Mi reino por una planta de amoniaco (o unas notas sobre Aquí ¡no!)

Por Ricardo Arredondo

¿Hay que empeñar la vida por el mentado desarrollo? ¿Vale entregar nuestro reino por una planta de amoniaco? Lo que está en juego con el proyecto de GPO para instalar una planta de amoniaco en la Bahía de Ohuira es la eterna lucha por el concepto de Progreso. ¿Qué es el Progreso? ¿Progreso material? ¿Progreso moral? ¿Progreso industrial? ¿Cuál eliges?

Desde el siglo XIX el concepto de Progreso se ha utilizado para las acciones más bárbaras, no sólo contra el medio ambiente, sino contra las personas. Ya desde inicios de ese siglo algunos iluminados como Alexander von Humboldt vaticinaban sobre el peligro de una alteración a los ecosistemas al favorecer las industrias.[1] Hace 200 años que lo dijo el polímata alemán, que, por cierto, anduvo por la Nueva España.

El pib-centrismo enceguece. Lo que estamos viviendo en tiempo real es la lucha semántica por un concepto peligroso: Progreso. El Dios-Progreso que nació en el siglo XVIII, que encantó en el XIX y se les cayó encima en la primera parte del XX. Ese Dios-Progreso que nos llevó desde la máquina de vapor hasta las bombas en Hiroshima y Nagasaki.

Fotografía: Isaac Cordero.

La región del norte de Sinaloa y sur de Sonora ha sido vista con ojos del deseo por intereses económicos desde antes de que México existiera. Ya desde el siglo XVIII se buscó colonizar esta región. Cosa curiosa: colonizar una tierra que estaba poblada por indígenas mayos y yaquis a quienes se les buscaba empujar hacia las márgenes para que sus tierras fueran aprovechadas por “gente civilizada”. Los primeros mexicanos disque civilizados se lamentaban, decían: “Ojalá los españoles hubieran conquistado esa región como lo hicieron los ingleses en Estados Unidos”.

El liberalismo de Juárez hizo lo mismo: los barbarizó, se les satanizó. Querían imponer el Progreso y aquellos indios patas rajadas se negaban a volverse objetos de la Civilización. Ay, bendito Progreso, debes arrastrar a aquellos que se opongan a ti. En el camino, fueron esclavizados en Yucatán, enviados a pelear en Marruecos, acasillados en las haciendas porfiristas. Todo sea por el Progreso.

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Conozco la Bahía de Ohuira y Topolobampo desde que tengo memoria. Mis pies se mojaron en sus aguas desde que aprendí a caminar. Desde ellas he visto atardeceres y amaneceres. Ahí mi madre esperaba a los lancheros para comprarles camarones recién atrapados. El desarrollismo ciego, plagado de intereses ocultos, no ve eso. No entiende la economía moral, que trasciende al mero número para dimensionar la importancia de lo cultural y lo simbólico que está detrás del beneficio monetario.

Que no te engañen: estar en contra de la planta de amoníaco en Topolobampo no es estar en contra del desarrollo. Son distintas nociones del Progreso las que se ven enfrentadas aquí. El año pasado, Felipe Montaño, gobernador tradicional de Ohuira y Paredones, dos pueblos pesqueros, decía: “Para nosotros, eso no es desarrollo. […] Son espejos que el gobierno da a la ciudadanía”. Melina Sandoval, activista de la Lázaro Cárdenas decía prácticamente lo mismo, además de plantear los términos del proyecto como una amenaza existencial para las comunidades que habitan la zona: “Para nosotros este desarrollo es tener una muerte lenta, paso a paso, y erradicarnos de lugar”

Fotografía: Isaac Cordero.

El proyecto de José de Gálvez en el siglo XVIII se convertirá en realidad a través de un enrarecimiento del medio ambiente. Los científicos porfiristas se reinventan. Como el señor Fernando Fuentes dice en El Debate que es necesaria la planta para evitar la fuga de cerebros, para atraer una inversión que, ojo, dará “entre 300 y 400 empleos permanentes”. Hay que decirle al señor Fuentes que, solamente en Ohuira viven más de 2200 personas según el según el censo del INEGI de 2020, y en Topolobampo casi 6200 personas.

Los problemas económicos que vive Sinaloa no devienen de la ausencia de una planta de amoniaco. Ni su rechazo viene por el temor a una explosión como la de Beirut, miedo que viene de una campaña de influencers, denuncia el señor Fuentes. El estancamiento económico es un tema estructural, de larga duración, que se retrotrae hasta inicios del siglo pasado.[2] Su solución no vendrá de un proyecto que no se encuentra armonizado con la realidad económica, social y cultural de la zona, aunque algunos muy interesados digan que sí.

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No es la primera vez que algo así sucede. Como lo ha dejado plasmado el historiador mochitense Pedro Cázares Aboytes en su libro Comunidades indígenas, reformas liberales y lucha por la tierra en el norte de Sinaloa, 1860-1940. Los proyectos “modernizadores” de los reformistas borbónicos, el reformismo de Juárez, las industrias de los estadunidenses, todas ellas se hicieron en contra de los intereses y necesidades de los pobladores, disfrazando de desarrollo a proyectos extractivistas y neocoloniales. Nada nuevo bajo el sol; siempre ha habido hombres con una carpeta en el sobaco que vienen a decirles a las comunidades que entreguen sus riquezas naturales a cambio de unas monedas.

Lo dije aquí mismo, en Revista Presente, en septiembre del año pasado cuando reseñaba el mencionado libro de Pedro Cázares:

Las comunidades, hoy, en 2025, siguen resistiéndose ante la imposición de dinámicas desarrollistas ajenas, que no empatan con sus necesidades, ni con sus formas de relacionarse entre sí. Los megaproyectos de industrias del metanol, el gas y demás, amenazan con destruir ecosistemas con los cuales las comunidades mayo-yoremes de la bahía de Ohuira han convivido desde hace siglos. Los intereses económicos internacionales, aunados a las políticas caciquiles de algunos de sus promotores en el estado, se preocupan por todo menos por lo que interesa a las comunidades que habitan desde tiempos inmemoriales la región. Seguimos donde mismo, llámese José de Gálvez, Benjamin Johnston, GPO o Mexinol.

Bahía de Topolobampo. Fotografía: Ricardo Arredondo.

Esta resistencia merece en sí misma una historia de larga duración, que analice esas dinámicas desde a) la llegada de los españoles a esta región, pasando por b) la instalación del sistema misional jesuita que, aunque idealizado, se construyó pasando por encima de las formas de vida de estas comunidades descritas como bárbaras, salvajes, demoníacas; c) que analice los constantes levantamientos de la época colonial (como lo ha hecho Fortunato López Valenzuela en su más reciente libro: Viento de junio. La sublevación yoreme de 1769: UAS/ISIC 2026); d) y que vuelva sobre la implantación del reformismo borbónico en esta región en clave yoreme; e) que estudie el comportamiento ambivalente de estas comunidades con el proyecto independentista, atendiendo a su intereses concretos (como lo hizo Eric Van Young para el caso nacional en La otra rebelión); f) y que recupere esos intentos del Estado mexicano en el siglo XIX por someterles a través de dádivas, indultos, y promesas, para poder ocupar sus tierras y aguas; g) y especialmente su represión en la época porfirista, que hará que h) muchos de esos grupos se unan a las filas de la Revolución mexicana; i) y su interés en el proyecto cardenista, que les permitió acceder legalmente a tierra y agua, misma que j) los intereses industriales, agrícolas y mineros han buscado arrebatarles desde fines del siglo pasado y lo que va del actual.

La historia social tiene una deuda pendiente con estos grupos (con excepciones, como los mencionados libros de Pedro Cázares y Fortunato López; y, naturalmente, la obra pionera de Evelyn Hu-DeHart). Pero que nuestra constante vista sobre el pasado no nos impida ver el Presente. Es este el tiempo que importa, el hoy.

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Cuando pensé en escribir sobre este tema pretendía hacer una revisión histórica de la resistencia centenaria de los pobladores de esta región. Pero eso no es lo que importa ahora. Lo que es más necesario es escuchar a los habitantes de HOY.

Mi segundo apellido es yoreme. Mi bisabuelo venía de Río Mayo, Sonora. En mi familia no hablamos yoremnokki, no nos sentimos identificados como miembros de esas comunidades. Pero mi sensibilidad histórica me impide no pensar en cuántos de mis antepasados murieron peleando por su tierra y su agua. ¿Serían enviados a Valle Nacional? ¿Pelearían en Marruecos? ¿Morirían asesinados por los rurales? ¿Pelearían en la Revolución? ¿Seguirían a Felipe Bachomo? Nunca lo sabré, pero no importa. Repito: lo importante es hoy.

Aquí no.

Fotografía: Isaac Cordero

[1] Véase la maravillosa biografía sobre Humboldt escrita por Andrea Wulf: El nacimiento de la naturaleza.

[2] Esto ya lo han anotado varios historiadores, sociólogos y economistas. Forma parte de la tesis de la sociedad demediada que Ronaldo González Valdez acuñó hace casi veinte años.


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