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FUKUYAMA Y EL POS-OBRADORISMO: EL REGRESO DE LOS TECNÓCRATAS

Por César Martínez

Las relaciones patrón-clientelares desde luego persisten en sociedades modernas: todos sabemos del privilegio del hijo de algún jefe o de los “grupitos” de viejas amistades coligadas para acaparar puestos y vacantes.

Francis Fukuyama

Sin importar quién gane la próxima elección presidencial, el discurso prevaleciente en debates y spots enfatizando las promesas de eficiencia y eficacia permite vislumbrar que el régimen pos-obradorista del siguiente sexenio recurrirá a una fórmula política harto conocida en México: la del gobierno de tecnócratas.

Un crítico literario estadounidense de escuela marxista, Fredric Jameson, escribió alguna vez que la privatización como fenómeno cultural podía distinguirse por la ruptura de nuestras vidas en distintas esferas1, separadas y sin relación inteligible entre sí: vida privada y vida pública se dislocan una de otra y, a su vez, lo público se fragmenta en temas como seguridad, educación, salud, energías limpias, agenda de género, nearshoring y programas de bienestar. 

Junto a esta fragmentación de la realidad, llega la “tecnificación” del lenguaje y la mutación de democracia en tecnocracia.

Sin ir más lejos, justo es ese el formato de los debates presidenciales dispuesto por la autoridad electoral en acuerdo con las cúpulas partidistas. Y también en los medios de comunicación. De modo que, mientras las candidaturas realizan “fichajes” de especialistas, intelectuales e investigadores, al mismo tiempo se alza un muro infranqueable entre quienes le hablan a las cámaras mostrando gráficas y diagramas, y quienes escuchan desde el otro lado de la pantalla intentando salir del marasmo de datos, estadísticas y tecnicismos.

En otras palabras, la relación entre clase gobernante y clases gobernadas volverá a fluir en una sola dirección en nombre de la competencia técnica, el conocimiento especializado y la auto-elogiada trayectoria científica. Sí, ciertamente es la derrota del discurso obradorista según el cual la política es imperativo ético, el “90% de honestidad y 10% de experiencia.” La ecuación, acaso, hace tiempo comenzó a invertirse.

Yendo más lejos, la dislocación entre vida pública y vida privada descrita por Jameson coincide con un escenario explicado por el también estadounidense, pero de escuela liberal, Francis Fukuyama, en su ópera prima de 1992: El Fin de la Historia y el último hombre. 

En contraste con el marxista, Fukuyama entiende la privatización de la realidad, no como algo consustancial al capitalismo, sino más bien consustancial a la democracia liberal: tras consagrar constitucionalmente la esfera privada de derechos, el Estado moderno coloca a la ciudadanía ante el dilema entre usar la libertad personal para perseguir el bienestar propio, o ejercer la libertad política sin más recurso que la expresión de las ideas a riesgo de obtener nada más que fatigas, incomprensiones y humillaciones.

La disyuntiva, sugiere Fukuyama, se ha ido resolviendo a favor de la primera opción desde los años 80 del siglo pasado, tras el triunfo de la cultura de consumo global y el avance científico. Por tanto, hemos pasado de un escenario histórico donde los pueblos luchaban en pos de la soberanía popular, el estado de derecho y el bien común, hacia un escenario “pos-histórico”: el fin de la historia, donde el poder político es una función de la eficiencia, la productividad, el interés privado, el crecimiento económico y los resultados.

El tiempo del carisma y del arte de gobernar se agotó y fue sucedido por el tiempo de las ciencias, las tecnologías y la “Mentefactura”. Para Fukuyama, no hay tiempo de ponerse nostálgicos, pues la modernización involucra centralizar la toma de decisiones en el nuevo aparato burocrático, ahora conocido como tecnocracia. Por descarte, “para aquellas sociedades altamente polarizadas por motivos de brecha social, nacionalidad o religión quizá la democracia significa parálisis y estancamiento.”2 

Del duro análisis sobre el desencanto democrático, Fukuyama pasa a elogiar una burocracia idealizada, que desplaza formas tradicionales de organización social como la tribu, el gremio, la familia, la congregación y el clan:

Serán reemplazadas por “modernas” formas burocráticas de organización. Ahora, quienes las conforman cumplen requisitos de formación profesional, competencias y habilidades en vez de ocupar puestos en razón de lazos familiares o de relaciones orgánicas… La burocracia moderna en el largo plazo penetrará otros tipos de organizaciones en sociedades industrializadas, sin importar si estas son un órganos gubernamental, sindicatos, empresas, partidos políticos, periódicos, organizaciones civiles, universidades o colegios de profesionistas.3

La tecnocracia, sugiere Fukuyama, institucionaliza el nuevo sistema de valores del fin de la historia compuesto por la innovación y la prosperidad. Él admite, sin embargo, que bajo los gobiernos de tecnócratas hay soterradas pasiones muy rudimentarias, “prehistóricas”, tales como la vanidad, la petulancia, la obsesión por el prestigio y por las apariencias.

Aplicando la dialéctica de Hegel que Fukuyama usa para exhibir las contradicciones de las sociedades pasadas como Roma o el Medievo, el sistema tecnocrático contradice su presunta preocupación por la innovación mediante una práctica conservadora y autoritaria del poder. “Frecuentemente,” sostiene Fukuyama, “el tipo de barbarie al que desciende la humanidad es una mezcla entre viejas formas de organización social y tecnología moderna, como cuando [en ciencia ficción] los emperadores y los duques atraviesan el sistema solar en naves espaciales.”

Así, Fukuyama se ve obligado a curarse en salud. Reconoce su propia contradicción: que en la sociedad “moderna”, tras la escenografía de profesionalismo, títulos universitarios, becas de investigación y premios de ciencias y artes subsisten compadrazgos, amiguismos, nepotismos y servilismos. Aunque él intenta minimizarlo sosteniendo que es cuestión de legislar, lo cierto es que sobre su propia tesis el estado de derecho es imposible sin democracia ni soberanía popular.

Hasta aquí hemos usado a profesores estadounidenses, Jameson y Fukuyama, para hablar de la tecnocracia como una fórmula política relativamente novedosa: el lenguaje democrático que vinculaba vida privada con vida pública ha sido desplazado por un discurso que reclama autoridad a título de saber más que los demás. Sin embargo, México quizás tuvo su primer gobierno de tecnócratas entre 1876 y 1910: los “científicos.”

Lo cual debe plantearnos que en el México del siglo 21 resurge un debate del México del siglo 19 sobre el carácter de nuestro sistema político. El genio conservador de Lucas Alamán, señalaba don Jesús Reyes Heroles, consistía precisamente en hablar de avance científico y crecimiento económico en un proyecto a favor del status-quo: insertar a las nuevas clases medias en el cuadro de la cultura de las clases dominantes tradicionales.

En este tenor, un periodista liberal mexicano del grupo juarista, Francisco Zarco, denunciaba el engaño tecnocrático. Zarco decía que las instituciones democráticas de México no tenían la culpa del atraso del país, sino que más bien los conservadores usaban lo intelectual para hacer que la gente común perdiera el interés por comprenderlas y ejercerlas.

Volviendo al futuro, el gobierno de tecnócratas del México pos-obradorista emprenderá de nuevo el viejo intento de buscar la eficiencia sin más recurso ni consenso que el de una burocracia abigarrada de las prácticas más rancias y obsoletas. Como Ícaro, volarán cerca del sol con alas pegadas con cera. Y entre las gráficas, los datos, las cifras y los tecnicismos emerge una “nueva política”, cuyo significado último es no hacer historia.

César Martínez (@cesar19_87)*
*Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter. 

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  1.  Fredric Jameson, Political Unconscious: Narrative as a socially symbolic act, Londres, 1983. p.4. ↩︎
  2.  Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, Nueva York, 2006, p.118. ↩︎
  3.  Ibid, p. 78. ↩︎
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