Cómo se enlazan el mérito y la fortuna, eso jamás se les ocurre a los necios”
Johann Wolfang Von Goethe, Fausto.
I
Suerte y destino. En la Grecia antigua se pensaba que el éxito en la vida dependía en gran medida de la fortuna, del favor de fuerzas superiores. La vida avanzaba con mérito y arrojo, bajo una luz incierta, siempre expuesta a un giro capaz de elevar o arrastrar sin aviso. La fortuna tocaba a unos, esquivaba a otros y, de una u otra manera, dejaba su marca en la existencia de hombres y mujeres.
Pero la suerte permanecía atada al destino. Antes de toda decisión, la vida guardaba ya su trazo esencial. La libertad existía, aunque nunca en estado puro, pues cada acto encontraba su cauce dentro de un horizonte previamente delineado. Aquiles lo sabía. En La Ilíada, su figura avanza entre dos destinos que no trazó, pero que puede asumir: permanecer en casa, fundar una vida larga, perderse en la continuidad de los días; marchar a Troya, abrazar una muerte temprana, inscribir su nombre en la memoria de los hombres. No había fuga posible. Su grandeza nace de esa lucidez: elegir implica aceptar el peso de lo dado.
México 1970 abrió una época. Por primera vez, un Mundial se transmitió a color y de manera simultánea a distintas regiones del planeta; con ello, el fútbol dejó de pertenecer sólo a quienes lo presenciaban en el estadio.
México 1970 abrió una época. Por primera vez, un Mundial se transmitió a color y de manera simultánea a distintas regiones del planeta; con ello, el fútbol dejó de pertenecer sólo a quienes lo presenciaban en el estadio. La imagen viajó, fijó de forma universal la estética del gol y convirtió las jugadas en memoria compartida. Desde entonces, el éxito y el fracaso, la suerte y el destino, dejaron de pertenecer al instante y quedaron inscritos en una narrativa global, disponibles para la repetición, el análisis y el mito.
En ese Mundial se cruzaron dos historias que quedaron fijadas para siempre. En una, la protagonista es la fortuna: el esfuerzo vencido por el azar. En la otra, el destino: aquel instante se cierra sobre sí mismo y queda suspendido en el tiempo.
II
El antagonista más constante de la Selección Mexicana nunca ha vestido otra camiseta ni ha entonado otro himno. Se llama mala suerte. Aparece como una fuerza discreta que inclina la balanza en contra del Tri sin aviso. A veces toma la forma de un disparo perfecto que cruza el aire en tiempo extra, como aquel gol de Maxi Rodríguez en Alemania 2006, una obra irrepetible que clausuró cualquier esperanza. Otras veces se vuelve silbatazo, como el penal señalado a Arjen Robben en Brasil 2014, una decisión que quedó grabada en la memoria del aficionado con la marca del agravio: #NoEraPenal. Y están, por supuesto, los malditos penales, esa ceremonia cruel que convirtió a Bulgaria en verdugo en Estados Unidos 1994, cuando “el azar” de los penales selló el destino.
Esa relación tensa con la fortuna tiene sus raíces en 1970. La Selección inauguró el Mundial frente a la Unión Soviética. Fue un partido cargado de novedades: el primero en la historia de los mundiales con tarjetas amarillas y el primero en permitir cambios. El empate sin goles dejó abierto el grupo. Luego llegó la victoria frente a El Salvador, un 4-0 que afirmó a la Selección en su casa. Más tarde, un triunfo agónico ante Bélgica, decidido desde el punto penal. La prensa registró esos encuentros como la consolidación de un equipo que se hacía fuerte en el Estadio Azteca.
Al final de la fase de grupos, México empató en puntos y goles con la Unión Soviética. Así que el primer lugar se decidió por algo absurdo: un volado diría quién permanecía en el Azteca y quién debía trasladarse a Toluca. La URSS envió a un extremo izquierdo, Valery Porkuián, a quien consideraban el hombre de la suerte… y lo fue. Para la Selección Mexicana, la moneda cayó del lado equivocado y tuvo que salir de casa, para finalmente recibir una goleada a manos de Italia. Desde entonces, la Selección y la mala suerte avanzan juntas, como si el fútbol mexicano se reconociera en esa conversación interminable con el azar.
III
Edson Arantes do Nascimento, el Rei Pelé, llegó a México 1970 con más dudas que certezas. A los veintinueve años cargaba un cuerpo atravesado por el desgaste temprano, por la violencia de los partidos, por las marcas que Inglaterra 1966 dejó en él: una lesión en la rodilla y en el tobillo que lo hizo temer a la invalidez. Aquella experiencia lo condujo a la decisión de no volver a jugar un Mundial. El fútbol le había entregado una gloria sin precedentes, pero le había cobrado un precio alto. Retirarse parecía la mejor forma de resguardar la vida más allá del mito.
Como Aquiles frente a la promesa de Troya, Pelé quedó suspendido entre la calma posible y la inmortalidad. Brasil, bajo una dictadura que lo elevó a emblema nacional, lo convirtió en signo de victoria antes del silbatazo inicial.
Pero el destino tenía otros planes. Como Aquiles frente a la promesa de Troya, Pelé quedó suspendido entre la calma posible y la inmortalidad. Brasil, bajo una dictadura que lo elevó a emblema nacional, lo convirtió en signo de victoria antes del silbatazo inicial. La presión política encontró eco en la expectativa popular y en una pulsión íntima que nunca se extinguió. Entre la carga externa y el impulso propio, Pelé aceptó el viaje.
Brasil debutó en el Estadio Jalisco ante Checoslovaquia con un sobresalto temprano: comenzó perdiendo al minuto 11, pero reaccionó sin desorden. Rivelino empató al 24 y, en el segundo tiempo, Pelé inclinó el partido; el marcador final fue 4-1. Luego venció a Inglaterra 1-0 en un duelo marcado por la atajada de Gordon Banks al cabezazo de Pelé, un lance estético que quedó en la memoria colectiva. Cerró la fase de grupos con un 3-2 ante Rumanía, con doblete del Rei. En eliminación directa, la Verdeamarela mantuvo su ritmo en Guadalajara: derrotó a Perú 4-2 y a Uruguay 3-1. Aunque Pelé no marcó en esos partidos, su presencia ordenó el juego y dio forma a un equipo que avanzaba con eficacia y brillo.

Finalmente, en el Estadio Azteca, Brasil levantó su tercera Copa del Mundo y Pelé firmó la actuación decisiva: un gol y dos asistencias frente a Italia, que llegaba tras el llamado “partido del siglo” ante Alemania. Su desempeño lo consagró como héroe contemporáneo. Sus pies, ligeros y exactos, su gambeta de samba y su drible sereno encontraron en el Coloso de Santa Úrsula el escenario perfecto para proyectarse al mundo. Allí, Pelé alcanzó la trascendencia: la de un hombre que aceptó el destino de la inmortalidad.
IV
En tiempos en que el fútbol se vuelve rígido, cuando incluso el juego brasileño pierde la samba que le daba aire y cadencia, y cuando la crítica se dirige con facilidad hacia la afición en lugar de mirar a los futbolistas y a quienes administran el balón de la Selección Mexicana, conviene detenerse un momento y mirar atrás. El curso del balón no responde a una sola causa ni a una lógica transparente. La vida tampoco.
Hay en cada trayectoria horas de trabajo, disciplina, talento que se afina con constancia. También hay irrupciones que nadie controla, giros mínimos que alteran el rumbo y decisiones que habitan en la coyuntura. El fútbol, como la vida, se juega en ese cruce. Ni la épica del mérito basta para explicarlo todo, ni el azar opera como excusa vacía. Ambos conviven, se entrelazan, tensan cada resultado.
Suerte y destino. Así se construye el camino: con lo que se hace y con lo que ocurre. Con la voluntad que empuja y con esa fuerza esquiva que, en el instante preciso, decide hacia dónde cae la moneda.
Textos de Hugo Garciamarín en la Revista Presente

Ilustración del balón «Telstar» utilizado en el Mundial de México 1970. Autor: Pablo Toussaint







