La selección mexicana se encuentra en las puertas de su tercer partido, ha clasificado en la siguiente ronda, pero en este espacio no vamos a hablar sólo de futbol, sino del futbol como catalizador para lo que percibimos en estos días: el deporte como un mecanismo para detonar el festejo colectivo.
Como mencionamos, México ya aseguró su clasificación a la siguiente ronda, aunque con otros resultados bien podría encontrarse al borde de la eliminación y la fiesta sería exactamente la misma. La euforia, teñida de playeras verdes, invade y reclama para sí cada espacio público. A través del contagio emocional propio de toda celebración colectiva, incorpora incluso a quienes se encuentran con ella de manera fortuita.
El Ángel, desde su faz inescrutable, es testigo de miles que brincan y agitan una bandera que pareciera ser el lienzo de días que hace mucho no se atestiguaban. No es el aire tenso de la protesta mientras que los granaderos urden una contención de manifestantes, es una fiesta donde los pies agitan el suelo, brincan, vuelan y bailan. Muchos de estos asistentes ni siquiera habrán posado el estadio que nadie recuerda otro nombre que no sea el del Azteca.

A pesar de que el verde es el color mayoritario de la protesta de los alegres, predominan otras nacionalidades o bien, los propios extranjeros son sumados con jerseys mientras vuelan por los aires y todos se unen en una espuma blanca que cubre a los asistentes.
Vuela por los aires esa espuma que cubre personas y objetos, cerveza y líquidos desconocidos. También destaca la originalidad e ingenio del mexicano como un signo donde se materializa la efusividad del mexicano, los tambos de tráfico se convierten en instrumentos para hacer retas de peleas callejeras, botargas de doctores simi que ya ni siquiera tienen nada qué ver con la farmacia, luchadores y muchos que emulan a Juan Escutia aunque a varios les pasará factura un golpe directo al cerebelo en su caída.
Carlos Monsiváis, con un contexto bastante distinto al actual señaló los paralelismos que hoy se muestran en México 86. El desmadre, la fiesta y la celebración, los claxonazos y la euforia del mexicano como parte elemental de su esencia. Es en esta comunión de las masas que Elias Canetti estudió donde se arremolina lo más cercano a la nación que el inventó el Estado revolucionario con sus canciones, iconografía y medios de comunicación según Monsiváis.
Este observador, en cambio, sostiene una perspectiva menos pesimista. Existe una nación que trasciende esos símbolos y las estructuras corporativas heredadas de la época del Estado revolucionario. Son cada vez menos quienes siguen las pautas dictadas por las televisoras y apenas unos cuantos aficionados prestan atención al discurso oficial. Debe existir, en el fondo, un sentimiento nacional que no puede reducirse a una simple lógica de manipulación, sino que se expresa de manera espontánea y persistente, incluso al margen de quienes intentan administrarlo o representarlo.
En esa medida, cada cuerpo es un punto de transmisión de la fiesta, cual ola humana cada grito genera euforia que suma a los demás a su espacio. No obstante, este espacio resulta inescrutable para la clase política que pretende cooptarlas. Tan es así que el absurdo demuestra que sumaron a un pato que se encontraba en los festejos como un elemento dentro de la utilería, pero que ciertamente, terminará siendo olvidado o simplemente ignorado.
Esto se reproduce, del mismo modo, por aquellos mexicanos que, en oposición al régimen pretendieron levantar un pañuelo blanco en pleno estadio sin obtener mayor resultado que no tuvo redención ni trascendió más allá de un tanto de vergüenza pública por su baja convocatoria.
En este festejo donde cada persona que pisa el suelo mexicano y que se reproduce desde el Ángel de la Independencia, en la Minerva y hasta en el parque fundidora hace que la celebración sea un cántico unísono que pasa a la selección misma, es el deporte sí, pero es también el festejo a la fiesta misma y a la unión que solo necesitaba un pretexto. Eso sí, impensable esa unión con otros festejos en el país con otra cosa que no sea el fútbol.
Por un momento, se anulan las condiciones que atraviesan las personas y el país mismo. Se olvida la infraestructura, el color de los puentes, la condición económica, pareciera que el festejo es una revolución en contra de la captura del futbol como un espectáculo para unos cuantos. Un torneo que unos cuantos potentados reclamaron para sí queda en descubierto ante una rebelión que demuestra que no se necesita de un estadio o un boleto de más de cincuenta mil pesos para ser parte del mundial.
En esta fiesta, México demuestra que el canto de hermandad no es una broma solamente, sino que se suman a ella los gringos, los uzbekos, japoneses, colombianos, venezolanos, coreanos y quien se agregue. Es en este punto donde se debe pensar si de los tres países del Tratado de Libre Comercio, el nuestro es el que se encuentra más abierto a hacer tratos y dar hospitalidad a las demás naciones. En este momento se devela al connacional como un muchacho que por primera vez convive con sus pares y desde la inocencia le invita a jugar sin arrebatarle el balón sino que lo comparte como un aspecto inherente a su naturaleza, no lo hace desde la desconfianza ni el rencor, sino como una forma de darle al mundo en su ensorbecimiento por la fiesta una invitación a quien quiera sumarse.
Esta rebelión que comienza por los pies de once y termina en millones reúne a las calles como sus observadores, sin importar si propiamente esa era su finalidad sino que permite soltar las desgracias para elevarlo en un salto colectivo.
Este momento cumbre será lo más cercano a la idea de pueblo que tengamos, pues hasta el populismo coloca vallas y símbolos que separan sus jerarquías y apellidos en sus filas. Es una ruptura a la solemnidad burocrática. Es una demostración , también, al desgaste que representa la polarización, la confrontación que exige cada partido y por qué no decirlo, el oficialismo. Espera que se arroje a sus fauces al enemigo y al crítico, a ese que está equivocado, porque no puede haber error sino iluminación únicamente desde el poder unilateral y ante ello, ante esa genuflexión de la sonrisa fingida y el abrazo frío, irrumpe la risa, el grito y la ocurrencia. México es uno por unos segundos, se olvidan que el odio ha horadado nuestras instituciones y nuestra psique, pero volvemos a ser un país con patos, botargas, changos miones, sombreros, casacas, borrachos tirados y cantos ocurrentes, la rechifla es solo para el malacopa.
Once nos unen por un momento. No importa (tanto) el resultado, el marcador, el director técnico o la alineación, lo que importa es celebrar la pasión por el fútbol y por México. En esta celebración, que también deja perplejos a conocidos y extraños, se suspende por instantes la situación de clase y raza, en la marisma es raro que las personas disputen su poder económico sino que se convierten en uno más en la bola del desmadre, el que siempre toma Moet para subir a su historia de insta, ahora se socializa los medios a través de un tequila con una etiqueta borrosa, esta es quizás la parte más unificadora de la rebelión popular, la falta de miramientos de una sociedad que crea en cada momento barreras para distinguir entre jerarquías y poder adquisitivo, es quizás también, el éxito de las playeras piratas que democratizaron la imagen de la fiesta.
Ojalá que el mundial nos durara mucho más que un torneo, pero posiblemente podamos extraer lecciones que trasciendan a la fiesta para que cuando sus participantes recorran 4 horas de ida y otras 4 de vuelta hacia su trabajo u otros tengan que vender en las calles del centro, o bien aquellos que se encierran en espacios de cristal y acero en la oficina y sus carros aprendamos que hay una nación latente que vive en la fiesta pero que también contiene reminiscencias de unidad.







