Descubrirse en la posición del opresor aunque ello signifique sufrimiento no equivale aún a solidarizarse con los oprimidos. […] la verdadera solidaridad con ellos está en luchar con ellos para la transformación de la realidad objetiva que los hace “ser para otro”.
—Paulo Freire, Pedagogía del oprimido
Cuando pensamos un problema desde la historia comparada, surgen dos frases que se han convertido en lugares comunes. La primera es la apertura de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, donde Marx complementa a Hegel diciendo que la historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. La segunda frase viene de la Pedagogía del oprimido de Paulo Freire, quien dijo tras afirmar que el paso para la pedagogía liberadora es descubrir que “alojamos” al opresor: “en un primer momento de este descubrimiento, los oprimidos, en vez de buscar la liberación, en la lucha y a través de ella, tienden a ser opresores también, o sub-opresores.”
Ambas frases vienen a mi mente mientras pienso en el partido entre Austria y Argelia, último partido del grupo J en el Mundial 2026. La importancia del partido no era menor, ni para las selecciones involucradas, ni para el resto de los equipos con posibilidades de avanzar a la segunda ronda. Dado el peso específico del resultado, se repitió una situación que involucró a ambas selecciones durante el Mundial de España 1982, donde el resultado de un partido definió la clasificación de un tercer equipo a la siguiente ronda. Entonces Argelia fue perjudicada, ahora era la selección de Irán.
La historia del Mundial de 1982 es conocida como la “Desgracia de Gijón” y va más o menos así. Alemania Occidental, Argelia, Austria y Chile formaban el Grupo 2, y al llegar la última jornada del grupo Austria lideraba con 4 puntos tras ganarle a Chile (1-0) y Argelia (2-0). En aquel entonces una victoria daba 2 puntos. En segundo lugar estaban Alemania Occidental y Argelia con 2 puntos, tras la victoria argelina sobre los germanos (2-1) en el primer partido, y la victoria alemana sobre Chile (4-1) en la segunda jornada. En último lugar, y prácticamente eliminado, estaba Chile.
Si dos equipos terminaban con la misma cantidad de puntos, el primer criterio de desempate era la diferencia de goles. Austria tenía una diferencia de goles de +3, Alemania de +2, Argelia de -1 y Chile de -4. La última jornada enfrentaba a Argelia contra Chile en Oviedo, y Alemania Occidental contra Austria en Gijón. El primer partido se jugaría el 24 de junio de 1982 y el segundo al día siguiente, por lo que teutones y austriacos sabrían el resultado que necesitaban antes de jugar. Argelia venció 3-2 a Chile y terminó con 4 puntos y una diferencia de goles de 0.
La posición de Argelia no estaba asegurada, pues una victoria alemana garantizaba que quedara por encima de los argelinos en la tabla. Al enfrentarse teutones y austriacos entre sí, la diferencia de goles cambiaría de manera inversamente proporcional entre ellos: un gol de ventaja para uno era un gol en contra para el otro. Esto planteó un dilema de cooperación entre los dos países germanoparlantes: ¿cuál era el resultado óptimo que garantizara la clasificación de ambas selecciones?
Así nació la desgracia de Gijón. Alemania debía vencer a Austria sin que su diferencia de goles fuera negativa o 0. Alemania anotó un gol al minuto 10 y el resto del partido fue un juego ominoso de no agresión. Austria pactó una derrota de 1-0 que les clasificó junto a Alemania Occidental, eliminando a Argelia. Aunque los argelinos protestaron contra la FIFA no hubo consecuencias, pero sí un cambio de reglas para el Mundial de 1986: los partidos de la última jornada de un grupo debían jugarse a la misma hora.
Si la desgracia de Gijón fue la tragedia, la infamia en Kansas City fue la farsa. El aumento de selecciones clasificadas de 32 a 48 transformó la estructura de la competencia. Pasamos de 8 a 12 grupos de 4 equipos, y 32 selecciones clasificarían a la siguiente ronda: los dos mejores equipos de cada grupo (24) y 8 equipos que fueran clasificados como los mejores terceros lugares. Como parte del cambio se agregó una ronda de dieciseisavos de final, por lo que el camino a la final incluía un escalón más.
Como en 1982 Austria y Argelia compartieron grupo: el naciente grupo J, junto con las selecciones de Argentina y Jordania. A diferencia de 1982, cambió el criterio de desempate: si antes era la diferencia de goles, ahora era el resultado directo entre selecciones. Si había un empate entre selecciones, el siguiente criterio era la diferencia de goles, pero en esta ocasión no sería necesario. Si en España el dilema de cooperación involucraba a equipos dentro de un mismo grupo, en esta ocasión involucraba también a otros equipos en tercer lugar, en este caso Irán.
Argelia y Austria llegaron a la última jornada con 3 puntos: ambas fueron derrotadas por Argentina, quien ya había clasificado como primera de grupo y no perdería esa posición, y victorias sobre Jordania, que necesitaba intervención divina para ganarle a Argentina y que la diferencia de goles le permitiera aspirar a ser uno de los mejores terceros lugares. El partido entre Argelia y Austria tenía implicaciones al interior de su grupo y fuera de él: si empataban, no importaba que Jordania ganara pues estaba eliminada. Si ganaba cualquiera de los dos, el perdedor podía quedar eliminado si los jordanos hacían la hazaña, cosa que no pasó.
Mientras tanto, Irán estaba en el grupo G y tenía 2 puntos tras empatar con Nueva Zelanda y Bélgica. Egipto lideraba el grupo con 4 puntos tras vencer a Nueva Zelanda y empatar con Bélgica. Belgas y persas estaban empatados con 2 puntos cada una, aunque Irán estaba en segundo lugar por la cantidad de goles anotados. Los partidos de la última jornada de grupo se jugarían el 26 de junio: Egipto vs. Irán y Nueva Zelanda vs. Bélgica.
Si Bélgica e Irán ganaban ocuparían los dos primeros lugares de grupo y dejarían a Egipto en tercer lugar. Si empataban, Egipto sería primer lugar, seguido de Irán y Bélgica. Si Irán ganaba y Bélgica perdía eliminaban a los europeos, misma situación que enfrentaban los persas si Bélgica ganaba. Al final Bélgica venció a Nueva Zelanda 5-1, mientras que Irán y Egipto empataron a uno, dejando a Irán en tercer lugar con 3 puntos y diferencia de goles de 0. Sin embargo, como en 1982, Irán jugó un día antes que Argelia y Austria.
Ambos equipos del grupo J conocían el escenario y jugaban en el último horario de esa jornada. En todo el sentido, eran los últimos partidos de la fase de grupos y sabían qué resultados necesitaban. Lamentablemente para los iraníes, su clasificación dependía del resultado del partido entre Austria y Argelia. Quedaba un lugar para clasificar como uno de los mejores terceros lugares, e Irán necesitaba que el partido no terminara en empate. Por su parte, austriacos y argelinos sabían que un empate era suficiente.
La discusión previa a la última jornada recordaba la desgracia de Gijón y se preguntaba si los argelinos vengarían la afrenta y eliminarían a los austriacos. El fútbol, como la vida, difícilmente da segundas oportunidades, por lo que Argelia podía saldar una deuda histórica y, de paso, clasificar a la siguiente ronda. Si a eso sumamos que su victoria podría clasificar al equipo iraní que, como mencioné en mi artículo anterior, había enfrentado varios obstáculos durante su participación, había cierto sentido de justicia futbolística en juego.
Pero no fue así. Argelia y Austria empataron a 3 goles, clasificaron a la siguiente ronda y eliminaron a Irán; pero el resultado es engañoso. Ambos equipos anotaron en la primera mitad para poner el marcador 1-1. En un lapso de 5 minutos al inicio de la segunda mitad anotaron nuevamente para empatar el marcador a 2, y tras la anotación argelina en el minuto 60, se observó un cambio en el ritmo de juego. Los últimos 30 minutos estuvieron plagados de pases argelinos en media cancha, sin que los austriacos intentaran detenerlo.
Los abucheos no se hicieron esperar, y no era para menos. No sólo pesaba el legado de Gijón, sino la infamia que se vivía dentro y fuera de la cancha en Kansas City. Al llegar el tiempo de compensación el árbitro agregó 4 minutos. Sea por error o vergüenza, Riyad Mahrez, autor del segundo gol argelino, anotó al minuto 93. Parecía que Argelia saldaría el honor herido en 1982, pero no. Inexplicablemente, el árbitro permitió que siguiera el juego incluso después de que Austria no concretara la oportunidad de empatar, y sobre el minuto 95 cayó el empate. Hecho eso, el silbante no tardó en pitar el final del partido.
La infamia estaba consumada. Y aquí vuelvo a Marx y Freire: la farsa de Kansas City fue un reflejo más de las polémicas de este Mundial. Dos selecciones jugaron con información perfecta y, explícita o implícitamente, pactaron el resultado que necesitaban. Por fortuna, el futbol los puso en su lugar al eliminarlos con partidos donde fueron irrelevantes. Argelia, ante la oportunidad de redimir una injusticia, decidió participar en otra. En vez de luchar con los oprimidos y buscar la victoria, decidió abrazar su posición de opresor y firmar un vergonzoso empate que los convirtió en los infames del fútbol.






