No amo mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible.
José Emilio Pacheco, “Alta traición”
Para las y los migrantes, los “mojados”, los que se quedaron.
Para los naturalizados que son, todos, mexicanas y mexicanos.
Aquel domingo 5 de julio de 2026, una tarde que todos recordamos, los ojos de México y el mundo se detuvieron en un solo hombre. Julián Quiñones anotó el segundo gol que decidiría si la selección mexicana pasaría a los cuartos de final en el Mundial de Fútbol. Nuestra respiración se detuvo —me atrevo a utilizar este inclusivo— en una vibración que oscilaba entre el estupor y la esperanza.
Su anotación remontó los ánimos desmoralizados del equipo mexicano, que se encontraba visiblemente destrozado ante la avanzada del equipo inglés tras su segundo tanto a pocos minutos del primero. La ovación que estalló en la cancha del Estadio Azteca aquella noche se acompañó por el estruendo de alegría en las calles, en las casas y en todo lugar con una pantalla o una radio.
La hazaña que Quiñones logró durante su participación en la competición excede el mérito de un ciudadano ejemplar. Se resume en lo que el comentarista deportivo, Christian Martinoli, afirmó aquella jornada: Julián “le dio esperanza a todo un país”. Y al tiempo que el locutor alababa al futbolista nacido en Colombia, también recapitulaba su procedencia con este adjetivo: “mexicano naturalizado”. Mexicano, sí, pero siempre con el insidioso apellido, naturalizado. El énfasis en esta distinción revela la realidad de una resistencia general a admitirlo como lo que es, simple y llanamente mexicano.
Un artículo, publicado en The Guardian unas semanas antes, sintetiza con una pregunta la reserva de la población en nuestro país por admitir el estatus migratorio de una persona naturalizada: “¿quién tiene derecho a ser mexicano?”.[1] El centro de este cuestionamiento encubre otra pregunta: ¿qué es lo que se necesita ser para ser mexicano?
Esta pregunta se debe dimensionar pues se encuentra enmarcada, primero, en la discusión neurálgica en torno a ciudadanía, es decir, a la pertenencia o membresía social de un individuo a un determinado Estado. Después, en un aspecto más complejo, es preciso atender —por su carácter difícilmente delimitable— una segunda discusión: la identidad cultural. Ambas están unidas en la práctica.

Aquella columna señalaba la raza como la categoría que reúne un conjunto de actitudes alrededor de los jugadores afrodescendientes. Lo anterior se explica por los activos esfuerzos del Estado mexicano durante el siglo pasado por conformar un programa de nación que invisibilizara las cuestiones de raza y pluriculturalismo en nuestro país. En este espectro de la discusión, se actualiza una disonancia cognitiva de la población que no logra determinar “cómo debería verse un ciudadano mexicano” (The Guardian), de la que peligrosamente derivan expresiones y actos de odio. Aunque la normativa de esta discusión se puede evaluar desde el contenido de las leyes o de sus omisiones, el sustrato ideológico sobre la identidad se encuentra expresado no sólo en el desarrollo de su historia sino en las actitudes de las que una sociedad hace gala hasta el presente.
Julián Quiñones llegó al territorio mexicano con la mayoría de edad recién cumplida y unos ocho años después recibió su carta de naturalización —el tiempo mínimo de estancia para solicitarla es de cinco años de acuerdo a la Ley de Nacionalidad mexicana. Este procedimiento exige a sus solicitantes algunos requerimientos razonables. Éstos incluyen la acreditación del español y el conocimiento de la historia del país, entre otros. Bajo estos requisitos, Quiñones se considera un mexicano de pleno derecho.
La naturalización es un proceso administrativo mediante el cual se adquiere la ciudadanía. No es automático puesto que no se otorga por nacimiento. Con frecuencia, también tiende a considerarse de segunda categoría —en la opinión pública, por supuesto—, una especie de estatus “artificial”; como si la noción de ciudadano fuera también un principio natural, idea ampliamente extendida en nuestra sociedad.
En realidad se trata de un mecanismo basado en principios de transmisión que varían de acuerdo a las reglas legales de cada país. Éstos son el Ius solis y el Ius sanguini —con sus respectivas combinaciones. Lo que hay que saber, en suma, es que transmiten la ciudadanía por un vínculo sanguíneo (Ius sanguini) o bien por un derecho de territorio (Ius solis). Ambos la confieren de forma automática a sus ciudadanos al nacer, aunque parten de lógicas distintas.
A través del Ius sanguini la ciudadanía se transmite de padres a hijos. Está típicamente asociado a los países miembro de la Unión Europea, en particular, a partir de la promulgación del Código Napoleónico de 1804 en Francia, que modificó el mecanismo de transmisión —ius solis antes de esta fecha— a uno basado en el parentesco sanguíneo, bajo una lógica que privilegiaba el modelo político republicano de su tiempo.
México y otros países de América, como Estados Unidos, ostentan un criterio de asignación basado en el ius solis. Éste se adquiere por nacer en el territorio o bien después de un determinado tiempo de estancia a través de la naturalización, con independencia de si se tienen vínculos consanguíneos en el país receptor. Este mecanismo hace más evidente el fondo del asunto sobre quién puede pertenecer. En última instancia, los vínculos y lazos con una comunidad, el conjunto de obligaciones, derechos e intereses producto de la estancia en un lugar son el criterio más fuerte para adquirir la ciudadanía. Siguiendo a Joseph Carens: “el hogar es y está en donde uno vive[2]”. Tal es el caso de Quiñones y de cientos de miles de personas en México.
Bajo esta lógica de naturalización, Julián no sólo cumplió con los requisitos que impone nuestro sistema legal sino que lo superó con creces. De hecho, más allá del mérito. Parece lógico que convertirse de consenso en una especie de héroe nacional respondería satisfactoriamente a los cuestionamientos sobre su estatus. Aun así resulta insuficiente para muchos. De modo que el fondo del problema se encuentra, una vez más, en el aspecto identitario y no meramente legal —que ha sido agotado hasta este punto.
La cuestión de la raza en México, a diferencia de países como Estados Unidos, no funciona como categoría programática del excurso legal, si bien se encuentra al centro de la “identidad nacional”. Al centro pero invisibilizada. Esta perspectiva proviene del sustrato profundamente racista en que se ha fundado ideológicamente nuestro país. Y, al centro del racismo mexicano, está el inextricable vínculo entre el ethos de la blanquitud —y los valores que implica: la movilidad social, el prestigio, la legitimidad, etcétera— y el color de piel — ambas son cosas distintas—, como bien señala el historiador Federico Navarrete (Revista de la Universidad de México).
De ahí el origen de la disonancia que despierta en el público una figura como la de Julián Quiñones: por un lado, un mexicano naturalizado de origen sudamericano y racializado; y, por el otro, un futbolista excepcional que se ha convertido en el símbolo nacional del mérito —el heroísmo incluso—, la movilidad social y el éxito.
Las reacciones que tenemos hoy, más evidentes desde aquel domingo, son producto de una efectiva operación de subsunción formal posibilitada por el proyecto de nación decimonónico en México: el borramiento de la diversidad a través de la homogeneización, el mestizaje. Este último no se implementó sólo contra los pueblos afromexicanos —reconocidos en términos formales en la Constitución Política Mexicana apenas en 2019—, sino también y de manera destacada contra la decena de pueblos y comunidades indígenas en el territorio. El paradigma de nuestro racismo atenta frontalmente contra la pluriculturalidad que caracteriza a México, en virtud de querer parecerse siempre y más a un modelo trascendental de blanquitud.
Señalar estas precisiones nos sirven para, regresando a Navarrete, “cuestionar a fondo un sistema de privilegio y desigualdad” basado en la blanquitud y el racismo. Para hablar, sí, de la raza pero nunca para vindicarla y mucho menos para hacer, a partir de ésta, un programa. El fondo del cuestionamiento debe recordar dos cosas fundamentales: las razas no existen y, tanto ciudadanía como raza no resultan naturales, se construyen histórica y socialmente, a punta de consenso y legalidad. Ambos, raza y ciudadanía son modelos imaginarios.
A quien debemos mirar es a quien existe fuera de nuestra imaginación —quiero pensar, fuera de nuestros prejuicios—, al otro, cuyo rostro es —así lo han nombrado— indígena, negro y, sí, también migrante. Todos estos rasgos y características centrales de la diversidad son, en la diferencia, lo que hacen también a un mexicano. Éstos son las y los mexicanos. Incluso si un hecho como el anterior resulta difícil de entender para tantos como los que pueden atestar un estadio de fútbol.
[1] La traducción es de la autora.
[2] La traducción es de la autora.








