Pasada la euforia y también el apasionamiento del Mundial 2026 por la selección mexicana, el arranque de la era de Rafa Márquez al mando de un Tri sin victorias y con una derrota 3-0 ante Estados Unidos pone prematuramente al ex Barcelona como blanco de críticas. Peor aún para él, comentaristas y presentadores ya comienzan a cobrarle por sus polémicas pero honestas declaraciones haciendo referencia a que en México no hay materia prima para jugar un fútbol más sofisticado y vanguardista, o ‘europeo’, para decirlo llanamente.
En contraste con el estilo campechano y dicharachero de un Javier Aguirre que no dudaba en echar al equipo atrás o “estacionar el autobús” cuando México conseguía ponerse en ventaja en juegos del mundial como contra Corea del Sur o Ecuador, Márquez en sus primeros partidos de preparación instó a sus jugadores a llevar la iniciativa, a asumir riesgos con la pelota y a dominar al adversario en su propio terreno. Lógicamente, el cambio de filosofía evidenció que los futbolistas mexicanos están acostumbrados a otras cosas: varios de ellos como el portero Raúl ‘Tala’ Rangel y el zaguero Diego Campillo cometieron errores costosos bajo presión en la goliza sufrida contra el Team USA.
El dilema entre apostar por lo nuevo o reproducir el estado de cosas tal y como está (es decir, contemporizar o “nadar de muertito”) atraviesa la historia de México en todas sus vertientes; no sólo la futbolística o deportiva, sino también en la cultura: la música, la ciencia, el derecho y la política, pues de fondo es el dilema de si el mexicano puede aprender a tomar decisiones por sí mismo de forma libre o si siempre actuará a expensas de lo que dicta la costumbre, la fuerza y el poder. César Luis Menotti, aquel mítico entrenador argentino cuyo fugaz paso en el Tri incomodó a la dueña de nuestro balompié, llegó a declarar en una entrevista que “el jugador mexicano tiene el gravísimo problema de vivir haciendo cosas para agradar y [quedar bien] con el qué dirán.”
Un caso crudo y de fatales consecuencias en la historia de México de este dilema entre lo nuevo y lo viejo que (guardando proporciones) vemos repetido en la situación de Rafa Márquez con la selección, refiere a la críticas que el escritor, intelectual y periodista mexicano Justo Sierra lanzó contra la apuesta más grande jamás hecha por gobernar a nuestro país según principios “europeos”, “occidentales”, “racionales” o “modernos”: la Constitución liberal de 1857. Para ser breves, esa carta magna impulsada por el grupo de Benito Juárez, Francisco Zarco y los hermanos Lerdo de Tejada, entre otros, partía de la revolucionaria idea de que la naturaleza humana es universal sin importar culturas, países o clases sociales, quedando consagradas garantías individuales como la libertad de expresión o el derecho de elegir por voto popular al poder ejecutivo, al legislativo y al judicial.
De “lectores de libros europeos” y “flordelisados” (dícese de quien presume falsa pureza o sofisticación) no bajó Sierra en sus diatribas y epítetos contra los liberales y juaristas. Para gobernar grupos humanos se gobierna de hecho y no de derecho, sostenía Sierra, descartando conceptos abstractos como la libertad y la democracia, a favor en cambio de gobernar mediante “la fórmula práctica del modo de vivir de una nación.” En otras palabras, es la “idiosincrasia” de una sociedad o pueblo como el mexicano (vista como algo que no cambia ni cambiará jamás) lo que dicta cómo se debe conducirlo, nuevamente, no solo en política o derecho, sino también en su cultura y sus relaciones interpersonales. Lo anterior tuvo consecuencias fatales, pues posturas como la de Sierra justificaron la dictadura porfirista. Si debiéramos trasladar la misma dinámica a lo futbolístico la conclusión es que Rafa Márquez solo podrá durar en su cargo si accede a “nadar de muertito” con los grupos de intereses creados que históricamente rodean al Tri.
Para evitar caer en el maniqueísmo superficial del “estilo europeo” contra “idiosincrasia mexicana”, que suele aparecer cuando un extranjero es seleccionador de México, baste decir que Márquez podría repetir fatídicamente la tragicomedia del colombiano Juan Carlos Osorio, quien en el discurso usó narrativas pretenciosas hablando de “rotaciones y basculaciones”, pero en los hechos se reducía a alcahuetear vacas sagradas en el vestidor y a alinear jugadores con mayor exposición publicitaria o con más “prensa amiga.” Volviendo a Justo Sierra, lo que sucedió en su época histórica fue que el poder dictatorial acabó disfrazado con teorías “científicas” tomadas de Charles Darwin, Herbert Spencer o Auguste Comte. Dicho de otra manera, Márquez está ante la tentación de hacer los malabares retóricos típicos de Osorio para disfrazar que el statu-quo del Tri/Liga MX en el fondo toma las decisiones importantes por él.
Finalmente, el dilema de Rafa Márquez en la selección nacional impone decidir si el futbolista mexicano tiene límites muy estrechos, dictados por toda suerte de telarañas mentales, costumbres obsoletas y un cierto servilismo al poder, o miedo al qué dirán, disfrazado de “idiosincrasia”; o si en contraste merece la pena apostar por cosas nuevas como aprender a tener iniciativa y responsabilidad, asumir riesgos y crear una personalidad futbolística propia. Ciertamente, no se trata de decisiones hechas en el vacío y en caso de decidir por lo segundo, Márquez deberá conocer, como le sucedió a Menotti, lo que significa tener saboteadores y adversarios.

César Martínez (@cesarkickoff) es maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.




