Escribo desde la sangre,
desde su testimonio,
desde la mentira, la avaricia y el odio,
desde el clamor del hambre y del tras mundo,
desde el condenatorio borde de la especie,
desde la espada que puede herirla a muerte,
desde el vacío giratorio abajo,
desde el rostro bastardo,
desde la mano que se cierra opaca,
desde el genocidio,
desde los niños infinitamente muertos,
desde el árbol herido en sus raíces,
desde lejos,
desde el tiempo presente
José Ángel Valente, fragmento de “sobre el tiempo presente”,
El Inocente (1967-1970)
Año tras año, desde que lo hiciera por primera vez en 1977 la Gesellschaft für deutsche Sprache (Sociedad para la Lengua Alemana), cuando queda poco tiempo para comenzar ese periodo dedicado al dios de las dos caras, durante el cual tendemos a equivocarnos al escribir el último número de las fechas, algunos diccionarios e instituciones tienen por costumbre revelar la que consideran su “palabra del año” (Wort des Jahres en alemán), en la que buscan encapsular el espíritu de los doce meses anteriores. Así, la palabra del año 2025 para esta institución de lengua alemana fue “KI-Ära”,[1] para la Zürcher Hochschule für Angewandte Wissenschaften, “Frauen-Nati”, en alemán, y en el resto de lenguas del país helvético, “génocide”, “dazi” e “IA”.[2] En inglés, el Diccionario Oxford eligió “rage bait”;[3] en cambio, para el Diccionario Merriam-Webster, para el periódico The Economist y para la ADS (American Dialect Society), la palabra del año fue “slop” (“AI slop” para el Diccionario Macquarie, y “hallucineren” para la editorial neerlandesa Van Dalen).[4] En esta misma lengua —la que más palabras elige—, para el Diccionario Cambridge, la palabra del año fue “parasocial”;[5] para el Diccionario Collins, lo fue “vibe coding”;[6] y para el diccionario en línea Dictionary.com, la expresión “6-7”.[7] En francés, el diccionario Le Robert coronó el neologismo “masculinisme”[8] como la palabra estrella. Por su parte, la RTBF (radiotelevisión belga), eligió “Technofascisme”,[9] mientras que en noruego se eligió “Tekoligark”.[10] El diccionario del ucraniano moderno Myslovo, con el contexto bélico aún presente en el país, eligió “Perehovory”;[11] el Istituto della Encicolopedia Italiana Treccani hizo lo propio con “Fiducia”;[12] y Porto Editora escogió para la lengua portuguesa la palabra “Apagão”.[13] En castellano, es FundéuRAE (Fundación del Español Urgente) la encargada de elegir la palabra, que en 2025 fue “arancel”.
la palabra que debería definir o representar el 2026 […] por ser la que más debate sobre su significado ha sufrido a nivel global, es la que ya escogieron los francófonos de Suiza para la edición de 2025: “genocidio”.
Efectivamente, el escoger una palabra para representar un año nos permite apreciar el tema que acaparó la atención de un país, aquello que le parece importante por encima de otras cosas. Ver el registro de las palabras escogidas en cada edición también sirve para entender un poco la historia particular de cada país y las fijaciones temáticas en el subconsciente colectivo de cada sociedad, de forma que, aunque en 2025 haya habido un tema global como el más representado (el de la Inteligencia Artificial, con los aranceles en segundo lugar), en otros años y lugares, la palabra del año pertenece propiamente al ámbito de lo doméstico, como ocurre con la elección de “apagón” o el nombre de una selección nacional en los casos de Portugal y la Suiza germanoparlante. Pero, aun sin haber concluido los doce meses de calendario, si hay algo que tenemos claro es que, si nos preguntaran a nosotros cuál es la palabra que debería definir o representar el 2026 —y que podría haber sido también la de algunos años pasados—, por ser la que más debate sobre su significado ha sufrido a nivel global, es la que ya escogieron los francófonos de Suiza para la edición de 2025: “genocidio”.
Conviene aquí aclarar que la elección de la palabra del año es principalmente una estrategia de marketing, no una necesidad lingüística; y que, aunque dicha palabra suele ser elegida por un comité de expertos o por votación popular, el proceso no depende de criterios que podamos considerar objetivos, salvo en el caso de Le Robert, que escoge su palabra basándose en el porcentaje de incremento de búsquedas. Escoger una palabra del año es, por lo tanto, una cuestión subjetiva y arbitraria, como lo es la creación misma de las palabras. ¿Por qué llamamos manzana a una manzana y no de otra forma?, o ¿qué relación hay entre el significado de política y la palabra política?, son preguntas que se hacen desde la lingüística y que revelan ese sentido arbitrario del léxico sobre el que queremos profundizar ahora que hemos escogido una palabra tan significativa como significante para representar nuestro año 2026.
término altamente conflictivo, pues el contexto de su creación —y la relación que éste tiene con su significado— es tan extremo que pareciera que sólo puede aplicarse a contextos de dimensiones equiparables.
Siendo justos, no podemos decir que las palabras siempre son creaciones arbitrarias, pues se tienen que introducir correctamente en una lengua y seguir sus reglas para poder pertenecer a sus dinámicas. Si creamos un verbo en español, más nos vale que termine en “-ar”, “-er”, o “-ir”, si queremos poder conjugarlo. Así, hay que entender que una palabra como “genocidio” nace —aunque no en español— no de un vacío, pero sí ex novo, es decir, sin ser una derivación de una palabra ya existente en la misma u otra lengua. Su nacimiento, frente al de muchas palabras, lo podemos situar perfectamente en el tiempo, al igual que a su creador. Esto, a su vez, ha sido el motivo de que resulte un término altamente conflictivo, pues el contexto de su creación —y la relación que éste tiene con su significado— es tan extremo que pareciera que sólo puede aplicarse a contextos de dimensiones equiparables.

Pero comencemos por el principio para ver si entendemos mejor la palabra a partir de su origen. En 1900, Raphael Lemkin nacía en Bezwodne, Polonia (en aquel momento parte del Imperio Ruso, y a partir de 1945 de Bielorrusia) en el seno de una familia judía. Como hace un servidor, se dedicaría primero al estudio de la lingüística, pero, tras el exterminio de más de 1.2 millones de armenios por el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial, cambiaría su interés por el derecho, convirtiéndose en un destacado jurista en su país, desde donde empezaría a trabajar en pro de los derechos de las personas asesinadas en masa.
Como cuenta en su autobiografía,[14] no fue éste el primer caso de injusticia en contra de un grupo que presenció en su juventud, pues, cuando tenía 13 años, un judío llamado Beilis había sido acusado —por inquina más que pruebas— de matar a un niño cristiano para usar su sangre en la Pascua judía, lo que causaría un gran revuelo en todo el país. Como consecuencia, las tensiones entre los cristianos y la población judía del Imperio Ruso auguraban la posibilidad de un pogromo que no se disipó ni siquiera tras la liberación del acusado. En la escuela a la que asistía Lemkin y en la propia ciudad de Wolkowysk, donde vivía, los niños judíos eran llamados por el nombre común de “Beilis”, en referencia al supuesto asesino, lo que Lemkin describe como una sensación de que la población judía estuviese en constante juicio, esperando que en cualquier momento se dictara veredicto y sentencia.
Como consecuencia, al joven polaco no le fue difícil observar los posibles extremos de esta forma de tratar a un grupo étnico o religioso cuando, en la Primera Guerra Mundial, las tropas otomanas asesinaron a sangre fría a orillas del Éufrates a más de un millón de armenios por el simple hecho de ser cristianos. La posterior liberación de 150 oficiales detenidos por estas acciones, y la reacción de uno de los pocos supervivientes al encontrarse con Talaat Pasha —uno de los más temidos entre los perpetradores de la masacre— años después en las calles de Berlín, a quien mataría para vengar la muerte de su madre, marcaron profundamente a Raphael Lemkin,[15] quien se matricularía en la Universidad de Lwow y empezaría a trabajar en el estudio de las implicaciones legales de este tipo de acciones violentas.

Su primera incursión en adiciones a la nomenclatura sobre los crímenes de exterminio pasó por acuñar los términos “crimen de barbarie” y “crimen de vandalismo”,[16] que no prosperaron debido a que no se le permitió presentarlos en la Conferencia de Unificación del Derecho Penal, que se celebró en Madrid en 1933; pues su propio país no le concedería el visado para desplazarse hasta la capital española, evitando así generar enemistad con el recientemente elegido líder de Alemania, un tal Adolf Hitler. Fue debido a las acciones del régimen nacido del acceso al poder de este hombre —si es que tal apelativo se puede aplicar a alguien con tan poca humanidad— que en 1939, seis días después del ataque del ejército nazi, Lemkin intentaría abandonar Varsovia en tren, aunque terminaría haciéndolo a través del bosque a pie, después de que aviones de la Luftwaffe alcanzaran con sus bombas uno de los vagones cuando la locomotora salía de la estación. Desde Polonia pasó a Lituania, Letonia y Suecia, hasta llegar en 1941 —pasando antes por Rusia, Japón y Canadá— a los Estados Unidos, en donde buscaría informar a las autoridades de los planes de los nazis con respecto a la limpieza étnica.
Mientras vivía en Suecia como refugiado, Raphael Lemkin comenzó a compilar las leyes sancionadas por los países del Eje (Alemania, Italia y Japón) para la administración de los territorios ocupados y anexados por el nazismo durante la II Guerra Mundial. De estos primeros apuntes y de su posterior trabajo en el Departamento de Guerra de los Estados Unidos, nace su obra más famosa, El dominio del Eje en la Europa ocupada, editada en 1944, y cuyo aporte de mayor calado fue el acuñar un nuevo término: el de “genocidio”.
toma el término griego genos (γένος), que significa ‘gente’, ‘pueblo’, ‘clase’, ‘raza’ […] añade un sufijo de origen latino -cīdium, derivado del vervo caedō, ‘matar’, ‘asesinar’, ‘cortar’, ‘talar’, ‘derrotar’
Como políglota que era, a Lemkin no le costó hacer aquello que pone de los nervios a algunos profesores de lenguas clásicas, que es mezclar raíces griegas y latinas en palabras nuevas[17] —“poliamor”, “heterosexual”, “hiperactivo”, “meritocracia”, “neonato”, “televisión”, “monolingüe” o “metadatos” son ejemplos de esto—. Su apuesta toma el término griego genos (γένος), que significa ‘gente’, ‘pueblo’, ‘clase’, ‘raza’, de la misma línea etimológica que el genus latino, plural genera, a partir del cual obtenemos “género” en castellano. Este término proviene de la misma raíz protoindoeuropea (*ǵenh-) que gens, ‘gente’, ‘clan’, ‘tribu’, de cuyo plural, gentes, obtenemos nuestro término “gente”. A esta raíz griega se añade un sufijo de origen latino -cīdium, derivado del vervo caedō, ‘matar’, ‘asesinar’, ‘cortar’, ‘talar’, ‘derrotar’, que forma palabras con este significado de ‘finalización forzosa de la vida’, como son: homicidio (>homicidium), suicidio (>suicidium), parricidio (>patricidium), infanticidio (>infanticidium), fratricidio (>fratricidium), y otros derivados de -cīda (no la acción, sino quien la hace) como herbicida, insecticida, fungicida, ecocida, etc.
Como neologismo que es, su creador fue capaz de imbuir el continente (la palabra creada) con el contenido de la forma que más le plugo; pero Lemkin parte de un punto de vista jurídico, es decir, que su terminología es técnica por naturaleza y legal por especie. Así, no se puede apartar la definición de “genocidio” de las implicaciones legales, esto es, de los elementos que codifican un crimen como tal. Sin embargo, el trabajo de Lemkin no es la redacción de una ley o de la tipificación de una conducta en el código penal —de eso se encargó la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio[18]— sino de la determinación de aquellos hechos de una acción que, según sus argumentos, deben ser considerados un crimen singular, diferenciados de otros ya conocidos y a los que correspondían sus propios castigos según el derecho doméstico e internacional.
Lemkin […] define la palabra genocidio como “la destrucción de una nación o un grupo étnico”
En el capítulo IX de su El dominio del Eje en la Europa ocupada, Lemkin parte de la premisa de que “Las nuevas concepciones requieren nuevos términos”,[19] por lo que define la palabra genocidio como “la destrucción de una nación o un grupo étnico”,[20] pero aclara que:
“no significa en rigor la destrucción inmediata de una nación, excepto cuando se la lleva a cabo a través del asesinato masivo de todos los miembros de un país. Debiera más bien comprenderse como un plan coordinado de diferentes acciones cuyo objetivo es la destrucción de las bases esenciales de la vida de grupos de ciudadanos, con el propósito de aniquilar a los grupos mismos.”[21]
La aniquilación no es siempre, aclara, una destrucción física o vital de los individuos, sino que puede ser espiritual, pues se puede lograr a través de “la desintegración de las instituciones políticas y sociales, de la cultura, del lenguaje, de los sentimientos de patriotismo, de la religión y de la existencia económica de grupos nacionales y la destrucción de la seguridad, libertad, salud y dignidad personales”.[22] Las acciones genocidas son, por lo tanto, contra individuos, pero con el objetivo de destruir el grupo nacional, étnico o cultural al que pertenecen.
El autor polaco entiende el genocidio como un proceso dividido en dos partes o etapas, la primera de las cuales es “la destrucción del patrón nacional del grupo oprimido”, a la que sigue “la imposición del patrón nacional del opresor”; de ahí que considere que hay genocidio incluso cuando se permite a la población oprimida el permanecer en el lugar o territorio. El genocidio se vale, por lo tanto, de varias técnicas que el autor identifica: política, social, cultural, económica, biológica, física, religiosa y moral. Estas técnicas buscan supeditar al pueblo oprimido al yugo de valores, leyes, lenguaje e ideas del opresor, a la vez que debilitan sus valores propios y los desproveen de su identidad, medios de vida, cultura y libertades.
propone que el delito de genocidio se reconozca cuando haya una acción “que atente contra la vida, la libertad, la salud, la integridad corporal, la existencia económica y el honor de los habitantes cuando ésta se acometa debido a que dichos habitantes pertenecen a un grupo nacional, religioso o racial”
Lemkin, en su alegato por el reconocimiento del genocidio como un crimen diferente a los que ya reconocían las Regulaciones de la Haya, acepta que los crímenes de guerra y el genocidio son, en todo caso, asesinatos, pero admite que este último lo es “en una escala mucho más vasta”[23]. Así, propone que el delito de genocidio se reconozca cuando haya una acción “que atente contra la vida, la libertad, la salud, la integridad corporal, la existencia económica y el honor de los habitantes cuando ésta se acometa debido a que dichos habitantes pertenecen a un grupo nacional, religioso o racial”[24] o cuando haya una política que busque “la destrucción o el engrandecimiento de uno de esos grupos para perjuicio o en detrimento de otro”[25].
Ahora bien, ¿qué queda de esta definición de “genocidio” en lo que entendemos hoy como tal?, ¿qué diferencias hay entre la concepción popular o de andar por casa y lo que dice la legislación internacional?, y ¿qué relación tiene con el término “holocausto” y con su origen?
El Artículo II de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio establece que se entiende por genocidio:
Los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:
a) Matanza de miembros del grupo;
b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;
c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;
d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;
e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.[26]
Como explica José Luis Pérez Treviño, hay dos aspectos de esta definición adoptada por la Convención que han generado considerables discusiones: la caracterización de los grupos, esto es, la limitación de las colectividades que se incluyen en la protección contra el genocidio, que excluye a grupos políticos y que no aporta herramientas para el establecimiento de lo que supone un grupo nacional, étnico, racial o religioso; y la noción de intención, que tampoco queda definida en grados, lo que ha permitido “que hayan surgido distintas interpretaciones que restringen o amplían el sentido de intención, lo cual repercute en el grado o cualidad de dicha intención”.[27]
Si comparamos la definición de Lemkin, en la que se basa el acuerdo de la Convención, con la definición de esta última, vemos que se incluyen algunas de las técnicas que el autor polaco había mencionado (la biológica, la física y la económica), pero se excluyen otras (la moral, la religiosa, la cultural, la social y la política), y que se añade el término de “etnia” al de los grupos susceptibles de sufrir un genocidio, así como el concepto de “intención”.
Las limitaciones de la definición adoptada por la Convención se debieron principalmente al hecho de que, de incluir otros grupos y otras técnicas, es posible que varios de los países firmantes no hubiesen ratificado el acuerdo, pues, en el momento de redacción del texto, llevaban a cabo activamente algunas de las acciones condenadas en éste.
aparece definida como tal por primera vez en el Diccionario de la Real Academia Española de 1956, donde aparece con el significado de “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de raza, religión o de política”
Ahora bien, la concepción general del concepto de genocidio —la que usamos hoy en día cuando hablamos fuera de un juzgado internacional— no coincide con la de una ley, sino con una idea más amplia, que aparece definida como tal por primera vez en el Diccionario de la Real Academia Española de 1956, donde aparece con el significado de “Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivos de raza, religión o de política”.[28] En sucesivas ediciones de este diccionario de referencia, esta definición no varía salvo por la desaparición de una “s” en “motivo” y la inclusión de la etimología en la edición de 1992 y posteriores, así como de la adición de un grupo más en la última edición: la nacionalidad. Ésta es la misma definición que incluye María Moliner en su Diccionario de uso del español (1970), y difiere poco de la del Diccionario del español actual de Manuel Seco (1999), que, no obstante, utiliza la palabra “matanza”. [29]
Otras lenguas, como el inglés, presentan definiciones similares, aunque con algunas connotaciones más. Así, el Oxford Dictionary of English dice que es “the deliberate and systematic killing or persecution of a large number of people from a particular national or ethnic group with the aim of destroying that nation or group”.[30] El Cambridge Dictionary lo define como “the crime of intentionally destroying part or all of a national, ethnic, racial, or religious group, by killing people or by other methods”,[31] y el Merriam-Webster “the deliberate and systematic destruction of a racial, political, or cultural group”.[32]

Las diferencias que podemos encontrar no son demasiadas a simple vista, pero sí existen y tienen sus implicaciones. Algunas definiciones se centran en la idea de matanza, exterminio o destrucción física, sin descartar otro tipo de eliminación, pero sin explicitarlo; otras, en cambio, afirman la necesidad de que la acción debe de ser a la vez sistemática y deliberada, y sólo una de ellas admite la posibilidad de que esta destrucción no tenga que ser total, mientras que la Convención afirma que la eliminación puede ser parcial. Una de las definiciones en inglés incluye la idea de que el grupo debe de ser grande —idea ausente en la definición legal—, y entre los tipos de grupos, algunas definiciones incluyen a grupos políticos —lo cual no se encuentra en el texto de la Convención— y otras no, mientras que sólo un diccionario hace mención de los grupos culturales, suponemos, en sustitución de los nacionales. Por su parte, ninguna de las definiciones profundiza en los métodos definidos por la Convención ni en los objetivos planteados por Lemkin por parte del grupo opresor para llevar a cabo estas acciones, esto es, se abstienen de pronunciarse respecto a las motivaciones que llevarían a considerar que la acción es motivada o deliberada.
Es cierto que es el uso de un término el que tiende a definirlo, o por lo menos ése es el orden en el que trabaja la lingüística descriptiva
Es cierto que es el uso de un término el que tiende a definirlo, o por lo menos ése es el orden en el que trabaja la lingüística descriptiva, de la que forma parte la disciplina encargada de la elaboración de los diccionarios, la lexicografía. Los redactores de las entradas de los diccionarios suelen observar el uso de las palabras por la sociedad —normalmente tomando como referencia una gran multiplicidad de textos— para inscribir luego en la tinta casi indeleble del diccionario lo que queda como referencia del significado de una u otra palabra. Sin embargo, el neologismo —como habíamos apuntado antes— es un elemento peculiar, y más aún si pertenece a una jerga o lenguaje técnico como el legal. ¿Cómo es posible trasladar las particularidades de lo especializado al habla coloquial? ¿Por qué se incluye una palabra técnica en un diccionario de uso, y cómo se disuelven o se fortalecen ciertos elementos de su significado cuando ésta pasa a estar en boca de todos, no sólo de los técnicos?
La forma más clara de traslado del lenguaje especializado al lenguaje general ocurre mediante la popularización de un tema por medio del debate público, esto es, por su traslado de la esfera de lo especializado a la esfera pública. Así, palabras como “arancel”, que pertenecen al lenguaje de la economía y los mercados, pasan al habla cotidiana gracias a que son puestos sobre la mesa del debate coloquial a consecuencia de la coyuntura política o social. El término “genocidio” tuvo su primer salto a la mesa general hace ya muchos años, de la mano de su nacimiento y de su relación con el holocausto judío a manos de los nazis. Sin embargo, es probable que esta asociación haya sido su propia perdición, como opina Philippe Sands cuando dice:
“En el pensamiento de la opinión pública, el genocidio es el delito de delitos. ¿Es porque la palabra inventada por Lemkin tiene una especie de magia, en comparación con el crimen de guerra o el crimen contra la humanidad, que parecen conceptos más técnicamente jurídicos y que no evocan, en el imaginario, al menos de la misma manera, el horror? ¿O es porque el genocidio es el único que implica la protección de grupos, y consideramos que un ataque a un grupo es más grave que un ataque a muchas personas?”[33]
Aunque se han reconocido un puñado de hechos como genocidio desde su tipificación,[34] pareciera ser que la matanza de miles de personas —cientos de miles en algunos casos, aunque con unos cuantos bastaría—, al palidecer en comparación con la atrocidad de los campos de trabajo y concentración levantados durante la II Guerra Mundial para la esclavización y exterminio de judíos, eslavos, romaníes, disidentes políticos, comunistas, homosexuales y demás grupos considerados inferiores por el Tercer Reich, no merece ser llamada «genocidio», a pesar de que a todas luces es un genocidio. A diferencia de otro término como “terrorismo” —neologismo también, que se usa indiscriminadamente, y que nació con el objetivo de que los gobiernos pudiesen penalizar más fuertemente las acciones de violencia con motivaciones políticas, especialmente aquellas que atentaran contra su autoridad—, el “genocidio” parece inalcanzable por el purismo de aquellos que lo cometen a la vez que buscan dictar sentencia condenatoria y orden de ejecución inmediata sobre niños neonatos, al entender que son combatientes enemigos en potencia por haber nacido en cierto lugar.
Otro de los problemas es el significado que se da a las palabras que componen la definición. ¿Qué entendemos por “deliberado” y por “sistemático”? ¿Qué es una “lesión grave” y cómo delimitamos lo que supone un atentado contra la integridad? ¿Cómo se define una condición de existencia cuyo resultado no puede comprobarse o juzgarse a priori? Las respuestas a algunas de estas preguntas —las de tipo jurídico— las han ido dando las cortes internacionales poco a poco, sin embargo, el hecho de que no estén definidas de antemano supone una deslegitimación de las interpretaciones como “ideológicas”, por más que sean las que más se acojan al espíritu de la creación del concepto de crimen de genocidio. La concepción de sistematización del exterminio como prerrequisito para la consideración de éste como genocidio lleva a creer a ciertas personas que no tiene lugar si no se instituye un sistema específico, como el de los campos de concentración, para llevarlo a cabo, y la falta de este tipo de elementos puede bien ser utilizada para alegar la falta de intención.
El genocidio, de acuerdo con estos parámetros, parece haberse convertido en patrimonio privativo e histórico de un pueblo —de lo que un etnoestado ha sabido tomar partida—, el único que, por la dimensión de su sufrimiento, merece ser reconocido como víctima.

El genocidio, de acuerdo con estos parámetros, parece haberse convertido en patrimonio privativo e histórico de un pueblo —de lo que un etnoestado ha sabido tomar partida—, el único que, por la dimensión de su sufrimiento, merece ser reconocido como víctima. Sin embargo, esto deslegitima por completo la concepción misma del término por parte de Raphael Lemkin, cuyo objetivo era evitar la existencia de genocidios al permitir a los organismos internacionales identificarlos, de forma que pudiesen actuar a tiempo, no al descalificar actos atroces como menores, o menos graves que el genocidio, por tecnicismos u odiosas comparaciones con lo que ya ha ocurrido.
La definición de una palabra es, a fin de cuentas, un conjunto de ideas, conceptos e intuiciones que, puestas juntas, solapadas, llegan a una concepción compartida por los hablantes de lo que se dice cuando se habla.
Sin embargo, la cuestión no deja de ser terminológica, conceptual, filosófica incluso, pues para lo jurídico ya existen cauces propios, aunque estos no hayan facilitado siempre la labor, al entender que su trabajo sería demasiado de relajar ligeramente los conceptos, porque ¿qué nación no ha cometido alguno que otro acto de barbarie en su dilatada o corta vida con la justificación del bien común? La definición de una palabra es, a fin de cuentas, un conjunto de ideas, conceptos e intuiciones que, puestas juntas, solapadas, llegan a una concepción compartida por los hablantes de lo que se dice cuando se habla. De esta forma, como dice Sands, hemos llegado a considerar “genocidio” como el crimen de crímenes, el más alto de un escalafón en el que se encuentran más abajo actos atroces en medida equiparable (matanzas, fusilamientos, crímenes de guerra, asesinato de menores, violaciones, desapariciones forzadas, etc.) pero que no sentimos, por algún motivo, tan potentes, tan determinantes históricamente como el que ha llegado a capturar la mente y atención —por causas más que justificadas— del mundo en las ocho décadas que han pasado desde que acabase la Segunda Guerra Mundial. Esto se debe también a que nuestra relación con las palabras se encuentra ligada a nuestra respuesta emocional a ellas, a nuestra cercanía con sus implicaciones, a la exposición que tenemos a las imágenes como las que Hollywood, monumentos y museos de la memoria han plantado dentro de nosotros para generar esa empatía e intentar que la atrocidad no se repita.
Aunque Lemkin lo tuviese claro, la cantidad de trabajo que tuvo que llevar a cabo para acuñar el término de “genocidio” demuestra en buena medida que es difícil determinar que algo es un genocidio si uno no lo ha sufrido en carne propia; que es difícil entender todas las implicaciones de éste desde la distancia, aunque la distancia sirva también para dar perspectiva; y que las limitaciones establecidas sólo sirven para proteger al opresor de ser juzgado por sus actos. Aunque la Convención lo tuviese claro en 1951, también conviene recordar que los tiempos cambian, y con ellos, la lengua, las formas de cometer crímenes, y la opinión pública sobre ciertos hechos. Es, en definitiva, un error sólo aferrarse a la idea de genocidio de los diccionarios y de las convenciones internacionales, especialmente cuando éstas no son acordes unas con otras. Es, además, banal desde el discurso público, el querer restringir lo que se puede decir cuando es el discurso público el que lo define. Así, si el problema es la palabra, en el espíritu de Raphael Lemkin, siempre podemos acuñar una nueva terminología, o, en su defecto, adaptar la definición de lo que todos vemos y sentimos como una catástrofe y masacre de las más grandes proporciones, y de la mayor vileza y crueldad, al uso que ya damos a la palabra “genocidio”, nos den las cortes la razón o no, pues ya llegará la historia para dictar sentencia.
Textos de Pablo Toussaint en la Revista Presente
[1] ‘Era de la IA (Inteligencia Artificial)’
[2] “Frauen-Nati”, es el nombre de la selección femenina de futbol suiza en alemán, anfitriona de la edición del Campeonato Europeo de femenino de futbol del año 2025. “génocide” es ‘genocidio’ en francés, “dazi” es ‘arancel’ en italiano, e “IA” es ‘Inteligencia Artificial’ en romanche.
[3] “Rage bait” se define como el contenido online diseñado de forma deliberada para producir enfado o indignación al ser frustrante, provocador u ofensivo, y que suele ser publicado con el fin último de aumentar el tráfico y las interacciones con alguna página web o contenido de redes sociales.
[4] “Slop” hace referencia al contenido digital de baja calidad que se produce normalmente en cantidad mediante inteligencia artificial. En el caso del neerlandés, el término “hallucineren”, que se traduce literalmente por “alucinar”, hace referencia a los modelos de Inteligencia Artificial que dan información errónea sobre ciertos temas, al obtener sus datos de fuentes poco confiables o falsas.
[5] “Parasocial” también en castellano, hace referencia a la conexión o relaciones que una persona siente que existen entre ella y alguien famoso a quien no conoce personalmente, o entre ella y algún personaje ficticio, o entre ella y alguna inteligencia artificial.
[6] “Vibe coding” hace referencia al desarrollo emergente de un tipo de programa informático que convierte el lenguaje natural o humano en código de programación mediante la inteligencia artificial.
[7] “6-7”, también escrito “six-seven” es una expresión que el Dictionary.com considera imposible definir, pues no tiene significado y puede usarse en cualquier contexto, pues su objetivo es servir de respuesta a cualquier pregunta, a la vez que demostrar la pertenencia a cierto grupo.
[8] “masculinismo”, que define como “l’ensemble de revendications cherchant à promouvoir les droits des hommes et leurs intérêts dans la société au détriment de ceux des femmes”, esto es, “El conjunto de reivindicaciones que buscan promover los derechos de los hombres y sus intereses en la sociedad, en detrimento de los de las mujeres”. Le Robert, “Top 10 des mots qui ont marqué l’année 2025”, 8 de diciembre de 2025, enhttps://dictionnaire.lerobert.com/dis-moi-robert/raconte-moi-robert/top-10-mots-plus-etonnants/top-10-des-mots-qui-ont-marque-l-annee-2025.html (consultado el 5 de octubre de 2026).
[9] “Tecnofascismo”, cuya definición se puede traducir como “doctrina política que busca desmantelar las democracias liberales para instaurar u régimen autoritario, apoyándose en los algoritmos y las redes sociales con el fin de manipular los comportamientos colectivos y de esquivar los mecanismos representativos”. RTBF, “Le mot de l’année 2025 est… Technofascisme, ou lorsque la technologie numérique devient un instrument de pouvoir autoritaire”, 30 de diciembre de 2025, en https://www.rtbf.be/article/le-mot-de-l-annee-2025-est-technofascisme-ou-lorsque-la-technologie-numerique-est-un-instrument-de-pouvoir-autoritaire-11654315 (consultado el 5 de octubre de 2026).
[10] “Tecnoligarca”, en cambio, se define como un oligarca, es decir, una persona que amasa una gran cantidad de dinero y poder, pero cuyo origen es el de compañías tecnológicas que les permiten tener gran control e influencia sobre el mundo.
[11] ‘Negociaciones’
[12] ‘Confianza’
[13] ‘Apagón’
[14] Raphael Lemkin, Totally Unofficial. The Autobiography of Raphael Lemkin, New Haven-Londres, Yale University Press, 2013.
[15] Lemkin explica que este hombre, llamado Tehlirian, había sobrevivido gracias a que el cadáver de su madre lo había protegido de las balas. Tras el asesinato del oficial turco, el superviviente armenio fue llevado a juicio y su caso sirvió más como juicio y escaparate de las atrocidades otomanas que para juzgar las acciones del acusado. Tehlirian fue declarado inocente al considerar la corte que había actuado por compulsión psicológica, por lo que no podía ser juzgado como una persona mentalmente estable. Lemkin se pregunta entonces si las acciones de este hombre están justificadas; si un hombre puede designarse a sí mismo como ejecutor de la justicia o si esto también es una perversión de la justicia.
[16] Según el propio Lemkin, el primero consiste en la destrucción de una colectividad nacional o religiosa, mientras que el segundo, en la destrucción de obras culturales que representan el espíritu de estos grupos nacionales y religiosos.
[17] Etimológicamente, el término más adecuado es “genticidio”.
[18] Organización de las Naciones Unidas, Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, 1948, en https://www.ohchr.org/es/instruments-mechanisms/instruments/convention-prevention-and-punishment-crime-genocide (consultado el 7 de octubre de 2026).
[19] Raphael Lemkin, El dominio del Eje en la Europa ocupada, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008, p. 153.
[20] Idem.
[21] Idem.
[22] Idem.
[23] Ibid., p. 169.
[24] Ibid. p. 172
[25] Idem.
[26] Organización de las Naciones Unidas, 1948, op. cit. art. II.
[27] José Luis Pérez Treviño, “Genocidio”, Eunomía. Revista en Cultura de la Legalidad, nº. 5, septiembre 2013-febrero 2014, p. 236.
[28] Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Madrid, 1956, s.v. “Genocidio”.
[29] “Matanza sistemática de un grupo étnico, nacional o religioso”, Manuel Seco, Olimpia Andrés, Gabino Ramos, Diccionario del español actual, Madrid, Santillana, 1999, s.v. “Genocidio”.
[30] “El asesinato o persecución deliberada y sistemática de un gran número de personas de un grupo nacional o étnico particular con la finalidad de destruir esa nación o grupo”. Oxford Dictionary of English, Oxford, Oxford University Press, 2023, s.v. “Genocide”, en https://doi.org/10.1093/OED/1052801400 (Consultado el 7 de octubre de 2026).
[31] “El crimen de destruir intencionalmente una parte o la totalidad de un grupo nacional, étnico, racial o religioso, por medio del asesinato u otros medios”, Cambridge Advanced Learner’s Dictionary & Thesaurus, Cambridge, Cambridge University Press, 2026, s.v. “Genocide”, https://dictionary.cambridge.org/dictionary/english/genocide (Consultado el 7 de octubre de 2026).
[32] “La destrucción deliberada y sistemática de un grupo racial, político o cultural” Merriam-Webser.com Dictionary, Merriam Webster, s.v. “Genocide”, https://www.merriam-webster.com/dictionary/genocide (Consultado el 7 de octubre de 2026).
[33] Philippe Sands, “Sobre el concepto de genocidio”, Le Grand Continent, 12 de marzo de 2025
[34] A día de hoy, después de que entrase en vigor la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, solamente se han juzgado propiamente —esto es, mediante cortes internacionales o tribunales ad hoc supervisados por organismos como la ONU— tres genocidios, por los cuales, no obstante, no se ha hecho responsable a ningún Estado sino solamente a los generales y militares que los ejecutaron. Estos son el genocidio bosnio de la masacre de Srebrenica (julio de 1995) a manos de Vujadin Popović y Ljubiša Beara, del Ejército de los serbios de Bosnia; el genocidio de Ruanda (abril-julio de 1994) por órdenes del presidente Juvénal Habyarimana; y el genocidio de Camboya a mano de los Jemeres Rojos, liderados por Pol Pot, de 1975 a 1979.





