Historia, memoria y reivindicación en la independencia de México

Por Ricardo Arredondo Yucupicio

El viernes 12 de septiembre fui invitado a un conversatorio a propósito del Día del Historiador en México.[1] El tema: el papel de la Historia en el presente, especialmente la académica, concebida —y consumida— en las facultades universitarias. Más allá de detenerme en mi caída, casi accidental, en la historia profesional, la reflexión giró sobre la función social de la historia en el presente. Recordé mi graduación de la licenciatura en 2021. Sin caer en la soberbia intelectual, traté de refutar unas sentencias del historiador español José Miranda, quien decía: “El conocimiento histórico no sirve para resolver los problemas del presente; no nos inmuniza contra las atrocidades del pasado; no enseña nada; no evita nada; desde el punto de vista práctico vale un comino”.

En mi opinión, el entendimiento de la historia que compartía Miranda, anclado en el estudio de procesos acabados del pasado, le impedía asignarle una función social a la práctica histórica. Además, la separación sujeto-objeto en la investigación era dada como un sine qua non de la profesión. Y, si bien la implicación ideológica de la práctica histórica puede ser fácilmente denunciada por propios y extraños, no podía yo aceptar la “inutilidad práctica de la historia”. Sería, a mí entender, haber dedicado años de mi vida a un sinsentido. El discurso fue un mecanismo de defensa intelectual, el cual he mantenido firme hasta hoy. Cerraba el discurso con dos párrafos, que me permito citar in extenso:

“Yo soy creyente en una historia con compromiso. Y no me refiero a una historia militante ni apologética. Abogo por una historia que atienda a lo social. Sin perder su independencia, la historia debe responder a las necesidades del medio. No podemos abstraernos, ni renunciar a nuestra pertenencia a una comunidad más amplia que la de esta Facultad. Abracemos los problemas del presente, las inquietudes de la población; vivamos nuestro tiempo, no nos perdamos en los siglos pasados. Como Karl Jaspers decía, debemos ‘no someternos a lo pasado ni a lo futuro. Se trata de ser enteramente presente’. No creamos, como Miranda, que la historia no tiene una utilidad práctica […]. La Universidad nos ha brindado las herramientas para ser útiles, usémoslas”.

“Esto no significa que se deba dotar a la historia de una responsabilidad que no le pertenece. Que la soberbia no nos domine. Como Roger Chartier lo mencionó en este mismo auditorio[1] hace unos años, los historiadores no poseemos el monopolio del pasado, ni debemos aspirar a tenerlo. Adaptemos nuestro lenguaje, intentemos llegar a nuevos espacios, humildes y conscientes de nuestra labor en la sociedad”.

Retablo de la Independencia. Juan O’Gorman, 1961. Museo Nacional de Historia

Salir al ruedo siendo conscientes de nuestras debilidades es un paso elemental para restablecer la función social de la historia. Es cada vez más complicado competir con los productores de memoria e, incluso, con aquellos que conscientemente manipulan el pasado para sacar raja política. El papel del historiador comprometido es denunciarlo, sin querer ocupar su lugar. La historia moderna entiende la naturaleza perecedera del conocimiento, de la “verdad histórica”. Como en un juicio, esta “verdad histórica” (e insisto en las comillas”) lo es mientras no se demuestre lo contrario.

Denunciar la perversión del pasado no implica, empero, que rechacemos los procesos vindicativos de grupos históricamente sometidos, y que buscan insertar su historia en la narrativa oficial. Estas narrativas oficiales no son malas en sí mismas. Cumplen un papel cohesionador que es objeto mismo de la historia. El cemento decimonónico por antonomasia, la narrativa histórica nacional dejó de lado a grupos que no encajaban en la construcción “ideal” que se imaginaron los intelectuales de ese momento. Los procesos de reivindicación, que buscan agregar esas historias silenciadas a las narrativas oficiales, deben ser entendidas, acompañadas y matizadas desde nuestra trinchera profesional; no menospreciadas, mucho menos negadas.            

De ahí que aplauda la arenga dada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en la ceremonia del Grito de Independencia. Las mujeres jugando un papel central en los “vivas” son eso, una reivindicación, misma que comenzó hace algunas décadas en la historiografía profesional, y que aun está en curso. El rechazo a las reivindicaciones viene, muchas veces, de creer que de lo que se trata es de la sustitución de una narrativa por otra. Antes lo contrario, muchos de estos nuevos discursos no ponen en tela de juicio sistemas de dominación; lo que hacen es alargar la esperanza de vida de una narrativa oficial ya añeja, al agregarle nuevos matices.

La arenga de la presidenta no rompe el molde de la narrativa histórica sobre la independencia de México; no abona a su mejor entendimiento, no brinda nuevas categorías para entender un proceso complejo y contradictorio como el iniciado por Hidalgo en 1810.  No añade nuevos visos sobre la construcción de la nación, ni sobre la estructura política adoptada hace ya más de doscientos años. Pero no debemos esperar algo distinto, pues la función de la narrativa oficial de un proceso histórico, como ya lo mencioné anteriormente, es servir de pegamento social. La trinchera de la historia profesional no debe discutir con esas narrativas, pues lleva las de perder. Trayendo de nuevo a Chartier, debemos aceptar que no tenemos el monopolio del pasado, ni debemos aspirar a tenerlo.

La historia profesional, para volver a cumplir un papel social (creo firmemente en que en algún momento lo tuvo) debe atender históricamente los problemas que nos aquejan hoy. Tratamiento para el presente, y profilaxis para el futuro; el historiador tendrá incidencia cuando logre atender históricamente todo eso que tiene a México, y a mi estado, Sinaloa, en el lugar que actualmente ocupa. De juez, la práctica histórica pasará a ser clínica.

No discutir por el apellido de casada de Doña Josefa, sino sobre la situación actual de la mujer en México; no sobre la violencia de las masas de Miguel Hidalgo en Guanajuato, sino sobre la sangría que vive actualmente ese estado. No desgastemos energías, y mejor dispongámonos a ser una comunidad profesional comprometida, multidisciplinaria, abierta al diálogo y sin temor a la crítica. Volviendo a Jaspers, seamos enteramente presentes.

La primera mujer presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo. Gobierno de México


[1] El día del historiador en México se conmemora a propósito de la fundación de la Academia Mexicana de la Historia.

[2] El Auditorio de Humanidades de la Universidad Autónoma de Sinaloa en Culiacán. Roger Chartier ofreció la conferencia “El presente del pasado. Historia, memoria, literatura” en diciembre de 2018.


Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.

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