En el marco de la conmemoración de los quinientos años de la caída de México-Tenochtitlán y de la fundación de la Ciudad de México, el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM publicó la colección México 500, México 200 un proyecto editorial concebido para revisar, desde múltiples perspectivas, los procesos políticos, económicos y sociales que acompañaron la instauración del orden colonial y en la fundación de la capital.
Entre los títulos que integran esta colección se encuentra Esclavitud africana en la fundación de la Nueva España, de Rafael Castañeda García. La obra se propone mostrar de qué manera el comercio, tanto formal como informal, de personas provenientes de África incidió en la configuración temprana del virreinato. Castañeda García reconoce que la Nueva España no recibió contingentes de población esclavizada comparables a los de otras regiones del continente, como el Brasil portugués o ciertas áreas del Caribe. Sin embargo, esta menor escala numérica no redujo su importancia histórica. La presencia africana adquirió un peso específico en espacios estratégicos del entramado colonial, entre los cuales destaca el puerto de Veracruz.

A partir de documentación de época, el autor señala que hacia 1570 la población del puerto se componía de alrededor de doscientos vecinos españoles, unos seiscientos africanos y ninguna población indígena estable, un dato que permite comprender su función como punto de ingreso de personas esclavizadas y la centralidad del trabajo africano en el sostenimiento de ese enclave. Muchos de estos hombres y mujeres permanecían en Veracruz durante periodos prolongados antes de su redistribución hacia otras regiones del virreinato, lo que dio lugar a dinámicas sociales particulares y a tensiones persistentes en torno a su control y vigilancia.
De manera paralela, la obra recupera registros históricos de la Ciudad de México que evidencian la presencia de una población africana numerosa entre los siglos XVI y XVII, así como la creciente inquietud de las autoridades y de los vecinos españoles ante su expansión. En ese contexto, la clasificación de la población negra adquirió un valor administrativo y simbólico significativo. El autor retoma las categorías utilizadas en las fuentes coloniales para distinguir entre bozales, personas nacidas en África; ladinos, originarios de la península ibérica o que habían pasado por ella antes de llegar a la Nueva España; y negros criollos, nacidos en territorio novohispano.
La llegada de africanos y de sus descendientes al continente americano estuvo estrechamente ligada a la elevada rentabilidad del comercio esclavista dentro de la economía atlántica temprana. Este sistema contó con un respaldo jurídico y religioso decisivo a mediados del siglo XV, cuando el papa Nicolás V, a través de bulas como Dum Diversas de 1452, otorgó a la Corona portuguesa la facultad de conquistar territorios en África, someter a sus poblaciones y comerciar con personas esclavizadas. La justificación apelaba a la obtención de recursos para la cristiandad y a la expansión de la fe mediante la evangelización o, en su defecto, el enfrentamiento armado.
Como muestra Esclavitud africana en la fundación de la Nueva España, en el ámbito novohispano la Iglesia desempeñó un papel complejo que desborda una lectura centrada exclusivamente en la legitimación del sistema esclavista. Aunque integrada al entramado colonial, fue también la institución que con mayor continuidad impulsó el reconocimiento de ciertos derechos y de una dignidad mínima para las personas esclavizadas de origen africano. Esta postura se manifestó en la atención al trato recibido por parte de los propietarios, en la fundación y administración de hospitales, en el acceso a formas elementales de educación cristiana y, de manera especialmente significativa, en el fomento de cofradías dirigidas a la población negra y afrodescendiente.
Castañeda subraya que estas cofradías desbordaban la esfera estrictamente religiosa y cumplían funciones sociales y de apoyo mutuo, lo que permite identificar espacios de agencia y de construcción comunitaria en el interior de un sistema profundamente desigual. Resulta especialmente revelador que dos de los santos titulares de estas asociaciones fueran reconocidos explícitamente como negros. Uno de ellos fue Santa Ifigenia (o Efigenia), vinculada simbólicamente a Etiopía y venerada desde época temprana como una figura africana cristianizada, cuya devoción circuló ampliamente entre comunidades negras de la Nueva España. El otro fue San Benito de Palermo, de origen africano, cuya canonización oficial tuvo lugar hasta 1807, aunque su culto se encontraba ya firmemente arraigado desde mucho antes en diversos territorios del mundo hispánico.

Es ampliamente reconocido que una parte significativa del trabajo realizado por personas esclavizadas de origen africano en la Nueva España se concentró en actividades como la minería y el cultivo del algodón. No obstante, Castañeda muestra su aporte fue mucho más extenso, tanto en el ámbito rural como, de manera particularmente visible, en la vida urbana. Ciudades como la Ciudad de México, Puebla, Toluca y Guadalajara se distinguieron por la compra y concentración de población esclavizada, lo que evidencia la centralidad de su trabajo en el funcionamiento cotidiano de estos espacios urbanos.
Las labores desempeñadas por africanos y afrodescendientes abarcaron un espectro amplio. Además de los trabajos físicos más exigentes, participaron en tareas domésticas, de cuidado y de servicio personal, integrándose estrechamente a la vida diaria de los hogares. Castañeda documenta también prácticas habituales mediante las cuales los esclavos eran adquiridos para trabajar en beneficio de terceros, ya fuera como jornaleros, artesanos o tejedoras, lo que revela una utilización flexible de su fuerza de trabajo dentro de la economía urbana. En el caso de algunas mujeres, las fuentes registran su compra con fines de explotación sexual, incluida la prostitución, un aspecto que pone en evidencia la convergencia entre esclavitud, género y violencia en la sociedad novohispana.
El autor insiste, además, en que la relación entre amos y esclavos adoptó formas diversas que no pueden reducirse a una experiencia única. Junto a abundantes testimonios de maltrato, castigos severos y prácticas hoy reconocidas como inhumanas, los registros también muestran vínculos más complejos, atravesados por relaciones de lealtad, afectos familiares e incluso expresiones de estima.
En el ámbito rural, por otra parte, la obra muestra que la presencia de población africana esclavizada adquirió especial relevancia en regiones que, por sus condiciones climáticas y productivas, se integraron tempranamente a economías agrícolas y agroganaderas de alto valor. Los territorios que hoy corresponden a Guerrero, Oaxaca, Morelos y Chiapas destacan por la incorporación sistemática de africanos y de sus descendientes a las plantaciones de cacao y a las haciendas agroganaderas. Estas zonas demandaban mano de obra constante para trabajos intensivos y en ellas la esclavitud africana se articuló con economías locales orientadas tanto al autoconsumo como a los circuitos comerciales regionales y virreinales. Castañeda subraya que, en estos espacios rurales, el trabajo esclavo rebasó las tareas agrícolas estrictas y abarcó funciones vinculadas al sostenimiento integral de las haciendas, como el cuidado del ganado, el mantenimiento de instalaciones, el transporte de productos y el apoyo a la administración cotidiana.

Las condiciones de la esclavitud distaron de ser aceptadas de manera pasiva y dieron lugar a múltiples experiencias de resistencia y rebeldía encabezadas por personas esclavizadas de origen africano. La más conocida, y también la más significativa por su desenlace, fue la liderada por Gaspar Yanga en las inmediaciones de Orizaba. Tras un prolongado periodo de enfrentamientos armados con las autoridades virreinales, que puede leerse como una forma temprana de guerra irregular, los esclavos cimarrones lograron consolidar un asentamiento autónomo cuyo reconocimiento por parte de la Corona marcó un precedente excepcional. Este poblado, conocido como San Lorenzo de los Negros y más tarde como Yanga, se incorporó jurídicamente a la Nueva España bajo condiciones singulares, lo que convirtió este episodio en un caso emblemático de resistencia exitosa dentro del orden colonial.
Más allá de este referente ampliamente estudiado, Castañeda da cuenta de diversos intentos de rebeldía en los espacios urbanos novohispanos. Estas expresiones de resistencia se vinculan, en buena medida, con la composición demográfica de ciertas ciudades, donde la población de origen africano alcanzó una presencia numéricamente relevante y, en algunos momentos, incluso superior a la de españoles y criollos, como ocurrió en Veracruz durante el siglo XVI. Esta situación alimentó temores persistentes entre autoridades y vecinos, quienes percibían la concentración de población esclavizada como un posible detonante de insurrecciones, conspiraciones o alteraciones del orden urbano. Aunque la mayoría de estos movimientos fueron sofocados antes de consolidarse, su reiteración muestra que la esclavitud constituyó un régimen atravesado de forma constante por la resistencia de quienes la padecían.
El autor señala también que, a partir de la década de 1640, el comercio de esclavos africanos comenzó a experimentar un descenso gradual. Esta reducción obedeció a una combinación de factores económicos, políticos y demográficos, entre ellos la reconfiguración de las rutas comerciales, los cambios en las estructuras productivas y el crecimiento de poblaciones afrodescendientes nacidas ya en territorio novohispano. Este proceso no implicó la desaparición inmediata de la esclavitud, sino una transformación de sus modalidades y de su peso relativo dentro de la sociedad colonial, cuyos efectos se extendieron durante varias décadas posteriores.
De acuerdo con el INEGI, se estima que en México residen aproximadamente 3.1 millones de personas que se autorreconocen como afrodescendientes o afromexicanas, cifra que equivale a alrededor del 2.4 % de la población total del país. Este dato adquiere especial relevancia si se considera que, a partir de 2019, y como resultado del trabajo sostenido de colectivos afrodescendientes, académicos y activistas, los pueblos afromexicanos fueron reconocidos constitucionalmente. En este contexto, la obra de Rafael Castañeda García, publicada en 2021, se inscribe en un momento histórico marcado por la necesidad de visibilizar la profundidad y la centralidad de la afrodescendencia en la historia de México.








