Que las instituciones liberales son
las únicas que convienen al país
Plan de Ayutla
Preocupa el discurso reaccionario y ultraderechista que en las redes sociales ha acompañado las imágenes de muchedumbres vestidas de negro (civiles encapuchados y policías antimotines) enfrentándose en las calles de un París saqueado y envuelto en llamas. La culpa del caos, dicen estas voces retrógradas, está en consagrar derechos y libertades de las que abusan los pobres, los migrantes y los vándalos. “Estábamos mejor sin la Revolución Francesa de 1789”, posteó un influencer en X, con una nostalgia autoritaria no muy distinta a la que ciertos sectores en México sienten por los días de un Estado oligárquico y represor.
Las escenas de violencia y destrucción en Francia guardan una relación estrecha con lo que históricamente es el conservadurismo mexicano: aunque parezcan novedosas o ingeniosas las declaraciones de una joven abogada mexicana pidiendo que el derecho al voto se condicione a tener título universitario o aprobar un examen de conocimientos, en realidad son ecos rancios de nuestra oposición del siglo XIX al espíritu moderno francés con garantías tales como la libertad de imprenta, la supresión de fueros y privilegios, y el sufragio universal o el derecho de las personas a votar y ser votadas.
Que en pleno 2026 el fantasma del absolutismo haya salido de su escondrijo con motivo de las legítimas protestas juveniles en Europa que piden soluciones al problema de la educación pública, o del derecho a la vivienda, tiene el efecto positivo para México de recordarnos que los problemas que afectan el bolsillo de la gente (¿cuánto se necesita para ir a la escuela o para adquirir casa propia?) no son problemas materiales, económicos o técnicos, sino problemas políticos: una oligarquía, un dictador o un gobierno de científicos bien pueden solucionar temporalmente estas problemáticas, que más temprano que tarde vuelven a estallar, puesto que por definición la antidemocracia es el conflicto del interés privado puesto encima del interés público.
A las y los jóvenes en México se sugiere echar un vistazo a la obra clásica Idea del Estado, del maestro Mario de la Cueva, (el mejor libro escrito por un mexicano sobre el pensamiento político de la civilización occidental), donde en un párrafo magnífico se hila la gran Revolución Francesa con el espíritu liberal del México de la Independencia y la Reforma. Helo aquí:
El pueblo, al preparar su orden jurídico y sus autoridades políticas se halla con derechos individuales preexistentes y se limita a reconocerlos; así se desprende del artículo segundo de la Declaración francesa de 1789: “El fin de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles del hombre”, una fórmula que fue superada en el artículo primero de la Constitución nuestra de 1857: “El pueblo mexicano reconoce que los derechos del hombre son la base y el objeto de las instituciones sociales.
De esto de arriba comprendemos que el discurso así llamado ultraderechista, reaccionario, conservador, o simplemente “facho”, rechaza que el estatus de ciudadanía con el derecho a manifestar ideas, a elegir autoridades (y a deponerlas), o a participar directamente en la creación de leyes se reconozca como algo consustancial a la humanidad universal. Páginas adelante en su obra, De la Cueva sugiere que el ideal revolucionario francés en México ha alimentado la lucha por la igualdad ante la ley, pues solamente es justa la autoridad surgida de ese proceso donde el voto del rico cuenta igual que el voto del pobre llamado democracia. En contraste, el conservadurismo mexicano, palabras más, palabras menos, siempre ha sostenido que la diferencia entre élite gobernante y masa gobernada no debe pasar por el sufragio del pueblo, pues entre gobernantes y gobernados la separación es tan natural como entre lobos y ovejas.
Finalmente, los videos de comercios saqueados, edificios incendiados y manifestantes brutalmente aporreados por la policía en un país, digámoslo así, civilizado como Francia, han tenido el efecto de “envalentonar” a los incivilizados y autoritarios en países de negro pasado colonial como el nuestro. “La tragedia de la democracia es usar la democracia para destruir la democracia”, sostenía un ex ministro de la Suprema Corte de Justicia (para quien aplicar la ley es sinónimo de castigar o amenazar con sanción). Asimismo, alguien llegó a postear que Francia en llamas confirma la profecía de Francis Fukuyama: en el fin de la Historia, la libertad pierde sentido y la gente por mero aburrimiento agrede por agredir sin causas justas qué defender.
Pero ni Francia ni México han llegado al fin de la historia, pues una lectura más profunda de la profecía de Fukuyama arroja que no hay libertad, ni derecho, ni mucho menos progreso material, donde la autoridad, la ley y la conversación pública (esto es, las redes y los medios de comunicación) están secuestrados por castas y tribus políticas, élites económicas, magnates tecnológicos y aparatos burocráticos. En el espíritu de 1789, al que México debe varios de los momentos más estelares de su aún joven historia, la justicia es ahí donde las personas gozan y ejercen derechos sin mediación de grupos de intereses creados, corporaciones privilegiadas y mafias enquistadas en los escalones bajos, medios y altos de la pirámide del despotismo.

El texto citado es: Mario de la Cueva, La Idea de Estado, Universidad Nacional Autónoma de México, 1980.
César Martínez (@cesar19_87) es maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.





