Inglaterra perdió la Copa del Mundo tres meses antes de que empezara el torneo en 1966. Hecho de plata y bañado en oro en 1930, el trofeo desapareció de Central Hall, la iglesia metodista más grande de Londres, mientras se exhibía con una colección de estampillas. Era distinto al que levantan los equipos ahora. Originalmente llamado Victoria, después nombrado en honor al primer presidente de la FIFA, el trofeo Jules Rimet se otorgó entre 1930 y 1970 al equipo campeón del mundo. La diosa Nike, con los brazos en alto y sus alas extendidas, sostiene una copa encima de su cabeza. Una base octagonal lapislázuli funciona como pedestal y espacio para gravar las placas con los ganadores.
Una mañana de marzo de 1966, alguien caminó cerca de las oficinas de Scotland Yard, se escabulló entre cuatro guardias de seguridad, y robó el trofeo mientras se celebraba una misa del otro lado del edificio. Era domingo, día apto para un rapto simbólico y monetario. Si el asunto se trataba de dinero, robarse el trofeo no era la mejor opción. Las estampillas que dejaron atrás eran mucho más valiosas que el trofeo. Ojalá hubiera sido eso: una excursión en el arte de hacer las cosas porque sí.
No era la primera vez. Después de que Italia ganara la Copa del Mundo en 1938, el trofeo Jules Rimet debió permanecer en un banco de Roma hasta el siguiente torneo. Pero, al estallar la Segunda Guerra Mundial, el vicepresidente de la FIFA, Ottorino Barassi, decidió desaparecerlo. Escondido como el tesoro de un niño en una caja de zapatos debajo de su cama, el trofeo permaneció lejos de las manos de los Nazis.

El trofeo desapareció por última vez en diciembre de 1983 durante un robo a medianoche. La madera en la parte trasera del gabinete estaba rota y un guardia en el suelo, incapacitado.
Tampoco fue la última. Como lo estipuló Jules Rimet, cuando un equipo ganara el torneo por tercera vez, la copa se quedaría con éste a perpetuidad. Brasil logró la hazaña en 1970 y el trofeo estuvo en exhibición en Río de Janeiro dentro de un gabinete de vidrio blindado en las oficinas de la Confederação Brasileira de Futebol. El trofeo desapareció por última vez en diciembre de 1983 durante un robo a medianoche. La madera en la parte trasera del gabinete estaba rota y un guardia en el suelo, incapacitado. Cuatro personas salieron del país después de recibir sentencias por el robo en 2001. El trofeo nunca apareció.


Otras cosas se perdieron, o se empezaron a perder, en esos años. Objetos, como el jersey con el que Bobby Moore levantó la Copa del Mundo, inmortalizado en una fotografía de John Varley, se perdió de la casa de su primera esposa en Essex para aparecer años después en una subasta. Pero también cosas menos tangibles. Con la British Invasion, se resquebrajaba también una idea fija de la masculinidad. Los Beatles, Hendrix, los Rolling Stones, The Who, abrieron grietas en percepciones de género de la posguerra. Pero del otro lado estaba Alf Ramsey, el entrenador que llevó a Inglaterra a ganar la copa ese año. Contra el telón de fondo de la mitología del rock and roll y los años sesenta, Ramsey parece doblar la apuesta: un exmilitar bien peinado, siempre bien vestido, quejándose de los “animales” que pellizcaban y golpeaban en la cancha (los argentinos en los cuartos de final) en vez de jugar limpio. Estaban Bobby Moore, Johnny Byrne y George Cohen, que se volvieron iconos de lo que se trataba ser hombre en los años cincuenta. Padres de familia, jugadores de cartas, estrellas que ofrecían un modelo estético para las juventudes inglesas. Jimmy Greaves, la virtuosa estrella del equipo, posa lesionado en una tina. La foto evoca La muerte de Marat para justificar su exclusión de la alineación final de Ramsey: el héroe caído, retratado con dignidad para no admitir que fue el entrenador quien lo eliminó. Tal vez esos años sesenta que recordamos con guitarras, humo y cortes de cabello podrían recordarse también con estos hombres con quienes se identificaba la mayoría de jóvenes ingleses: Ramsey con su saco bien planchado, Moore con su copa en alto, Greaves en su tina. La revolución tenía dos caras, Lennon y Ramsey, y la mayoría de los jóvenes ingleses se identificaban más con una que con la otra.


Por culpa de Ramsey, dirían sus detractores, también se empezó a perder la dimensión artística del fútbol. El espectáculo, la burla y la tragedia serían sustituidos por efectividad, técnica y resultados. Reducir el juego a su mínima expresión para ganarlo. Nada más. Los aprendizajes del scientific management y la disciplina militar se extendieron a la lógica del deporte para hacerlo menos juego y más competencia. Pero lo técnico y lo cientificista tienen su estética. La visión modernista del “Wingless Wonders” de Ramsey es funcionalista: todo debe decidirse con base en su propósito y utilidad. Deshacerse de todo lo inútil que va entre paréntesis (los pases de lujo, la burla, dominar el balón para provocar). Como un edificio funcionalista de Le Corbusier, la función define la forma, el material y estructura: 4-3-1-2, un diseño racional, científico, eficiente. Un jugador vistoso como Greaves se convierte en adorno. Sólo juega, pues, quien sirve como engrane dentro de un sistema. Es constructivista: hay que abstraer las formas de juego hasta llegar al núcleo de su propósito. Un pase es eso, un pase. Todos los goles valen lo mismo. Su disección minuciosa del juego parecía un proceso de laboratorio, las líneas abstractas de la pizarra parecían más un póster de El Lissitzky, con un título muy adecuado para enfrentarse a la selección alemana en la final: ¡Vence a los blancos con la cuña roja! La forma, el arte de jugar fútbol, debe servir a la revolución (del juego mismo). Nada más.
Un jugador vistoso como Greaves se convierte en adorno. Sólo juega, pues, quien sirve como engrane dentro de un sistema



Pero también se encontraron cosas. Días después de la desaparición del trofeo en Central Hall, una llamada telefónica anunciaba que se trataba de un secuestro. Sí se trató de dinero, por lo menos al principio: £15,000 por el trofeo perdido. Edward Betchley, un exmilitar de 46 años que sirvió en Egipto durante la Segunda Guerra Mundial, dejó un paquete dirigido a Joe Mears con instrucciones para acordar el intercambio. El trofeo apareció, pero no lo rescató la policía, ni se pagó el rescate. Después del intento fallido de coordinar y de arrestar a Betchley, la copa emergió unos días más tarde envuelta en periódico debajo de un coche. La encontró Pickles, el perro blanco y negro de David Corbett, husmeando la casa del vecino un domingo temprano en el sur de Londres. Sin estar muy seguro de lo que había encontrado, Corbett entregó el trofeo a la policía y estuvo detenido hasta la madrugada. Pickles se hizo celebridad de la noche a la mañana. Apareció en televisión, películas, anuncios. Asistió con su dueño a la celebración de los campeones del mundo y recibió cerca de £6,000 como recompensas monetarias. Con ese dinero, Corbett compró la casa donde pasó el resto de sus días. Pero las desapariciones no terminaron. Al año siguiente, el hijo de Corbett sacó a Pickles por un paseo con correa cuando salió disparado tras un gato. Lo encontró una hora después en el jardín de esa casa, colgado de la rama de un árbol, ahorcado con su propia correa.
Textos de Rodrigo Salido Moulinié en la Revista Presente

Ilustración del balón «Challenge» utilizado en el Mundial de Inglaterra 1966. Autor: Pablo Toussaint






