Noroña vs Alito: el relevo generacional sigue pendiente

Por César Martínez

La exacerbación del rencor y del odio entre políticos, periodistas y otras figuras públicas a raíz del altercado entre Alejandro Moreno Cárdenas y Gerardo Fernández Noroña en la tribuna del Senado de la República, preocupa y enciende las alarmas: una clase política como la mexicana —cupular, ensimismada y avejentada— cada vez resuelve menos sus diferendos por la vía política, y cada vez más vía la provocación, el agravio, el empujón y los gritos.

Ante el grotesco espectáculo de dimes y diretes entre legisladores con varios sexenios a cuestas, vale preguntarnos si el relevo generacional prometido en 2018 quedó sólo en promesa. Y es que las contadas caras jóvenes que hay en puestos de poder en la 4T, hablando del Poder Legislativo o del Gobierno Federal, son sólo resultado de arreglos fuera de la mirada pública entre las diversas tribus del Partido Morena. Asimismo, es sabido que los partidos más añejos, como el PRI de ‘Alito’, tampoco promueven cuadros jóvenes mediante concursos abiertos ni institucionales ni transparentes. En la política mexicana, abundan los jóvenes ‘viejos’.

Un anciano se queda dormido mientras habla con una anciana. Wellcome Collection.

Suponiendo que una joven o un joven nacido en 2006, es decir, con 19 años de edad, no conoce la historia de nuestro sistema de partidos (porque ni siquiera es materia de estudio en bachillerato), la pregunta sin respuesta si le interesa la vida pública es: ¿cómo se llega a hacer carrera política en México y cuáles son los requisitos, si los hay?

Enigmas parecidos buscó resolver el magnífico historiador Daniel Cosío Villegas en 1975 con su ensayo La Sucesión Presidencial: ¿A qué clase de personas se les hace llegar hasta la cúspide de la escala? ¿Cómo y por qué llegan tan alto? ¿Cuáles son las condiciones sociales que permiten ingresar en la élite?”. Don Daniel señalaba: “En suma, [se trata de] dar con las ‘reglas del juego político’ mexicano.”[1] Así como economistas y sociólogos hablan del concepto de movilidad social, el politólogo examina cómo es la cultura de un país a partir de si hay o no hay movilidad política. A mayor movilidad, más democracia y paz; a menor, más autoritarismo y violencia.

Siendo no-democráticas, nuestras ‘reglas del juego político’, vistas por Cosío Villegas, refieren a conductas tan aberrantes como cotidianas en México: Hazte de tantos amigos como sea posible y más con tus superiores. Elige con sumo cuidado a tu camarilla, pues tu propia suerte puede ser determinada por la del jefe de esa camarilla. Disponte a competir si quieres ascender. Cásate con alguien importante. Queda bien con todos, pues en caso de infortunio aún puedes irte de “consejero” de alguien. Concluyendo, sostiene Cosío, subir o bajar en la escalera política mexicana depende del azar y del “uso de armas innobles como la adulación descarada.”

El hecho de que conductas como el oportunismo, el nepotismo y el amiguismo condicionen el acceso al “noble oficio de la política”, corrompe a la juventud al menos en dos sentidos que interactúan entre sí: provocando un sentimiento de indiferencia o desinterés ante la vida pública; y provocando la degradación personal de quienes protagonizan (es decir, que ya lograron encaramarse dentro de) esa misma vida pública. De modo que escenas de pleito, bravuconadas e histrionismo en las máximas tribunas retroalimentan un peligroso escenario de violencia y ánimos caldeados en las calles del país, así como en redes sociales.

Justo cuando arrancará el trabajo legislativo para una reforma electoral que vendría a complementar las tibias reformas ya aprobadas contra el nepotismo y la re-elección por parte de la presidenta Claudia Sheinbaum, conviene ver el necesario relevo generacional como una cuestión de vida o muerte para nuestras instituciones, pues de su buen funcionamiento depende en última instancia la pacificación del país. La paz es fruto de la justicia, sostenía antaño un importante político de izquierda.

Para don Daniel Cosío, la movilidad política o recambio generacional como signos de apertura democrática iba de la mano con niveles más altos de participación en elecciones. A pesar de que se cumplen más de 50 años desde la publicación en 1974 de otro de sus imprescindibles ensayos políticos, El Estilo Personal de Gobernar, las cifras de votación de aquel entonces casi son las mismas de 2024: un 60% de votantes registrados con base en el padrón, por un 40% de abstencionistas. “El abstencionismo no sólo es un fenómeno general”, concluía el historiador, “sino deliberadamente provocado, cosa que debía preocupar mucho al gobierno y a los partidos políticos.”[2]

Finalmente, la emboscada tendida por legisladores priístas como Alejandro Moreno y Rubén Moreira contra el senador Fernández Noroña nos arroja el cuadro sombrío de una clase política de cartuchos quemados y jóvenes viejos. Si disminuir la violencia y el rencor en las calles y en las redes pasa porque las nuevas generaciones adquieran y puedan desarrollar su legítimo interés por participar en la vida pública, entonces llegó la hora de renovarse o morir. Sobre esta esperanza en la juventud esgrimía el pensador francés Alexis de Tocqueville una idea fascinante: cada nueva generación es en realidad un nuevo país.

Tres viejos veteranos. Wellcome Collection.

César Martínez (@cesar19_87) es maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.


[1] Daniel Cosío Villegas, La Sucesión Presidencial, Joaquín Mortiz, México, 1975. p.26.

[2] Daniel Cosío Villegas, El Estilo Personal de Gobernar, Joaquín Mortiz, México, 1975. p. 81.

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