En su célebre obra, Las penas del joven Werther, Johann Wolfgang von Goethe advierte que nada resulta tan peligroso como la soledad. Allí —dice— nuestra imaginación, siempre dispuesta a erguirse, emprende un vuelo desmesurado sobre las alas de la fantasía, dibujando una cadena de seres entre los cuales nos descubrimos en el último eslabón. Todo se nos aparece más grande de lo que en verdad es, y cada cosa parece estar por encima de nosotros: sentimos, de manera punzante, nuestras imperfecciones, mientras atribuimos a los otros cualidades que no poseemos.
La novela que termina con el suicidio de su protagonista, desencadenó en su tiempo una inquietante ola de suicidios entre los jóvenes, hasta el punto de que Goethe, más tarde, se vio obligado a aclarar que jamás fue su intención inducir a la desesperación ni al gesto fatal. Lo que buscaba, explicó, era dar forma a una experiencia íntima de juventud, transmitir el vértigo y el desgarro que él mismo había padecido en su temprana vida.
En nuestros días, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido con contundencia que la soledad y la desconexión social constituyen una amenaza para la salud mental y el bienestar de la humanidad. No se trata únicamente de la ausencia de compañía, sino de una carencia más profunda: vínculos insuficientes, relaciones desprovistas de apoyo o la vivencia de lazos tensos y negativos. Según cifras proporcionadas por la misma OMS, una de cada seis personas en el mundo confiesa sentirse sola. La cifra se agudiza entre adolescentes y adultos jóvenes, y se eleva aún más en los países de renta baja.

Roger-Viollet / Aurimages
Pero la soledad no es únicamente un estado emocional pasajero: puede ser letal. Entre 2014 y 2019 estuvo asociada a más de 871 mil muertes cada año, lo que equivale a cien vidas perdidas por hora. En México, hay datos muy alarmantes, pues, según el INEGI, el suicidio se encuentra en ascenso y golpea con mayor crudeza a los hombres jóvenes de entre 15 y 29 años; aunque en el último año también ha crecido entre las mujeres. Tenemos, por lo tanto, pruebas irrefutables de que la salud social —esa capacidad de tejer y sostener vínculos humanos positivos— es tan esencial para nuestro bienestar como la salud física o la mental. Y, sin embargo, durante demasiado tiempo ha permanecido relegada en los sistemas de salud y entre los responsables políticos.
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Resulta paradójico que la soledad y la desconexión social se intensifiquen justamente en la era de internet, cuando —se supone— disponemos de mayores facilidades para vincularnos con personas en cualquier lugar del mundo y cuando la información circula con inusitada abundancia. Sin embargo, la conexión virtual no sustituye la presencia física; y aun cuando hay cercanía corporal no siempre se da el verdadero encuentro: el reconocimiento del otro, de su lugar en el mundo, el apoyo mutuo y la afirmación de su dignidad.
La pandemia, que a todos nos atravesó, reveló con crudeza esta verdad. Nuestros espacios íntimos —la casa, la recámara, el escritorio— se abrieron de golpe a las videollamadas, a los destellos fugaces de TikTok, a los videos breves que buscaban simular un contacto con el mundo al que, por necesidad, habíamos cerrado la puerta. Pero aquello no bastó. No nos sostuvo entonces, y lo que vino después, tampoco alcanzó a colmar el vacío que había dejado la ausencia del contacto humano. Durante la pandemia, además, las escuelas se revelaron incapaces de adaptarse plenamente a su doble misión: educar y socializar. Miles de jóvenes quedaron atrapados en un aprendizaje incompleto, en relaciones mediadas casi exclusivamente por una pantalla, y en un deterioro de su salud mental. Con el retorno a las aulas, las juventudes enfrentaron un desafío doble: el desinterés creciente hacia el estudio —resultado, en buena medida, de planes de enseñanza e infraestructura que no se han ajustado a los retos del mundo postpandémico— y la necesidad urgente de recuperar el tiempo perdido, de reconstruir comunidades emocionales capaces de sostenerlos.
Lamentablemente, el panorama laboral no es menos preocupante para los jóvenes. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha señalado que, tras la pandemia, el desempleo juvenil alcanza a 64.9 millones de jóvenes, con un impacto particularmente fuerte en las mujeres. En México, aunque hubo un aumento en el salario mínimo, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, muestra que las personas menores de 24 años tienen una tasa de informalidad del 67%, es decir, casi 7 de cada 10 jóvenes en este rango de edad tiene un trabajo informal.
Además, la participación laboral de quienes tienen entre 20 y 29 años se redujo en 3.9% respecto a los niveles previos a la pandemia, mientras que entre los adolescentes de 15 a 19 años aumentó prácticamente en la misma proporción. Los especialistas coinciden: este desplazamiento es un signo inequívoco de la deserción escolar y de la creciente precariedad laboral que hoy marca a toda una generación.
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El videoclip XT4S1S, de la artista Danna Paola —quien ahora prefiere ser llamada simplemente Danna—, producido justo después de la pandemia, capturó con precisión la atmósfera de ese momento: la urgencia de formar parte de la multitud, de sentir al otro en la cercanía, de relegar la obsesión por la pulcritud y los espacios ventilados. Su música invitaba al roce, al baile compartido, y la coreografía celebraba la fricción de los cuerpos en movimiento; mientras la letra, con su “pasando la nota, de boca en boca”, trazaba una metáfora erótica que enlaza el deseo con el consumo de sustancias psicoactivas.
Probablemente, el mayor anhelo que nos dejó el confinamiento fue la libertad. Sociedades ya marcadas por la precariedad, la individualización y el malestar, quedaron aún más constreñidas por restricciones, frustraciones y encierros prolongados. Como ya mencioné, las comunidades escolares —muchas veces sin haberse conocido cara a cara— mantenían sus vínculos a través de pantallas, mientras que las ocasiones para disfrutar colectivamente eran pocas y, cuando ocurrían, eran objeto de crítica por desafiar las normas de la llamada “nueva normalidad”.
Tal vez por eso, en los años posteriores, los eventos multitudinarios han alcanzado un éxito inusitado. Los festivales musicales, ya populares antes de la pandemia, hoy reúnen a artistas cada vez más diversos y contrastantes, donde las fronteras de género musical resultan secundarias: lo central es estar allí, encontrarse, sentirse cerca otra vez. Lo mismo sucede en bares y salones de baile, en cuyas entradas se forman largas filas: el lugar importa menos que la experiencia de compartir el mismo espacio con los demás.
Sin embargo, el instante de éxtasis no puede prolongarse indefinidamente, por más que la misma Danna quiera repetir la fórmula de su éxito, quedándose atrapada en composiciones donde reaparece la asociación entre drogas y erotismo —como ocurre en la canción Khe calor. De ello ya nos había prevenido Sigmund Freud en El malestar en la cultura: la felicidad no puede alcanzarse en un sentido positivo, es decir, mediante la persecución constante del placer, pues en esa búsqueda desmesurada se descuidan todas las demás dimensiones que hacen valiosa la existencia.
Algo semejante intuía también Jack Kerouac, el escritor beat por antonomasia, quien, aun siendo celebrado como apóstol de la vida “al límite”, dejó entrever en su obra y en su propia biografía la imposibilidad de sostener sin fractura un estilo de vida entregado únicamente al vértigo del instante.
La llamada Beat Generation fue un fenómeno literario y cultural que emergió en Estados Unidos a mediados del siglo XX, en los años cuarenta y cincuenta, aunque su influencia se extendió mucho más allá de aquel tiempo. No se trató de un movimiento formal con manifiestos o estructuras definidas, sino de una constelación de escritores, poetas y artistas unidos por una sensibilidad común: el rechazo a los valores dominantes de la sociedad estadounidense de posguerra, la búsqueda de experiencias vitales intensas y una apertura radical hacia nuevas formas de espiritualidad, sexualidad, arte y comunidad.

La Generación Beat cuestionaba el conformismo de la sociedad de consumo, el puritanismo moral y la rigidez cultural del llamado American way of life. Frente a ello, proponía la exaltación de la libertad personal, el vagabundeo como modo de vida, el jazz como inspiración, el acercamiento a la espiritualidad oriental, el uso de drogas como vía de exploración y la literatura como experiencia existencial.
El término Beat posee varias capas de sentido. Fue Herbert Huncke, un poeta neoyorkino, quien lo utilizó por primera vez para expresar la condición de estar beat: golpeado, cansado, acabado. Kerouac recogió esa palabra y le otorgó una resignificación. Para él, beat aludía también a un estado de apertura espiritual, próximo a lo beatific, lo bendito. En esa tensión entre lo bajo y lo sublime —entre la fatiga del marginado y la promesa de trascendencia— se condensaba la esencia del movimiento. A ello se sumaba una tercera resonancia: el beat del jazz, con su cadencia improvisada, que impregnó tanto la escritura espontánea de los autores beat como su forma de concebir la vida. Así, en suma, el nombre beat encierra tres raíces inseparables: marginalidad (estar golpeado), trascendencia (lo beatífico) y ritmo (el compás del jazz). Esa triple connotación explica la mezcla singular de desencanto, espiritualidad y energía vital que define a la Generación Beat.
Sin embargo, en su obra On the Road, Kerouac parece concluir lo contrario de esa vida al límite y golpeada que exalta a lo largo de la narración. Al final del libro (y me disculpo por el inevitable spoiler), el personaje que encarna como nadie ese modo de existencia —el del desenfreno perpetuo, el de la fuga sin destino— queda, en última instancia, solo. Sus camaradas de aventura siguen adelante, algunos se tornan serios y buscan un rumbo, mientras él permanece atrapado en el torbellino de emociones que ha intentado mantener encendido a toda costa. La novela culmina con la voz del narrador (la del mismo Kerouac), uno de aquellos compañeros, alejándose poco a poco y recordando con nostalgia aquellos días desenfrenados, al tiempo que se adentra en su vida adulta.
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La pregunta que se abre es inquietante: ¿qué hacer frente a este panorama en el que la soledad acecha a los jóvenes y en el que el desenfreno puede funcionar como anestesia, pero jamás como remedio duradero ni horizonte vital?
Pienso que, en primer lugar, debemos promover lugares de encuentro, especialmente en las escuelas: espacios de encuentro donde se nos invite a reflexionar públicamente sobre estas cuestiones, sin ocultarlas, sin fingir que no existen. Espacios que nos permitan reconocernos unos a otros y pensar en voz alta, en colectivo.
En segundo lugar, considero que nuestras universidades y bachilleratos deben transformarse en espacios cuidadores. Esto implica comprenderlos como lugares de reconocimiento mutuo, atentos a las necesidades de vínculo y a las vulnerabilidades propias de la condición humana. Significa colocar en el centro a la comunidad estudiantil, a los trabajadores y a los docentes, y en torno a ellos edificar ámbitos de atención a la salud mental, de cultura, de aprendizaje y también de esparcimiento, que posibiliten recuperar los lazos. Comprender que en la escuela no sólo se enseña, se construye comunidad, se generan vínculos.
Y, finalmente, que las universidades deben asumir su papel de cajas irradiadoras de una nueva concepción del mundo: un mundo en el que el cuidado sea la herramienta fundamental para vincularse con los otros y con el entorno. La universidad es, sin duda, el espacio privilegiado para transformar la realidad, pues de ella surgen los futuros tomadores de decisiones, así como las ciudadanas y ciudadanos críticos capaces de gestar un cambio cultural. Por eso, la universidad no debe ver a sus estudiantes como individuos aislados que transitan pasajeramente por sus aulas, sino como miembros de una comunidad cuyo sentido de unidad comienza allí, pero se proyecta hacia el mundo en múltiples formas.

Nota del editor: este texto fue presentado como ponencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Coahuila como parte de las actividades de ANECPAP.
Hugo Garciamarín es politólogo y director de la Revista Presente.







