de la memoria social en aras del idealizado progreso.

Inevitablemente pensé en Sinaloa. No, desde luego, en la perspectiva de una cultura milenaria como la oriental, pero me remití a toda esa producción sustantiva de sentido acumulado (no milenario, pero sí secular), creado y recreado en el habla, las tradiciones religiosas (santoral, fiestas, peregrinaciones) y paganas (carnavales, fundaciones comunitarias y barriales) que languidecen ahora en la serranía, en los pueblos de valle adentro y en la profundidad molecular de una ciudad vieja y ribereña como Culiacán. Hay aquí una interpretación pendiente que permitiría entender lo que nos ha pasado en este Semitrópico: las consecuencias destructivas del modelo agroexportador, la Operación Cóndor, la transgresión y el aniquilamiento de ecosistemas productivos, comerciales y culturales, los acelerados cambios demográficos, la migración interna de gente que llegó a las ciudades con una mano detrás y otra delante, en la orfandad social, económica y espiritual: vidas a la intemperie, virtuales presas de todo tipo de devastación. De devastaciones que empezaron con la apertura de los grandes valles agrícolas. Un aniquilamiento que, contra lo que “noticiosamente” se postula como pura incivilizada transgresión, dio inicio en nombre del progreso, es decir, de lo civilizatorio.

25 de junio. Amaneció lloviendo y no salí a hacer ejercicio. Aproveché para avanzar, temprano, algunas páginas del diario De Alemania a Alemania de Gunther Grass, notas de sus viajes y quehaceres políticos y literarios del año 1990. Los dilemas de aquella Alemania, los temores de Grass al ir descubriendo en su recorrido la activación de una memoria oculta, reprimida pero viva en la gente, particularmente en la “zona” oriental de aquella nación separada todavía. Un temor más: los afanes, dice, “colonialistas” de los potentados económicos y políticos de la Alemania occidental en relación con la (ya casi ex) RDA.

Al parejo, la familia (tuvo tres esposas y con todas procreó hijos), las amistades y el trabajo literario (el discurso que refiere a Auschwitz como enseñanza presente y la escritura de la novela sobre el cementerio polaco-alemán como experimentó tácito de una pareja binacional asociada en dicha empresa). Un personaje muy especial, el jazzista Baby Sommer: hombre desconfiado de lo que venía, coincidente con las posturas políticas de Grass. Entonces G. G. tenía 62 años, era más joven que yo y había caminado toda la segunda mitad del siglo XX, todas sus convulsiones, todos sus extravíos. Su biografía lo echa de ver: adolescente encandilado por el nacionalsocialismo y crítico acérrimo de los fascismos después. Murió el 2015. Vendrían el Nobel, la crisis de la socialdemocracia tal y como él la concebía, el surgimiento de Alternativa para Alemania, el euroescepticismo y los incesantes flujos migratorios de Medio Oriente y África.

Hoy es miércoles, aniversario de la muerte de Foucault (1984) y, además, este 2025 se cumplen 50 años de la publicación de Vigilar y castigar. Puse en tuiter un texto que publiqué en Nexos hace cinco años. Curioso: casi enseguida, escribí ahí mismo una digresión sobre el amanecer y tiene muchas más vistas y corazoncitos. ¿Será que en el ensayo no hablo explícitamente de la biopolítica o la necropolítica? También en eso me estoy volviendo anacrónico. Los foucaultianos de estos días prefieren esa lectura de Agamben y Mbembe o la psicopolítica de Byung-Chul Han, cosa que se incrementó durante el encierro pandémico. Como aquel Foucault, digamos, “clásico” que estudiamos en mi juventud, mi escrito deja sólo esbozados esos temas (los últimos años ha ocurrido una verdadera explosión de textos inéditos del indefinible pensador francés). Bemoles de aquella primera recepción setentera y ochentera de Foucault en México.

2 de julio. Se cumple un cuarto de siglo del arribo de la llamada alternancia en México (Vicente Fox gana la elección de la presidencia el mero 2000, número redondo, para más fascinación). Hace casi un año (el 25 de junio de 2024), al cumplirse cuatro décadas de “Por una democracia sin adjetivos” de Krauze, publiqué, en la revista Presente, un balance de nuestra controvertida transición a la democracia.

Hace un rato escuché a Julio González (talentoso joven editor de Nexos) platicando con Ciro Gómez Leyva. Adquiriré el número de este mes. Me interesa revisar de qué manera —según anunció Julio— valora ese tránsito la generación de treintañeros actuales. De llamar la atención la incomodidad del entrevistador. Lo que percibo es una suerte de mitología creada por la generación de los artífices políticos y, todavía más marcadamente, intelectuales y periodísticos de ese tránsito. En alguna medida, de ahí puede provenir una cierta incapacidad de constituirse en una oposición verdaderamente alternativa (los políticos) y de generar ideas que polinicen lo social, que enriquezcan la conversación pública (los intelectuales). De hecho, tengo la impresión de que el modo en que Gómez Leyva, aunque siempre amable, interrumpió a Julio (cuando abordaban el papel de Peña Nieto el 2018), da cuenta de una indisposición generacional (y es mi propia generación) al ajuste de cuentas.

16 de julio. Trabajo por las tardes en un libro que comentaré pronto, Mujeres al poder 2024, compilación coordinada por mi amiga Úrsula Córdova. Al final de su ensayo, Úrsula cita una respuesta dada por la entonces candidata a la presidencia Claudia Sheinbaum al periodista de La Jornada Arturo Cano: sé es feminista cuando se lucha por el pueblo, la lucha de las mujeres es la misma que la lucha del pueblo. Me remitió al Marx de la cuestión judía: el antisemitismo desaparecerá al mismo tiempo que la emancipación del proletariado. ¡Vaya desenlace! ¡Vaya esperanzadora expectativa!

23 de julio. 16: 15 hrs. Me dispongo a continuar la lectura de Blanchot, De Kafka a Kafka y seguir tomando notas para mi próximo libro (un opúsculo), PlayingKafka. Antes, escucho un mensaje de voz que envía una amiga española, en el cual da lectura a un poema de Federico Gallego, poeta manchego como ella, titulado “La quieta travesía”. Me gustó mucho y me puso a pensar en Quignard: volvemos al silencio del líquido del que venimos. Somos memoria del agua.

Ayer murió Ozzy Osborne: al terminar la faena vespertina, un tributo privado a esa voz industrial de Birmingham.

Henry Brougham, con peluca y toga, sostiene unos anteojos en la mano, sentado en su escritorio, rodeado de papeles sobre la “Reforma”. Wellcome Collection

El tiempo se me escapa (un intento de atraparlo en cuatro notas de cierre)

23 de diciembre. En un artículo publicado en Letras Libres (“El revisionismo histórico del liberalismo”, noviembre de 2025), Rafael Rojas señala la manera en que tres gobernantes latinoamericanos (López Obrador, Javier Milei y Gustavo Petro) han invocado a tres personajes de sus panteones patrios para legitimar su política y sus mandatos (Benito Juárez, Juan Bautista Alberdi y Juan José Nieto Gil, respectivamente). Los liberales del siglo XIX interpretados, selectivamente y a modo, como valedores de proyectos iliberales en el siglo XXI.

Apenas el año pasado, en un seminario de sociología, comentaba con mis alumnos cómo el término “carisma”, aplicado a personajes centrales de algunos populismos contemporáneos (de “izquierda” o “derecha”) tiene una connotación distinta a la que algunos clásicos le dieron. Weber, por ejemplo, decía que una de las características del carisma es rechazar el pasado y ser, por lo mismo, específicamente revolucionario. Habría que ver a qué pasado se refería el sociólogo alemán. Hay aquí un tema para los estudiosos de Weber, y sí, de los nuevos iliberalismos, genéticamente distintos de los antiliberalismos del siglo XX y los posliberalismos que ya se estrenan en el mundo.

25 de diciembre. En Culiacán prosiguen los festejos de la fecha. Esta es una ciudad híbrida. Su sedimento se volvió rural. La gente repite los ciclos básicos de la vida. A pesar del tráfago violento, necesita espacio abierto, no vida intramuros. No hace mucho, en un libro sobre Culiacán, escribí algo en lo que valdrá la pena continuar trabajando: “Aquí ocurrió una mezcla abrupta y súbita de patrones de conducta rural y urbana; de esa peculiar hibridación surgieron las conductas que hoy caracterizan a buena parte de la población: música a alto volumen desde que Dios anochece hasta que Dios amanece, cierre arbitrario de calles para celebrar por cualquier motivo, metralleo auditivo de toda laya. Hay un orden inaprehensible que rige las ciudades, dice Calvino en sus Ciudades invisibles. En Culiacán, es un cúmulo de hábitos, usos, costumbres que impelen a salir, aunque sea al arroyo de la calle, a platicar, escuchar música, beber cerveza. En ese orden intangible, el metafórico arroyo citadino es el mismo arroyo que fluye realmente en el medio rural”.

26 de diciembre. Leo en los últimos días las noticias acerca de la marea invasora de colonos israelíes, acompañada por el ejército, en territorios ocupados de Cisjordania. Escribe D. S. Savage que, de acuerdo con Max Brod (“Nota adicional a El castillo”), el error de K. (protagonista de la célebre novela) consistió en no apoderarse inmediatamente del castillo, así fuera con violencia, en lugar de seguir las indicaciones de los funcionarios que lo rechazan terminante y hasta despóticamente. Mi idea es que, en Savage, esa es una lectura de aspiración radicalmente democrática o hasta libertaria (se trataría de una “violencia legítima” del individuo contra el poder), o, en el caso de Brod, motivada por su sionismo: había que exigir y hasta tomar Palestina —y seguimos viendo las consecuencias de esta convicción, en su segunda parte, hoy en día con la hambruna, el sitio y la muerte en Gaza, responsabilidad, sobre todo, del Estado de Israel: una guerra injusta con una causa extraviada ya en una vorágine de locura (el “triste milagro” de Israel, declaraba George Steiner).

27 de diciembre. No pocas publicaciones y programas de TV escogerán a Trump como personaje del año. Todo esto me pone a pensar si, en verdad, el mundo se nos ha vuelto, ahora sí, ancho y ajeno. Los siglos XIX y XX fueron los de las miradas liberales o, más genéricamente, occidentales puestas en EEUU. Con Julien Benda —quien, recuerda Armando González Torres en sus agradecibles tuits, hubiera cumplido años ayer—, podría decirse que el mundo necesita otros “clérigos”, Quizá sea hora de volver a imaginar otro mundo. El mundo, es cierto, necesita otros mundos.

Constantinopla: un hombre se sienta a escribir una carta mientras dos mujeres observan por encima de su hombro. Wellcome Collection.

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Ronaldo González. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo. Entre sus libros publicados, George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (UPES, 2024). Próximamente, con los sellos de Círculo de Poesía y la Secretaría de Cultura de Jalisco, aparecerá su libro Playing Kafka. Aristas de lo kafkiano.


[1] Nota del autor: antes de proponer al director de Presente, Hugo Garciamarín, la publicación de estas notas, estaba lejos de imaginar lo difícil que sería hacer una selección, así fuera sólo de un año, de las entradas de mis cuadernos de diario. No he podido con el paquete. Me ha sido imposible, en tan poco tiempo, escoger las más recuperables para el propósito de la recapitulación de una cotidianidad, de unas lecturas, de una ciudad, una región, un país y un mundo que no cesan de movernos el tapete. Es por eso que he llegado apenas al mes de julio, agregando al final cuatro entradas recientes para hacer menos abrupto el cierre. Pido por ello una disculpa a las lectoras y lectores de nuestra revista. Y sí, he aprendido la lección. Un diario, como decía el melancólico Amiel, es un tirano demandante de atención cuando lo escribes. Y no lo es menos cuando te dispones a trabajarlo para ofrecerlo a la lectura de los demás.

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