Supporters of Brazilian President Luiz Inacio Lula da Silva attend his reelection campaign rally ahead of the presidential runoff vote in Sao Paulo, Sunday, Oct. 11, 2026. (AP Photo/Andre Penner)

El Presente de Brasil

Por Colaboradores Revista Presente

Para atajar el Presente y habitar la coyuntura, pedimos a algunos de nuestros colaboradores que compartieran una breve opinión sobre la segunda vuelta en Brasil, en la cual, para sorpresa de varios, resultó ganador Luiz Inácio Lula da Silva. Con ello, la izquierda brasileña evitó que se consolidara la ultraderecha en la presidencia con Flávio Bolsonaro.

Confieso que izquierdas como la del PT brasileño no terminan de convencerme, pero hay que celebrar la derrota de una opción favorable a los planes de Trump para el mundo, para Latinoamérica, y, además, la posibilidad de preservar la Amazonia. Puedo estar radicalmente equivocado, desde luego, pero mis dudas con respecto a regímenes como el de Lula tienen que ver con que su política (económica, social) va a contracorriente de los tiempos: el mundo en que esa política funcionó se está desvaneciendo, fue el mundo del siglo XX.

Es cierto, Brasil se ha abierto, en cierta medida, al intercambio, particularmente con China, pero, sin desdeñarla, esa apertura todavía no puede evaluarse plenamente. Además, y sobre todo, parte clave de su triunfo, que parecía tan cuesta arriba, se fincó en recortar la jornada laboral, prometer ampliar significativamente los programas de apoyos sociales directos, exenciones fiscales, condonación de deudas a contribuyentes morosos y hasta transporte público gratuito los fines de semana. La pregunta es inevitable: ¿cómo podrían llevarse a cabo y mantenerse estas promesas sin incrementar el índice inflacionario (ya de por sí por encima del objetivo establecido por el Banco Central), sin afectar la deuda pública y los rubros de gasto social en educación, salud, etcétera?

Ahora bien, el panorama con los Bolsonaro era todavía más complicado. Así que hay que quedarnos, por lo pronto, con ese gusto demediado por el triunfo del sí, histórico Luz Inácio Lula da Silva.

Ronaldo González

Antes y después de conocer los resultados que fallaron a favor de Lula da Silva, ya había una potencia emocional, casi restitutiva, en el gesto de esa mano «incompleta» que se abre hacia el cielo. Esa mano es el producto de una vida obrera en la que Lula perdió uno de sus dedos. La imagen es poderosa porque remite a lo que —creo— es toda la razón de un proyecto político: la frontal y abierta lucha contra la desigualdad, la pobreza y la injusticia.

Ante la aguda pobreza de millones de personas en toda Latinoamérica no puedo sino celebrar la reconvención de la campaña de Lula para la segunda vuelta de esta última elección: la continuación de su agenda de justicia social en todos los frentes, la defensa de una política exterior estratégica y la adición de algunas propuestas más nuevas, por ejemplo, la regulación del ecosistema digital —una carrera en la que vamos tarde en toda la región. También es encomiable el crecimiento económico promovido por el apoyo a pequeñas y medianas empresas en diversos sectores (una política que el propio presidente Boric intentó implementar durante su periodo y que hoy en México no tenemos) y sector financiero en diversas verticales: aquí sin duda Brasil es un referente.


Pero el asunto es más complejo y comporta muchas preocupaciones. Por ejemplo, la unipersonalización del Partido de los Trabajadores y sus aliados bajo la figura de Lula, a falta de un relevo generacional; la factibilidad de hacer sostenible la agenda de derechos sociales que llevó la coalición al triunfo, un equilibrio entre gasto social y deuda (un ejemplo de este fracaso se encuentra en nuestro propio país).
A lo mejor, lo que tenemos es, en realidad, una mano mermada pero firme que sostiene lo último que queda del bloque de izquierda política en nuestra región, ya prácticamente sin aliados y, de haberlos —el caso de México—, resultan ser económica y políticamente cosméticos ante un subcontinente virado a la derecha y bajo el liderazgo de Donald J. Trump. Al final de cuentas, parece que esta «última llamada» sirve como lección urgente para renovar la capacidad de respuesta de una izquierda que debe repensarse a fuerza de perder los pocos y últimos espacios que nos quedan.

Sofía Garnica

Más allá de la celebración por la inesperada victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, a la que me uno sin miramientos, especialmente en el contexto de guerra cultural en el que se encuentra inserta América Latina como colofón de la que sucede en Estados Unidos; más allá, decía, de la celebración, creo que lo que deberíamos hacer es empaparnos de esa agenda y traerla a México. Decisiones de Estado, como la jornada de cinco días laborales, la prohibición de las casas de apuestas, el impulso a la tecnología hecha en el territorio nacional, son solo algunas de las cosas que en México deberíamos aprender del gobierno brasileño.


No está mal subirnos al carro, celebrar la derrota de una opción como la de Bolsonaro, con lo que eso significa para la injerencia gringa en los procesos electorales latinoamericanos, cada vez más desvelada y, por lo mismo, cínica. Pero no somos brasileños. ¿Qué nos deja acá la victoria del PT? México sigue sin una reforma laboral que dé mejores condiciones de vida a los trabajadores, sin una reforma fiscal que abone a mejorar nuestras instituciones de salud -y de bienestar en general-, sin financiamiento para las universidad quebradas.
Esperemos que la victoria incontestable del presidente Lula ilumine a nuestros legisladores, y a nuestra presidenta, hacia una agenda mucho más comprometida con la clase trabajadora en México.

Ricardo Arredondo

¿Qué decir de la sorpresiva victoria de Lula? En principio, no puedo más que alegrarme. El bolsonarismo ha demostrado ser una fuerza (al menos) incómoda para la democracia. La remontada de Lula es multifactorial: el fin de la escala 6×1; el aumento de Bolsa Família; un uso intensivo de las redes; el anuncio del transporte público gratuito los fines de semana; el error grotesco de Flávio Bolsonaro en el último debate, etc. A partir de la estratificación de los datos electorales, se hablará mucho de qué hizo Lula y qué dejó de hacer Bolsonaro. Sin embargo, quiero detenerme en otro aspecto: nuestra tendencia cada vez más rápida a generalizar nuestro tiempo. ¿Estamos ante una ola de ultraderecha? ¿Pierden los oficialismos? ¿Los segundos lugares tienden a ganar el ballotage?

Y es que cualquier respuesta podría ser válida ante estas preguntas. Bolsonaro no ganó, pero su partido acumula cargos en el Congreso como nunca en su historia; los oficialismos tienden a perder, pero en Ecuador, España y México se ha demostrado que eso no es una ley infalible y ahora le sumamos Brasil; Kast y Milei remontaron sus respectivas elecciones, aunque desde la vuelta a la democracia en Brasil, siempre el primer lugar había ganado el ballotage, Lula rompió con esa cábala. Quizás, sólo quizás en un mundo que cada vez exige ir más a prisa, valdría la pena detener la pelota y pararse a pensar antes de dar una respuesta apurada.

Alejandro Moreno Hernández

AP Photo/Andre Penner

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