Para Angie
Decir quién es el padre de la ciencia política es fácil: ese honor recae en Nicolás Maquiavelo. Al menos, ese es el lugar común dentro de la disciplina. Aunque a juzgar por algunos testimonios el florentino estaba lejos de ser el progenitor más ejemplar, coincido con la opinión de mis colegas. Ahora bien, averiguar qué dice la ciencia política sobre los padres y la paternidad es una tarea más difícil. Hay que buscarle. Y buscarle bien. Tras mucho dudarlo, voy a dedicar esta entrega de La pequeña ciencia —la primera en la revista Presente— a esa tarea. Hace unos meses nació mi segunda hija, lo que me ha impulsado nuevamente a pensar sobre esto de ser papá. Y quizá hasta a tratar de escribirlo, lo que sí es una novedad. Decía Nietzsche que con las cuestiones más profundas hay que hacer como con los baños fríos: entrar y salir rápidamente. Me cuesta seguir el consejo cuando se trata de la paternidad. El peso que la experiencia de ser padre ha tenido en mi vida es tal que a menudo acaba pareciéndome inefable, imposible de expresar con palabras. Y sin embargo, como puede dar fe cualquier nuevo padre, uno acaba hablando de eso todo el tiempo. Todo el tiempo
Pequeñas verdades
En realidad, son apenas dos o tres cosas las que creo que puedo enunciar como mi verdad sobre ser papá.
Una es que ser padre es un camino de autodescubrimiento. Ningún espejo te ofrece un reflejo tan fiel de lo que realmente eres y no eres como un hijo. Tampoco hay sesión de terapia que te obligue a cuestionarte tanto. Ni tan continuamente. Es curioso, porque ser papá es una de las vivencias que te enfrenta a la alteridad de forma más radical. Es algo que te obliga a salir de ti, en la medida en que te hace absolutamente consciente de que tu vida —sin importar lo libre, autónomo o independiente que te creas— ya no depende sólo de lo que hagas, sino que está anclada, fatalmente y de por vida, a alguien más. Un ser que, además de frágil, muestra muy poco interés en su autopreservación, al menos en sus primeros años. La ironía es que ese reconocimiento definitivo del otro es a la vez un camino para conocerte a ti mismo. Algo así como un oráculo de Delfos, pero en pañales.
Otra es que la paternidad nos brinda a los mortales comunes la ocasión de rozar, quizá por única vez, los extremos de lo humano. Me explico, porque no quiero empalagar. Fue Pico della Mirandola, otro italiano renacentista, quien escribió aquello de que el hombre es la única criatura que no tiene un lugar fijo en la escala del ser. Somos libres de descender hasta lo brutal o ascender hasta lo divino. Pues bien: ser papá me ha hecho transitar ese trayecto en el lapso de una ida al parque. Tener hijos es quizá lo más cerca que estaremos las personas ordinarias de la santidad. Difícilmente puede sentirse un amor tan incondicional y una empatía tan absoluta como las que experimenta un padre, aunque esos sentimientos no sean necesariamente inmediatos. Al mismo tiempo, la paternidad te muestra hasta dónde puede llegar tu egoísmo, pues ser papá te vuelve asquerosamente indiferente al destino que pueda tener la humanidad, más allá de tu progenie. Como remataba un chiste hace años Jerry Seinfeld: to hell with the world… I can make my own people!

El consejo del padre Plácido Francés y Pascual
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
Por último, que ser padre no te hace necesariamente más feliz. Al menos, no en el sentido convencional del término. Y está bien. Lo que sí brinda —con muchas alegrías, pero también renuncias— es algo aún más profundo: un nuevo sentido para la vida de quien lo experimenta (aquí sí entré y salí rápido, don Friedrich).
Pero esto es una columna, no el diván de un terapeuta. Lo que quiero es contar qué dice la ciencia política de la paternidad. Y la verdad es que tampoco es tanto. Es un problema, como escribe Alejandro Zambra en su Literatura infantil, porque hoy la reflexión sobre ser padre corre el riesgo de convertirse en patrimonio de los libros de autoayuda. Lo que sí encontré es una intuición que el gremio ha estudiado muy en serio: que los hijos también pueden moldear políticamente a sus padres. No es algo menor. Desde la academia, suele darse por sentado que las actitudes y el comportamiento políticos se heredan en el hogar. En resumen: que elegir qué candidato apoyas y qué ideologías profesas depende, conscientemente o no, en buena medida de tus padres. Lo interesante es que cada vez hay más evidencia de que esta influencia también funciona al revés, es decir, de abajo hacia arriba. Es la versión politológica de lo que decía hace un momento: los hijos no sólo te revelan quién eres; también te socializan. Veamos.
Las consecuencias políticas de ser padre
Una de las interrogantes que se ha planteado la ciencia política ha sido cómo las diferentes experiencias en la vida de una persona —comenzar a trabajar, casarse o hacerse viejo— afectan qué políticas prefiere y cómo vota. Partiendo del hecho de que convertirte en padre o madre te cambia la vida, es lógico esperar que también afecte la manera en que la gente piensa y actúa políticamente. La pregunta es cómo.
Hace algunos años, un grupo de académicos liderados por Susan Banducci buscó identificar la forma en que tener hijos afectaba las actitudes políticas de los europeos. Lo que encontraron es que mientras que la paternidad está asociada a tener posturas más conservadoras (el viejo cliché se hizo ciencia), volverse madre se asocia a un mayor apoyo a los programas de bienestar gubernamentales. En lo personal, y contrario a la literatura, creo que ser papá de una segunda hija en el capitalismo tardío no puede más que radicalizarte, pero lo interesante es que, de acuerdo con esta investigación, convertirte en mamá o papá refuerza (“polariza”) una brecha de género ya existente en las preferencias sobre políticas públicas, especialmente en contextos donde hay un menor apoyo del Estado para el cuidado. Una brecha cuyo origen es, ya se habrá sospechado, la desigual distribución de la responsabilidad en la crianza por razón de género.
Más allá de las actitudes, ¿qué hay de la participación? ¿Ser papá te vuelve más o menos activo políticamente? Aquí es donde entra la socialización política a la inversa. En un artículo publicado en 2018 en la American Political Science Review, Jens Olav Dahlgaard encontró que, en Dinamarca, tener un hijo recién empadronado hace que sus padres se vuelvan más propensos a ir a votar, siempre y cuando el vástago viva aún en casa. ¿Y qué ocurre con los niños más pequeños? Sin sorpresa, la evidencia en Italia sugiere que haber sido madres recientemente dificulta la participación política de las mujeres, pero tener hijos en la escuela primaria puede impactar positivamente la participación de los papás.
El «efecto hija»
Queda una pregunta por hacer: ¿tiene los mismos efectos políticos tener un hijo o una hija? ¿Hay algo único en la experiencia de ser, con perdón de la cursilería, un girldad? Hay evidencia que sugiere que sí. En 2008, la profesora Ebonya Washington se preguntó si tener hijas afectaba el comportamiento de un legislador al votar sobre temas que atañen a las mujeres (por ejemplo, en leyes sobre derechos reproductivos). Su conclusión fue afirmativa: cada hija aumentaba la propensión del legislador a votar de forma progresista. Esto se conoce como el “efecto hija”. Unos años más tarde, el American Journal of Political Science publicó un estudio similar analizando el comportamiento de jueces, encontrando nuevamente que los jueces que tenían hijas votaban de una forma más feminista en cuestiones de género que los que sólo tenían hijos varones. Tal parece que tener hijas incrementa la simpatía por la causa de las mujeres. Algo que, por cierto, la madre de mis dos herederas me hizo notar hace ya tiempo.
Aunque esto suena muy lindo, es un tema no exento de disputas. De entrada, se trata de trabajos usando como base sólo a Estados Unidos. ¿Pasa lo mismo en otros lugares? El “efecto hija” está bien documentado en democracias industrializadas, ¿pero qué pasa en lugares donde los derechos de las mujeres no están del todo garantizados? Ahí la investigación de Amanda Clayton, Daniel de Kadt y Natasha Dumas ofrece un importante matiz, al estudiar a Sudáfrica. Con datos de más de 7,500 personas, estos académicos encuentran que no, que entre los sudafricanos tener hijas no produce ningún efecto en las actitudes sobre los derechos de las mujeres. Los autores sugieren que el “efecto hija” se manifiesta con más facilidad en contextos en los que los padres perciben que existen realmente oportunidades efectivas para las mujeres. En lugares en los que dichas oportunidades siguen siendo bajas, en cambio, tener una niña no produce impacto en las actitudes. ¿En cuál de los dos casos estará el México en el que vivirán mis hijas? Es una de las preguntas que, con dos niñas en casa, me hago casi a diario.
De vuelta al zócalo
El pasado 16 de septiembre, volví al Zócalo a ver el desfile con mi hija mayor. Bajo un sol inclemente, en los discursos previos del evento se repetía una palabra una y otra vez. Llegó un punto en que Antonella, que está a punto de cumplir los 4, se volteó y me preguntó:
—Papá, ¿qué es “soberano”?
Media vida leyendo ciencia política, casi un doctorado en el Colmex y una columna dedicada al tema. ¿Por fin había llegado mi momento? Más nervioso que otra cosa, pedí perdón a Bodino e intenté articular una respuesta coherente. No sé si lo logré, porque cuando acabé de hablar Anto ya estaba absorta en algo más.
La anécdota me recordó la historia de cuando Lorenzo de Médici, a quien Maquiavelo dedicó El príncipe, recibió un ejemplar de la obra. Se dice que, apenas tuvo el libro en sus manos, su atención pasó a un regalo más interesante: unos perros de caza que habían llegado el mismo día.
El padre de la ciencia política trató, sin éxito, de educar a un príncipe. Yo intenté explicar la soberanía a una niña de kínder. Si mi hija, tal como dice la ciencia, también me está socializando políticamente a mí, su primera lección fue una dosis de modestia.
Gajes del oficio de un papá politólogo.
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Nota del autor: “La pequeña ciencia” es el título de un célebre libro que, hace medio siglo, realizó un balance crítico de la ciencia política estadounidense desde México. El objetivo de esta columna, que toma su nombre, es analizar la coyuntura a la luz de los más recientes hallazgos de esta disciplina. Una ciencia a ratos megalómana y a ratos acomplejada, pero que cuando se ejerce con ese “orgullo modesto” que aconsejaba Machado, ofrece una mirada útil, novedosa y fascinante para entender el mundo.

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado





