La pequeña ciencia | Dime si crees en fantasmas y te diré por quién votas 

Por César Morales Oyarvide

¿Saber si alguien cree en fantasmas puede predecir por quién vota? Suena a broma de temporada, pero es cierto. Al menos en los Estados Unidos de hoy, en donde un cúmulo de evidencia sugiere que la creencia en lo sobrenatural tiene una correlación con las preferencias electorales similar a la de la ideología. De acuerdo con dos politólogos, este hallazgo no es sólo una curiosidad: es un síntoma de un realineamiento político de fondo que está transformando la democracia de nuestro vecino. ¿Podría ocurrir algo similar en México y el resto del mundo? Hoy la pequeña ciencia se pone paranormal.

Weber y el “desencantamiento” del mundo

No sería exagerado decir que la ciencia política contemporánea está construida en oposición a todo aquello que suene sobrenatural, de los espíritus a las profecías apocalípticas. La disciplina lleva más de un siglo dando por sentada una tesis de Max Weber: que uno de los grandes efectos de la modernidad fue el “desencantamiento” del mundo. “El destino de nuestro tiempo”, decía el célebre sociólogo hace cien años, “está caracterizado por la racionalización, la intelectualización, y sobre todo, el desencantamiento  del mundo”. O, para ser más preciso, como apunta el profesor Francisco Gil Villegas, la “desmagificación”. En pocas palabras, Weber veía en la modernización un proceso por medio del cual todo tipo de “pensamiento mágico” pasaba a ser reemplazado por la razón como fuerza rectora de nuestras vidas. Y, desde luego, también de la política. 

Esta retirada de la magia es la base sobre la que se levanta mucha de la teoría democrática con la que los politólogos trabajamos. La que asume un electorado informado, que delibera y valora la evidencia.

Esta retirada de la magia es la base sobre la que se levanta mucha de la teoría democrática con la que los politólogos trabajamos. La que asume un electorado informado, que delibera y valora la evidencia. Durante los últimos veinte años, esa teoría no ha hecho más que mostrar sus costuras. El éxito de figuras como Trump, el escepticismo frente a las vacunas en plena pandemia de COVID y el crecimiento de la ultraderecha sugieren que la ciencia o los hechos no son los únicos factores que pesan en democracia. No por nada Adam Przeworski reservó el epíteto de “curanderos” para políticos como el propio Trump o Bolsonaro: charlatanes que han “encantado” con curas milagrosas a votantes huérfanos de opciones. ¿Será posible que el mundo se haya “re-magificado”? ¿Y si nunca se “des-magificó”?

Ilustraciones de fantasmas (II y III) de H. Brown, Spectrotopia; or, Surprising Spectral Illusions. Showing Ghosts Everywhere, and of any Colour, Londres, Griffith and Farran, 1865. vía Internet Archive

Reintegrar la magia a la política: el “intuicionismo”

En 2018, J. Eric Oliver y Thomas J. Wood, profesores de la Universidad de Chicago y de la Universidad Estatal de Ohio, publicaron un libro que argumentaba precisamente eso: que Max Weber se equivocó. Y con él, mucho de lo que creemos saber sobre la manera en que las personas entienden el mundo. El libro se llama Enchanted America. How intuition and reason divide our politics (University of Chicago Press). Su tesis central es que hoy en la democracia estadounidense la variable política más subestimada, quizá tan importante como la ideología, la raza o la clase social, es si una persona cree en fantasmas. O en los horóscopos. O en que los ataques del 11 de septiembre de 2001 fueron orquestados por el gobierno. O en las “curas naturales” contra el cáncer. Porque todo ello es parte de un mismo mecanismo: lo que llaman “intuicionismo”.

“La diferencia entre ustedes y yo”, dijo, “es que ustedes creen en la razón, pero yo creo en la Biblia”

Pero, ¿qué es exactamente esto del intuicionismo? Enchanted America comienza con una historia: la de Lucy, una maestra y “antigua hippie” de Texas que apoyaba a Donald Trump. Como las de muchos ciudadanos, las opiniones políticas de Lucy parecían ir en contra de los valores que ella misma decía profesar. Al entrevistarla, Oliver y Wood le hicieron notar esta aparente contradicción. Su respuesta fue reveladora: “La diferencia entre ustedes y yo”, dijo, “es que ustedes creen en la razón, pero yo creo en la Biblia”. La frase resume el planteamiento del libro: no es que Lucy y quienes piensan como ella estén simplemente confundidos o desinformados. Es que tienen otra forma de entender el mundo. Ese otro marco de creencias es a lo que Oliver y Wood llaman intuicionismo.

Los intuicionistas confían en sus corazonadas y la “sabiduría popular”, se guían por las emociones y los símbolos antes que por la evidencia. Para explicar fenómenos complejos, suelen recurrir a fuerzas invisibles, llámense Dios, destino o los Illuminati. En el extremo opuesto están los “racionalistas”, quienes forman sus opiniones basándose en los hechos y la deliberación. Desde luego, hablamos de “tipos ideales”. De acuerdo con el libro, la mayoría de los estadounidenses están en un punto intermedio, pero en el extremo los intuicionistas superan a sus contrarios. Un dato ilustrativo: alrededor de dos tercios de los estadounidenses creen en los ángeles, mientras que sólo 43% cree en la teoría de la evolución. 

¿preferirías apuñalar la foto de un familiar o meter la mano en un frasco con cucarachas? ¿Dormir en una mansión en la que una familia fue asesinada o en una estación de autobuses de aspecto descuidado?

Ahora bien, ¿cómo puede medirse algo así? Oliver y Wood construyen una “escala de intuicionismo” a partir de dos tipos de preguntas en encuestas. Las primeras son relativamente sencillas: preguntan si la gente cree en fantasmas, códigos secretos en la Biblia o la medicina alternativa. Pero las segundas son las realmente ingeniosas. Más que preguntar sobre creencias, plantean a los encuestados una serie de situaciones en las que tienen que escoger entre un costo “material” y uno “simbólico”. Ejemplo: ¿preferirías apuñalar la foto de un familiar o meter la mano en un frasco con cucarachas? ¿Dormir en una mansión en la que una familia fue asesinada o en una estación de autobuses de aspecto descuidado? Para un “racionalista” la respuesta es clara: la foto, la mansión. Para el intuicionista no tanto. Y eso, argumentan, es producto de la fuerza del “pensamiento mágico” que creíamos enterrado.

El intuicionismo y los Estados Unidos de Trump

El primer hallazgo del libro es que esta forma de procesar el mundo tiene una “gramática” común y atraviesa diversas creencias ideológicas. Aquí están tanto los hippies antivacunas de California como los evangélicos de Texas o los creyentes en alienígenas ancestrales de YouTube. No obstante, niveles altos de intuicionismo están vinculados a un conjunto muy específico de actitudes políticas: desconfianza hacia los expertos y los medios, xenofobia y autoritarismo. Y consecuentemente, simpatía por los candidatos que hablan ese mismo idioma, como Donald Trump.

El segundo hallazgo es el que realmente da miedo. Al analizar los datos históricos de Estados Unidos, Oliver y Wood encuentran que, hasta hace una generación, los niveles de intuicionismo estaban distribuidos de forma transversal en el electorado. En otras palabras, que intuicionistas y racionalistas estaban dentro tanto del Partido Demócrata como del Republicano. La política simplemente se organizaba por otros factores.

Hoy, nos dicen los autores, el intuicionismo está cada vez más concentrado en la derecha y en el Partido Republicano, mano a mano con el trumpismo.

En la actualidad, la imagen es distinta. Hoy, nos dicen los autores, el intuicionismo está cada vez más concentrado en la derecha y en el Partido Republicano, mano a mano con el trumpismo. No es que los estadounidenses se hayan vuelto de repente más intuicionistas, sino que se han ordenado políticamente de acuerdo a su manera de concebir el mundo, con una derecha cada vez más “encantada” y una izquierda cada vez más racionalista. Es lo que la ciencia política llama un “realineamiento”. La diferencia es que este no es producto de cambios en la demografía, en la ideología o en las relaciones de producción, sino de una fractura más profunda: epistémica. No es sólo que unos y otros tengan “otros datos”, sino que, como dijo Kellyanne Conway, tienen incluso “hechos alternativos”. Este (des)encantamiento politizado es, de acuerdo con los autores, una de las raíces de la polarización estadounidense. 

Entrevista de Kellyanne Conway, asesora de Donald Trump en su primer mandato como presidente de los EE.UU., con Chuck Todd en el programa Meet The Press, de NBC News, el 22 de enero de 2017.

México mágico

¿Qué pasaría si replicáramos el trabajo de Oliver y Wood en México? Podría argumentarse que el “desencantamiento” weberiano nunca llegó del todo a nuestro país. De acuerdo con Ipsos, en 2023 el 65% de los mexicanos creía en fuerzas sobrenaturales. La superstición no es patrimonio de ninguna región, clase o ideología. Sin ir más lejos, la razón misma de esta columna es la cercanía de la celebración del Día de Muertos. 

AMLO hablaba la lengua intuicionista con fluidez nativa. […] la clave está en su constante evocación del “sentido común” o la apelación a complots. Poco confiado en los expertos, su gestión estuvo marcada por una lectura de la realidad donde el símbolo llegó a pesar más que el hecho.

¿Cómo se manifiesta este intuicionismo en nuestra política? AMLO hablaba la lengua intuicionista con fluidez nativa. Más allá de escenas como la del uso del “detente” en plena pandemia, la clave está en su constante evocación del “sentido común” o la apelación a complots. Poco confiado en los expertos, su gestión estuvo marcada por una lectura de la realidad donde el símbolo llegó a pesar más que el hecho. Todo esto conectó con un electorado epistémicamente “encantado”. El peso del intuicionismo es tal que incluso la Presidenta Sheinbaum, una científica de formación, no lo ha abandonado del todo, aunque ciertamente ha bajado mucho el tono, hablando con respeto de las creencias populares, pero siempre desde la tradición, no desde la mística.

Comparecencia de Andrés Manuel López Obrador en «La mañanera» del 18 de marzo de 2020″, desde el Palacio Nacional de la Ciudad de México.

No obstante, este intuicionismo no es patrimonio exclusivo de la 4T. Aunque se presenten como defensores de la razón, lo cierto es que los opositores al obradorismo en México son tan intuicionistas como sus rivales, solo que con un contenido diferente. Como quienes ven el Juicio Final en cada nueva noticia, la oposición ha usado y abusado de las imágenes apocalípticas (“así empezó Venezuela”) por casi una década (¿en qué “muerte” de la democracia vamos?). De igual manera, las teorías de la conspiración abundan en la comunicación de los opositores, especialmente sobre lo que acontece dentro de Palacio Nacional y Palenque. Finalmente, el “crimen organizado” sirve, de forma análoga a la “mafia del poder”, como el actor que todo explica y resuelve.

¿Y la ultraderecha?

Desde luego, una presencia fuerte del intuicionismo a ambos lados del espectro político genera una democracia menos deliberativa y menos racional que lo que podría considerarse ideal. Sin embargo, aventuro aquí una hipótesis: en un escenario como el actual, ese intuicionismo transversal puede tener efectos positivos.

una de las virtudes de MORENA ha sido precisamente no haber abandonado la emoción, el uso del símbolo y una cierta dosis de “encantamiento”.

La diferencia de México respecto a la preocupante situación estadounidense no es que nuestro país esté exento de “fantasmas”. Lo que nos distingue es que aquí nadie ha monopolizado el “pensamiento mágico”. A diferencia de otras partes del mundo, donde la izquierda se ha vuelto cada vez más celosamente racionalista, intelectualizada y desencantada, la que hoy gobierna México nunca ha abjurado del registro intuicionista. Mientras que en otros países los partidos progresistas se convirtieron en lo que Piketty llamó “una izquierda brahmán”, representada cada vez más por el profesionista con posgrado y el experto versado en datos, mi intuición (pun intended) es que una de las virtudes de MORENA ha sido precisamente no haber abandonado la emoción, el uso del símbolo y una cierta dosis de “encantamiento”. Tampoco es un invento de la 4T: el antiguo régimen fue siempre un poco intuicionista. Lo que sí hizo MORENA fue reactivar esa magia después de décadas en que la tecnocracia la había tratado de exorcizar.

Quizá ahí está una de las razones —no la única— por la que la ultraderecha no ha echado raíces en México. Los proyectos de los Trump y Bolsonaro triunfaron en parte porque encontraron millones de intuicionistas políticamente abandonados, y probablemente, insultados en sus creencias por partidos que supuestamente debían representarlos. Eso no ocurrió aquí. Se trata, mutatis mutandis, de algo similar a lo que he sostenido antes respecto a las trampas del antipopulismo: la política radicalmente purista, la que opone la razón a la emoción, no sólo está condenada a perder frente a los “curanderos”, sino que les allana el camino. Chantal Mouffe lo dijo hace mucho: las pasiones —y habría que añadir, la “magia”— no se pueden expulsar de la política. Lo que sí puede hacer la izquierda es tratar de encauzarlas para fines democráticos… o dejárselas a otros con intenciones menos nobles.

Una vacuna intuicionista

En ese sentido, podría pensarse en el intuicionismo como en una especie de vacuna contra la ultraderecha. Una valiosa, pero también irónica, lección de México para la izquierda global. Los intuicionistas de Oliver y Wood desconfían de las vacunas, pero en política, hoy son los racionalistas los que se comportan como antivaxxers, al negarse a ver que seguimos viviendo en un mundoencantado. La clave, como en la medicina, está en la dosis, pues si un poco de magia puede inmunizar la democracia, un exceso puede intoxicarla. 

Se trata, como decía, de una hipótesis. Mientras tanto, cuando pongan sus altares o salgan a pedir dulces, recuerden: hoy incluso los fantasmas son políticos. La pequeña ciencia no puede seguir fingiendo que no existen.

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“La pequeña ciencia” es el título de un célebre libro que, hace medio siglo, realizó un balance crítico de la ciencia política estadounidense desde México. El objetivo de esta columna, que toma su nombre, es analizar la coyuntura a la luz de los más recientes hallazgos de esta disciplina. Una ciencia a ratos megalómana y a ratos acomplejada, pero que cuando se ejerce con ese “orgullo modesto” que aconsejaba Machado, ofrece una mirada útil, novedosa y fascinante para entender el mundo.


Textos de César Morales Oyarvide en la Revista Presente.

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