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Dos poemas

Por Manuel de J. Jiménez

  • La búsqueda del ciudadano ausente (fragmento)

La trayectoria es ligera y suave, forma una línea punteada a partir de la luz de un fósforo. Después se tensa un látigo incendiando los enlaces vitales. El intercambio clave para desvanecerse: reventar por la alta tensión en un espectáculo al aire libre, estallar en el punto más alto, sin riesgo, como las cabezas de los fuegos artificiales. Podría decir que la ausencia viene tras el giro incompleto de la muerte o en un zumbido descarnado a fin de extraviarnos entre todas las cosas. No logro comprender las terminales de este dispositivo que enceguece sin dejar cenizas o restos dactilares en las actas y los libros. En verdad no hay registro ni causa que explique la suerte de mi hermano. Ahora ni siquiera ha nacido y sus documentos fueron borrados por un éxtasis en las palabras.

Hay quienes afirman que la ausencia es un ciclo idílico a través de una elipse virginal: un océano con continentes de humo. Se sabe que las personas mantienen pausas y silencios irrealizables para nosotros; son alcanzadas súbitamente por un paréntesis interior donde lo vívido es un pensamiento nuevo que nunca pasa de largo. ¿Quiénes son ellos? 1) Las matrículas sin cifras de una ciudad, 2) Los ciudadanos vaporizados por hora, 3) Las hileras blancas en el pavimento hecho por los agentes. Sin embargo, sé que siguen allí, en un instante que no logramos hallar por la urgencia de los días. Señales existen, siempre en la misma dirección se pronuncian los testimonios. Escucha sus espaciosos lapsos. Nunca creí a tantos ausentes bajo mi marca.

Busco a uno de ellos, el más luminoso de mis hermanos. Su expediente fue leído entre líneas años atrás, ahora es una pila de hojas blancas que llevo a todas partes. Nadie recuerda su nombre. Pregunté a los amigos y familiares, pero sus rostros disfrazaban el pánico dentro de sus bocas. El silencio como una tapia de apellidos y sellos rojos; las mandíbulas que se trababan ante la luz. Nunca perdí la confianza, aunque la gente enmudecía cada vez que las banderas en mis ojos se doblaron por el sufrimiento, por una dictadura sorda y sus desaparecidos.

Allí en un ademán pude recabar información. Algunas cifras en peritajes y confesiones. Allí en el viraje de un gesto bajo las alturas de la bienaventuranza. El cielo brillando en medio del destino de estas entidades que fueron en algún momento hombres y mujeres. Allí entre los huecos de un monosílabo. Las voces proscritas vibrando en la punta de la lengua. Allí en el dique fracturado por el sobrepeso oficinista. Los expedientes flotando en un firmamento sin estrellas.


Testimonio del C.A.


Yo solía vivir en esta ciudad. Mi felicidad no era real ni ilusoria, simplemente posible o, mejor dicho, probable. Toda mi vida transité con luces intermitentes por estas calles, evadiendo las avenidas reversibles. A veces no lo lograba y, sin darme cuenta, ya conducía en sentido contrario. Siempre me consideré buen ciudadano: no tiraba basura en los parques públicos, acudía a las juntas vecinales y respetaba las luces del semáforo (no sólo como automovilista sino como peatón). Eso, en esta ciudad de condominios anestesiados, ya era bastante con la cantidad de fantasmas que acechan debajo de los puentes peatonales: seres que se frotan las manos por el deseo contenido y se lanzan ávidamente sobre los coches. En fin, era una tarde de cigarrillos o quizás un crepúsculo de colillas de cigarros, no lo recuerdo con claridad. Salí de la oficina descompuesto por el aire tóxico y apestoso de las calles del Centro, con el tufo de comida y mugre estancada. Noté que tres sujetos seguían mis pasos con discreción; medían distancias y trayectorias. Sin más, uno de ellos me alcanzó y me preguntó la hora. Yo contesté, con naturalidad y cortesía, que mi cálculo sería exorbitante porque iba en sentido contrario a causa de las manecillas del reloj y las avenidas reversibles. Al instante otra sombra, con voz chillante y telefónica, dijo que en ese momento se me iniciaba el procedimiento de ausencia. Ellos por razones de seguridad no se identificaron como servidores públicos y me hicieron creer su autoridad: advirtieron que sus facultades como agentes eran amplias y, acto siguiente, abrieron varios vértices tridimensionales con elipsis y pleonasmos. A partir de allí sentí una comezón intensa en el cuello que, en un primer momento, atribuí al nudo seco de la corbata. Grave error. En realidad se trataba de la primera letra que, para ese entonces, ya oscilaba en mi cavidad vertebrada. Entonces se me notificó el estatus de cuasi-existente. Los agentes continuaron silenciosos con la diligencia. A partir de allí tuve que moverme entre paréntesis e intervalos. 

La ley atrofiada. Iguala. 26/09/14

(el poder desnudo)

El poder crecía como un aura cálida y atroz Desde la sierra de Nuestra Señora de la Justicia las cumbres se escaldaban por el fuego Un misil escribió en la luz el código de la sangre Los engranes cayeron esa misma noche Arriba los clavos que sujetaban a Dios se desprendían uno a uno El poder ya no respondió a ningún idioma El caimán se hallaba fuera de su piel como una deidad monstruosa Los peces componían una nube abisal Las leyes se picaron con sus baúles llenos de palabras El sol se entregó al poder como un prisionero herido Las armaduras con nubes y relámpagos se extendían por la avenida Una orden fue nuestra centella Una piedra cantó nuestra convulsión El Estado dictaba un temblor en la sangre que dislocó nuestras mandíbulas

(la ruptura de Los Sentimientos de la Nación)

La patria callaba en nuestros oídos El sudor calcinó los poros y sus marcas hervían en un vapor que oprimía los pulmones Un calambre recorrió el Nervio Central bajo las manos de los estudiantes Las escamas de un reptil sellaron un relieve donde nuestra voluntad caía y se iluminaba vertiginosamente Las voces ardientes colocaron encima una soga para dividirnos unos de otros Un llanto rompió los suelos y las letras de la ley se desbarataron como árboles podridos Los Sentimientos de la Nación volaron hechos girones Las cuerdas se habían roto y las cabezas se derramaron en fosas y cavernas Gobernantes y gobernados pertenecían a calidades falsas La maldad borró lo último que quedaba del rostro Las oraciones se retorcían ilegibles en una muerte dolorosa Escuchamos el último sonido de nuestras voluntades hacerse un eco sin sentido

(la Hiperdictadura)

Desde el lado simbólico del terror un ángel lustró su espada con nuestras banderas Un ángulo en los ríos formó el signo de la “H” Las monedas cercenaban los brazos Los cráneos se envolvían en oropel al final del día Un poeta hizo la interpretación de sus sueños y las pesadillas más turbias se inyectaron en los ojos de naciones pretéritas Sabíamos que ningún garabato es más fuerte que la voluntad Sabíamos que la expansión de su odio no llegaría a una página como la nuestra Sabíamos que ellos hablan de derechos como si fueran figuras retóricas Sabíamos de su intento de contragolpe Sabíamos de la ceniza y los desaparecidos Sabíamos cada uno de los gestos políticos en el cuerpo Y al caer no nos faltó valor para seguir

(la muerte de la lengua)

Los discos giraban en su cabeza haciéndola sangrar La noche era un bebedero para murciélagos El titán cargaba sobre sus hombros los pilares que mantenían la tierra separada de los cielos El peso de llevar los horizontes rompió el lugar donde se oculta el sol El Oeste se llenó de púas A pesar de su fuerza el gigante gemía al sujetar la bóveda celeste Gemía cuando sujetaba los derechos de la República Sus estrías bajaron hasta las riberas Los dibujos en los mapas ya no coincidieron con el alma de los cartógrafos México negaba sus direcciones Nadie llegó ni arriba ni abajo Nadie fue ni a la izquierda ni a la derecha Ahora cada quien sentía la muerte de la lengua y no había cómo detenerlo

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