La herencia de mi madre

Irene Esteban

Después de tanto tiempo, volví ver a mi madre. Estaba sentada bajo la sombra de una jacaranda. La encontré de perfil, con el brazo derecho recargado sobre la banca de madera. Su palma sostenía su cabeza ligeramente inclinada, iluminada por los rayos del sol que se colaban entre las ramas. Caminé despacio entre los arbustos recién podados. Ella sonreía con la vista perdida entre las flores de la jardinera. Un sudor frío me recorrió desde la cabeza hasta los pies. Me puse al alcance de su vista mientras me repetía que no tenía nada que temer. Tenía la boca seca, la lengua pegada al paladar y respiraba muy rápido. En cuanto me vio me dijo:

—Mi niña, ¿eres tú?

—¡Me recuerdas! —dije mordiéndome los labios para no llorar.

—Eres mi niña —y me extendió los brazos.

—Soy tu hija.

Me incliné para ver de cerca su rostro pálido, casi sin arrugas. Me dio la impresión de que el tiempo no había pasado por ella; sin embargo, me miraba como si lo hiciera por primera vez.

—Mi niña, ¿eres tú?

Se echó hacia atrás para recargar su espalda en la banca. La piel de sus brazos colgaba pesadamente. En sus pies hinchados sobresalían gruesas venas azules como las raíces de la jacaranda que brotaban de la tierra. Sus ojos sin parpadear y su sonrisa me aterraban.

—Mi niña, ¿eres tú?

Me estremecí cuando sentí el contacto de sus manos frías sobre mi rostro, y más aún cuando sus dedos húmedos se deslizaron por mis mejillas. Un tordo cantó en la copa del árbol, mi madre levantó la vista y soltó una carcajada idéntica a la que escuché muchas veces cuando era niña.

—¡Eres tú! —gritó.

En menos de un segundo recordé aquellos días en que viví huyendo de ella, presa del terror. Di un paso atrás, al tiempo que ella saltó de su asiento como una fiera. Su cuerpo, que minutos antes me había parecido flácido y pesado, recobró, de pronto, una agilidad sorprendente. Con un movimiento rápido, sus dedos húmedos se aferraron a mis cabellos. Caí al suelo. Grité con todas mis fuerzas, pero mi voz se ahogó bajo aquel cuerpo gelatinoso. Sentí sus manos heladas alrededor de mi cuello. En ese instante llegó a mi mente la imagen de cuando yo tenía diez años y mi madre quiso ahorcarme.

Igual que entonces, las enfermeras llegaron a tiempo para quitármela de encima. Me quedé sentada en la misma banca, desde ahí pude ver cómo se la llevaban en medio de una gran carcajada que resonó en todo el jardín. Se hizo el silencio, pero su eco aún sigue sonando en mi interior.

 

«Fall of the Jacaranda» by Photos By Dlee is licensed under CC BY-ND 2.0

 

Más artículos
#Fotogalería: El orden del ruido