Nacionalismo populachero: televisión, futbol y barbarie

Por César Martínez

Concluida con decoro la participación del Tri en el Mundial 2026, ahora debe reflexionarse la indecorosa imagen exhibida por la sociedad mexicana durante semanas de festejos salidos de control. Y es que los saludos y deferencias durante la transmisión del México-Inglaterra por parte del comentarista David Faitelson hacia la presidenta Claudia Sheinbaum no lograron encubrir con discurso políticamente correcto las bochornosas escenas de violencia, alcoholismo y fatalidad en el Paseo de la Reforma y numerosos puntos del interior de la república.

El saludo de Faitelson para la mandataria, cuando todo aún marchaba bien sobre el césped del Azteca, (antes del doblete de Jude Bellingham), pareció regresarnos al pasado del partido de Estado y de la televisora de Estado. “Me dicen que la presidenta no está en Palacio Nacional”, corrigió el comentarista, “sino que ella está viendo el partido en Ciudad Neza, municipio de gente muy futbolera.” De no ser por los goles del mediocampista afrobritánico del Real Madrid, la narrativa política nos estaba llevando de regreso a la era de Manuel Ávila Camacho: el Estado benefactor, rodeado de las masas populares, mientras que el México “de la gente bien” en su papel representando a la Nación dignamente en la escena internacional. Todo, gracias a la magia de la televisión.

La “Unidad Nacional”, ese discurso cardenista/avilacamachista también conocido como “Nacionalismo Revolucionario”, refiere a toda una política mediática que diversos críticos y politólogos del siglo pasado cuestionaron duramente: el usar la posición de México en el exterior para escamotear el conflicto que se vive al interior e ir marginando voces disidentes, lo cual históricamente se dio de forma violenta. Luis Javier Garrido, acérrimo crítico del PRI, sostenía que el nacionalismo barnizaba el conflicto entre el proletariado y la burguesía y la lumpenburguesía nacional; mientras que Carlos Monsiváis era más sencillo, indicando que el nacionalismo “institucional” operaba eficazmente el despojo de la vida democrática a cambio de chatarra cultural en la música, el cine y las telenovelas. Christian Martinoli, narrador surgido de la escuela crítica de José Ramón Fernández, acuñó su propio término llamándole “Nacionalismo Populachero.”

Aterrizando la crítica hacia el rancio nacionalismo al contexto del México actual durante la Copa Mundial de la FIFA, podemos decir que la parafernalia de banderas, camisetas, sombreros, matracas y las toneladas de basura acumulada en avenidas y boulevares buscó sepultar lo insepultable: una sociedad dividida por muros socioeconómicos, de color de piel y de género, cuyo recurso para resolver sus controversias parecería eternamente ser el puñetazo y el puntapié, la destrucción de propiedad ajena, el arrojar líquidos y objetos, y el insulto y el linchamiento multitudinario. Desde la cerveza lanzada por la espalda a un visitante ecuatoriano hasta el ensordecedor grito de p*to en contra el guardameta inglés Jordan Pickford en el Coloso de Santa Úrsula, la justa mundialista exhibió a una “gente bien… que no es tan bien que digamos.”

Concretamente, el nacionalismo populachero ha sido una excusa masiva para dar rienda suelta a un cierto México carente de espíritu deportivo o de “fair-play”, o como dirían los clásicos de la filosofía política, carente de ética y justicia. De picardía mexicana, de folclor patrio y de idiosincrasia nacional buscó vestirse ese ánimo perverso de sacar ventajas, haiga sido como haiga sido, yendo a molestar a los equipos rivales en sus hoteles de concentración con pirotecnia, sonideros, mariachis y tambora sinaloense. Si algo demuestra la avalancha de imágenes de México para el olvido, es que no hace falta la crítica científica a la xenofobia, el chovinismo y el patrioterismo cuando basta la definición griega de vicio: akratos, donde ‘kratos’ es gobierno y ‘a’ indica ausencia. Una persona akrática, sostenía Aristóteles, es una persona sin gobierno ni control sobre sí misma.

Las estampidas humanas y las muchedumbres asfixiadas a propósito de la tercera justa mundialista de la FIFA albergada en nuestro país nos recuerdan un viejo problema nacional: el de México como tierra sin ley ni civilización que dio pretexto en los siglos XIX y XX (ya por no hablar de la colonia) para promover regímenes dictatoriales de mano dura y puño de hierro como solución al caos. Sin embargo, estudiosos como Leopoldo Zea y Arnaldo Córdova demostraron que históricamente la solución autoritaria resultó contraproducente, a ojos de los mismos ideólogos del autoritarismo mexicano. Justo Sierra, escritor porfirista, llegó a reconocer en el ocaso de la vida de Porfirio el peligro de la concentración del poder en unas cuantas manos:  “… y ¿eso es peligroso? Terriblemente peligroso para lo porvenir, porque imprime hábitos contrarios al gobierno de sí mismos, sin los cuales puede haber grandes hombres, pero no grandes pueblos.”

Paradójicamente, la alquimia de la televisión que, por un lado ha ocultado las imágenes de exceso y descontrol futbolero que lamentablemente llevaron a la pérdida de vidas humanas, por el otro promueve medidas represivas contra la disidencia social. “Yo usaría tanquetas y les dispararía balas de goma, a ver cuándo vuelven a protestar”, declaró un reportero de cancha, haciendo ademán de rifle con las manos, quien ya durante el certamen deportivo continuó entrevistando a personajes como Javier Aguirre, Guillermo Ochoa y el propio Bellingham.

Finalmente, el oscuro simbolismo detrás de los saludos de Faitelson para la doctora Sheinbaum, desde el palco de narración del Estadio Azteca hasta Ciudad Nezahualcóyotl, retrata un antiguo matrimonio a la mexicana entre poder mediático y poder político, cuyo lazo precisa el atuendo de un nacionalismo maniqueo, en blanco y negro, cardenista y avilacamachista. Si sobre el terreno de juego solo hay lugar para 22, cabe sospechar que en las salas palaciegas donde se toman las gravísimas decisiones de nuestra vida nacional acaso haya lugar para tres o cuatro hombres o mujeres de poder. Mientras tanto, para millones, queda bastarse con ver la vida por televisión, mientras decenas de cientos y miles salen a las calles con camisetas verdes para beberlo todo con exceso y nada con medida.

Galo Cañas Rodríguez/Cuartoscuro

César Martínez (@cesarkickoff) es maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter, Reino Unido.

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