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Parásitos y Nuevo Orden: los pobres ya vienen

Por Héctor Gutiérrez Trejo

El Infierno está próximo a llegar: las señales son inequívocas. El planeta se incendia. Arde. Y de las llamas, que engullen las vidas, los demonios serán las víctimas. Los mares aumentarán de nivel y devorarán la tierra. Ciudades quedarán bajo el agua. Extinciones masivas. Muertes. Y la culpa será de los ahogados.

Porque las leyes de la naturaleza podrán ser universales, pero no a todos los afectan de la misma manera. La lluvia, la Covid, las tormentas, los temblores se ensañan más con unos que con otros. Con los que siempre sabemos: los negros, las mujeres, los pobres, los indígenas. Con los marginados. El carbón que echa a andar la máquina estadística: la de las muertas, la de los criminales, la de las desigualdades, la de las tragedias. La de los que quedan sepultados: ora en un alud, ora en una inundación. Porque hasta la naturaleza, nunca inocente, ha quedado subordinada a la dinámica de la guerra de clases.

Sin embargo, cuando el desastre toque la puerta, los ricos lo vestirán de bonanza. Porque el capital es energía potencial, el imperativo de explotar, y energía cinética: extracción. Los pobres, por otra parte, serán los responsables del cataclismo: son muchos, son sucios y contaminan.

En todo el mundo surgen discursos, se han puesto de moda al menos desde el último lustro, que advierten sobre la polarización: esa peculiar palabra que no dice nada y que dice todo, que sirve de comodín para darle una explicación, simplista, al resentimiento de clase, a los dolores de las presas de la desregulación del mercado, de la precarización laboral, de la tercerización de los trabajos y de la liberalización económica. Una polarización que siempre ha existido. Que ha estado ahí, sempiterna, porque es inherente al capitalismo: como un espectro que acecha desde el rincón más lejano de nuestra habitación. Pero ahora que el neoliberalismo, tras la crisis del 2008, ha muerto y se manifiesta en forma de zombi, quizá más peligroso que nunca, la división eternamente latente comienza a hacerse visible en todo el orbe, al menos, para los que siempre supieron que estaba ahí pero no se atrevían a verlo.

Parásitos y Nuevo Orden, más allá de las diferencias superficiales, epidérmicas, en el fondo se tratan de una misma película. Una idea provocadora, quizá, pero basta con analizar ambos filmes para saber que, a pesar de que aleguen ser una crítica a la desigualdad, esconden un mismo mensaje: hay que tenerle miedo a los pobres. Que ahí vienen, iracundos, y los ricos serán las víctimas. Los vampiros de la clase ociosa[1] le temen a los cuellos, negros, de sus víctimas. Los lobos nos advierten sobre los corderos. El borrego ya viene, alerta el lobo feroz para espantar a la jauría.

Claro, una es más exagerada que otra. Es difícil tomarse en serio al largometraje, henchido de una paranoia delirante, de Michel Franco, de la misma forma en la que, por ejemplo, es difícil tomarse en serio a partidos como Vox (hipérbole deliberada). El filme coreano, por otra parte, es impecable desde un punto de vista estético. Incluso pretende tener una consciencia social. No obstante, no se trata de largometrajes antonímicos, es decir, opuestos entre sí. Por el contrario, son hipernomínicos: lo mismo pero, en un caso, llevado al extremo. A final de cuentas, Nuevo Orden, que se ha convertido en una burla, desprovisto de cualquier capital simbólico, quedará en la historia como una vociferación inofensiva, en un meme, mientras que Parásitos, de Bong Joon-ho, ha sido asimilada en su totalidad por el aplauso de las élites: los pobres ya vienen.

Ambos filmes, cargados de una atmósfera paranoica, nos presentan una estampa caricaturizada y llena de prejuicios sobre las clases bajas: son ladinas, tramposas, violentas, sucias, envidiosas, antihigiénicas, asesinas, extorsionadoras y, en el delirio de Franco, son violadoras. Los pobres son pícaros, en el mejor de los casos; todos con la potencia de ser criminales. Lo que cualquier conservador contemporáneo piensa sobre las mismas. Lo que cualquier conservador, en cualquier era, quizá, ha pensado de la chusma. Aquellos vampiros de la clase ociosa que se enojan ante frases como que el pueblo es bueno y sabio. Pero ese tema, aunque relacionado, inseparable, tal vez, es el eje de otro debate.

No hay cualidades redimibles en los pobres, salvo las que sean funcionales para las clases altas. Los pobres no son inteligentes, sino astutos, y usan esa característica para aspirar a las comodidades de quienes más tienen, porque, más que resentidos, son envidiosos. Y resalto la palabra astucia, porque siempre ha tenido una connotación picaresca y despectiva. A diferencia de la inteligencia, que es de hidalgos.

Los ricos, por otra parte, son retratados en los dos largometrajes, el coreano y el mexicano, con defectos banales: vanidosos, prepotentes, frívolos. Cosas que hasta de las que se pueden enorgullecer. Es decir, características de carácter, más que de clase, que no se equiparan al insulto. Incluso, el rico es el que tiene el monopolio de la virtud, tanto para Michel Franco como para Bong Joo Hoo: ¿No acaso son los personajes femeninos, Marian y Da-hye, los más impolutos, nobles y con quienes más empatía debemos tener, según la mirada de los directores?

En todo producto artístico importa el punto de vista. Y la falsa idea de nihilismo estético, que ambos directores han pregonado, nunca será neutro: equiparar al débil con el fuerte sólo beneficia a éste. Pintar como iguales a los que, por cuestión de clase y de poder son distintos, es, de entrada, agravar la falta de simetría.

Aun los personajes más antipáticos y prepotentes, los representados por Diego Boneta y Park Dong-ik, al final se vuelven víctimas de la rabia irracional de los de abajo. A uno, Boneta, los pobres le matan a la esposa embarazada, a la madre y a la hermana; el otro es directamente asesinado por el personaje que encarna Kim Ki-taek. Ambos son ultrajados en fiestas, en las que los pobres, desterritorializados, osan ocupar espacios que corresponden a las élites. El único pobre virtuoso, sobre todo más marcado en el filme del mexicano, es aquel que se pone al servicio del rico: la ama de llaves y su hijo que tratan de proteger a la niña rica que los pobres buscan mancillar.

El pobre es visto como idiota, cavernario, agresivo. Incapaz de organizarse de forma colectiva para buscar un cambio en el estado general de las cosas, pero ¿no ha sido históricamente más desgarradora la violencia ejercida por las élites al temer la organización de los de abajo? El fascismo como respuesta al bolchevismo, la guerra sucia en México, el golpe contra Allende, la represión de Videla y un kilométrico etcétera.

Asimismo, el pobre, el pueblo, es visto como muchedumbre, marabunta, chusma ignorante, pese a que en ellos, en la clase trabajadora, es donde existe la potencia, la posibilidad, de que radique lo que Marx denominó, en Fragmento sobre las Máquinas, como el General Intellect: la idea de que, ante la automatización del trabajo y la aparición de la máquina, el conocimiento de su operación y del conocimiento social generado puede desatar a las fuerzas productivas y lograr una emancipación del trabajo.

“La naturaleza no construye máquinas, ni locomotoras, ferrocarriles, telégrafos, etc. Son éstos, productos de la industria humana: material natural, transformado en órganos de la voluntad humana sobre la naturaleza o de su actuación en la naturaleza. Son órganos del cerebro humano creados por la mano humana; fuerza objetivada del conocimiento. El desarrollo del capital fixe revela hasta qué punto el conocimiento o knowledge social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y, por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del general intellect y remodeladas conforme al mismo. Hasta qué punto las fuerzas productivas sociales son producidas no sólo en la forma del conocimiento, sino como órganos inmediatos de la práctica social, del proceso vital real”. [2]

Los personajes de clase baja de Parásitos y de Nuevo Orden, desproletarizados, no se mueven bajo aspectos racionales o ideológicos. No tienen un interés de cambiar el estado general de las cosas, por el contrario, su reclamo es usurpar el lugar del rico, del patrón, volverse el explotador. Que no cambie el juego, sólo los jugadores. Porque, aunque los propios directores digan que su película es sobre el resentimiento, en realidad es sobre la envidia de clase: el pobre quiere ser como el rico. No obstante, el resentimiento, a diferencia de la envidia, como apunta Mark Fisher retomando a Nietzsche, tiene la potencialidad de ser un sentimiento positivo, incluso marxista: la envidia es querer ser el amo, mientras que el resentimiento es hacer consciente el agravio.

El resentimiento es un afecto mucho más marxista que los celos o la envidia. La diferencia entre resentir la clase dominante y envidiarla, es que los celos implican un deseo por volverse la clase dominante, mientras que el resentimiento sugiere una furia hacia su posesión de recursos y privilegios. Un resentimiento que llevara sólo a la inacción quejosa es ciertamente la definición de una pasión inútil. Pero el resentimiento no tiene que terminar en impotencia (…) El resentimiento al privilegio y a la injusticia es en muchos casos el primer paso hacia la confrontación de los sentimientos de inferioridad y dados por sentado, ‘Sí… ¿Por qué deberían ellos llevarse más que nosotros?’”[3]

La idea de los personajes que se mueven más por la envidia que por una racionalización de clase es más clara en Parásitos que en Nuevo Orden (donde los pobres delinquen y sólo buscan las pertenencias personales de los ricos). La escena clave es cuando el hijo de la familia pobre, Ki-woo, tiene la fantasía de volverse rico, como los amos, comprar la misma casa y así liberar a su padre. El clímax ideológico del largometraje. Más que buscar acabar el privilegio, transformar la realidad social, el pobre aspira a ser el explotador. La idea neoliberal de que el bienestar es un producto del esfuerzo individual y no de la acumulación de privilegios de clase, raza y género.

Lejos de hablar de una emancipación social o de criticar la esencia del privilegio, las películas, con su estampa caricaturizada y desclasada sobre las diferencias entre los desiguales, tienen un mensaje alarmante: si seguimos así, los pobres se levantarán y lo incendiarán todo, porque, creen los directores, no son capaces de organizar una colectividad que no sea violenta. La respuesta, entonces, es usar la violencia del Estado para evitar que se desate esa violencia.

Michel Franco señala que su filme es una alerta en contra de la militarización, pero ¿no fue justo eso la guerra contra el narco de Felipe Calderón? La guerra del expresidente panista fue, ante todo, un proyecto de clase para tratar de socavar cualquier movimiento organizado y colectivo tras el fraude del 2006. Fue una guerra que desterritorializó y, al mismo tiempo, territorializó: el neoliberalismo se afianzó en todo el país como un parásito inevitable. El pueblo, los pobres, los de abajo, buscaron el cambio pacífico y fueron los de arriba los que actuaron con violencia. Un Parásitos y un Nuevo Orden más realista: el rico mató al pobre. Y no al revés.

Porque quizá Parásitos tenga razón: la lluvia a todos nos moja, pero a unos los moja más que otros.

 

  • El autor es periodista, ha sido reportero de política en Reforma, coordinador editorial de Esquire Latinoamérica, colaborador en El Financiero y actualmente es editor en jefe de Radio Fórmula digital.

[1] Aunque diversos autores han referido el término de clase ociosa, en este caso me refiero al uso que Marcel Proust le dio en En busca del tiempo perdido: Por el camino de Swann, debido a que fue la primera vez que tuve conocimiento del mismo. En tanto, respecto al adjetivo de “vampiros”, es estricta referencia a Marx, quien en el Capital habla que el capital es trabajo muerto que vive a manera de vampiro, chupando trabajo vivo.

[2] Consultado en: https://textos.wordpress.com/2006/05/23/fragmento-sobre-las-maquinas/

[3] Mark Fisher, “¡Viva el resentimiento!”, Los Fantasmas de mi vida, Caja Negra, 2018. Buenos Aires, pág. 273

 

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