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El balón y la vida

Por Fernando Escobar Ayala

  • Reseña de Sérgio Rodrigues, El regate, Anagrama, Barcelona, 2013.

Dice Juan Villoro que el fútbol suele escapársele a la buena literatura. No es por eso extraño que existan pocas buenas novelas sobre el balompié. La explicación propuesta es sencilla y, acaso como requisito, antes se tiene que ser un apasionado del “deporte rey” para poder comprenderla a cabalidad. Al enfrentarse al fútbol, la tentación narrativa del escritor se topa contra un hecho que, si bien es simple, resulta también tremendamente significativo, desbordado de épica.[1] El fútbol y todo lo que compone a ese recital de piernas persiguiendo y golpeando un balón (sus reglas, la emoción de la hinchada, la estrategia en la pizarra, la destreza del jugador) es la puesta en escena de una historia universal, en la que caben los símbolos tanto de la tragedia como de la comedia, del heroísmo y del martirio. El fútbol es en sí mismo literatura, porque en cuanto tal, alcanza a ser una metáfora completa de la vida. Abanico de contradicciones, como también lo observó Eduardo Galeano.[2] Si este juego levanta tanta pasión es porque en él encuentran cabida la guerra y la fiesta, la euforia y la tristeza, la fraternidad y el sectarismo, la acción política y el opio de los pueblos.

Leo El regate, novela escrita por Sérgio Rodrigues, y encuentro un interesante y conmovedor complemento a la afirmación de Villoro. Es un libro realmente bueno, apasionante, hábil para expresar la complejidad del fútbol e hilarla con las tribulaciones de una vida que se vive a ratos con entusiasmo y con melancolía. Dice Murilo, a mitades patético antagonista y heroico protagonista de esta historia: “Sucede que el fútbol puede reflejar la vida, pero lo contrario, por razones que ignoramos, no es verdad. Hay entre los dos una asimetría, un descompás, en el cual no me sorprendería que radicara toda la tragedia de la existencia.” Es en torno a esta tensión, que todo el conflicto de la novela se desarrolla. El fútbol es un juego en el que se expresan las pasiones profundas de la humanidad. Sin embargo, la vida no nos prepara para descifrar los enigmas del fútbol. Ese conocimiento es cosa sabida para sólo un puñado de desgraciados. El regate es la historia de uno de ellos.

Vieja leyenda de la crónica periodística brasileña, una suerte de filósofo de la pelota, bohemio envejecido, testigo de las proezas de Pelé, de las festividades en Maracaná y de la selección tricampeona del mundo. Hijo también de la dictadura, de la caída en desgracia de la democracia en paralelo al progresivo agotamiento de la magia del fútbol brasileño.[3] Bajo la exquisita pluma de Rodrigues, Murilo representa ese médium entre el mundo de las sombras y el mundo de las ideas al que pertenece el fútbol. El cronista y narrador futbolero forma parte de esa estirpe de exploradores que intentan traducir la inexplicable lengua del balompié, acceder a sus misterios y ponerlos en palabras que no pueden ser sino exageradas, rimbombantes, inverosímiles, que deforman al jugador hasta convertirlo en un prócer y al juego en algo que roza con la divinidad: “Fue así como el fútbol brasileño se volvió lo que es: en gran parte por causa del esfuerzo sobrehumano que los jugadores tuvieron que hacer para estar a la altura de las mentiras que los locutores contaban.”

Quien mira bien al fútbol, quien lo vive con una intensidad como la de Murilo, no puede sino reproducir las contrariedades del juego, no puede sino ser él mismo una contradicción que respira y camina. Apasionado amante, pero cruel padre. Agotado por una enfermedad terminal, cuando como lectores le conocemos, Murilo se reencuentra con su desdichado hijo Neto, quien no corresponde su pasión por el fútbol y solamente sabe retribuirle el mismo desprecio que el padre le transmitió durante su niñez. Si para el escritor Javier Marías el fútbol representaba ese dulce retorno a la infancia, para Neto es más bien una dolorosa remembranza de su orfandad.

Con cadencia, Rodrigues va y viene entre las biografías de Murilo y Neto. En la dicotomía y el desfase generacional que separa al padre y al hijo, el autor captura la especificidad de un mundo de contrastes y similitudes. Si al conocer la historia de Neto puede fácilmente acompañársele en su odio hacia su padre, al acompañar la vida de este último uno fácilmente se siente seducido por ese mundo de voluptuosidad futbolera al que Murilo dedica su devoción. Entre ambos personajes se interpola la historia de Peralvo, un jugador mágico en el pleno sentido de la palabra, héroe trágico del fútbol, destinado pero impedido por la vida para ser “más grande que Pelé”, y sobre el que Murilo espera escribir una novela. A lo largo de la historia, escuchamos a Murilo utilizando la historia de Peralvo como un medio para darle una lección final a su hijo anti fútbol, para revelarle un misterio que o bien puede significar reconciliación o bien puede terminar en venganza. Conviene dejar al lector que lo descubra por sí mismo.

Cierro con una frase de César Luis Menotti que me viene a la cabeza. Decía “El Flaco” que el fútbol es la única instancia en que a uno le gusta que lo engañen.[4] No se equivoca. Si en algo radica la emoción del fútbol es en su impredecibilidad, en las formas en que la cancha se inclina de maneras inesperadas, y cuando lo que no debía de pasar finalmente ocurre. Pienso a Sérgio Rodrigues en esa misma clave, como lo que en la cancha se le llamaría “crack”. Con El regate, nos entrega una historia repleta de sorpresas, de giros dramáticos, de fintas y rabonas, con personajes profundos y conmovedores que representan el amor y el odio por el balompié por igual. En definitiva, El Regate merece ser considerada una de esas escasas y prolíficas grandes novelas sobre ese enigma llamado fútbol.

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[1] Por eso el fútbol se refugia mejor en el cuento y, sobre todo, en la crónica: “Como el balompié llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el cronista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.” Véase: Juan Villoro, Dios es redondo, Planeta, México, 2006.

[2] Es esencial su libro de recopilaciones intelectuales sobre el fútbol: Eduardo Galeano, Su majestad el futbol, Arca, Montevideo, 1968.

[3] Cabe recordarse que, después de México 1970, Brasil entró en una larga sequia de 24 años para volver a coronarse como campeona del mundo, esta vez de la mano de jugadores como Bebeto, Romario, Dunga y un joven Ronaldo Nazario.

[4] La frase se encuentra en la siguiente entrevista: Luis Marín, “El fútbol se lo robaron a la gente”, El País, Buenos Aires, 10 de julio de 2011, https://elpais.com/diario/2011/07/11/deportes/1310335217_850215.html

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