El futbol regresaba a Alemania. Los errores y horrores de Alemania durante la II Guerra Mundial se enseñaban en los colegios y todavía producían sonrojos, pero en la organización ya no quedaban dudas de la capacidad de los teutones para armar fiestas deportivas. El preparativo para los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 había sido ejemplar y todo estaba a punto. Sin embargo, los palestinos intentaron cobrarse a la mala las estrepitosas derrotas sufridas por Israel con el atentado de Septiembre Negro que se cobró 10 víctimas, todas de la delegación israelí. Los efectos se notaron dos años después: sin miedo a equivocarme, se trató del mundial más vigilado de la historia. Evidentemente no clasificó Israel, pero el miedo irrumpió por la fuerza.
Múnich, Berlín, Hamburgo, Dortmund, Dusseldorf, Gelsenkirchen, Fráncfort, Hannover y Stuttgart… todas esas ciudades recibirían los 38 partidos para dirimir al campeón. Faltaba conocer a los invitados, además del anfitrión Alemania Occidental y al campeón Brasil, que logró llevarse el Trofeo Jules Rimet para siempre (lo perderían después, pero esa es otra historia).
llegaba el hermano incómodo, Alemania Oriental, al otro lado de la frontera política e ideológica llamada Muro de Berlín.
Se produjeron sorpresas en las eliminatorias: en Concacaf, México se descafeinó y se vio obligado a cederle el lugar a Haití, que llegaba a la fiesta grande por vez primera. Desde el Down Under, Australia se estrenaba en un mundial, con un equipo lleno de hijos de migrantes que se abrían paso en un país que prefería el rugby league y el cricket. También llegaba Zaire, primera selección subsahariana. Y finalmente… llegaba el hermano incómodo, Alemania Oriental, al otro lado de la frontera política e ideológica llamada Muro de Berlín.
Y es que cuando digo que la política irrumpió con todo, me refiero a que la política se hacía presente también en el futbol. Chile deponía a su presidente, Salvador Allende, con un golpe de estado; la cúpula militar se deshacía de la disidencia en el Estadio Nacional. Y, puesto que la selección andina tenía pactado su encuentro mata-mata por un lugar en el mundial enfrentándose a la Unión Soviética, portavoz del socialismo mundial por antonomasia; evidentemente, para el gobierno chileno, que consideraba que jugar ahí por un boleto a la justa mundialista era prácticamente un escupitajo en la cara, se retiraron de la contienda.

Del resto de invitados: Bulgaria, Escocia, Italia y Suecia por Europa; Argentina y Uruguay por Sudamérica. Quise apartar tres sorpresas mayúsculas. La primera: Polonia terminó dándole un baño de humildad a Inglaterra, que en Wembley se topó con un muro llamado Jan Tomaszewski. Para la selección de los tres leones fue uno de los mayores fracasos de su historia. La segunda: Países Bajos pasó sobre Bélgica porque le ganó la competencia de ver quién abusa más de Islandia; estamos hablando de que se definió el pase por goles. Era poco probable que diera una campanada después de más de 30 años ausente… o eso creíamos todos. ¿Y la tercera? Ahorita la ves… porque tenemos el sorteo del mundial primero.
La política llegó al sorteo. Imagina que se habló menos de la composición de los grupos que de un partido puntual: la batalla fratricida, el duelo de las Alemanias… la disputa capitalismo vs. socialismo se trasladaría al campo de batalla. Huelga decir que el Volksparkstadion de Hamburgo, escenario de esta refriega, sería más seguro que cualquier búnker de la II Guerra Mundial. Compartirían grupo 1 con el Hemisferio Sur, porque estaban Chile y Australia. El grupo 3 vería a Uruguay, Países Bajos, Bulgaria y Suecia; el 4 tendría a Italia, Argentina, Polonia y Haití. El grupo 2 tenía a Brasil, Escocia, Zaire… pero en realidad era de cuatro también. Porque ahí tuvimos la tercera sorpresa de las eliminatorias. En un duelo donde la tensión se cortaba con un cuchillo, Yugoslavia ganó el último boleto a España… mes y medio después del sorteo.

¿Otra vez la política? Otra vez la política. Hablemos de Zaire y Haití. Sus selecciones habían sido las mejores de su confederación con un futbol alegre. El problema es que representaban a regímenes conocidos por su brutalidad. Desde el Caribe llegaba la primera república independiente negra, gobernada con mano dura por Papa Doc Duvalier. Dijeron presente quebrándole una racha de más de 1.000 minutos sin recibir gol al digno guardameta italiano Dino Zoff. Italia solventaría el partido, pero la mancha quedaría. Desafortunadamente, no podía ser cierto. Un haitiano, Ernst-Jean Joseph, fue el primer sancionado por dopaje; por supuesto le tocó una paliza de los tonton macoutes, la policía de Duvalier.
Y África se podía sentir bien representada por Zaire… gobernada con mano dura a su vez por Mobutu Sese Seko, el arquetipo de dictador subsahariano. Su debut contra Escocia prometía, y, de pronto, en el segundo partido contra Yugoslavia, el sentido común salió por la ventana. Resulta que su director técnico, Blagoje Vidinić, era yugoslavo. Las autoridades, en su mirada obtusa, creían que podía ayudarle al contrario, así que no lo dejaron dirigir. ¿El resultado? 9-0. Preocupado por el qué dirán, Sese Seko le dio un ultimátum a los zairenses: “Pierdan 4-0 con Brasil y aténganse a las consecuencias”. Al 3-0, tiro libre para Brasil… y Mwepu Ilunga pateó el balón. El mundo rio, los brasileños quedaron perplejos, Zaire salvó la vida con ese movimiento.
En el libreto estaba fijo que la facción capitalista ganaría cómodamente. Pues, en un duelo desprovisto de espectáculo, Alemania Oriental se impuso con un simple gol de Sparwasser.
Y la política se hacía presente en el duelo de Alemanias. En el libreto estaba fijo que la facción capitalista ganaría cómodamente. Pues, en un duelo desprovisto de espectáculo, Alemania Oriental se impuso con un simple gol de Sparwasser. Del resto del mundial puedo decir: el chileno Carlos Caszely como el primer jugador expulsado por tarjeta roja, una Brasil que por recambio generacional prefirió el futbol industrial al artesanal…
… pero lo que nadie imaginaba… una selección vestida de naranja que rompía los moldes tácticos gracias a Rinus Michels. Ellos eran el arte que Brasil dejó en Sudamérica: Neeskens era la reencarnación de Vermeer; Krol, la versión moderna de Rembrandt; Rensenbrink daba cátedra como Brueghel el Viejo; Rep tenía la visión de El Bosco… y al centro, un joven Cruyff deleitaba con una estética que solo pertenecía a Van Gogh. En su duelo que hedía a semifinales, Brasil estaba más preocupado por ensuciar el fútbol que por proponer; por esa traición a la esencia de Suecia 1958, Chile 1962 y México 1970, el balón lo castigó, dándole la victoria a los neerlandeses 2-0.

Al final, esa escuela neerlandesa de fútbol se quedó a las puertas de ser campeona, con todo y que inauguraron el marcador del flamante Olympiastadion de Múnich a los dos minutos sin prestarle la pelota a los teutones. Pero Alemania era Alemania, y remontó para ganar su segundo cetro… y en casa. Sin embargo, Países Bajos tuvo algo que ni siquiera campeones del mundo tienen: legado. Ese totaalvoetbal (futbol total) de Michels fue el antecesor del dream team de Cruyff como míster, quien le heredó lo que sabía a Pep Guardiola y lo maceró hasta convertirlo en el tiki-taka. El arte se hacía presente en un mundial poblado de aparatosos dispositivos de seguridad y teñido por la política. En Alemania 1974, el miedo moldeó la dinámica. En Alemania 1974, la política impregnó cada etapa. Pero en Alemania 1974, el arte coloreó el futbol, por mucho que en ese momento no recibiera la confirmación en forma del nuevo trofeo elaborado por Gazzaniga.
Textos de Sebastián Alarcón en la Revista Presente

Ilustración del balón «Telstar Durlast» utilizado en el Mundial de Alemania 1974. Autor: Pablo Toussaint







