Xóchitl, Claudia, Cosío Villegas y la falta de carisma

Por César Martínez

En esto de la “habilidad política” está el secreto. Según
la concepción tradicional, la prueba de tenerla consiste en
mantener contento a todo el mundo…

Daniel Cosío Villegas

El vacío en el discurso de las candidatas presidenciales Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum, entre los ideales que dicen representar y su falta de significado concreto, nos recuerda uno de los temibles dramas vislumbrados por don Daniel Cosío Villegas en su obra sobre el México moderno: el de un mexicanísimo sistema social y político en donde abundan las personas sin definición ni rasgos propios, sin originalidad, sin arrojo y, en definitiva, sin personalidad.

Ya sea que una de ellas diga abanderar “la vida, la verdad y la libertad” y la otra diga hacerlo con el “humanismo mexicano”, se abre un boquete entre el principio y unas narrativas que no trascienden a las ya clásicas del “Estado policiaco” y/o el “Estado benefactor” como dos caras de la misma moneda. Mientras una dice “que se acabaron los abrazos” desde el Bajío y otra jura su “amor al pueblo” en el Zócalo, ninguna se arriesga a lanzar la crítica justa y necesaria hacia la matriz de nuestra lamentable vida política y cultural: la misma sociedad mexicana.

En vez de eso, tenemos a dos mujeres políticas de viejo cuño diciéndonos qué harán cuando tengan en sus manos al Poder Ejecutivo y también partes considerables del Legislativo y del Judicial.

Imagen: a través de Gratisography

Daniel Cosío Villegas, quizá el primer intelectual mexicano en percibir que el discurso y la palabra se volvieron instrumentos masivos de gobierno, se cuestionó en su trilogía Sistema Político Mexicano, Estilo Personal de Gobernar y Sucesión Presidencial de qué dependía la eficacia de la voz ante el templete. Si quien aspira a ganar un cargo de elección popular habla invocando principios e ideales, apuntaba don Daniel, la prédica entonces apela a sentimientos demostrables a través de la personalidad manifestada en acciones.

Acerca del discurso, escribió que “su materia aparente puede ser política o económica, pero a condición de que entrañe [la denuncia de] una grave y flagrante injusticia, convirtiéndose así en ética.” (p.100)

Subtitulando su obra como “Las Posibilidades de Cambio”, Cosío Villegas pronosticó el contrastante escenario que vivimos ahora en la competencia entre Xóchitl y Claudia: si bien recurrir a la palabra hace más visibles las personalidades de nuestras gobernantes, lo cual en efecto significa un cambio para bien, acabar prefabricando o confeccionando esa misma palabra reduce las personalidades a simples manifestaciones de cálculos de poder. De ahí que don Daniel explique que, en nuestra mexicanísima tradición, tener “habilidad política” significa buscar quedar bien con todos.

Así, en el mantener contento a todo mundo, además de contemplar el drama de ver cómo personas de carne y hueso se acartonan por simple interés, la propia política mexicana se conserva paralizada por su ya tradicional miedo al error.

Los ideales son expresados airadamente, pero se escapan volando. Algo más duraderos son los videos de una equivocación leyendo las escurridizas letras del teleprompter o las del engargolado color guinda; el del histrionismo de quien se saca la sangre en público, el de un paso trastabillante o un agarrón más propio del cuadrilátero de la Arena México. Eso, sin olvidar las fotos de las candidatas alzando el brazo de chapulines que ayer les estaban en contra y hoy les están a favor.

Ciertamente, don Daniel no fue el único en advertir el lado siniestro de lo que suele llamarse “la institucionalización del poder político”, pero sí fue el más original al explicarlo en términos de psicología: es la despersonalización, pérdida de identidad, ya como avanzado fenómeno social en México. Aunque Cosío Villegas explicaba en La Sucesión Presidencial que la práctica del “tapadismo” supone que quien aspira a la presidencia durante años sacrifica la imagen propia para adornar la personalidad del Presidente, también llegó a usar la metáfora del “sistema planetario”, donde incluso quienes se oponen rabiosamente al titular del Ejecutivo acaban girando alrededor de él.

En otras palabras, Cosío Villegas hace más de 50 años distinguió el cambio de época en nuestro país entre el liderazgo producto del carisma personal y el liderazgo producto del poder establecido:

En cambio, conviene retener la observación fundada de Padgett de que el tiempo ha facilitado la sucesión presidencial transfiriendo el carisma de la persona a la institución de la presidencia de la República. Yo rectificaría la fecha que Padgett da al inicio de esa transferencia, pues comienza con la selección de Miguel Alemán en 1946. Tampoco suscribiría yo por completo la idea de que el cargo es el que impone respeto y da al escogido “los atributos carismáticos”, sino tan solo que ahora el poder proviene de la institución de la presidencia y no de la persona del Presidente (p.25).

En suma, cabe cuestionar si la lucha sorda entre Xóchitl y Claudia por la presidencia de la República no es un tema estrictamente personal, sino que manifiesta de fondo la nostalgia del sistema por restaurar sus viejos usos y costumbres tras un sexenio de liderazgo carismático. Así, en una sociedad acostumbrada y aleccionada por el ejemplo de sus gobernantes a que el fin justifica los medios, don Daniel vio la tragedia interminable de nuestra mexicanísima cultura de la indefinición, la inautenticidad, la inconsistencia y el buscar siempre quedar bien con todo el mundo.

A vain woman combing her hair, a fool showing her her face in a mirror, and a philosopher pointing to a skull as a reminder of the vanity of transient things. Line engraving attributed to Pieter de Jode II after J. Jordaens. Wellcome Collection. Source: Wellcome Collection.

César Martínez (@cesar19_87) es Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.

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