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La cosificación de las mujeres y la industria de la belleza: un testimonio

Por Ximena Romero

Formo parte de una generación que fue criada por mujeres trabajadoras, que por cultura generacional no solían delegar sus “obligaciones en el hogar”, así que se sobreexigían para realizar otras actividades. 

También, como muchas otras, fui parte de una generación que fue paternada por hombres que ya no mantenían a sus familia “solos” (y que por lo tanto no cumplían con el rol tradicional de “hombre”), pero que no estaban ideológicamente preparados para soltar el machismo, el antropocentrismo y todas las construcciones culturales que les heredaron las generaciones anteriores. 

Soy parte de una generación que, además, se desarrolló durante la progresiva caída del poder adquisitivo en México (1), país profundamente machista, en el que la dualidad de sujeto-objeto de las mujeres es una realidad que pocos se detienen a cuestionar realmente. Todos vemos que los feminicidios aumentan (2), que los indicadores hablan de 99% de impunidad a los violadores(3), que hay muchísimos embarazos adolescentes (4), pero muy pocos se detienen a sopesar esa realidad. 

Por esta razón, desde pequeña sufrí sin alternativa, como muchas otras, la cosificación de las mujeres. No obstante, antes de explicarlo debo hacer una acotación: tuve una vida privilegiada (casa propia, autos propios, vacaciones más de 3 veces al año, etc.). Lo menciono para situar el lugar desde donde escribo; soy consciente que fue una realidad menos cruel que la que viven la mayoría de mujeres en mi país, pero que no por eso no fue indignante. 

Finalizada la acotación, debo decir que crecí frente a estereotipos inalcanzables y eurocéntricos: mientras se me inculcaba la obligatoriedad de la belleza, fui reducida innumerables veces a mis características físicas. Siendo una niña, se me enseñó la importancia de la moralidad sexual de manera misógina, y podría redactar muchas páginas contando anécdotas que confirman que a las mujeres se les inculca desde niñas, que los hombres son sujetos y ellas son sujeto/objeto.

Mi experiencia desde pequeña fue lo que Gayle Rubin define en su ensayo, El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo (5), como sujetos intercambiadores y semi objetos sexuales -regalos. 

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El desarrollo de la subjetividad de alguien que vive en la dualidad sujeto/objeto, guarda una complejidad intrínseca por la misma contradicción de ser/ser de alguien: cada mujer vive esto en su propia piel de maneras muy diferentes, pero en mi caso, que cumplía hasta cierto punto con los estereotipos dentro de mi contexto, fueron surgiendo ofertas para trabajar en la industria de la belleza desde muy joven. 

Curiosamente, dichas ofertas surgieron a la par que decidí estudiar Ciencia Política. No termino de recordar en qué momento elegí hacerme politóloga; según mi madre siempre tuve conflicto de autoridad y curiosidad por las relaciones de poder. Lo cierto es que mi papá es psicoanalista y comunista, mi abuelo fue líder de la logia masónica Del Valle de México, así que yo desayuné, comí y cené debates ideológicos desde que tengo memoria. Dichos debates calaron más en mí cuando concienticé las diferentes opresiones que me atraviesan: mujer, en América Latina que, si bien cuenta con una posición familiar, como ya dije, favorecida, es miembro de la clase trabajadora. Así me llené de idealismo y hambre de respuestas cuando, a los 19 años, me decidí a estudiar Ciencia Política.

Y es así que llevo 12 años trabajando en la industria de la belleza y siendo politóloga. Gracias a ello, he podido vivir y dialogar con la idea de “ser una mujer objeto” y con ello me refiero a que hay grados de cosificación de las mujeres, por llamarlo de alguna manera, que se relacionan de diferente manera con la libertad.

El extremo de la cosificación es la trata o la explotación sexual, en donde la mujer ha perdido por completo su autonomía y otros usan su cuerpo como una mercancía que se vende y se compra. En mucho menor grado, en la industria de la belleza, ganas dinero ofertando tu imagen o tu presencia, como si vendieras una parte de ti, y esto es posible porque la dualidad de sujeto/objeto de las mujeres nos vuelve un producto de consumo en diferentes escalas, desde nuestro cuerpo en la prostitución, hasta nuestra imagen en una fotografía. 

Mi experiencia en el seno de la administración pública luego de graduarme, no fue necesariamente menos machista que lo que ocurre en la industria de la belleza. Desde el primer día que inicie con mis prácticas profesionales, fui acosada, victimizada por rumores misóginos, atestiguado en primera fila como algunas mujeres juegan en el juego de la política usando como moneda de cambio su cuerpo para entrar en las altas esferas. 

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La industria de la belleza, como ya mencioné, es profundamente machista, racista y clasista, pues no importa nada más de los sujetos que su físico (nos vuelven objetos de consumo). Pero ahí la realidad está dada, es tan evidente la cosificación que los sujetos que se convierten en objetos de consumo lo hacen libremente (es muy cuestionable esa libertad dadas las condiciones de desigualdad, pero lo hacemos al menos en uso de nuestras facultades conscientes). Y permite obtener libertad económica y tiempo de recreación (porque la relación entre el tiempo invertido y la ganancia económica es más ventajosa que en otras industrias).

En cambio, la misoginia en la cotidianeidad laboral es más sutil, por no decir hipócrita.  En la industria de la belleza yo puedo elegir de forma autónoma (dentro del marco de las condiciones materiales precarias y adversas del contexto nacional), qué tanto estoy dispuesta a entregar de mi por una remuneración económica (una fotografía, una fotografía con menos ropa, mi imagen para representar un producto,etc.); en tanto, en la cotidianeidad laboral no tengo alternativa a no ser cosificada, acosada y victimizada por la cualidad de que podría usar, supuestamente,  mi “belleza” para obtener algo. 

Todas mis otras cualidades y mis méritos son invisibilizados, cada logro profesional viene con el eco misógino de que lo obtuve por mi “Pretty privilege”(6) o peor, rumores de que me relaciono con mis jefes o con alguien que me pueda otorgar ventajas competitivas.

La misógina y la cosificación de las mujeres vive en nuestros valores y se expresa en nuestros juicios sin que lo notemos, de hecho, esta es la razón por la que existe una “industria de la belleza”: es “normal” para todos que las mujeres sean productos de consumo. Pero insisto, la hipocresía es tanta, que cuando por decisión propia conviertes en una ventaja personal el vivir en una sociedad que ve a las mujeres de esa manera y consigues beneficios económicos, ineludiblemente serás señalada, incluso invalidada en tus luchas personales, como si solo tuvieras derecho a sufrir la cosificación de las mujeres y nunca la posibilidad de usar esa cosificación en la que estás sumida sin alternativa para obtener algo. 

Comprendo que toda la realidad está estructurada por relaciones de poder que están dadas en el mapa cultural de nuestra sociedad. En el centro del privilegio de ese mapa, están los hombres, blancos, heterosexuales y ricos, y todo lo demás gira alrededor de ellos. En estos términos me resulta práctico obtener recursos económicos trabajando de objeto de consumo para esa parte de la sociedad, sin que ello me impida adentrarme en otros espacios donde pueda competir como igual con los hombres o con personas con mayores privilegios que los míos a pesar de las condiciones de desigualdad. Puedo trabajar en la industria de la belleza y como politóloga. 

Mi más profundo deseo es que en algún punto en nuestra sociedad, las condiciones sean suficientemente equitativas como para no tener que jugar en la dualidad de sujeto/objeto para poder obtener recursos y tiempo libre, y que la industria de la belleza deje de ser un negocio porque las mujeres dejen de ser vistas como objetos de consumo; pero mientras mi utopía se materializa, aprovecho las ventajas que me dan mi físico y mi juventud haciendo gala de mi autonomía. 

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Referencias 

1.- http://www.mexicomaxico.org/Voto/SalMinInf.htm

2.- http://cedoc.inmujeres.gob.mx/documentos_download/BA5N10.pdf

3.- Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU), edición 2023. https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/ensu/doc/ensu2023_diciembre_presentacion_ejecutiva.pdf

4-. Noticia – Día Mundial para la Prevención del Embarazo no Planificado en Adolescentes

5.- Rubin, Gayle El tráfico de mujeres: notas sobre la «economía política» del sexo Nueva Antropología, vol. VIII, núm. 30, noviembre, 1986, pp. 95-145 Asociación Nueva Antropología A.C.Distrito Federal, México

6.-Domínguez, I. 2022. El «pretty privilege», ¿ser bonita de verdad es un privilegio?, recuperado de: https://lacaderadeeva.com

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