Leí lentamente En la montaña (Anagrama, 2024), el libro más reciente de Diego Enrique Osorno. Siendo sinaloense, viviendo en Culiacán, mi primer acercamiento con el autor fue a través de su libro El cártel de Sinaloa, publicado en el ya lejano 2009. Lejano en el tiempo, pero muy familiar en el presente. Como en aquel momento, Sinaloa vive en estado de guerra de facciones que ha dejado miles de muertos y desaparecidos.
Los documentales 1994 y Vaquero del mediodía convirtieron a Osorno en uno de mis narradores favoritos (en todas las acepciones que la palabra narrador tiene). Empero, fue más la desazón y el morbo los que me acercaron a su última obra, ante la noticia de que el libro incluía una entrevista a Ismael “El Mayo” Zambada, realizada unos meses antes de su apresamiento. Siendo este último acontecimiento una de las principales razones de la sangría en la que se encuentra el estado, y especialmente la ciudad en la que vivo, me acerqué al libro con el ansia de entender lo que estoy viviendo desde hace un año.

Lo que me encontré fue, sin embargo, no la desazón sino la certeza de la existencia de formas de vivir alternativas, reales y funcionales (ya volveré sobre esto). La entrevista a Zambada ocupa apenas un lugar anecdótico en la narración de Osorno. Lo que resuena más bien es la crisis maquillada de México: la de decenas de miles de desaparecidos, sobre todo después del inicio de la mal llamada “guerra contra el narco”. La primera oración que subrayé del libro fue: “Buscar es uno de los verbos trágicos del presente mexicano”. Como el propio Osorno, recordé el documental “Te nombré en el silencio” de Chema Espinosa de los Monteros. Un documental de tierra y lágrimas; lo sentí así cuando miraba imágenes de mi ciudad natal siendo grabadas por Chema.
Leí, no obstante, ávidamente las partes del libro dedicadas a Zambada. Más allá de ciertas frases anecdóticas, no encontré en las palabras del antiguo capo pistas para entender lo que estoy viviendo en Sinaloa. La otra parte del libro, en cambio, me ofreció respuestas a preguntas que no sabía que existían. Especialmente, me ayudó a comprender mejor los saldos y las deudas dejadas por la “transición democrática” de inicios de siglo. El modelo neoliberal, cargado de conceptos estrechos de la civilización y el progreso, dejó fuera del proyecto a millones de mexicanos por omisión o a la fuerza. La experiencia zapatista, de la cual había leído generalidades, era en mi pensamiento un ente abstracto, casi una entelequia que existía solo en las lecturas que había hecho en su momento. La crónica y las entrevistas de Diego Osorno muestran la esencia del zapatismo; no sólo las comunidades, sino los propios protagonistas se han transformado como producto del devenir histórico del zapatismo: de un movimiento armado a un estilo de vida; de un alzamiento a un modelo político, social y económico que parece funcionar.
Son grupos que se sienten traicionados por todo y por todos: por las instituciones, por los partidos, por los procesos históricos, por la “izquierda” y la “derecha”, por los que hablan en nombre de ellos, por los que hablan en contra de ellos, los que hablan a favor de ellos sin entenderlos. Es por eso por lo que parte importante del proyecto zapatista de las nuevas generaciones ha sido buscar interlocutores de otro estilo, con los que no se hable jerárquicamente. De ahí la experiencia que narra Osorno, la del viaje a Europa de una delegación zapatista en “La Montaña”, una embarcación centenaria. No es, sin embargo, una crónica del destino, sino del camino. De las reflexiones que deja el inmenso mar; el Atlántico: un océano que te obliga a pensar.

La crónica del viaje zapatista demuestra la existencia de esa realidad distinta de la que hable anteriormente: la constatación de que hay otras formas de relacionarnos con los demás y con el planeta. Vale mencionar que el viaje se realizó en el contexto de la contingencia sanitaria mundial producto del COVID; en aquel momento parte del mundo se puso a pensar sobre la posibilidad (y necesidad) de encontrar formas sostenibles de desarrollo, pues el modelo existente había fallado. Los millones de muertos generaron la discusión sobre la creación de nuevos caminos. La desaparición de la pandemia vino aparejada de la desaparición de la discusión. No así en el núcleo zapatista, que parecieron estar mejor preparados que el resto del país, y del mundo.
El modelo de autogobierno de los caracoles funciona; la pregunta es si es escalable a una ciudad, un estado o un país como México. Cómo podemos compaginar el crecimiento económico, la igualdad sustantiva, la democracia participativa y la seguridad, eso no lo sabemos aún, aunque algunos crean que sí. La experiencia de organización zapatista es valiosa, no tanto por ser un modelo para imitar tal cual, sino porque demuestra que hay más salidas que las que ofrece el modelo neoliberal. No replicar, sino pensar en alternativas, eso es lo que debemos rescatar, y a eso invita el nuevo libro de Diego Osorno.
Me quedo con las notas al entrañable Javier Valdez. Me mudé a Culiacán en 2017, apenas unas semanas después del artero asesinato de Javier. Era una ciudad erizada; la cara del Bato estaba estampada por todas las calles de una ciudad que caminó, sudó y lloró. No lo conocí, pero sí a sus amigos. Por eso, y por ser sinaloense y mexicano, he sentido la injusticia muy personal.
A Javier le tocó una época en la que el silencio y la indolencia parecían más razonables que decir las cosas por su nombre y ser empático con las víctimas de la barbarie. Javier viajó a contracorriente de su época y por eso fue asesinado.
Pero murió viajando en la dirección que quiso. No dejó su vida a merced de la inercia.
Para viajar al fin del mundo y ese fue el camino que Javier recorrió. Su abismo fue su amanecer.
Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.






