La prisión del tiempo

Por Jacques Coste

Nunca he sido bueno para lidiar con el fracaso. Me cuesta mucho reponerme de las batallas perdidas. Sobre todo, porque todas mis derrotas han sido contra el tiempo. Contra el pinche tiempo que no perdona.

Cuando jugaba en fuerzas básicas me lesioné justamente antes del torneo más importante. Mi reemplazo, El Chueco Ramírez, jugó los partidos de su vida y, cuatro meses después, cuando yo me recuperé, ya habían cerrado los registros de la sub-20 y los tiempos administrativos no me ayudaron. La solución del equipo fue enviarme a préstamo a una segunda división, que precisamente en ese momento fue vendida a un nuevo dueño. Nos liquidaron a todos los jugadores y me quedé sin equipo. Ni modo, de vuelta a la vida civil. Adiós al sueño futbolero. Ahora El Chueco juega en el Cruz Azul y yo soy un pobre diablo.

Al menos logré entrar a la universidad pública al año siguiente, pero yo quería estudiar Economía o Derecho y ya no había cupos. Me tuve que conformar con Relaciones Internacionales y ni siquiera en el campus principal, sino en uno que me quedaba a tres horas de casa. Eso sí, precisamente al año siguiente, ampliaron las admisiones a Economía y Derecho en el campus central, pero ese beneficio sólo aplicaba para nuevos estudiantes, no para quienes ya estaban inscritos. Nuevamente, el pinche tiempo me chingó.

Reloj.

Al menos encontré mi nueva pasión. Empecé a trabajar en un periódico estudiantil y, luego, en el área de nota roja de un prominente diario nacional. No me importaba el amarillismo. Lo único que quería era escribir, crecer dentro del periódico y volverme un gran periodista. Cuando por fin me ascendieron al Departamento de Noticias Internacionales, mi papá perdió su trabajo y cayó enfermo. El sueldito de periodista no era suficiente para ayudar a mi mamá y mis hermanos menores con los gastos. Ni modo, a conseguir una chamba «de verdad».

Tuve que solicitar empleo en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Firmar oficios, contestar correos y redactar aburridos reportes sobre los acuerdos de la Organización Internacional del Trabajo; ésa era mi nueva cotidianidad. Ahí conocí a Karina, el amor de mi vida. Ella trabajaba en otro departamento. Nos conocimos en la fiesta de navidad de la Secretaría. Bailamos un par de cumbias, tomamos incontables tequilas y nos acostamos.

El amor surgió instantáneamente. A los seis meses, nos mudamos juntos. Al año siguiente, nos casamos. Mi padre no pudo ir a la boda por el simple hecho de que no estaba vivo. Murió dos semanas antes de la fiesta. Decidimos seguir adelante con la ceremonia porque él así lo hubiera querido, pero ahora el maldito tiempo impidió que compartiera el día más feliz de mi vida con el hombre que más había admirado y querido.

Aun así, todo era miel sobre hojuelas con Karina. Disfrutábamos la vida juntos. Era una existencia tranquila, apacible, sosegada, con destellos de alegría, momentos fugaces de gran euforia, sesiones memorables en la cama y visitas inolvidables a karaokes, bares de cumbia, conciertos de todo tipo y las mejores taquerías de la ciudad.

Mi trabajo seguía sin gustarme, pero me daba un buen sueldo para vivir dignamente con Karina en un apartamento en la colonia Álamos y ayudar a mi mamá. Por suerte, mi hermana había conseguido entrar a Ingeniería en el Poli y por la tarde trabajaba en una empresa coreana de soluciones logísticas, mientras que mi hermano no fue a la universidad, pero su eterno carisma y su habilidad de vendedor lo hacían un comerciante destacado de todo tipo de mercancías en el Centro Histórico.

Por tanto, pese a que ayudaba a mi madre con los gastos, la carga económica había disminuido. Así, Karina y yo empezamos a discutir la posibilidad de irnos juntos a estudiar un doctorado en Estados Unidos o Inglaterra, un viejo sueño guajiro que teníamos, pero que ahora quizá se podía materializar. Yo dudaba, pero ella me impulsó a atreverme. Ocurrió lo inesperado: ambos fuimos admitidos en la Universidad Estatal de Nueva York con beca y estipendio asegurados. Yo estudiaría Economía, como tanto había deseado, y ella Sociología. Pero justo cuando íbamos a aceptar la oferta de la universidad y empezábamos con los preparativos para irnos, nos enteramos de que Karina estaba embarazada: la pequeña Indira venía en camino. Hubo que reformular los planes y priorizar la estabilidad sobre la aventura. Otra vez el mentado tiempo.

Así transcurrieron cuatro o cinco años más. Ahora ese período aparece pálido y distante en mi memoria. Creo recordar que mi carácter se amargó y me convertí en el estereotípico burócrata aburrido, sin aspiraciones, resignado y cuadrado. Karina estuvo cerca de dejarme, pero la convencí de quedarse. Empecé a ir a terapia, poco a poco fui recuperándome a mí mismo, pero era demasiado tarde. Karina estaba harta de mí y sospecho que había conocido a alguien más. Nunca podré estar seguro. El divorcio fue rápido y doloroso: justamente cuando estaba cambiando para bien y trabajando en mis problemas emocionales, cuando estaba recuperando el ánimo y el optimismo, cuando le iba a proponer a Karina que retomáramos los planes del doctorado, ella me dejó para no volver jamás. Otra vez el tiempo, ese hijo de las mil chingadas.

Para rematar y echarle limón a la herida, Karina consiguió una beca para estudiar un doctorado en Sociología en la Universidad de Columbia y se fue con Indira para Nueva York. Yo quería ir a visitar a Indira, pero cuando lo iba a hacer, el gobierno estadounidense revocó las visas de todos los funcionarios mexicanos que hubieran estado ligados al Sindicato Nacional de Profesores Rurales por supuestos vínculos de esa organización con el “narcoterrorismo”. Yo había participado en las mesas de conciliación entre la Secretaría del Trabajo y los profes rurales y salí afectado por la medida. No podría ir a Estados Unidos en los próximos años —quizá nunca— y Karina e Indira tampoco podrían venir a México, ya que les daba pavor perder su visa si salían de territorio estadounidense. De nuevo el pinche tiempo, carajo.

Para este punto de mi relato, el lector debe estar aburrido de mis quejas. “Sí, sí, ya entendí. El tiempo no te ha favorecido, pero así es la vida de todos, ¿no? ¿Qué tiene de especial tu historia?”. Quizá el lector tenga razón: tiendo a ser quejumbroso, a recordar con nostalgia mi pasado, a preguntarme “¿Qué hubiera pasado si las circunstancias hubieran sido diferentes?” y a ser victimista. Bueno, al menos eso me dijo Indira varias veces. Y vaya que me caló hondo.

Tengo la impresión —ahora todo parece tan lejano— de que algo parecido me dijo mi madre en una de nuestras innumerables discusiones, en las que ella, con su carácter recio y su semblante duro, me insistía en que tenía que seguir adelante. Que la vida es cabrona, que no perdona, que eso de la felicidad permanente es mentira, que hay que aprovechar los pocos momentos felices, vivir con plenitud con nuestros seres queridos, ser agradecidos con Dios y luchar sin miedo y con entereza el resto del tiempo, sin dejarnos achicopalar por el rigor de la vida diaria.

También me parece que mis hermanos me dijeron algo similar en su momento. Ahora esas conversaciones son difusas. Pero creo que mi hermana, con el carácter correoso heredado de mi madre, aunque con más dulzura, me dijo que dejara de vivir en el pasado y que aprovechara el presente, que agradeciera que tenía un buen trabajo, un nivel de vida digno y una hija sana, que era duro no verla pero que al menos ella estaba teniendo una buena vida con un futuro promisorio del otro lado y que su ciudadanía americana aseguraba que iba a tener más oportunidades en la vida.

Y mi hermano, con su humor ligero y algo cínico, heredado de mi padre, me dijo: “Ay, carnalito, como diría Juan Gabriel, ya no te aferres a un imposible, ya no te hagas más daño. O como diría Arjona, tus problemas no son problemas, cabrón. Hay gente que sí tiene pedos de verdad. Los tuyos son juego de niños en comparación. Y ya deja de decir que no fuiste futbolista porque te chingaste la rodilla, güey. Te pasas de lanza. Eso lo dice todo el mundo”.

Quizá lo que más me dolía es que, en el fondo, sabía que todos ellos —Karina, mi mamá, mis hermanos— tenían razón. Bueno, parte de razón. Nunca me he sentido identificado con esa mexicanísima mezcla de dureza y humor para lidiar con las dificultades de la vida. Aguantamos vara y no nos achicamos ante nada, y las ganas para salir adelante nunca faltan, pero al mismo tiempo nos burlamos de esas complicaciones y nos reímos de nuestros problemas con un humor ácido y juguetón, que pocos fuera de nuestras fronteras entienden. Quizá soy muy sensible —¿o muy chillón?— para ser mexicano. No lo sé.

En todo esto pensaba, mientras estaba sentado bebiendo un mezcal que sabía a llanta quemada en una cantina de mala muerte. El canijo tiempo me había jugado una última mala pasada: precisamente cuando me habían ascendido a Director General de Conciliación y Arbitraje Laboral y mi trabajo empezaba a apasionarme, hubo elecciones, cambió el sexenio y la nueva administración, con su política de “austeridad republicana”, nos despidió a todos los trabajadores “no esenciales”.

Y ahí, chupando una naranja medio podrida y bebiendo otro caballito de mezcal panteonero, tomé la decisión más audaz de mi vida. Si el tiempo era un amo cruel, un dictador lejano, frío e ineludible, entonces la única manera de desafiarlo sería actuando de la forma más ilógica, errática e inesperada posible. En ese momento decidí que la lógica de mis decisiones sería ilógica: la lógica de lo ilógico, la lógica de la locura. Sabía que esto carecía de sentido, pero encontraba una sensación reconfortante en esa incongruencia.

El plan —si se le puede llamar así a algo construido desde la ilógica— era simple: si el tiempo me había robado a Karina y a Indira, y me había privado de una visa para visitarlas en Estados Unidos, entonces iría a recuperarlas. Ni el mismísimo Maestro Tiempo se esperaría una jugada tan audaz. Pero eso no era todo; si el tiempo me había robado mi trabajo, usaría mi título de Director General revocado para lograr encontrar a mi (ex)esposa y a mi hija. Burlar al tiempo era mi nueva meta en la vida y nada me detendría hasta lograrlo.

No recuerdo muy bien cómo llevé el plan a la práctica. Los momentos, los días y las semanas siguientes a mi salida de la cantina son borrosos y fugaces. Ocurrieron como un relámpago estremecedor, como un flashazo que sólo te das cuenta de haber visto cuando ya pasó. Entré en un estado de éxtasis y locura genial —o al menos eso sentía. Actuaba como por instinto, confiando ciegamente en que mi ilógica estrategia triunfaría, en que me reencontraría con mi mujer y mi hija y todo volvería a ser como antes.

Ni siquiera estoy muy seguro de qué ocurrió entre que inicié el plan y acabé en una cárcel de Sonora, desde donde escribo este relato. Recuerdo haberle hablado al Licenciado Gilberto Peña, comisionado de la Secretaría del Trabajo en Nogales, diciéndole que nuestra H. Institución había tenido a bien enviarme como negociador en jefe de la mesa de conciliación entre los dueños de las maquilas y la Federación Obrera Femenina del Noroeste. Aproveché la desorganización del nuevo gobierno. Sabía que el Lic. Peña aún no estaría enterado de mi despido porque las noticias tardaban en llegar de la capital a los estados tanto como si las llevaran palomas mensajeras. Peña me creyó y, con la deferencia y el lenguaje pomposo tan típicos de la burocracia mexicana, arregló mi vuelo y mi hospedaje.

Recuerdo llegar al hotel, darme un baño y pasar por el bar a tomar un par de tequilas —con cargo al Honorable Gobierno del Pueblo de México— para agarrar valor. Recuerdo haberle llamado a Karina y una voz masculina respondió del otro lado de la línea: “Hello, I’m William. This is Kari’s phone. She can’t answer right now. Do you want to leave a message?”, a lo que respondí con mi precario inglés: “Fuck you”, y luego en español: “Chinga a tu madre, pinche gringo. Voy a recuperar a mi mujer y mi hija, aunque te duela, culero”. Recuerdo haberme vestido con ropa sencilla y desgastada, unirme a una caravana de migrantes —un mosaico de personas de todo el mundo, centroamericanos, sudamericanos, caribeños, asiáticos, africanos y me parece haber visto hasta algún ruso o serbio o algo por el estilo— y emprender el camino con ellos. Recuerdo haberle dado un sobre de dinero a un pollero —¿de dónde salió el dinero, de dónde salió el pollero?, eso se me escapa— para que nos cruzara al otro lado.

Recuerdo caminar de noche por un desierto oscuro y frío, aunque con estrellas hermosas, percibiendo el nerviosismo y el miedo de mis compañeros de caravana, mientras yo sólo sentía el frenesí de estarle ganando la partida al tiempo. Recuerdo la sed atroz y el calor punzante del día siguiente. Recuerdo otra noche más, con estrellas todavía más bellas, que me hicieron sentir esperanzado de que la lógica de la locura estaba triunfando contra el inexorable tiempo. Recuerdo luces, sirenas, una patrulla, gritos, empujones, jaloneos, un niño muerto y una madre gritando. Creo recordar haber recibido un madrazo en la cabeza. Recuerdo estar en una especie de mazmorra, húmeda y fría, que compartía con decenas de personas: algunas eran mis compañeras de caravana —que tenían ojos morados, brazos rasguñados y caras tristes— y otras no sabía de dónde venían. Todas eran migrantes, eso seguro.

Recuerdo haber creído que estaba en un centro de detención de La Migra. Pensaba que estaba del otro lado. Recuerdo mi sorpresa al ver los uniformes del Ejército mexicano que portaban con orgullo los soldados que nos traían la comida. No recuerdo si eran tortillas mojadas en frijoles acuosos o frijoles caldosos acompañados de tortillas rancias. Qué más da. Recuerdo pasar varios días y noches ahí, viviéndolos como sueños lejanos, como películas mudas, pensando que el plan seguía su marcha y que pronto me reencontraría con las dos mujeres de mi vida.

Recuerdo una audiencia borrosa y un juez, también vestido de militar, dictando una sentencia en mi contra por el delito de “movilidad ilegal transfronteriza”, merecedor de diez años de prisión, que debía pasar en una cárcel cerca de Navojoa, haciendo trabajos sin paga “para el Bienestar del Pueblo de México” (aunque lo dijo, no lo escribió, estoy seguro de que lo enunció con mayúsculas).

Recuerdo pasar mis primeros días en la cárcel de modo apacible, sin estar presente. Eso no me estaba pasando a mí; en realidad, yo ya estaba llegando a Nueva York para abrazar a Karina e Indira. Creo recordar una visita de mi madre y mis hermanos, en la que lloraron y me abrazaron mucho, y yo les dije que no se preocuparan, que ya había descubierto la manera de vencer al tiempo, y ellos me dijeron que regresara a la realidad, que le echara ganas, que trabajara duro y que me reducirían la condena si los militares de la cárcel veían mi Verdadero Compromiso con el Bienestar del Pueblo de México (por alguna razón, tengo la impresión de que también lo dijeron con mayúsculas).

No sé cuánto tiempo pasó hasta que salí de ese trance. Quizá unas cuantas semanas, quizá varios meses, quizá un año, quizá un lustro. No lo sé. Sólo sé que esta cárcel es de verdad, como también lo es la prisión del tiempo.

Máquina del tiempo
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