El augurio de una goleada: una afición creyente de los sueños y necesitada de alegrías

Por Elías Salazar

Faltaban tres horas para el partido. Los aficionados con boleto que se dirigían al Estadio Azteca eran entrevistados sobre su pronóstico. La mayoría vaticinaba una goleada a favor de la Selección Mexicana. Los marcadores más citados eran 3-0 y 4-1. Cuando se les preguntaba de dónde provenía esa confianza para anticipar un resultado tan holgado, las respuestas eran variadas: presentimientos, intuiciones, fe ciega en el equipo, el peso de la localía, entre otras.

También entrevistaban a quienes transitaban por las inmediaciones del Coloso de Santa Úrsula rumbo a sus respectivos destinos. Como si se hubieran puesto de acuerdo con los demás, coincidían en que México le haría ver su suerte a Chequia con tres goles o más. Su seguridad se sustentaba en los triunfos previos contra Sudáfrica y Corea del Sur, en la altura de la Ciudad de México, en la ilusión de hacer historia con tres victorias en la fase de grupos y en el entusiasmo de soñar despiertos.

La gente estaba animada, contenta. Manifestaba una alegría que contrastaba con el choque emocional apreciado en la calle durante la inauguración de la Copa del Mundo. Del sentimiento de segregación y exclusión que se respiró en la vía pública el 11 de junio no se percibía nada, al menos en lo que al futbol se refiere. El transcurso de los días, el espíritu jocoso de la población para apropiarse de distintos espacios en aras de festejar de manera masiva y la inmersión en la dimensión del torneo, después de ver más partidos, fueron factores que repercutieron en la disminución del enojo social expresado un par de semanas antes.

Foto: Elías Salazar

La molestia prevalecía; sin embargo, no era hacia la pelota. Usuarios del transporte público, particularmente del Tren Ligero, expresaban coraje e indignación contra las autoridades capitalinas por la decisión de suspender el servicio para los pasajeros que no iban al juego. Los afectados referían que el problema era mayor porque no les ofrecían alternativas para desplazarse y, en cambio, se les maltrataba como si estorbaran el viaje de un grupo que iba al estadio a divertirse. Aquí sí continuaba la sensación de marginación. Exigían flexibilidad y opciones para sus traslados.

Aquellos que aceptaban caminar por Calzada de Tlalpan para cruzar de un extremo a otro, tras los cierres viales implementados, aprovechaban para tomar fotografías con sus celulares. Se detenían junto a las vallas instaladas frente a la explanada del templo futbolístico para tomarse una selfie o capturar imágenes de aficionados que destacaban por sus atuendos. Por ejemplo, uno vestido como Santa Claus o una chica disfrazada de catrina.

Asimismo, destacaban del resto los papás y las mamás que llevaban a sus pequeños para registrar el instante mundialista. Si bien no podían estar en el interior del inmueble, tampoco querían quedarse con las ganas de decir que vivieron un Mundial. Hay un progenitor en especial que resalta por la dicha que ilumina su rostro mientras carga a su bebé. Es la felicidad de un hombre que disfruta de su debut en la paternidad, ese nuevo paso en el hogar que construye junto a su pareja. Ella se encarga de retratarlo con el nene, brindando así a los mirones una imagen tierna y poderosa que simboliza el comienzo de las historias que habrá de contarle a su hijo conforme crezca. Documenta el presente para relatarlo en el futuro. 

Pero no todo fue fulgor en la zona. Nunca falta algo ni alguien que irrumpe o atenta contra la armonía de un grupo. A la altura de la tienda El Gran Sol, un camión de pasajeros de la empresa ODA golpea una hilera de vallas de protección mal instaladas. La consecuencia fue una transeúnte lesionada del pie derecho. La mujer, que en primera instancia miraba a otras personas bailar ‘La Chona’, terminó en el asfalto por culpa de una mala maniobra al volante y de una pésima planeación en la instalación de las estructuras metálicas. 

Metros más adelante, luego de atender el reclamo cívico en redes sociales por la mala educación mostrada durante los festejos en Reforma la semana pasada, aficionados echaban porras a los trabajadores de limpieza que laboran para dejar pulcro el perímetro de Huipulco, además de comprometerse a ser responsables con la basura. “A ver si es cierto”, les exclama una pícara trabajadora que, amablemente, sonríe ante sus palabras.

Si de sonrisas se trata, las que surgieron gracias a uno de los personajes urbanos más queridos, el Dr. Simi… bueno, la botarga del Dr. Simi. En una de las sucursales de Farmacias Similares colindantes con el Azteca, se multiplicó este viejito simpático con playera de la Selección Mexicana para interactuar con sus fans. De ser uno solo en el duelo contra Sudáfrica, pasó a dos para el enfrentamiento entre Colombia y Uzbekistán. En esta ocasión fueron cuatro los que amenizan la banqueta con bailes que fusionaban cumbia, reguetón y salsa. Fanáticos checos cayeron en sus redes y bailaron al compás de movimientos gélidos y robóticos, no obstante, se contagiaron por un ratito del “sabor latino”.

Foto: Elías Salazar

En la ruta hacia el Fan Fest del Deportivo Vivanco en Tlalpan, la juventud se visibilizó con retas de hip-hop en el camellón de la calzada. Chicos y chicas portaban camisetas alusivas a México. Querían que ganaran los nuestros. De hecho, estaban convencidos de que así sería. Lo evidenciaban con sus pasos y sus rimas, con sus acrobacias y flexiones. No les molestaba no estar en el estadio, pues aseguraban que cuentan con el mejor escenario para que la ciudad lata y vibre: la calle. “Nos pertenece, es nuestra. Y la tratamos bien”, refiere una chava que se declara americanista y admiradora de Álvaro Fidalgo. 

Dos horas después, ya instalados en el Fan Fest, la sede asomaba un considerable número de mujeres y niños. Varias eran mamás que sacan adelante a sus retoños en solitario, pequeñines que les salieron apasionados por el balón, por lo que estimulan e incentivan su devoción pambolera llevándolos a ver el juego en multitud, comprándoles el jersey pirata y aprendiéndose los nombres de todos los seleccionados. Justo una de esas madres pronunció una de las frases más conmovedoras cuando aeronaves dibujan una bandera nacional cerca de las nubes: “Mira, también estamos en el cielo”. Sin querer, lanzó una metáfora para recordar que, en nuestra cancha, la de los corazones amorosos y heridos, también juegan los seres queridos que se nos adelantaron y extrañamos. Una metáfora ad hoc con la invocación de milagros cada vez que el equipo tricolor entra en escena. ¡Quién mejor que los nuestros para interceder por esos sucesos inexplicables!

Se transpiraba el amor a través de matrimonios consolidados y noviazgos nacientes. Con apenas tres meses de romance, una joven pareja continúa conociéndose y el futbol aportó su granito de arena: “Es nuestra primera Copa del Mundo juntos”. En tanto, adultos mayores que siguen casados y llevan más de doce Mundiales a cuestas; sus nietos son la evidencia de que, pase lo que pase, el deporte más hermoso del planeta se mantiene como una sana excusa para la unión incorruptible.

Antes de escuchar el silbatazo inicial, toda vez que se sabe el once designado por ‘el Vasco’, les preguntamos qué resultado auguran. Es tal el fervor depositado en Julián Quiñones, ‘Tala’ Rangel, Gilberto Mora y Roberto Alvarado que no lo dudaban: “Hoy goleamos”. ¿Es sintomático? ¿A qué se atribuye la sincronía de un pensamiento similar? Desde su trinchera, los dados están lanzados: Chequia se irá goleada del Estadio Azteca.

Al menos en este lugar no hay amargados ni realistas. Ni de broma hay una mente que contemple un empate o una derrota. Es más, ni siquiera vislumbran una victoria por diferencia de un gol. ¿De qué están hechos los sueños? ¿De qué? A reserva de lo que diga el resultado final, por ahora, puede decirse que de algo tan fuerte y tan noble que consigue lo que parecía imposible antes de ver a México en acción: la sincronización de una esperanza social en un mismo objetivo. El vaticinio de tres o más pirulos en la pizarra es tan potente que es inviable contemplar un panorama distinto. ¿Y si sí?

La víspera forjó un gozo inusitado en la gente. Frente a la ausencia de alegrías y la saturación de tristezas que vive un gran sector de la población en este país, el halo entusiasta y esperanzador que crean transforma incluso al más escéptico: “Ya me hicieron dudar. En una de esas sí los andamos goleando”. ¿Tan poderosa es una pelota para lograr que el sentimiento sea uno solo en estos momentos? Según lo que se ve y se oye, sí. 

Se aproximaba la hora de la verdad y la afición anhelaba que su presagio se cumpla, no para ganar la quiniela, sino para extender la exultación que muchas veces la realidad les niega. Deseaban que ya terminara el partido con una actuación redonda de la Selección Mexicana para entregarse a un sentimiento que han olvidado, guardado en un cajón o reprimido por distintas razones. Por esta noche, aunque sea un santiamén, suspiran por lo que alegan merecer. 

Hacia nuestros adentros, consciente o inconscientemente, rogamos que la alegría se prolongue en beneficio del otro. Cedemos para erradicar el egoísmo con intención de reír y abrazarnos con el conocido y el desconocido, de alegrarnos con y por su regocijo, porque en esta multitud ávida de júbilo hay almas rotas u oprimidas que necesitan un desahogo inmediato y, por qué no, una muestra de afecto.

El futbol siempre es algo más que futbol. La cuenta regresiva para el cotejo contra los checos lo puso de manifiesto. ¡Que ya ruede la de gajos, pues! Con todas estas emociones es un reto mantenerse cuerdo y estoico. ¡Que ya caigan el primero, el segundo, el tercero, los que sean! Es inevitable esquivar el brío general. Nada se pierde haciéndoles caso y darles la razón, ser uno más con y por ellos. ¡Hoy goleamos! 

Foto: Elías Salazar

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