La perla tapatía calentó motores como sede del torneo internacional más importante del mundo desde la noche previa al segundo enfrentamiento de la selección mexicana. Miles de personas formaron ríos interminables por las emblemáticas calles en torno a la simbólica Minerva, que estoica recibió a aficionados al futbol, a la música y curiosos por igual. La glorieta se preparó para ello con anticipación e inversión: 70 millones de pesos costó ponerla guapa para recibir la fiesta mundialista.
La banda de rock originaria de Guadalajara, Maná, tenía la misión de deleitar a paisanos y turistas, luego de haber dejado claro que es un referente del rock mexicano cuando, en el show de inauguración, puso el ambiente en la tribuna del Estadio Ciudad de México. Y así lo hizo. La velada fue un recorrido nostálgico por el repertorio de los de Guanatos, que hizo las delicias de alrededor de 170 mil personas para quienes creó la mezcla perfecta: música y futbol.
El México contra Corea del Sur cerraba la jornada de partidos del día. Era el único encuentro de la fase de grupos que el equipo mexicano jugaría fuera de la capital del país. La sede, el Estadio Guadalajara, recinto que desde su concepción fue proyectado sin ninguna certeza, aunque con mucha convicción, para ser mundialista, a 16 años de su primer partido había cumplido esa misión. Ahora le tocaba recibir en su cancha su segundo partido del torneo y convertirse en la casa del anfitrión, con una nueva encomienda: hacer pesar la localía del Tricolor.
Para el jueves 18 de junio, el gobierno de Jalisco decretó suspensión de labores y de clases en todo el estado. Había que concentrar la energía, el ánimo y la expectativa en apoyar al equipo mexicano en su primer partido mundialista en Guadalajara. El silbatazo inicial estaba anunciado para las 19:00 horas, pero el estadio abriría sus puertas desde las tres de la tarde.

Para los más anticipados, aquellos que llegaron con el sol todavía alto, estaba la llamada “Última Milla”, ese último tramo que recorren los aficionados camino al estadio, convertido en corredor de fiesta, activaciones, fotografías, playeras verdes, sombreros, banderas y vendedores que entendieron, antes que nadie, que un torneo como este también se juega en la banqueta.
El ambiente era de partido grande, de esos que no necesitan explicarse. Familias completas caminaron entre el verde, blanco y rojo. Niños con la cara pintada, jóvenes envueltos en banderas, adultos que parecían cargar encima otros mundiales, otras derrotas, otras esperanzas, todos con una misma pasión. También aparecierón camisetas rojas de Corea del Sur, discretas y constantes, quienes han hecho de Guadalajara su hogar mundialista, al establecer ahí su centro de concentración y operaciones.
El calor del inminente verano en el Valle de Atemajac no dio tregua, la deshidratación se combatía con el ingenio local. En los accesos, los vendedores ofrecían un sinfín de artículos conmemorativos desde camisetas, sombreros de charro hasta las infaltables cornetas que ya empezaban a ensayar el ensordecedor ruido de la batalla. El aroma a tejuino con nieve de limón, de las tortas ahogadas, los lonches de pierna y demás antojitos mexicanos inundaban el ambiente, en una alquímica fusión con bloqueador solar y adrenalina pura. Mientras el sol se ocultaba en La Primavera y la tarde caía, la zona de El Bajío era ya un hormiguero humano donde los penachos aztecas convivían pacíficamente con las camisetas rojas de los “Guerreros Taeguk”, los aficionados surcoreanos que, aunque en menor número, traían consigo al Lejano Oriente y su propia disciplina de cánticos sincronizados.
Cruzar los rigurosos filtros de seguridad era dejar atrás el asfalto para sumergirse en una liturgia futbolera multicolor. Las tribunas del inmueble, diseñado con esa emblemática silueta que simula un volcán coronado por una nube, comenzaron a llenarse con la velocidad del fuego. No era un partido más de fase de grupos, era la validación de Jalisco como una de las capitales históricas del balompié global, reviviendo los fantasmas benditos de Pelé en el 70 y de Platini en el 86, ahora con una narrativa propia del siglo XXI.
Dentro del estadio, 45 mil 522 personas llenaron prácticamente cada rincón. El grito de “México, México” bajó desde las tribunas como una ola sonora. No era sólo apoyo, era una exigencia emocional. El Tricolor llegaba con la posibilidad de encaminar su clasificación y, de paso, regalarle a Guadalajara una noche de esas que se quedan guardadas en la memoria colectiva.
Poco después de las seis de la tarde, las escuadras saltarón a la cancha para el calentamiento previo. El cuadro asiático fue el primero en hacerlo, la rechifla fue monumental, la presión psicológica pretendía recordarles que estaban a miles de kilómetros de Seúl. Sin embargo, su actitud dejaba claro que ellos no venían a mirar la fiesta ajena, venían a competirla.
México salía en su cuadro titular con cuatro jugadores del equipo local que tiene como casa ese mismo recinto, en el calentamiento previo la tribuna los ovacionó, los respaldó y ratificó que esa noche cobijaría a los suyos. Poco después el “Cielito Lindo” brotó de manera espontánea desde la cabecera sur y de inmediato se replicó en todo el estadio. Aunque el sonido local intentó competir la grada impuso su ley, el canto que se ha vuelto de identidad nacional en el mundo ahogó las bocinas.
El clímax de la previa llegó con el protocolo oficial. La salida de las banderas gigantes de las naciones en disputa logró su cometido, miradas expectantes y sorprendidas fueron acompañadas de aplausos y vítores ensordecedores, para dar paso a la ceremonia de los himnos, como corresponde, primero el del visitante. La fiesta en la tribuna se transformó en solemnidad, todos los asistentes de pie respetuosamente escucharon el himno nacional coreano.
Escuchar el Himno Nacional Mexicano en un Mundial es siempre una experiencia emotiva, electrizante e indescriptible, pero interpretado por más de 45 mil gargantas locales dentro de un estadio semitechado transformó el “mexicanos al grito de guerra” en un momento que erizó la piel de los asistentes y de millones frente a las pantallas.
El balón rodó y, desde el primer minuto, fue tenso, con México, que esta vez vistió de negro, intentando empujar desde la emoción de la tribuna, la pelota no siempre obedecía al deseo del público. Por momentos, el equipo mexicano mostraba más corazón que futbol, buscando proponer con la velocidad por las bandas, intentando hacer valer el peso de su localía. Corea mostró que el silencio también puede ser una forma de incomodar, cada avance asiático provocaba esa respiración contenida que anticipa el peligro, buscaban enfriar el partido con posesiones largas, se plantaban con orden casi militar, apostando por transiciones verticales y la velocidad supersónica de sus extremos.
La grada tapatía, educada en la exigencia del buen trato al balón, no se limitó a observar, jugó su propio partido. El clásico grito de “¡México, México!” se intercalaba con los aplausos de apoyo tras cada balón recuperado o jugada vistosa. La tensión era palpable, en el palco oficial, las autoridades del comité organizador y las locales cruzaban miradas, sabiendo que el espectáculo en la cancha correspondía con la millonaria inversión logística realizada para que Guadalajara brillara ante los ojos del mundo.
Con el empate a cero en la pizarra llegó el medio tiempo, el desgaste físico era evidente en ambos cuadros debido a la intensidad, el graderío aprovechó para tomar un respiro, aun así, la fiesta no decayó. La famosa “Ola” le dio varias vueltas completas al estadio en un solo movimiento armónico. El color lo ponían también las máscaras de luchadores, los rostros pintados y los trajes de charro modificados para la ocasión. Guadalajara estaba cumpliendo con creces la misión asignada cuatro años atrás.
El futbol, caprichoso como es, eligió el minuto 50 para romper la noche. Raúl Jiménez apareció en el área, conectó de cabeza y el guardameta coreano no pudo quedarse con la pelota. El balón quedó suelto, servido en una zona donde los partidos se deciden en segundos. Luis Romo, mediocampista de oficio, llegó oportuno a la cita para empujar el balón por encima del desconcierto de la defensa y convertir el estadio en un estallido. El gol fue algo más que la ventaja en el marcador, fue una descarga, una catarsis, el abrazo entre desconocidos, la cerveza al aire, lágrimas contenidas, fue Guadalajara mostrándole al mundo que también sabe ser capital futbolera cuando la historia se lo permite.
Corea del Sur no se rindió. Con más posesión de balón, empujó en los minutos finales y obligó a México a defender con orden. Ahí apareció Raúl “El Tala” Rangel, el portero que jugaba en casa, para sostener una ventaja que parecía pequeña en el marcador pero enorme en el ánimo. Sus intervenciones fueron celebradas como goles porque, en una noche mundialista, detener también es anotar.
El partido terminó con México ganando, selló una jornada inolvidable para la historia deportiva de Jalisco y para el país. No fue una goleada ni una exhibición perfecta. Fue algo quizá más valioso, una victoria trabajada, sufrida y defendida hasta el último aliento. El equipo mexicano cerró la noche con seis puntos, líder de su grupo y con el pase asegurado a la siguiente ronda. Para una selección que carga con la historia, la ilusión y la crítica como equipaje permanente, ganar así también significa respirar.
A pesar de que la noche ya había caído por completo la luz no se apagó. Los ríos de gente volvieron a enfilarse hacia las rutas de transporte público habilitadas especialmente para el evento y los vehículos particulares saturaban las vialidades. La fiesta que comenzó la noche previa en La Minerva continuaba ahora en los barrios tradicionales de Guadalajara, en las terrazas de Chapultepec, en cada rincón del país y allá donde hubiera un mexicano para el que el futbol se respira como una religión. La Perla Tapatía no solo había albergado un partido de futbol, había demostrado que su infraestructura, su gente y su pasión están diseñadas para trascender de lo local a lo global, consagrando al Estadio Guadalajara como un templo legítimo de la historia mundialista.
México le ganó a Corea del Sur por la mínima, la noche tapatía vestida de verde fue mucho más grande que el marcador. Fue la confirmación de que un partido de futbol puede transformar una ciudad, al menos por unas horas, en una sola garganta, en una sola esperanza.

Gabriela Ruiz es subdirectora Regional Radio UdeG Lagos de Moreno






