La selección inglesa y yo, una evocación

Por Ronaldo González

A propósito del juego de México contra Inglaterra el próximo domingo en los octavos de final del Mundial, apenas ayer un querido amigo me decía: “Vamos sobre Inglaterra, vamos con todo contra el colonialismo”. Esa afirmación encierra, está claro, un anacronismo; lo cual, como se sabe, es un recurso del que dispone la política populista, pero que en el caso del deporte está tan fuera de lugar como en el de la historiografía.

Desde luego que quiero que ese partido lo gane México. Y no necesito justificar mi deseo ni dar explicación alguna: soy mexicano, un mexicano futbolero y punto. Aunque, por cierto, mi equipo favorito en los Mundiales es Inglaterra… siempre y cuando, desde luego, no se le atraviese México.

Se trata de una predilección que puede, para decir lo menos, parecer extraña: no conozco a alguien más, en estas latitudes, que vaya con Inglaterra en el futbol. Aquí sí necesito explicarme, porque ni yo mismo entendía esa decisión.

Para empezar, no fue algo que sucedió por algo razonado con claridad. Le voy a Inglaterra desde niño, aún y cuando pertenezco a la generación de aficionados mexicanos que se decantó por la selección de Brasil desde 1970, es decir, desde los tiempos de Pelé y la obtención del tricampeonato en nuestro país. No fue por mi simpatía por Shakespeare, Blake, Dickens, Mc Ewan, Keynes, Locke. Russell, Charlton o Beckham. Fue por algo distinto, casi anecdótico. O por lo menos eso es lo que yo recuerdo, porque ya sabemos que la memoria personal es, en buena medida, un invento o, cuando menos, una interpretación del pasado de quien, literalmente, la construye.

En esa personalísima hermenéutica de mi historia de vida, he llegado a la conclusión que tal vez todo obedezca a un malentendido mío o de mi padre o de ambos. Mi padre, abogado chinaco sinaloense (o sea, un liberal práctico y no doctrinario) despotricaba contra Alemania en la final de 1966, aquella que ganó, con un gol dudoso de Geoffrey Hurst, Inglaterra. Acaso él tuvo entonces un reenactment y se sintió viviendo y percibiendo, otra vez, la amenaza del totalitarismo nazi como en sus años adolescentes. Los recuerdos, como dije antes, son siempre, en más de algún modo, recreaciones, pero de algo parten. Y muy probablemente ese algo, aunque sea difuso, fue, por lo menos en parte, real.

Tengo recuerdos preciosos del futbol, con mis amigos, mis hermanos, mi padre. Recuerdos como los que dicen las preguntas con que el poeta Jesús Ramón Ibarra cierra una compilación suya de textos futboleros (La pelota, el corazón del aire): “En el pasillo de una casa cualquiera/ padre e hijo juegan a la pelota. Cada uno es un equipo entero”:

¿Hay alguien, en las razones

que vinculan sus pasos

a un presente sin infortunios ni celadas

capaz de transgredir el combate

que padre e hijo

en el pasillo de una casa cualquiera

llevan los niveles del arrojo,

un coro tenaz, dos equipos enteros que se retan,

cariñosamente, mientras esperan

la tarde de un domingo.

Seguramente por eso, entre otras cosas, Javier Marías afirma sin empacho que “el futbol es la recuperación semanal de la infancia”. Y sí, de algunas evocaciones no tengo duda alguna, como cuando recuerdoque alguna vez fui un equipo entero, jugando con Alán mi hermano encarnando al conjunto contrincante en la cochera de nuestra casa paterna: uno en la portería mientras el otro, después de patear el balón, narraba sus hazañas al tiempo que sucedían.

De modo que si el recuerdo del que acabo de hablar no respondiera a lo realmente ocurrido (o si yo no me lo hubiera representado así: mi padre declarándose a favor de los ingleses), no podría entender porque soy, desde mi infancia, partidario del equipo inglés. Como sea, a pesar de tantas decepciones y frustraciones mundialistas, esa predilección se sedimentó: así se queda. Aunque, no necesito reiterarlo, deseo fervorosamente que el domingo gane la selección mexicana.

Gol fantasma en 1966. El confidencial.
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