Ilustración del balón "Federale 102" utilizado en el Mundial de Italia 1934. Autor: Pablo Toussaint

Italia 1934. Lado A

Por Antonio Nájera Irigoyen

En abril de 1931, el Comité Olímpico Internacional deliberó que Berlín albergaría los Juegos Olímpicos de 1936. El gobierno del Reino de Italia había pujado fuerte por la designación; al no obtenerla, puso todas sus baterías en la asignación de Italia como sede del Mundial de Fútbol de 1934. Para el fascismo, el deporte entrañaba un símbolo: el despliegue del espíritu a través del cuerpo. El deporte era uno más de los trasuntos del nacionalismo, donde la superioridad y el poder se imponen, de manera no muy distinta a como sucede en la guerra. 

Benito Mussolini, il duce, exsocialista, creó los Fasci italiani di combattimento en 1919 con veteranos descontentos, acicateados por el caos de posguerra. Con el apoyo de industriales aterrorizados por las huelgas y el miedo al bolchevismo, los camise nere masacraron sindicatos y socialistas por igual.

Obtener la sede del mundial no comportaba facilidades. Pero el duce, que no carecía de imaginación (violinista aficionado, recuérdese), sabía servirse de recursos buenos y no tan buenos para conseguir sus objetivos: ofreció cubrir todos los costos de hospedaje de los participantes, incluidos aquellos de los periodistas que cubrirían el evento (algo inusitado y a expensas de sus propios contribuyentes, desde luego), e infiltró también, por si acaso no bastaba el aliciente pecuniario, las ocho reuniones del comité organizador en Zurich para asegurar su elección. 

En octubre de 1922, Mussolini y los suyos marcharon sobre Roma. Bajo amenazas de un golpe de Estado, el rey Víctor Manuel III nombró al duceprimer ministro. Como aparente gesto conciliatorio, formó un gobierno de coalición.

El mundial revestía una oportunidad al régimen de mostrar sus logros a escala global: el fútbol comenzaba a afianzarse como la más popular de las disciplinas; en lo doméstico, por otro lado, consolidaría el liderazgo del duce con variados gestos de efectismo (en el partido de octavos de final, por ejemplo, posó frente a las cámaras en la  taquilla, demostrando que pagaría las entradas de su propio bolsillo). 

En 1923, Mussolini promulgó una reforma electoral que aseguró la mayoría con sólo el 25 por ciento de los votos. No bastando a sus propósitos, se valió del fraude, la violencia y los sobornos en las elecciones de 1924. Partidarios suyos asesinaron al diputado de oposición, el socialista Giacomo Matteoti. 

Mario Gabino, Stadio Mussolini. Torino- Stadio Comunale Vittorio Pozzo, Gia’ Mussolini, Corso Sebastopoli 115, Vista Dello Stadio E Della Torre Da Nord Ovest Dall’alto A Lavori Ultimati (Estampa a la gelatina) 1933, vía Wikimedia Commons.

El verdadero dispendio, sin embargo, ocurría en otros lugares: prácticamente todos los estadios —que casi nunca se llenaron— fueron rehabilitados. Para la semifinal contra Austria, el Wunderteam de los años treinta, se organizó una excursión masiva desde Roma a Milán, con paquetes a tarifa rebajada que incluían el viaje, la comida y la entrada al encuentro. La finalissima claramente requirió de mayores esfuerzos: el gobierno se apresuró a organizar trenes desde el extranjero y a movilizar coches con hasta 15 mil visitantes a Roma, no sin olvidar descuentos de hasta el 70 por ciento en hospedajes y comidas.   

El 3 de enero de 1925, Mussolini pronunció un discurso en el Parlamento, en el que asumía la responsabilidad total de los hechos recientes; la historiografía especializada da por iniciada, a partir de este momento, la dictadura fascista

Una vez solucionada la erogación de recursos, restaba arreglar lo estrictamente deportivo. El arbitraje entrañaba problemas, acaso más difíciles de dirimir. Mussolini sabía mejor que todos: para el partido de cuartos de final contra España, sin duda el más exigente de cuantos disputó Italia en la contienda, el duce impulsó la designación del árbitro suizo Baert. Joven y ambicioso, se le  prometía pitar la final en caso de benevolencia; no hizo falta más: en el primer parcial (la clasificación se jugó en dos series tras haber terminado el primer encuentro en empate), Baert anuló un gol a los republicanos y fingió demencia ante una clara posición adelantada en la anotación de los locales; en la segunda eliminatoria, abandonó el reglamento para dar por bueno un tanto marcado con ostensible obstrucción, además de anular dos goles de los visitantes. 

En los años subsecuentes, el régimen instauró una policía secreta y un tribunal especial para eliminar toda disidencia dentro de los márgenes de la ley. Prohibió, poco después, los partidos políticos y se terminó por afianzar el control de la prensa y los sindicatos

El robo a gran escala se extendió a la semifinal contra Austria. Esta vez se eligió al sueco Eklind, a quien, antes del partido, Mussolini (que no comía por menudos problemas gástricos) invitó a compartir el pan y la sal en señal de hospitalidad. El joven y ambicioso árbitro devengó la confianza puesta en él: ignoró una falta en el desarrollo del gol de los locales. Cabría preguntar por qué las federaciones permitieron aquellos atropellos; sencillamente, ellos tampoco carecieron de incentivos: antes de la partida, la Federación Italiana concedió un préstamo de cien mil chelines a su homóloga austriaca sin obligación de devolución.  

La memoria, que siempre es corta, ha reducido al fascismo a un movimiento que asaltó el poder por medio de la violencia; verdad a medias: lo hizo en un principio, para sólo después —y siempre sutil y paulatinamente— pasar de movimiento marginal a régimen mediante la explotación de la crisis económica y la debilidad democrática

Y hubo asimismo ardides menos sutiles. Zamora, guardameta y, por mucho, la estrella de la escuadra española, fue reconvenido por dos emisarios de Mussolini a retirarse de la segunda eliminatoria contra Italia. Tampoco se presentaron cinco lesionados españoles luego de la violentísima primera jornada; esta violencia, además, no se limitó al campo de juego: en el encuentro contra  Checoslovaquia, tras un gol de los visitantes, un periodista francés, que había recibido mal los favores arbitrales concedidos a los azzurri, se dejó llevar por la emoción profiriendo un grito de alegría. Un aficionado local lo golpeó en dos ocasiones. 

Entre los años veinte y treinta, la popularidad de Mussolini osciló entre el 80 y el 50 por ciento. La propaganda había surtido efecto, concitando un  consenso amplio aunque superficial.  

El duce asistió a todos los encuentros de la segunda ronda de la contienda, acompañado casi siempre por algunos de sus hijos (en alguna ocasión, por la mismísima princesa Mafalda de Saboya). En las gradas, se interpretaban marchas e himnos fascistas; en la cancha, los jugadores portaban una casaca negra por debajo de la tradicional camiseta azzurra, y desplegaban el saludo romano (árbitros y rivales asimismo lo replicaban —el caso de los representantes de España, ostentando los colores de la República en las calcetas, fue harto bochornoso—). Alguna vez, aun un avión surcó los cielos, portando un largo cintillo con el estribillo de la Giovinezza: “Con orgullo de italianos juran fidelidad a Mussolini: no hay barrio pobre que no envíe sus cohortes, que no despliegue las banderas del fascismo redentor”. 250 mil radios hicieron eco a lo largo y ancho del país de la fiesta nacional.

El 10 de junio de 1934 —día del Beato Juan Dominici—, Italia ganó su primer título mundial. Mussolini, por su parte, lideró su patria hasta el 25 de julio de 1943; dos años después, fue fusilado y su cádaver colgado por los pies en las calles de Milán.


Obras de Antonio Nájera Irigoyen en la Revista Presente.


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