Otra victoria de México: la alegría propia también nace con la alegría ajena

Por Elías Salazar

A falta de cuatro horas para el partido, músicos y danzantes se preparaban para amenizar el ambiente mundialista en el camellón que corre de Periférico Sur a Huipulco sobre Calzada de Tlalpan. En un lado de la acera, justo donde se ubica una sucursal de Farmacias Similares, uno de los dos doctores Simi designados para atender a la clientela observó con atención los preparativos. Inquieto por saber qué hacían, cruzó la avenida para integrarse a ellos y les pidió que le enseñaran sus atuendos y sus instrumentos. Se puso a tocar la trompeta junto a un músico para dar un breve concierto improvisado. 

Esa pequeña acción contribuyó a que los transeúntes que caminaban por la zona se contagiaran del buen ánimo y vitorearan “Ecuador, Ecuador” en cuanto vieron pasar a cuatro ecuatorianos que se dirigían al Estadio Azteca. De esa manera quedaba claro que la animadversión generada y alimentada en redes sociales era un fenómeno distinto de lo que podía mostrar la realidad, es decir, la camaradería. Los sudamericanos correspondieron el gesto al tono de “¡Viva México!” tomándose fotos con quienes se las pedían. Era la señal para entender que un partido de futbol no es una guerra ni un campo de batalla.

Lo anterior originó una escena que reafirmó el valor que posee un balón en el plano lúdico y social fuera de la cancha. Llena de curiosidad, una señora quincuagenaria le preguntó a uno de los ecuatorianos qué comen en su país y qué platillo mexicano le ha gustado más. Puso de manifiesto que la gastronomía, como motivo de diálogo cultural, es un puente para distender tensiones y crear simpatías. En el mejor de los casos, la pelota es una sana excusa para ello.

Dos horas más tarde, el nerviosismo se apoderó del aire que se respiraba al sur de la ciudad. Entre más se acercaba la hora del juego, más angustia se percibía entre los aficionados.  Eran los nervios de la expectativa y de la esperanza, de la plena conciencia de la instancia decisiva. Ya no había margen de error ni pauta para sacar la calculadora como suele ocurrir en la fase de grupos. Había llegado la hora de colocar la ilusión en un solo extremo de la balanza: ganar forzosamente. 

También apareció el temor a la lluvia y sus estragos. Los truenos y un aguacero asustaron a cientos de personas que corrieron a refugiarse en plazas comerciales que instalaron pantallas en sus instalaciones, abarratándolas para permanecer allí hasta que comenzara y culminara el cotejo. Hubo quienes se olvidaron por un instante de todo debido al apremio de evitar afectaciones por inundaciones y empezaron a buscar transporte con desesperación; el trauma de grandes encharcamientos en zonas aledañas al Coloso de Santa Úrsula puede más que unos dieciseisavos de Copa del Mundo. 

A las 18:00 horas, en una de las plazas, Patio Tlalpan, un hombre no quiso subir al área de comida rápida para integrarse al conglomerado que se reunió para alentar a la Selección Mexicana en ese espacio. Prefirió colocarse en el exterior del restaurante Toks para ver, a través de las ventanas, la programación previa que se transmitía. Estaba indeciso entre irse a su casa, quedarse ahí o moverse al Fan Fest de Tlalpan, ubicado a unos cuantos metros. No sabía si quería estar solo o acompañado. Solamente tenía una certeza: “Hoy ganamos”.

Esa misma certeza tuvo un treintañero que resistió hasta donde su pecho lo permitió. No aguantó y gritó a todo pulmón en el Fan Fest del Deportivo Vivanco: “¡Hoy ganamos, hijos de su #$%& madre!”. El tipo estaba al borde del colapso por los nervios. Su exclamación fue tan intensa y genuina que arrancó carcajadas. Además de él, a gran parte de la fanaticada le urgía escuchar el silbatazo inicial para desahogarse, lo cual fue posible con la canción ‘Oye, mi amor’, tema elegido por los organizadores para relajar a los asistentes tras el anuncio del retraso por las condiciones climatológicas. La elección de la rola fue un albur porque una mayoría repudiaba a Maná; sin embargo, sin prejuicios de por medio, la cantaron. Como quien dice, sacaron al fanático de la banda que llevan dentro. Fue tal el efecto que la corearon un par de veces. 

El punto álgido de las emociones se dio con la entonación del himno nacional. Las gargantas desgarradas y los ojos llorosos en rostros de todas las edades fueron la evidencia de que se sentían más orgullosos de ser mexicanos y del equipo tricolor en esta edición. “Perdóname por dudar de ti”, pronunció un muchacho no mayor de 25 años mientras besaba el escudo de su camiseta verde. Así como él, otros incautos recuperaron la fe perdida en lo que habían bautizado como “la decepción nacional” para renombrarla como “los putos amos”. 

Con los goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez, el fervor alcanzó un grado de sensibilidad que moldeó un mosaico de subtramas conmovedoras en ese contexto festivo y de desquicio: el chico que miraba al cielo buscando a su papá fallecido en la pandemia; el anciano en muletas que se negó a sentarse porque quiso bailar junto a la batucada; la mesera del café que culminó su jornada y salió apurada para encontrarse con su madre y su pequeña hija sin importar el cansancio visible en su cuerpo; la estudiante de enfermería que vino a la capital desde Sonora y mandó audios para decirle a sus papás que los extraña; la joven pareja que compró una enorme bolsa de papas fritas que compartieron con los demás. 

La expulsión de Piero Hincapié fue un detonante peculiar de la efusividad. En la primera ronda del torneo, el Fan Fest fue testigo de festejos por anotaciones, cambios y atajadas, no así de una tarjeta al rival. La roja mostrada al defensa del Arsenal fue celebrada como una victoria, como la materialización de lo que habitualmente no está en el espectro de la población: “Hoy todo nos sale bien”. Se celebró la confirmación de que la buena suerte sí existe e intercede por el bien común.

Con el silbatazo final, la prolongación del ensueño se vivió de diferentes maneras. Hubo opciones para que cada quien eligiera la descarga eufórica de su agrado. Unos bailaron al ritmo de los tambores; otros se bañaron en espuma. Unos cantaron ‘Cielito lindo’; otros ‘La Chona’. Unos “volaron” como luchadores; otros simularon el festejo vikingo de los noruegos. Unos se fueron a la avenida Insurgentes para ondear sus banderas en sincronía con los cláxones de los automóviles que pasaban por el perímetro; otros clamaron “¿Y si sí?” por las estrechas calles tlalpenses. 

Un niño cargado en hombros por su padre irradió la felicidad propia de su edad que caló hondo en la nostalgia de los adultos que hoy reconectan con su niñez mediante el perdón y la gratitud hacia esa etapa que les trae buenos y malos recuerdos. La criatura simbolizó que “el futbol es infancia”, tal como lo escribió el novelista español Javier Marías. La de gajos fue el refugio de varones maduros que ahora se vieron reflejados en ese chiquillo que algún día habrá de sentirse el ser más afortunado del planeta por la experiencia de haber vivido el Mundial 2026 como lo está haciendo. 

Incrédula de sí misma, una mujer de 50 años se ha descubierto futbolera. Durante cinco décadas no le interesó este deporte. Una tarde cualquiera entró al deportivo para enterarse de que era sede de las transmisiones gratuitas del certamen. Decidió asistir al duelo inaugural sin imaginar que iba a hacer sinergia con la Selección Mexicana y, en general, con el balompié. Al salir de su empleo, empezó a acudir al festival para ver a Argentina, Francia, Cabo Verde, Brasil, etcétera: “He vivido momentos muy bellos aquí gracias al futbol. ¡Lo he disfrutado como nunca! He estado muy contenta”. Siempre hay una primera vez y nunca es tarde para reinventarse. 

Entre broma y broma, algunos sugirieron ir a Reforma para sumarse al festín multitudinario; no obstante, su propuesta fue descartada porque “aquí tenemos todo para festejar tranquilos, felices y sin problemas”. Una anciana desea que así fuera siempre; que esta comunión no dure nomás un día. Metros más adelante, frente a la parroquia de San Agustín de las Cuevas, un matrimonio se persignó y agradeció a Dios por el resultado. A sus espaldas, transitando por la explanada de la alcaldía, un par de chavos cargaron a rastras a uno de sus amigos que fue noqueado por el consumo de cerveza, pero aun así dedicó la poca claridad de su habla para expresar que “la vida es chingona, todos somos chingones, todos somos vida”. Si bien es cierto que sus balbuceos fueron dichos al viento, la brisa nocturna de la fiesta mágica se encargó de propagarlos a oídos circunvecinos. Por ejemplo, a los del hombre que horas atrás no tenía idea de qué hacer para disfrutar del partido y terminó decantándose por el Fan Fest, de donde salió cantando y bailando con la batucada, agradecido consigo mismo por haber elegido la mejor de las alternativas para sentirse vivo.  Y así como él, la afición que recordó que la alegría propia también nace con la alegría ajena. Al menos en lo que concierne al futbol.

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