Por tu alma, bebe hasta que estés ebria. ¡Es una fiesta!
Escucha lo que te dicen tus conocidos.
No sólo te quedes ahí sentada
A Charles Darwin le encantaba escuchar relatos de nativos y viajeros que juraban haber visto babuinos ebrios. Uno de tantos fue el de un zoólogo alemán que llegó a mantener a varios de estos primates encerrados tras beber alcohol en exceso, y que observó que a la mañana siguiente se encontraban desorientados y abatidos como cualquier borracho. Cuando les ofrecía de nuevo la bebida, la rechazaban con visible desagrado y optaban por “suero”. Uno de ellos, después de aquella experiencia, jamás volvió a probar licor, aun cuando se le insistía. Un gesto que, a decir verdad, revela una fuerza de voluntad superior a la de muchos de nosotros.
Esta anécdota forma parte de Breve historia de la borrachera, de Mark Forsyth (Ariel, 2019), un texto ágil y divulgativo que destaca, sobre todo, por situar históricamente una obviedad pocas veces enunciada: los humanos somos una especie singular por el consumo social de alcohol. Dicho de otro modo, la comunidad también se teje alrededor de la bebida.

Los monos, desde luego, no beben whisky, pero sí consumen alimentos con cierto grado de fermentación. De hecho, nuestra especie desciende de algún primate que descendió de los árboles, probó algo con alcohol y desarrolló adaptaciones para no embriagarse con rapidez y sobrevivir a los depredadores —al menos así lo plantea Forsyth—. El libro, sin embargo, se interesa menos por esa escena evolutiva que por un hilo más persistente: a lo largo de la historia, el alcohol ha servido como ocasión para la convivencia. Este rasgo convive con su carácter problemático y adictivo; aun así, ha acompañado de manera constante nuestras formas de estar juntos y de enfrentar el mundo.
El ejemplo más antiguo de la relación entre alcohol y comunidad se encuentra, según el autor, en las ruinas de Göbekli Tepe, en la actual Turquía, con más de diez mil años de antigüedad. Lo que vuelve especialmente intrigante a este sitio —y motivo de amplios debates entre especialistas— es que antecede a los grandes asentamientos humanos: fue construido por grupos nómadas pertenecientes a distintas tribus. Forsyth sugiere que pudo tratarse de un templo y que en ese espacio se ofrecía alcohol a los viajeros. En el lugar se han hallado grandes recipientes de piedra, semejantes a bañeras, que conservan rastros de oxalato, una sustancia que se produce al mezclar cebada con agua. En otras palabras: cerveza.
La hipótesis de que el consumo de alcohol antecedió a la organización social y que incluso contribuyó a impulsar la civilización puede parecer extravagante. Sin embargo, varias de las culturas más antiguas ofrecen indicios sugestivos. Forsyth recuerda que los sumerios, hacia el 2500 a. C., vinculaban el origen de la humanidad a una competencia entre dioses para demostrar quién bebía más. Una de las poetisas más antiguas de las que se tiene registro —la sumeria Enheduanna— dejó versos donde la cerveza ocupa un lugar central, tanto en la vida religiosa como en la social.
El caso egipcio resulta aún más elocuente. Desde alrededor del 3000 a. C., esta civilización otorgó a la cerveza un valor social, ritual y casi sublime. Uno de sus mitos fundamentales, La destrucción de la humanidad, relata que Ra, cuando aún gobernaba de cerca a los hombres, descubre una conspiración en su contra. Decide entonces enviar a la diosa Hathor para castigarlos, y ella comienza una matanza implacable. Llega un momento en que su furia amenaza con extinguir por completo a la humanidad, por lo que Ra recurre a un ardid: manda derramar cerveza teñida de rojo para que parezca sangre. Hathor la bebe, se embriaga y cae dormida. Tras ese episodio, Ra se retira del mundo humano; continúa observándolo desde la distancia, mientras otro orden se instaura en la tierra.

En ese horizonte simbólico, beber cerveza adquiría un sentido profundamente social y legítimo. El epígrafe que abre este texto, por ejemplo, procede de un relato egipcio de año nuevo donde se describe a una mujer distinguida que es animada a beber por sus amigas; posteriormente, la escena asume tal abundancia que el mayordomo debe velar por ella y sus acompañantes. En ese gesto festivo se condensa una idea antigua y persistente: la bebida como espacio de encuentro, resguardo y convivencia.
El impacto del alcohol en la cultura egipcia era tal, que el mito de La destrucción de la humanidad se escenificaba en el llamado Festival de la Borrachera, celebrado de forma anual o bianual, según la fuente. En la representación, Hathor bebía cerveza teñida de rojo y, tras el rito correspondiente dirigido por el sacerdote, los asistentes hacían lo propio y daban inicio a una orgía. Y es que para los egipcios, la ingesta de alcohol y la sexualidad formaban un vínculo sagrado y digno de veneración. Tal era su importancia que, si alguna mujer quedaba embarazada durante el festival, el hijo era reconocido y, al llegar a la adultez, podía acceder al sacerdocio.
La celebración alcanzaba tal intensidad que el desenlace resultaba previsible: algunos caían dormidos, otros sucumbían al vómito. Aun así, nada quedaba librado al azar. Varias personas, designadas para esa tarea poco envidiable, se ocupaban de vigilar a los participantes y de impedir que el exceso derivara en la muerte. Con todo lo anterior, se entiende mejor el diálogo entre el mayordomo y la dama distinguida de la historia de la epígrafe: “Bebe, no des sorbitos. Yo estaré junto a ti […] siempre quiero estar borracha. Mi interior se siente como paja” (p.36).
Ahora bien, pese a esto, es evidente que ninguna civilización podría sostenerse si toda su población permaneciera entregada a la embriaguez y al desenfreno. Por esa razón, aun cuando el alcohol cumple una función social evidente, su consumo suele acotarse y reservarse a espacios y momentos específicos. Platón, recuerda el autor, consideraba que el autocontrol resultaba indispensable al beber. Sócrates encarnaba ese principio: participaba del vino sin perder la lucidez, lo que mostraba que abstenerse del exceso no implicaba renunciar a la bebida
En China, supuestamente bajo la influencia del confucianismo, se fijaron ocasiones precisas para beber y se establecieron fórmulas de cortesía que hoy llamaríamos de etiqueta, como el brindis, así como estrategias de moderación, alternando vino y agua para evitar la embriaguez. Los romanos impusieron prohibiciones más severas: a las mujeres se les vetaba el consumo de vino, y de ahí surgió la costumbre de saludarlas con un beso, con el fin de detectar cualquier rastro de alcohol.
Estos ejemplos nos muestran que beber forma parte de la vida social, aunque nunca puede erigirse en su principio rector. Esa advertencia atraviesa incluso la Biblia. El autor recuerda el episodio de Noé, quien, tras el diluvio, se embriaga, pierde toda solemnidad y queda dormido, desnudo y vulnerable, ante la mirada de sus hijos. Una escena que resume con crudeza el límite entre el rito compartido y el exceso que descompone el orden (incluso aquel que apenas está surgiendo).

Mark Forsyth continúa explorando así la función social del alcohol y los límites que cada época le ha impuesto. El recorrido atraviesa Medio Oriente, se detiene entre vikingos y hunos, pasa por la Edad Media y avanza luego hacia Rusia, Australia y México. El trayecto culmina en Estados Unidos: tras cruzar el Viejo Oeste, desemboca en uno de los episodios más célebres y cinematográficos de la historia del alcohol, la Prohibición instaurada en la segunda década del siglo XX, origen de un imaginario que aún alimenta relatos de mafias y contrabandistas.
Lo relevante de la Prohibición es que dista mucho de la imagen que han fijado el cine y la cultura popular, y tampoco fue un fenómeno exclusivo de Estados Unidos. Islandia prohibió el alcohol en 1915 y no legalizó la cerveza sino hasta 1989; Noruega impuso restricciones entre 1917 y 1927; en México, incluso, el Subcomandante Marcos decretó la prohibición del alcohol dentro del Ejército Zapatista en la década de los ochenta del siglo pasado. En todos estos casos, la medida respondió a un mismo problema: el alcohol también arrastra descontrol y violencia.
La Prohibición, curiosamente, no se trató, en su origen, de una cruzada contra la bebida en abstracto, sino contra el saloon, un establecimiento público característico del siglo XIX y de las primeras décadas del XX en Estados Unidos. Allí se vendían bebidas alcohólicas y se articulaba buena parte de la sociabilidad masculina. Funcionaba como lugar de reunión cotidiana, de ocio —juegos, música, apuestas—, de intercambio de información, de búsqueda de empleo y, con frecuencia, de organización política informal. El saloon estructuró la vida social de comunidades enteras, y reforzó códigos de identidad masculina y la operación de actividades al margen de las instituciones formales. Precisamente por ello fue objeto de una crítica severa por parte de movimientos antagonistas, moralistas y progresistas (estos últimos encabezados por feministas, que lo identificaban como uno de los principales focos de violencia doméstica).
La Prohibición se consolidó por una combinación de factores —entre ellos, la guerra— y, aunque logró reducir el consumo de alcohol, no consiguió erradicarlo. Lo que sí transformó radicalmente fue el comportamiento social asociado a la bebida. El argumento de Forsyth insiste en este punto: el consumo de alcohol tiende a ser, ante todo, colectivo. En las grandes ciudades, la Prohibición favoreció su vínculo con el crimen organizado, aunque no dio lugar a un gran número de fiestas fastuosas que el imaginario ha fijado en relatos como El gran Gatsby. Predominaron, más bien, reuniones discretas en departamentos, acompañadas de alcohol de mala calidad y trasladó mucho de lo que ocurría en el saloon al hogar. En los pueblos, los bares cerraron por completo y fueron los propios habitantes quienes comenzaron a producir su bebida, dado que importar alcohol resultaba poco rentable tanto para la mafia como para las comunidades locales.
Con el fin de la Prohibición, el saloon desapareció como institución central y fue reemplazado por otras formas de bares y de organización social en torno al alcohol. Sin embargo, este cambio, como demostraría la historia posterior, no hizo que la sociedad estadounidense fuera menos machista, conservadora y violenta. ¿Será que para algunos el alcohol funciona únicamente como un pretexto para revelar convicciones más profundas sobre las relaciones sociales?
Como sea, si este fin de año bebiste de más, no te alarmes. A lo largo de la historia de la humanidad hemos bebido, y bien podría decirse que, en cierta medida, la civilización también fermentó en ese gesto. Conviene, sin embargo, no permitir que el exceso se vuelva costumbre ni que la bebida imponga su dominio. La clave está en el equilibrio, tal como sugeriría Dionisio, dios del vino. Sus mitos solían dividirse en dos advertencias claras: quienes despreciaban el carácter sagrado del vino terminaban convertidos en animales; quienes rechazaban por completo sus ceremonias encontraban un final violento (p.47).
La enseñanza es transparente. Beber exige cuidado, porque el alcohol —vino o cerveza— posee un carácter ambivalente, propio de su origen divino: puede elevar o degradar. Sin atención, se corre el riesgo de perder algo esencial de la propia humanidad. Al mismo tiempo, la bebida pertenece al ámbito de lo social y del encuentro, y nadie aprecia a quien arruina la celebración con solemnidades innecesarias (o dicho de otro modo, a nadie le cae bien un aguafiestas).
Así que ya lo sabes, amigo lector: equilibrio, compañía y mesura. Y, como dicta la tradición más antigua: ¡salud!








