Las buenas aportaciones historiográficas son valoradas tanto por el nuevo conocimiento que aportan al entendimiento de un proceso o fenómeno histórico, como por las preguntas que dejan planteadas a futuros investigadores. Ambas cosas se aprecian en el nuevo libro de Pedro Cazáres Aboytes, Comunidades indígenas. Reformas liberales y lucha por la tierra en el norte de Sinaloa, 1860-1940, que publicó recientemente el Instituto Sinaloense de Cultura.
Pedro Cázares ofrece nuevos acercamientos a temas ya manidos, como el desarrollo económico del norte del Estado, o su vinculación profunda al tema del agua y el repartimiento de tierras. Estas aportaciones surgen de su lectura del proceso histórico en clave de la historia social británica: sus referencias a E. P. Thompson o E. J. Hobsbawm son valiosas por lo puntuales. Conocedor del desarrollo histórico de la región desde, por lo menos, el siglo XIX, Cázares Aboytes da cuenta de las transformaciones en la posesión de la tierra y el desarrollo económico desde el reformismo borbónico, pero deteniéndose especialmente en el periodo liberal, que incluye al juarismo y al porfirismo, hasta llegar a los cambios impulsados por la Revolución Mexicana.

La historia social le permite a Cázares Aboytes plantear la centralidad que los actores sociales “subalternos” tuvieron en estos procesos históricos. Si el estudio de los fenómenos sociales había revelado las distancias que separaban al obrero y al campesino indígena, esta investigación demuestra que las fronteras entre estos dos grupos eran, no ya porosas, sino inexistentes. El papel rector que fungió la industria azucarera para la conformación económica, política y social del norte de Sinaloa ha sido reconocida desde la historiografía más temprana de la región; el aporte de Cázares Aboytes es, justamente, hacerlo en clave de los actores que históricamente han sido vistos como meros espectadores, al convertirlos en protagonistas.
A su vez, se deja ver en esta obra cómo el autor ha hecho suya la geografía del territorio. Natal de Los Mochis, Cázares Aboytes nos brinda a lo largo del texto una panorámica del espacio en el que se desarrolla esta historia. Lo interesante es que no lo hace como la descripción del escenario donde se llevan a cabo los procesos que nos narra, sino que muestra cómo la geografía particular del norte del estado fue a la vez objeto y sujeto de la historia. Así, el río Fuerte se convierte en un personaje más de su narración. Yendo hacia el pasado más remoto, el autor pone los cimientos para una futura historia del río, no desde su realidad hidrográfica, sino de su apropiación por parte de los habitantes del valle a lo largo de los siglos. De aquí rescato la descripción que el autor hace de la forma en que los pobladores antiguos de estas tierras respondían a las inclemencias climáticas y al embravecido río:
Cuando los fenómenos climatológicos hacían acto de presencia en la región, los mayos usaban un método de comunicación heredado de sus antepasados: consistía en tocar los tambores usados en sus festividades, instrumentos de manufactura casera, para enviar un mensaje desde la parte alta del distrito, alentando a sus congéneres avecindados en las comunidades ribereñas de la parte baja del distrito, para que se pusieran a salvo en los altos. El sonido se escuchaba a lo lejos, por el llano abierto y dentro de pocas horas llegaba el aviso hasta los últimos asentamientos cerca del mar. Si alcanzaba la creciente a algunos desafortunados, no les quedaba más que protegerse arriba de los techos de sus casas o en árboles grandes
El ser y su entorno. La geografía histórica del norte de Sinaloa demostraría que los pobladores del territorio han sido determinados por su medio, pero a la vez han adaptado este para sus necesidades. El río Fuerte, hoy dominado por el sinaloense, sigue siendo parte esencial de su vida económica, como lo fue hace siglos.
A su vez, el libro pone a discusión un tema esencial para la historia de nuestro país: la entrada (a medias, a golpes) al liberalismo económico. No lo hace, como muchos, desde un burdo revisionismo, diabolizando a Juárez y su proyecto. Al situar su narración en la larga duración, Cázares Aboytes pone en evidencia que los intentos de parcelación de la tierra del norte de Sinaloa iniciaron ya durante el reformismo borbónico. Las comunidades originarias tenían una tradición de lucha por la tierra y la comunidad; el juarismo era un intento más por acabar con eso.
Asimismo, el libro puede leerse en clave hidrográfica: una historia del agua. Tema tan necesario hoy, que Sinaloa pasa por una de las sequías más graves de las últimas décadas. Las bases del desarrollo económico en esta región se han sustentado en el aprovechamiento del agua. Esto no sería un problema si Sinaloa no fuera una región árida, con grandes temporadas sin lluvias. Nuestro actual modelo económico es climáticamente insostenible. A esta discusión puede abonar también este libro. Al historiar el agua podremos dimensionar las capacidades productivas del estado, y a entender los caminos que se nos abren para el futuro, ahora sí, ya inmediato.

El libro también es una historia del despojo; el acaparamiento de la tierra para potenciar la incipiente industria del norte. No sin resistencias, los mayos terminaron cargando costales de azúcar que provenían de la caña plantada en sus antiguas tierras. Ya en el siglo XVIII, José de Gálvez había intentado involucrar a los mayos a su proyecto de modernización borbónica, pero estos se resistieron. La historia magistra vitae nos zumba al oído; hombres como Gálvez han llevado el mismo proyecto bajo el brazo para la región. La resistencia, de igual manera, permanece.
Las comunidades, hoy, en 2025, siguen resistiéndose ante la imposición de dinámicas desarrollistas ajenas, que no empatan con sus necesidades, ni con sus formas de relacionarse entre sí. Los megaproyectos de industrias del metanol, el gas y demás, amenazan con destruir ecosistemas con los cuales las comunidades mayo-yoremes de la bahía de Ohuira han convivido desde hace siglos. Los intereses económicos internacionales, aunados a las políticas caciquiles de algunos de sus promotores en el estado, se preocupan por todo menos por lo que interesa a las comunidades que habitan desde tiempos inmemoriales la región. Seguimos donde mismo, llámese José de Gálvez, Benjamin Johnston, GPO o Mexinol.
Aquí habría que volver a E. P. Thompson y su economía moral; creer que los imperativos económicos son los que predominan sobre otras dinámicas sociales construidas por las comunidades es un craso error de aquellos que llevan bajo la axila proyectos desarrollistas. Como lo ha definido Giovanni Levi: “La que ha sido definida como economía moral de las clases populares sugiere precisamente una cultura compleja, en la que los derechos de la sociedad predominan sobre los impersonales de la economía”. (La herencia inmaterial, Nerea, 1990). Esta idea se fortalece cuando leemos las palabras del gobernador tradicional indígena de Ohuira, Felipe Montaño: “Para nosotros, eso no es desarrollo”.
Volviendo al libro, lo que hace muy bien Cázares Aboytes, con los planteamientos de la historia social de su lado, es demostrar que los mayos no fueron actores pasivos en el proceso de control de la tierra. Algunos se colocaron en capacidad de negociar. Estos agotaron las vías legales para la conservación de sus tierras, al tiempo que ejercían otros tipos de resistencias al proyecto modernizador liberal. La Revolución, primero, y el sindicalismo, después, dotaron de poder a ciertos grupos.
Al no cerrarse a una perspectiva historiográfica, el autor construya una panorámica amplia de la vida en el norte de Sinaloa en un periodo histórico determinante. La entrada de Sinaloa al proyecto nacional vino acompañada de fusiles, arados y mucho azúcar. La posición marginal de Sinaloa en la geografía nacional haría pertinente la comparación con otras zonas cañeras del país. Las experiencias de la producción, la organización obrera y la posesión del agua y la tierra nos darían pistas sobre los pasos que tomamos para llegar a un presente frágil. Finalmente, valdría traer a cuento unas palabras de Eric Hobsbawm sobre la producción del azúcar: “Con su dulzura ha creado más amargura para la humanidad que cualquier otro [producto]”.

Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.






