Educación ambiental y agua. Oportunidades de transformación

Por Dalia Ayala Islas

La educación ambiental es un componente indispensable para la transformación de nuestras sociedades y la transición hacia la sustentabilidad. Desde sus orígenes, ha promovido la reflexión sobre la relación entre los seres humanos y la naturaleza, así como de los valores, actitudes y actividades que determinan dicha relación. Esta disciplina surgió a inicios de la década de 1970 como respuesta para enfrentar los problemas ambientales que empezaban a tomar relevancia en las agendas políticas globales. En Latinoamérica, su desarrollo ha estado emparejado al desarrollo de pedagogías particulares (educación popular, Freire) y movimientos sociales por la defensa de los territorios y los derechos humanos (González, 2011).

La educación ambiental conlleva un proceso educativo continuo y permanente, en todos los niveles y modalidades, para entender las causas e implicaciones de la crisis civilizatoria que enfrentamos. De esta forma se podrá identificar las soluciones que pueden construirse desde los diversos sectores de la sociedad. Es importante resaltar que no es sólo una disciplina dedicada al desarrollo de habilidades para enfrentar los problemas ambientales, sino que siempre ha impulsado una postura política crítica del capitalismo, lo mismo que de los modos de producción y mercado que impone esta visión del mundo. Al ser un proceso colectivo de aprendizaje constante, permite ver a la naturaleza desde otra perspectiva, que parte del respeto y la conciencia sobre el vínculo entre bienestar y ecosistemas sanos,  con el fin de impulsar una transformación social, cultural y política en la que se promueva la participación ciudadana, la equidad económica y la justicia social.

Mediante sus propuestas se han desarrollado metodologías para abordar la relación entre los seres humanos y la naturaleza a fin de reflexionar sobre los valores, las actitudes y las acciones que median esta relación y como parte de la cultura y la construcción de conocimientos. También reconoce la importancia de cuestionar el significado de bienestar. A través de sus actividades, se detona la reflexión, el análisis y el diálogo sobre valores, prácticas y visiones del mundo —que es la base para el pensamiento crítico. Además, impulsa la toma de conciencia, la capacidad de evaluación de políticas y programas públicos en temas ambientales —considerando los aspectos sociales, culturales y económicos relacionados— y fomenta la participación individual y colectiva en la toma de decisiones.

A lo largo de su desarrollo se han generado diversas perspectivas y definiciones de lo que es y debería ser la educación ambiental, permitiendo que sea un concepto dinámico, que responde a los cambios socioambientales, capaz de adecuarse a la diversidad cultural y que tiene un papel importante en los movimientos de defensa de los territorios y de los beneficios que proveen los ecosistemas. Sin embargo, a pesar de que ha tenido grandes avances en las últimas décadas, no se ha logrado detener la transformación y pérdida de los ecosistemas, en parte por la complejidad de los problemas ambientales que involucran factores sociales, económicos, culturales y políticos; además de la concepción utilitaria de la naturaleza y la cultura del consumo sin límite que impulsa el modelo capitalista.

El nivel actual de degradación de los ecosistemas nos deja claro que nos encontramos en una crisis civilizatoria que pone en riesgo la permanencia de la especie humana en el planeta —junto con la de miles de otras especies.  Las evidencias de la crisis se encuentran en todas las escalas espaciales, desde lo local a lo global, a través de pérdida de biodiversidad y servicios ecosistémicos (por ejemplo, la polinización, el control de la erosión y el ciclo del agua), la deforestación, la desertificación, la contaminación de suelo, agua, aire, la generación y la acumulación de residuos y el cambio climático. También son evidencias de esta crisis la pérdida cultural, el incremento de la desigualdad y la vulnerabilidad, el  abandono de saberes tradicionales, las enfermedades emergentes y crónicas, así como el deterioro de la salud mental.

Cada una de estas manifestaciones forma parte de sistemas complejos en los que interactúan factores sociales, económicos, políticos, culturales y biológicos; por lo que la construcción de soluciones para los retos socioambientales debe partir del reconocimiento de la complejidad, de la incertidumbre asociada, de la importancia de generar estrategias y acciones que involucren a todos los sectores de la sociedad  y que consideren diversas escalas espaciales y temporales. En la base de las problemáticas ambientales se encuentra la relación entre los seres humamos y la naturaleza, la cual se construye individual y colectivamente desde diferentes perspectivas, en las que influyen nuestra cultura, formación, sensibilidad, ideología y experiencias. Asimismo, inciden los discursos sobre el ambiente que se presentan en medios y la información proveniente de instituciones públicas —y recientemente de las redes sociales. Esto también afecta la definición de los problemas socioambientales, la gravedad con la que son percibidos y la capacidad de actuar para resolverlos.

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Cabe mencionar que si bien la información sobre lo que nos puede perjudicar es necesaria para identificar los problemas, no es suficiente para tomar acciones. Es necesario fomentar la comunicación, el diálogo y el análisis crítico de las condiciones ambientales, sociales, económicas y políticas para entender la manera en la que afectan a nuestras comunidades, y proponer las acciones que nos acerquen al bienestar de manera equitativa. La educación ambiental tiene un gran potencial para motivar la reflexión y el análisis crítico de la relación entre las comunidades humanas y la naturaleza,  los cambios sociales y políticos necesarios para transformar el modelo de desarrollo, visibilizar a los otros y sus necesidades, reconocer y exigir el cumplimiento de los derechos humanos y generar acciones concretas para atender problemas locales.

Con sus metodologías, la educación ambiental contribuye al fomento de la participación y de la transformación de actitudes y valores, igual que estimula la toma de conciencia respecto a la defensa de los derechos humanos, la erradicación de la pobreza, la promoción de la salud, las acciones para mitigar los impactos del cambio climático y la prevención de desastres. Ayuda a su vez a aumentar el reconocimiento y la conservación  de la diversidad biocultural. Estos factores inciden en los procesos de manera diferenciada y dinámica en el tiempo y el espacio.

He mencionado que el modelo de desarrollo capitalista que pone en el centro las ganancias y los mercados rige las políticas económicas y la cultura de las sociedades. Para este modelo lo que no puede monetizarse no se considera relevante. Esto ha ocasionado que muchos alimentos vegetales, animales, incluso, las personas y sus capacidades, se conviertan en objetos de consumo y su valor se mida por las reglas que imponen los mercados. Esta visión del mundo —raíz de la crisis civilizatoria que enfrentamos y de los problemas socioambientales resultantes— ha producido una degradación de los ecosistemas sin precedente, a la par que ha provocado condiciones de inequidad e injusticia social y económica que mantienen a una parte de la población mundial en condiciones de vulnerabilidad y baja calidad de vida. Uno de los componentes más relevantes de la relación entre los seres humanos y la naturaleza, que también es de gran importancia en el contexto de crisis actual, es el agua, la base de toda la vida en el planeta y que a lo largo de la historia, en todas las culturas, ha ocupado un lugar central.

El agua es el medio en el cual surgió la vida, indispensable para las reacciones bioquímicas que mantienen los flujos de energía y nutrientes en los ecosistemas y un elemento fundamental para las sociedades humanas, no sólo por su papel para la producción de alimentos y mantenimiento de la salud, sino porque forma parte de  las culturas y visiones del mundo. A pesar de ello, existe desigualdad en su acceso y, actualmente, millones de personas en el mundo no tienen suficiente agua de calidad para realizar las actividades básicas para una vida digna. De acuerdo con datos de la Organización de Naciones Unidas, en el mundo hay 2200 millones de personas sin acceso a agua limpia, además de 4200 millones que no cuentan con instalaciones adecuadas para el manejo y saneamiento de las aguas residuales. Adicionalmente, el 80 por ciento de las aguas residuales llegan a los ecosistemas, incluyendo ríos, lagos, manantiales, cenotes y fuentes de agua subterránea, sin ningún tipo de tratamiento.

En el caso de México, se considera que es un país con baja disponibilidad de agua, pues se calcula que anualmente cuenta con 471.5 mil millones de metros cúbicos de agua dulce renovable (cantidad máxima de agua derivada de la lluvia que es factible explotar en un país en un año sin alterar el ecosistema). En 2019, la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) reportó que el 94.4 por ciento de la población contaba con acceso al agua limpia y el 92.8 por ciento con servicios de alcantarillado y saneamiento básico. Esto significa que en el país hay alrededor de 10 millones de personas sin acceso a agua y casi 8 millones de personas que no cuentan con saneamiento básico. En cuanto a la cantidad del agua disponible por habitante, para 2018 se reportó un promedio nacional de 3620 m3 de agua renovable al año. Sin embargo, existen diferencias considerables entre los estados, debido a que mientras que en la Ciudad de México el volumen anual de agua renovable disponible por habitante es de 73 m3, en Chiapas es de 20854 m3.

 

En cuanto a la calidad del agua, en México sólo se trata el 63.8 por ciento de las aguas residuales municipales en 2540 plantas. Esto implica que cerca del 40 por ciento de las aguas residuales llega a los sistemas naturales sin ningún tratamiento, lo que representa riesgos a la salud humana y ecosistémica. De acuerdo con lo reportado por CONAGUA, en 2021 sólo el 39.6 por ciento de los 788 puntos de monitoreo de calidad del agua superficial tuvo un nivel aceptable, mientras que el 39.7 por ciento se cataloga como de mala calidad al exceder los límites de más de uno de los ocho parámetros analizados[1]. En el caso del agua subterránea[2], de los 665 sitios de monitoreo, el 42.4 por ciento estuvo dentro de los límites de los indicadores, mientras que el 43.9 por ciento excedió los límites de uno o más, particularmente los relacionados a la presencia de metales, bacterias y nitrógeno.

Pero los retos del agua no sólo se circunscriben a la cantidad y calidad de agua disponible, sino que este líquido está en el centro de diversos conflictos socioambientales y movimientos de lucha por la defensa de los territorios y sus beneficios. Entre estos ejemplos tenemos la lucha por el agua de los pueblos, la búsqueda de justicia y reparación del daño de las comunidades afectadas por la contaminación del río Sonora, los esfuerzos desde hace años para frenar la contaminación de la cuenca del río Atoyac, el caso de Aztecas 215 en la Ciudad de México y la lucha de las mujeres mazahuas para evitar que su agua sea llevada a la Ciudad de México, dejando a sus comunidades vulnerables, entre otros. De igual manera, la lucha contra la deforestación y la degradación de ecosistemas es una lucha por el agua, pues es a través de estos sistemas vivos que se mantiene su ciclo y la posibilidad de contar con este beneficio ecosistémico.

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A partir del reconocimiento mundial en 2010 del acceso a agua limpia y saneamiento como un derecho humano —en 2012 en nuestro país—, y más recientemente con su vinculación a los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales (DESCA), se ha fortalecido la perspectiva del agua como un bien común fundamental para las sociedades humanas, así como para la conservación de la biodiversidad  del planeta. Podríamos ir más allá y decir que el agua es un bien común no exclusivo de los humanos, pues todos los seres vivos del planeta la necesitan.

Es claro que uno de los grandes retos actuales es garantizar el acceso justo y equitativo a todas las poblaciones humanas sin incrementar la degradación ambiental ni alterar los procesos ecológicos de los que el agua es parte y de los que dependen las sociedades humanas. La educación ambiental contribuye al cuestionamiento de los discursos y las posturas institucionales y comerciales sobre el agua al promover la reflexión y el pensamiento crítico de las personas y las comunidades. Asimismo, impulsa el desarrollo de habilidades como el diálogo, la organización y el trabajo colectivo. Estos elementos fortalecen a su vez la capacidad de participación social para enfrentar los retos del manejo del agua a nivel local y también la participación ciudadana para la toma de decisiones y el diseño de políticas públicas acordes a las necesidades y condiciones locales, regionales y nacionales.

Ante la crisis que enfrentamos y los impactos del cambio climático que generan tanto sequías y temperaturas extremas como cambios en los regímenes de precipitación, es necesario tomar acciones en todos los niveles de la sociedad, incluidos gobiernos, instituciones públicas, empresas, universidades y centros de investigación, escuelas de todos los niveles, organizaciones de la sociedad civil e individuos. Un enorme reto para estas acciones siempre ha sido la definición de responsabilidades y la identificación de las acciones que son posibles desde cada escala espacial y temporal. Por ello, el análisis de problemáticas y la construcción colectiva de soluciones deben partir de reconocer la complejidad y la incertidumbre asociada a estos sistemas. Por lo demás, es necesario romper la visión disciplinar y desarrollar estrategias de análisis, seguimiento y soluciones desde la interdisciplina, con miras a lograr la transdisciplinariedad en el estudio de los problemas socioambientales y en el desarrollo de estrategias y acciones para enfrentarlos con el fin de prevenir nuevos problemas. La educación ambiental es un mediador poderoso para lograr este objetivo.

La educación ambiental permite la reflexión y el cuestionamiento sobre los sistemas de producción, las relaciones de poder y las acciones y políticas públicas que han detonado y agravado la crisis civilizatoria actual, pero también favorece el estudio y la crítica de las posturas individuales y colectivas sobre la relación ser humano-naturaleza para transformar aquellas que contribuyen a los problemas ambientales  (consumismo, apatía, individualidad). Posibilita reconocer, valorar y replicar aquellas otras que han servido a la conservación de la biodiversidad, los procesos ecológicos, la distribución equitativa de los beneficios de la naturaleza y la justicia.

Con respecto al agua, la educación ambiental tiene un papel relevante en el reconocimiento de la complejidad de los procesos ecológicos, culturales, sociales y económicos que forman parte del valor para las comunidades, la salud, los ecosistemas y en la gestión que permite garantizar el derecho humano a su acceso. Por medio de esta disciplina es posible identificar puntos de conflicto y cuestionar si las políticas públicas actuales favorecen la conservación y distribución equitativa del agua en México. ¿Cuáles son las problemáticas locales, regionales y nacionales del agua? ¿Cómo se vinculan a nivel local y regional la conservación de los ecosistemas y la disponibilidad de agua? ¿Quiénes se benefician y quiénes reciben los peores impactos de las políticas públicas relacionadas con el agua en nuestro país? ¿Qué políticas y acciones desde la sociedad civil pueden contribuir a la conservación, la distribución equitativa y la calidad  del agua en México? ¿Qué acciones pueden desarrollarse en las escuelas, colonias, barrios y otros sectores sociales para sensibilizarnos sobre la importancia del uso responsable y ético de este líquido? ¿Qué acciones individuales y familiares pueden implementarse para generar conciencia y usar de manera responsable el líquido?

Partiendo de estas preguntas se pueden desarrollar diálogos y acciones colectivas que permitan, por un lado, comprender los vínculos del agua con las culturas, la historia de su uso, apropiación y defensa en México, reconocer las acciones gubernamentales que desde el modelo económico capitalista mantienen la desigualdad en el acceso y la calidad del agua y favorecen intereses privados sobre el bien común; aplicar un enfoque interdisciplinario e histórico, pero reconociendo las diferencias regionales. Por otro lado, permiten la organización y la participación ciudadana en construcción colectiva de medidas para afrontar los retos del manejo del agua y otros aspectos relevantes para la transición hacia sociedades sustentables. Con la educación ambiental puede generarse este tipo de espacios de diálogo, aprendizaje, acción y transformación.

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Referencias

 

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[1] Demanda bioquímica de oxígeno a cinco días (DBO5), demanda química de oxígeno (DQO), sólidos suspendidos totales (SST), coliformes fecales (CF), presencia de Escherichia coli, (E_COLI), enterococos (ENTEROC), porcentaje de saturación de oxigeno (OD%) y toxicidad (TOX).

[2] CONAGUA revisa 14 parámetros fisicoquímicos y microbiológicos: fluoruros, coliformes fecales, nitratos, alcalinidad, conductividad, dureza, sólidos disueltos totales y los contenidos totales de arsénico, cadmio, cromo, mercurio, plomo, manganeso y hierro.

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