¿Ya has escrito tu carta a los Reyes Magos?

Por Beatriz Hernández Bilbao

  • Este cuento fue publicado por primera vez en la antología Feliz Navidad (2019) como parte del proyecto Contamos la Navidad, iniciativa cultural y de fomento a la lectura sin ánimo de lucro que lleva trece ediciones convirtiendo la literatura en algo imprescindible en esta temporada de fiestas. Este proyecto —considerado por especialistas como el mayor proyecto de literatura navideña de España— es posible gracias a la colaboración altruista de escritores e ilustradores (cerca de 500 a lo largo de los años), así como a los patrocinadores que cada año sufragan la edición de miles de ejemplares que se convierten en un regalo perfecto para esta ocasión.

Hay días en los que algunos recuerdos de tiempos ahora muy lejanos me parecen más vívidos que nunca. Asaltan mi memoria algunos destellos de mi niñez, de cuando acababa de cumplir nueve años y pasaba parte de mis vacaciones en casa de la abuela Amancia, en el pueblo, donde cada día después de comer las dos nos íbamos a la salita de estar, encendíamos el viejo televisor y poníamos las noticias. Aquel era el sedante perfecto para que la abuela empezase a cabecear, se arrebujase bajo su mantita de ganchillo y se quedase dormida en el sofá.

Entonces llegaba mi momento de rebuscar entre las lanas, los hilos, los patrones y las muestras de telas de la gran cesta de la costura; y de dar un repaso a las revistas –algunas con más años que yo– que envejecían apiladas bajo el mueble de la televisión. Trataba también de adivinar quién me miraba desde aquellas fotos, muchas en blanco y negro, que poblaban las estanterías y las paredes o rebuscaba en los cajones de los distintos muebles repletos de objetos, entre los que podías encontrar desde una baraja vieja atada con una goma a una llave oxidada o una bolsita con las velas para las tartas de cumpleaños. Así, hasta que los ojos de la abuela se abrían y me decía sonriendo y aún algo somnolienta:

–Carlota, granujilla, trae las galletas.

Abría entonces el único cajón que nunca inspeccionaba hasta que llegaba aquella orden. Sacaba un paquete de galletas de barquillo y nata, me sentaba con la abuela y poníamos la nota dulce a la tarde antes de que saliera a jugar con mis amigos. Ella aprovechaba para contarme siempre la misma historia:

–Cuando yo tenía tus años mi abuelo estaba enfermo, en cama. Me mandaba siempre a comprar tabaco y papelillos y me pedía que le liase los cigarros. Siempre me daba unas perras de más para que llevara unas galletas parecidas a estas, de nata, y nos las comíamos tan a gusto, como tú y yo. Mi abuelo me quería mucho, y yo a ti aun más.

Después cogía el periódico del día, para “leer las letras gordas y mirar los santos”, como ella decía. Así hasta que un día, de pronto, levantó sus ojos, que se veían enormes tras sus gafas de cerca, y me preguntó:

–¿Ya has escrito tu carta a los Reyes Magos?

Aquella pregunta me pilló por sorpresa. Quise responder, pero la abuela no me dejó y siguió hablando:

–Pues la tienes que escribir ya, que aquí pone que quedan solo cinco días para celebrar la Nochevieja y te va a quedar poco tiempo. Y ahora que me doy cuenta –continuó pensativa–, no hemos puesto ni el nacimiento, ni el árbol, ni he enviado aún las postales a los primos de Argentina. Qué cabeza la mía.

–Pero abuela –repliqué. Aunque de nuevo me cortó, sin escucharme, enfrascada en sus pensamientos:

–Habrá que subir al desván y buscar las cajas con los adornos. Y cuidado con el Niño Jesús grande, el que pongo siempre en el recibidor de la entrada, que es una reliquia –me advirtió.

Mi madre asomó la cabeza por la puerta de manera providencial.

–¿Todo bien? –preguntó, mirándome con intención. Debió notar que mi cara era un poema, y añadió–: ven a la cocina y le traes a la abuela un poquito de agua.

Junto al fregadero le expliqué con cierta preocupación que la abuela creía que estábamos en plenas fiestas navideñas.

Era el primer verano en que no me quedaba sola con la abuela pasando parte de mis vacaciones en el pueblo; ahora era ella la que se había venido a la ciudad durante el año. “La abuelita está ya muy mayor y la tenemos que cuidar y querer mucho. Ya no está tan ágil y su memoria ya no es lo que era”, me habían dicho mis padres cuando decidieron que viviría con nosotros.

Cuando llegó agosto, volvimos con ella unos días al pueblo para estar en la casa familiar con mis tíos y mis primos, y celebrar la que conocíamos como Nochevieja de verano. Una fortísima tormenta la noche de un 31 de diciembre de hacía ya unos cuantos años había dejado a los vecinos sin luz y sin celebración. Y a raíz de aquel apagón se decidió entre todos trasladar la fiesta a la época estival, que era cuando más gente volvía a sus casas del pueblo, y convertirlo en todo un evento.

La palabra Nochevieja leída en la prensa debió abrir, pensamos, alguna puerta en la memoria de mi abuela que ya no pudimos cerrar. La Navidad era su único tema de conversación y hasta se enfadaba si la intentábamos convencer de que estábamos en pleno verano.

Un vecino médico y amigo de la familia, Don Marcelino, acudió a la llamada de mi madre para que la echase un vistazo. No sé de qué hablaron, pero recuerdo una frase: “No la contradigáis, hacedla caso”.

Me lo tomé como una cruzada personal. Siempre había adorado a la abuela y ella me necesitaba. Si ella decía que era Navidad, es que era Navidad. Siempre, como también lo era para mí, había sido su época favorita y conseguía que su casa se convirtiese en lugar de unión y reunión de familia y amigos que podían no verse en todo el año.

La alianza con dos de mis primos, que llegaron al día siguiente, fue clave y eso que temí que el mayor de los dos no quisiera escucharme porque, como decían los mayores, estaba “en la edad del pavo”; pero era por la abuela, y me hizo caso. Entre los tres desempolvamos los espumillones algo despeluchados y pasados de moda, las bolas de colores que no estaban rotas y adornos varios acumulados durante años y lo pusimos todo repartido por la casa y por el árbol. Mis padres y mis tíos se mostraban algo reticentes a seguir con aquel juego, pero entraron de lleno en él al ver cómo sonreía la abuela cuando mi padre desembaló el nacimiento que también habíamos bajado del sobrao.

–Traed papel de plata para hacer el río; yo creo que se nos han perdido pastorcillos, antes había más; ese portal, que no quede torcido –decía la abuela emocionada, ordenándonos que colocáramos edificaciones y figuras aquí y allá.

Los siguientes días pasaron entre villancicos, postales de Navidad improvisadas, llegada de muchos más familiares, y visitas de vecinos que decidieron desear a la abuela felices fiestas y llenarla de besos y buenos deseos para el nuevo año.

Yo a veces me quedaba mirando a la abuela, y observaba cómo disfrutaba viendo que su casa volvía a estar repleta por Navidad.

Para el menú de Nochevieja, al estilo del que preparaba siempre la abuela, lo más fácil de conseguir fue el lechazo. Los polvorones los cambiamos por pastas, bombones y algunos otros dulces. El turrón salió de la fresquera de la vecina de la casa de al lado, la señora Ascen, que había guardado todas las tabletas sobrantes de las últimas fiestas. Y todos los nietos ayudamos a preparar las uvas, quitándoles con infinita paciencia piel y pepitas, como siempre había hecho la abuela, y colocándolas de doce en doce en unos curiosos cuencos de cristal tallado que solo se utilizaban para ese momento cada año.

Durante la cena, brindamos para desearnos la mejor salida y entrada de año. Y hasta Roque, el campanero de la iglesia, se convirtió en nuestro cómplice a medianoche. Recuerdo las risas, la algarabía de los muchos que nos habíamos juntado, la partida de cartas de los mayores después de la cena, la abuela echando mano una y otra vez al turrón blando, la cara de aburrimiento y el “¿puedo salir?” de mis primos mayores, y los juegos y las carreras por la casa de los que éramos más pequeños. Pero sobre todo quedó grabado en mi memoria el beso de buenas noches que le di a la abuela cuando fui a verla a su cuarto después de acostarse. Me sonrió, me agarró de la mano y me dijo bajito, como en secreto:

–¿Lo has visto, Carlota? Navidad puede ser siempre que tú quieras, en cualquier momento del año.

Pocos días después la abuela nos diría adiós para siempre, y aquellas palabras que guardé solo para mí, han ido cobrando más sentido año tras año. Hoy soy ya casi tan mayor como lo era la abuela Amancia aquel verano. Estamos en agosto y veo a mis dos nietos jugar en el jardín. Creo que ha llegado el momento de preguntarles si ya han escrito su carta a los Reyes Magos.

Pixabay

Para más información sobre el proyecto: https://contamoslanavidad.wordpress.com/

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